[Nadie sabe] de dónde vienen ni do van. Perdiéndose aquí, anegándose allí, llorando acá, suspirando acullá. [...] Todos deseaban, pero a ninguno se le cumplían sus deseos. [...].
Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Miguel de Cervantes.
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domingo, enero 07, 2018
martes, junio 27, 2017
TEATRO. El rufián dichoso. "Bien está lo que bien acaba".
Con: Nicolás Illoro, Pablo Vázquez, Javier Collado, Alejandra Mayo, Montse Díez, Julio Hidalgo, José Juan Sevilla, Raquel Nogueira y Raúl Pulido.
Escenografía: Ana Gil.
Dirección: Rodrigo Arribas y Verónica Clausich.
XVII Festival de Artes Escéncias “Clásicos en Alcalá”
Alcalá de Henares. Teatro salón Cervantes. 18 de junio de 2017.

Entre la grandeza y el elevado tono épico de La Numancia, por ejemplo, y la sencillez, frescura y viveza de esos magníficos apuntes del natural que son los Entremeses, el conjunto de obras calificadas de “comedias” no constituyen precisamente lo mejor de la producción dramática cervantina. Fieles a la intencionalidad moralizadora que marcaba la preceptiva literaria de la época todas estas obras tienen un propósito ejemplarizante -como el de sus homónimas “Novelas ejemplares”- y particularmente El rufián dichoso, la obra que nos ocupa, que llega al extremo de elevar a su protagonista a las cimas inmarcesibles de la santidad.
Al parecer, la obra está basada en un hecho real y su argumento puede sintetizarse en pocas líneas. Bajo la protección de sus amos, el inquisidor Tello de Sandoval y su esposa María, el joven calavera Cristóbal de Lugo parece tener patente de corso para acometer todo tipo de pendencias, embelecos y tropelías, rivalizando con lo más granado de los bajos fondos del hampa sevillana. Ensoberbecido por su buena estrella y por su chulería (se pavonea de “ … ser mozo /y mazo, y -dice-tengo hígados y bofes/para dar en el trato de la hampa / quinao al más pintado de su escuela”), decide ir más allá en las burlas seduciendo a la mujer del mismísimo alguacil, al que mata en un desafortunado lance de armas. Por miedo a la persecución de la justicia y aconsejado por doña María de Sandoval pasa a América con su inseparable compañero de fatigas Lagartija y profesa en un convento de dominicos donde abraza una vida de trabajos y penitencia hasta escuchar la llamada de Dios y encontrar el camino de la virtud.
José Padilla ha hecho una meritoria labor de síntesis para reducir la trama a sus elementos esenciales, aunque por el camino se deje obviamente elementos que ayudarían a perfilar con más detalle la psicología de los personajes o a pormenorizar, como en el caso del protagonista, el proceso interno que le lleva a su “conversión”, proceso que no puede ser sustituido por la efectista ambientación sonora con la que se trata de recrear el clima de recogimiento y espiritualidad conventual. Con todo, el monólogo de Lugo explicitando su repentico cambio de actitud es uno de los momentos más notables del espectáculo.
Los actores han contado con un espléndido maestro de armas y de lucha cuerpo a cuerpo, indudablemente mejor que el maestro de canto, o al menos ha obtenido mejores resultados. Y haría falta un experto en acrobacias para que les asesore como deambular sin perder el equilibrio por esa estructura modular con la que se han construido las gradas laterales de la escenografía. Bromas aparte, con ese material Rodrigo Arribas y Verónica Clausich hacen una faena aseada y salen airosos del trance de traer a escena un nuevo texto de Cervantes para sumarse al homenaje en su aniversario.
Los actores hacen un trabajo meritorio y se manejan con desenvoltura con el verso, aunque quizá aflora aquí y allá un exceso de tono declamatorio y de volumen que es fácilmente corregible.
Están bien las damas; comedida, discreta, en un justo segundo plano María de Sandoval (Alejandra Mayo); con fuego en el alma, apasionada, rebelde se muestra doña Ana de Treviño (Montse Díez) que no se resigna a aceptar la dura prueba de su grave dolencia -la lepra-, aunque termina por aceptar el consuelo que le brinda Lugo (estupendo Nicolás Illoro) en cuyo espíritu se ha aposentado la humildad, la mansedumbre, y el temor de Dios donde antes habitaran la osadía, la jactancia, la gallardía y la impetuosidad de un verdadero rufián. Lagartija (Pablo Vázquez) es el compañero de correrías de Lugo, no menos desenvuelto, jacarandoso y bullanguero, sigue fielmente a su amigo por el camino de la penitencia para espiar pecados de juventud.
Gordon Craig.
El rufián dichoso. Clásicos en Alcala.
martes, octubre 11, 2016
TEATRO. Dos nuevos Entremeses, nunca representados. "Vino añejo en odres nuevos".
Título: El rufián viudo llamado Trampagos y La guarda cuidadosa.
Autor: Miguel de Cervantes.
Con: Silvia Acosta,Víctor Antona, Vivi Atienza, Carmen Bécares, Claudia Coelho, Xana de Mar, Ion Iraizoz, Jesús Luque, Juan Paños, Luna Paredes, Pablo Rodríguez, Nicolás Sanz, José Juan Sevilla, Marcos Toro, Carmen Valverde y Aida Villar.
Dramaturgia: Brenda Escobedo.
Ambientación: Silvia de Marta.
Musica: Eduardo Aguirre de Cárcer.
Dirección: Ernesto Arias.
Alcalá de Henares. Corral de Comedias.
Con ocasión de la reposición en 2014 de los Entremeses -espectáculo inaugural del teatro de la Abadía allá por el año 1994- escribíamos que tal montaje constituía una muestra bien representativa del que vendrá a ser el impagable legado a la escena española contemporánea del actor, director y académico José Luis Gómez, impulsor y alma mater durante estos más de 20 años del quehacer artístico del teatro de la calle Fernández de los Ríos.
El presente estreno de estos Dos nuevos Entremeses nunca representados (El rufián viudo llamado Trampagos y La guarda cuidadosa) cuya dirección José Luis Gómez ha encomendado a Ernesto Arias constituye el inicio gozoso y esperanzador de una nueva época donde los alumnos del maestro han tomado la batuta para continuar y expandir su proyecto.
Y quien vea este nuevo montaje podrá concluir que la continuidad está garantizada. El mismo árbol de entonces enseñorea ahora la escena y los mismos “mozos” y “mozas” que se rendían al sueño bajo sus ramas bañadas por la luna, despiertan ahora rejuvenecidos, como tocados por la magia de Oberón en El sueño de una noche de verano, para acompañarnos por los procelosos vericuetos de la febril imaginación cervantina. Y la misma exigencia renovada por un riguroso trabajo de expresión corporal -entre la disciplina grotowskiana y el virtuosismo y la sutileza de la comedia del Arte-, y el mismo empeño en situar la alocución escénica en el lugar de excelencia que se corresponde con el grado de elaboración artística de los textos a los que sirve.
Se trata de dos piezas de una comicidad rotunda, desbordante, bufonesca, de raigambre popular; dos textos codificados en un lenguaje de gran expresividad y plagado de términos de “germanía” que los actores incorporan con una extraordinaria naturalidad haciendo que suenen casi como el habla cotidiana. El resultado es una fiesta; una bacanal, estaríamos tentados de decir, si recordamos la francachela que se corren Trampagos y sus compadres para celebrar sus esponsales con su nueva pupila, la Repulida; dejémoslo en una orgía para los sentidos, donde música -espléndido trabajo de Eduardo Aguirre de Cárcer-, danza, gestualidad y palabra y se aúnan en un raro ceremonial de encantamiento. Y aunque traído un poco por los pelos -¿cómo contrapunto del registro rabiosamente popular de los entremeses?- agradezco sinceramente a Brenda Escobedo y a Ernesto Arias que hayan recuperado para el colofón del espectáculo parte del delicioso y discreto monólogo de la pastora Marcela de la primera parte de El Quijote y por el que siento especial predilección; modelo de elegancia y perfección es sin duda uno de los pasajes más hermosos de la literatura española.
Es tarea imposible ponderar individualmente el trabajo de un elenco tan numeroso y que muestra tan cumplidas como variadas habilidades, el canto, la danza o el manejo de instrumentos musicales. Cabe resaltar el movimiento escénico de conjunto en las numerosas escenas corales, pese a que en ocasiones el escenario se les queda inevitablemente pequeño. En La guarda cuidadosa debo destacar el donaire y desparpajo de la criadita Cristina (Luna Paredes) a la hora de elegir a su pretendiente y la atinada parodia del soldado fanfarrón que hace Ion Iraizoz. El tono paródico pero volcado a una sátira más acerba impregna en general a los personajes del segundo de los entremeses, con figuras de tintes valleinclanescos, en particular las tres “mozas del partido” la Pizpita, (Claudia Coelho), la Mostrenca (Carmen Bécares) y la Repulida (Xana del Mar) que rivalizan en descaro y zalamería para atraerse la voluntad de Trampagos; con la exhibición impúdica de sus atributos, sus gestos obscenos y su lenguaje procaz encandilan a los paisanos, al pendenciero Chiquiznaque (Ion Iraizoz) y al rústico patán encarnado por Nicolás Sanz. Marcos Toro hace una espléndida recreación del Trampagos, un taimado bergante que vive del comercio carnal de sus pupilas; la escena inicial del planto por la pérdida de la Pericona es antológica. Y no lo es menos el fin de fiesta en el que se celebra por todo lo alto la liberación de Escarramán (estupendo José Juan Sevilla), el misterioso cautivo en Berbería que se revela consumado danzante y seductor. Como contrapunto a la hiperactividad gestual de los integrantes de esta escena de lascivia, embriaguez y desenfreno Carmen Valverde, en una serena, casi hierática Marcela, se erige en una consumada maestra del “ars bene dicendi” renacentista.
En esta época de menosprecio y decadencia del idioma, en pleno apogeo de las fuerzas disgregadoras que amenazan con romper la unidad de España y menoscabar su rico acervo cultural heredado de siglos, el estreno de espectáculos como el que comentamos, fruto de una indagación exhaustiva y rigurosa en el universo cervantino, pilar indiscutible e indiscutido de ese rico patrimonio cultural común que es nuestra lengua española abre un pequeño resquicio de esperanza e invita a mirar el futuro con optimismo.
Autor: Miguel de Cervantes.
Con: Silvia Acosta,Víctor Antona, Vivi Atienza, Carmen Bécares, Claudia Coelho, Xana de Mar, Ion Iraizoz, Jesús Luque, Juan Paños, Luna Paredes, Pablo Rodríguez, Nicolás Sanz, José Juan Sevilla, Marcos Toro, Carmen Valverde y Aida Villar.
Dramaturgia: Brenda Escobedo.
Ambientación: Silvia de Marta.
Musica: Eduardo Aguirre de Cárcer.
Dirección: Ernesto Arias.
Alcalá de Henares. Corral de Comedias.
Con ocasión de la reposición en 2014 de los Entremeses -espectáculo inaugural del teatro de la Abadía allá por el año 1994- escribíamos que tal montaje constituía una muestra bien representativa del que vendrá a ser el impagable legado a la escena española contemporánea del actor, director y académico José Luis Gómez, impulsor y alma mater durante estos más de 20 años del quehacer artístico del teatro de la calle Fernández de los Ríos.
El presente estreno de estos Dos nuevos Entremeses nunca representados (El rufián viudo llamado Trampagos y La guarda cuidadosa) cuya dirección José Luis Gómez ha encomendado a Ernesto Arias constituye el inicio gozoso y esperanzador de una nueva época donde los alumnos del maestro han tomado la batuta para continuar y expandir su proyecto.
Y quien vea este nuevo montaje podrá concluir que la continuidad está garantizada. El mismo árbol de entonces enseñorea ahora la escena y los mismos “mozos” y “mozas” que se rendían al sueño bajo sus ramas bañadas por la luna, despiertan ahora rejuvenecidos, como tocados por la magia de Oberón en El sueño de una noche de verano, para acompañarnos por los procelosos vericuetos de la febril imaginación cervantina. Y la misma exigencia renovada por un riguroso trabajo de expresión corporal -entre la disciplina grotowskiana y el virtuosismo y la sutileza de la comedia del Arte-, y el mismo empeño en situar la alocución escénica en el lugar de excelencia que se corresponde con el grado de elaboración artística de los textos a los que sirve.
Se trata de dos piezas de una comicidad rotunda, desbordante, bufonesca, de raigambre popular; dos textos codificados en un lenguaje de gran expresividad y plagado de términos de “germanía” que los actores incorporan con una extraordinaria naturalidad haciendo que suenen casi como el habla cotidiana. El resultado es una fiesta; una bacanal, estaríamos tentados de decir, si recordamos la francachela que se corren Trampagos y sus compadres para celebrar sus esponsales con su nueva pupila, la Repulida; dejémoslo en una orgía para los sentidos, donde música -espléndido trabajo de Eduardo Aguirre de Cárcer-, danza, gestualidad y palabra y se aúnan en un raro ceremonial de encantamiento. Y aunque traído un poco por los pelos -¿cómo contrapunto del registro rabiosamente popular de los entremeses?- agradezco sinceramente a Brenda Escobedo y a Ernesto Arias que hayan recuperado para el colofón del espectáculo parte del delicioso y discreto monólogo de la pastora Marcela de la primera parte de El Quijote y por el que siento especial predilección; modelo de elegancia y perfección es sin duda uno de los pasajes más hermosos de la literatura española.
Es tarea imposible ponderar individualmente el trabajo de un elenco tan numeroso y que muestra tan cumplidas como variadas habilidades, el canto, la danza o el manejo de instrumentos musicales. Cabe resaltar el movimiento escénico de conjunto en las numerosas escenas corales, pese a que en ocasiones el escenario se les queda inevitablemente pequeño. En La guarda cuidadosa debo destacar el donaire y desparpajo de la criadita Cristina (Luna Paredes) a la hora de elegir a su pretendiente y la atinada parodia del soldado fanfarrón que hace Ion Iraizoz. El tono paródico pero volcado a una sátira más acerba impregna en general a los personajes del segundo de los entremeses, con figuras de tintes valleinclanescos, en particular las tres “mozas del partido” la Pizpita, (Claudia Coelho), la Mostrenca (Carmen Bécares) y la Repulida (Xana del Mar) que rivalizan en descaro y zalamería para atraerse la voluntad de Trampagos; con la exhibición impúdica de sus atributos, sus gestos obscenos y su lenguaje procaz encandilan a los paisanos, al pendenciero Chiquiznaque (Ion Iraizoz) y al rústico patán encarnado por Nicolás Sanz. Marcos Toro hace una espléndida recreación del Trampagos, un taimado bergante que vive del comercio carnal de sus pupilas; la escena inicial del planto por la pérdida de la Pericona es antológica. Y no lo es menos el fin de fiesta en el que se celebra por todo lo alto la liberación de Escarramán (estupendo José Juan Sevilla), el misterioso cautivo en Berbería que se revela consumado danzante y seductor. Como contrapunto a la hiperactividad gestual de los integrantes de esta escena de lascivia, embriaguez y desenfreno Carmen Valverde, en una serena, casi hierática Marcela, se erige en una consumada maestra del “ars bene dicendi” renacentista.
En esta época de menosprecio y decadencia del idioma, en pleno apogeo de las fuerzas disgregadoras que amenazan con romper la unidad de España y menoscabar su rico acervo cultural heredado de siglos, el estreno de espectáculos como el que comentamos, fruto de una indagación exhaustiva y rigurosa en el universo cervantino, pilar indiscutible e indiscutido de ese rico patrimonio cultural común que es nuestra lengua española abre un pequeño resquicio de esperanza e invita a mirar el futuro con optimismo.
Gordon Craig.
jueves, mayo 05, 2016
TEATRO. Numancia. "Canto al heroísmo y a la libertad".
De Miguel de Cervantes. Versión de Luis
Alberto de Cuenca y Alicia Mariño.
Con:
Beatriz Argüello, Alberto Velasco, Chema Ruiz, Raúl Sanz, Carlos Lorenzo,
Alberto Jiménez, Markos Marín, Maru Valdivielso, Julia Piera, Críspulo Cabezas,
Mélida Molina y Miryam Gallego.
Diseño de
escenografía: Alessio Meloni.
Diseño de
vestuario: Almudena Huertas.
Diseño de
Iluminación: José Manuel Guerra.
Música y
espacio sonoro: Luis Cobo.
Dirección: Juan
Carlos Pérez de la Fuente.
Madrid. Teatro Español,
De fuentes mitad históricas mitad
legendarias La destrucción de Numancia se inspira en la resistencia
heroica de los defensores de la ciudad soriana de Numancia asediada por las
legiones romanas bajo el mando de Publio Cornelio Escipión Emiliano. Tras casi
trece meses de sitio, debilitados por el hambre y las enfermedades y tras dos
intentos infructuosos de negociar un acuerdo de paz honroso los numantinos
decidieron poner fin a la situación en el verano del 133 antes de Cristo
matando a sus hijos y a sus mujeres y suicidándose para no caer en manos de los
sitiadores.
Escrita en la treintena (hacia 1580),
cuando Miguel de Cervantes acababa de regresar del cautiverio de Argel, el
escritor distaba mucho del Cervantes decepcionado y escéptico de los Entremeses
o del Cervantes desencantado del Quijote; todavía alienta en él, quizá,
un sentimiento patriótico de orgullo por el Imperio y sus valores, que él mismo
había contribuido a defender como soldado, y ello le hace buscar en las gestas
del pasado los cimientos de la grandeza presente. La versión, -espléndida, por
otra parte-, mitiga, si puede decirse así, ese halo de fervor patriótico que
destila el texto original, por ejemplo, en la Jornada Primera, donde se modula
el tono excesivamente plañidero de la figura alegórica de “España” lamentándose
de las vejaciones de todos los pueblos invasores de la península hasta la fecha
y se contrarresta en parte la complacencia con la que se evoca el futuro
glorioso de España (la España imperial) en la profecía del padre “Duero”,
mencionando otros episodios menos honrosos de la historia patria, como la
Guerra Civil o la dictadura franquista,
a los que, obviamente, no alude el texto original.
Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño,
autores de la versión, mantienen, no obstante, intacto, el profundo espíritu
épico que impregna la obra, y que la emparenta, según algunos críticos
autorizados, con la tragedia griega; reducen a su mínima expresión la Jornada
Segunda, la más controvertida y clarifican los tres planos fundamentales del
desarrollo de la acción: el individual, centrado sobre todo en las figuras de
Lira, Leonelo y su amigo Leonicio; el colectivo, centrado en la solidaridad y
el heroismo del conjunto y el mítico/histórico; en este punto, siguiendo la
estela del montaje de Jean Louis Barrault los responsables del montaje
identifican las figuras alegóricas con los coros de la tragedia griega, como
por ejemplo en el final de la Jornada Tercera en el que el diálogo madre hijo se
trasforma y se pone en boca de un coro de mujeres demacradas de aspecto
fantasmal, con los pechos al aire y mesándose los cabellos mientras entonan una
quejumbrosa palinodia sobre los estragos
del hambre y las privaciones.
Juan Carlos Pérez de la Fuente, que
sobresale tanto en la dirección de actores como en el manejo de los símbolos y
de las alegorizaciones ha encontrado en este texto una magnífica oportunidad
para desplegar su talento y secundado por Alessio Meloni y Luis Miguel Cobo,
responsables de un espacio escénico y sonoro excepcionales, logra crear
imágenes de un extraordinario impacto visual y estético. Se trata de un montaje
redondo que peca, si acaso, de un exceso ocasional de efectismo, qué sé yo, por
ejemplo en la escena de Leonelo, colgado del muro, moribundo cuando regresa de
su incursión a por víveres en el campamento romano, o la de Lira, arrojándose
de la “torre/trapecio” en la escena final ante la mirada contrariada de
Escipión que ve como se esfuma ante sus narices la posibilidad de hacer un solo
prisionero para presentar al senado como botín de su pírrica victoria contra
los numantinos. Por lo general, el tono, aunque de extremo dramatismo, resulta
acorde con el horror que suponen las penurias del cerco y el final desastrado
de los sitiados.
Y es difícil destacar aspectos
concretos del montaje y del trabajo de los actores, que como digo, en general
se mantienen dentro de un elevado nivel de exigencia artística. No me resisto a
mencionar, empero, las conmovedoras escenas que protagonizan Lira (Miryam
Gallego) y Leonelo (Markos Marín) en su encuentro del final de la Jornada
Tercera o la del planto de Lira también ante el cuerpo exánime de Leonelo al
pie de la muralla de la Jornada Cuarta. La fuerza trágica de ambas escenas es
de una belleza arrebatadora. Y otro tanto cabe decir de la desesperación de
Teógenes (Alberto Jiménez) y su mujer (Mélida Molina) ante la perspectiva de
tener que dar muerte a sus propios hijos. Sobrecoge asimismo la tétrica figura
de “La Guerra” (Beatriz Argüello) arrastrando el carro de la muerte
-reconocible homenaje a la Madre Coraje de Brecht-, y toda la escena del parto
de “El Hambre” y “La Enfermedad”, dos abortos monstruosos cuyas muecas y
chillidos son la réplica siniestra y grotesca de estas dos secuelas terribles
de la guerra traídas al mundo con la ayuda del insolente y bárbaro
“Hombre-Partera” (Alberto Velasco). De hecho, ambos, Alberto Velasco y una
versátil Beatriz Argüello, dan vida múltiples personajes en un portentoso
trabajo de metamorfosis actoral acaparando un sin fin de figuras alegóricas a
cual de mayor mérito y complejidad.
Un trabajo en fin riguroso, inspirado y
lleno de aciertos. Un excepcional homenaje, dentro de la medianía de los actos
que se están celebrando en el cuatrocientos aniversario de la muerte del eximio
escritor que tanto luchó con sus escritos y con la fuerza de su brazo, por las
grandes causas de la civilización occidental: por el amor, por la dignidad, por
la libertad y por la solidaridad.
Gordon
Craig.
viernes, agosto 28, 2015
1000 razones para no dejar de leer. El Quijote de Miguel de Cervantes. Don Quijote y la libertad.
"[...] La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. [...]".
El Quijote de Miguel de Cervantes. (II parte, capítulo 58).
viernes, julio 03, 2015
TEATRO. La gitanilla. "Cervantes fusión".
De Miguel de Cervantes. Versión de María Velasco.
Con: Celia Freijeiro, Tusti de las Heras, Lucía Espín, Luis Hostalot, Bart Santana y Raúl Jiménez.
Guitarrista: David Monge
Dirección: Sonia Sebastián.
XV edición del Festival de las Artes Escénicas 'Clásicos en Alcalá'
Corral de Comedias.
Con: Celia Freijeiro, Tusti de las Heras, Lucía Espín, Luis Hostalot, Bart Santana y Raúl Jiménez.
Guitarrista: David Monge
Dirección: Sonia Sebastián.
XV edición del Festival de las Artes Escénicas 'Clásicos en Alcalá'
Corral de Comedias.
La gitanilla es la primera y una de las más conocidas (con Rinconete y Cortadillo, La ilustre fregona o El licenciado vidriera) de las doce narraciones breves que Cervantes escribió entre la publicación de la primera y la segunda parte de El Quijote y que dio a la estampa bajo el título genérico de Novelas Ejemplares, debido precisamente a su propósito moralizador o ejemplarizante de “instruir deleitando” del que el propio Cervantes nos informa en el prólogo a la primera edición.
La protagonista es la joven Preciosa, acogida en un clan de etnia gitana de vida itinerante que se gana el sustento a salto de mata aprovechándose de la destreza en el cante y en el baile de la muchacha, pero sobre todo, de su gentileza, donaire y discreción, manifiesta en una claridad de juicio y en unas sentencias que dejan en suspenso a cuantos las escuchan. En Madrid se enamora perdidamente de ella el también joven caballero Juan de Cárcamo, que acepta, a fin de conseguir su amor, la sorprendente propuesta de la joven de que se haga pasar por gitano durante un periodo de prueba de dos años, a lo largo del cual, se habrá de poner de manifiesto si esa atracción que siente por ella es permanente y verdadera o si se trata de un capricho pasajero. La obra es todo un canto a la alegría de vivir libre y sin sujeción a la ley, pero a su vez una exaltación de libertad de elección de la mujer y de la honestidad (“lor es la de la virginidad que, a ser posible, aun con la imaginación no habría de dejar de ofenderse. Cortada la rosa del rosal, ¡con qué brevedad y facilidad se marchita!).
Profunda conocedora del universo cervantino y directora de varios espectáculos inspirados en textos de Cervantes (Muere, Numancia, Muere, de María Velasco o Palabra de perro, de Juan Mayorga, entre otros) Sonia Sebastián continúa con este montaje su línea de trabajo destinada a divulgar y a “acercar” la obra de nuestro más grande novelista a los espectadores contemporáneos, en esta ocasión, como ya hiciera con Entrometidos: El viejo celoso y La cueva de Salamanca (en colaboración, también, con María Velasco) vinculando la puesta en escena con el universo del cante hondo, siguiendo un impulso de fusión o mestizaje de diferentes lenguajes muy en boga últimamente en diversas manifestaciones de la artes escénicas y de la música.
Nada que objetar al “concepto”, como dicen los cursis; máxime si tenemos en cuenta que la novela se desenvuelve en el mundo de los gitanos, a quienes se vincula desde tiempo inmemorial con el origen y desarrollo del flamenco. En su plasmación escénica, empero, esa fusión del texto cervantino con el cante y con el baile no hace justicia ni a uno ni a los otros dejando en el aire muchos interrogantes -excepción hecha del buen hacer del guitarrista, David Monge- y poniendo al descubierto no pocas carencias; a las interpretaciones de Celia Freijeiro, espléndida actriz, por otra parte, le falta la garra y el duende de las cantaoras profesionales, por mucho que se evoque el magisterio de la gran Carmen Amaya. Por lo que respecta a la adaptación de María Velasco y su intento de agiornamiento del texto, me temo que resulta demasiado evidente la disociación entre los pasajes textuales originarios y los que ha salido de su pluma, elementos de la jerga romaní o chistes sobre gitanos incluidos. Basta releer unas páginas del original de Cervantes para darse cuenta de que el espectáculo, presa de un cierto envaramiento y, quizá, de falta de rodaje, carece de esa espontaneidad, ese sereno equilibrio y ese profundo poso de humanidad del texto cervantino.
El entusiasmo y el esfuerzo que hay en este trabajo y el coraje de esta intrépida nadadora contracorriente que es Sonia Sebastián bien valen el empeño; hay un muy buen tono en la pareja formada por “nieta” y abuela, Celia Frijedo y Tusti de las Heras, que se llevan de calle al respetable con su gracejo y desparpajo. Y cuadros de innegable belleza plástica, pero hay ciertos aspectos de la dramaturgia como la ceremonia nupcial del final de la obra, parodiando los tópicos esponsales payos que parece un tanto extemporánea. La carga de profundidad contra el sesgo peyorativo-racista del apelativo “trapacero” y sus acepciones -según el Diccionario de la RAE- asociadas al carácter gitano tiene mucho de reality show y excede la ponderación con la que trata el asunto Cervantes.
Gordon Craig.
viernes, mayo 29, 2015
TEATRO. Pingüinas. "Catarsis pánica".
De Fernando Arrabal.
Con: María Hervás, Ana Torrent, Marta Poveda, Lara Grube, Ana Vayón, María Besant, Lola Baldrich, Alexandra Calvo, Badía Albayati, Sara Moraleda y Miguel Cazorla.
Movimiento escénico y coreografía: Marta Carrasco.
Escenografía: Emilio Valenzuela.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Madrid. Naves del Español. Sala Fernando Arrabal.
Con: María Hervás, Ana Torrent, Marta Poveda, Lara Grube, Ana Vayón, María Besant, Lola Baldrich, Alexandra Calvo, Badía Albayati, Sara Moraleda y Miguel Cazorla.
Movimiento escénico y coreografía: Marta Carrasco.
Escenografía: Emilio Valenzuela.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Madrid. Naves del Español. Sala Fernando Arrabal.
Arrabal es con seguridad el más internacional de nuestros autores de teatro vivos, uno de los de mayor prestigio y calidad y el eslabón insoslayable que conecta la escena actual en lengua española con los grandes movimientos teatrales de principios de siglo: Artaud y el "teatro de la crueldad", Grotowsky, o los grandes autores del absurdo, y sin embargo, no podemos decir que, excepción hecha de Pérez de la Fuente que ha llevado a la escena varias de sus obras, se prodigue en nuestra cartelera. Con Pingüinas, encargo del propio Pérez de la Fuente para conmemorar el cuatricentenario de la publicación de la segunda parte del Quijote, vuelve afortunadamente a nuestros escenarios, fiel a sí mismo y a su fama de “outsider” transgresor, excéntrico y visionario.
Esta fantasía o ensoñación, no de otra forma podría clasificarse Pingüinas, es un diálogo sostenido entre los universos cervantino y arrabaliano conectados a través del tiempo por un hilo conductor, el ejercicio de la libertad, que inspira tanto la vida como la obra de ambos autores y por el desarraigo (el exilio de Arrabal, nunca aceptado del todo por el “stablismen” cultural español y la marginalidad de Cervantes que, a su vuelta de su servicio en la milicia y del penoso cautiverio de Argel se vio desamparado en una España en decadencia, de truhanes y arribistas y aherrojada por prejuicios religiosos, de clase y de casta). No es casual en este sentido, que una de las escenas fundamentales de la obra sea una conmovedora evocación del cautiverio de Cervantes ni que las protagonistas de la obra, las mujeres en la vida del escritor (abuela, madre, esposa, hermanas, etc), irrumpan aquí y ahora, en pleno siglo XXI, metamorfoseadas en una troupe de aguerridas moteras (que reclaman para sí los apelativos de “panteras”, “lolitas”, “guerrilleras”, “cervantas” o “quijotas”) dispuestas reclamar sus derechos y a ponerse el mundo por montera.
La obra se articula en torno a un episodio central, correspondiente al capítulo XLI de la segunda parte del Quijote, la venida del caballo Clavileño y el viaje que a su grupa emprenden Don Quijote y Sancho por las esferas celestiales. De hecho empieza con esta “venida” de Clavileño, transformado para la ocasión en parte del ala de una aeronave, con la enseña de Europa visible en los restos del fuselaje, que cae con estrépito para incrustarse entre unas rocas y que permanece ahí durante toda la representación como el único elemento de la escenografía y como símbolo quizá de la decadencia de nuestra civilización tecnológica. Pero la obra no se ciñe a esta anécdota concreta. Ésta no es sino el aglutinante de un conglomerado de ideas, alusiones y opiniones en torno a la vida y la obra de Cervantes junto a las cuales reaparecen los grandes temas que han obsesionado a Arrabal desde la época fundacional de su “teatro Pánico” y que tienen que ver con una crítica furibunda -desaforada, podríamos decir, para utilizar un término cervantino- al sistema ético y estético tradicional de valores encarnados en la familia, la religión (católica), el patriotismo u otras instancias o agentes sociales de adocenamiento y de represión, explícitos o subliminales.
La elección de los personajes, diez mujeres “contra” un único personaje masculino ya da una idea de la importancia concedida por Arrabal al elemento femenino en la vida de escritor. El nombre elegido para ese personaje, Miho (¿“mi hijo”, con “h” aspirada?) referido a Cervantes acentúa el predicamento del que goza su madre, Leonor, trascendida en un plano simbólico en “Madre Amantísima”, en esa mezcla de lo sacro y lo sacrílego que caracteriza el estilo arrabalesco. Leonor (espléndida Lara Grube) protagoniza una de las escenas de mayor dramatismo de la obra en su intento frustrado de liberar a su hijo de la prisión. Junto a ella acaparan los papeles principales la abuela, Torreblanca (María Hervás), su sobrina Canstanza (Marta Poveda) y su hermana monja, Luisa de Belén (Ana Torrent). Las dos primeras, junto al resto de moteras encarnan de alguna manera el mismo espíritu de rebeldía, el deseo de ser libres en la búsqueda del amor y de la felicidad que ya estaba presente en personajes como la pastora Marcela o la Gitanilla. Entre otros, reivindican también de manera reiterativa y ostensible, manifiesta en su lenguaje descarado y arrabalero y en sus gestos obscenos, el derecho a una sexualidad libre de trabas. (Y me arrepiento de haber escrito “obsceno” para hacer referencia a las poses y gestos provocativos de las Pingüinas, por haber caído en una trampa semántica fruto de la moral dominante, una de las muchas trampas que Arrabal no se ha cansado de desenmascarar a lo largo de su dilatada carrera de escritor). Una sexualidad, digo, de burdel, como evocación, de intención ambigua, de la casa de mala reputación que regentaron en Valladolid dos de las hermanas de Cervantes, Andrea y Magdalena (las “Cervantas”). Frente a ellas, como contrapunto, o como figura dramática de antagonista se sitúa Luisa de Belén, santa, mártir y virgen, como la califica Constanza, encarnación de una dudosa racionalidad cuyos raptos místicos y cuyo lenguaje sentencioso y enigmático trae de cabeza a sus compañeras de fatigas.
Para calificar el montaje en su conjunto no se me ocurre otro calificativo que el de espectacular. No hay elementos luminotécnicos, sonoros, visuales, cibernéticos y hasta pirotécnicos de los que no se sirva Pérez de la Fuente -perito en barroquismo-, en su intento de captar y transmitir la esencia de un texto que está reclamando a gritos el volcado escénico de su carga simbólica. Desde este punto de vista -y aunque es plausible pensar que alguien considere desmesurado este derroche de medios técnicos-, ese despliegue quedaría justificado, así como el tratamiento del lenguaje, el movimiento escénico y la expresión corporal, llevados a límite de autómatas gesticulantes y convulsos, en virtud de las exigencias de un texto caudaloso, ambiguo, proteiforme, caótico y lleno de contrastes; de ahí que el rugir de las motos alterne con el timbre metálico del sonido del ordenador de a bordo que da sus últimas boqueadas entre chispazos y cortocircuitos, con la deformada imagen de los hologramas, con el estruendo y la solemnidad del órgano que acompaña la entrada triunfante del escritor portando el yelmo de Mambrino o con la música celestial que acompaña la bellísima estampa de las danzantes giróvagas mientras persiguen la trascendencia en el éxtasis.
Gordon Craig.
jueves, enero 08, 2015
TEATRO. Entremeses. "Gozoso reencuentro".
De Miguel de Cervantes.
Con: Julio Cortazar, Miguel Cubero, Palmira Ferrer, Elisabet Gelabert, Javier Lara, Luis Moreno, Inma Nieto, José Luis Torrijo, Diana Bernedo y Eduardo Aguirre de Cárcer.
Música Luis Delgado. Vestuario: María Luisa Engel.
Dirección: José Luis Gómez.
Madrid. Teatro de la Abadía.
Tras muchas experiencias decepcionantes tengo por costumbre no asistir a reposiciones de montajes de cuya primera exhibición guardo gratos recuerdos. Si el espectáculo en cuestión lo consideré en su día de una calidad excepcional, entonces aplico esta norma a rajatabla y sólo la vulnero en contadísimas ocasiones. La de ayer fue una de esas raras ocasiones, y a fe que mereció la pena, porque la experiencia constituyó un gozoso reencuentro con una forma de exigencia artística, de rigor en el trabajo y de la consideración del teatro como un elevado quehacer estético que inauguró el equipo de La Abadía comandado por José Luis Gómez hace ya casi 20 años con dos obras cimeras de la dramaturgia española: el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, de Valle, y estos Entremeses cervantinos.
Para la fecha de ese primer montaje de los Entremeses yo no hacía todavía reseñas de teatro, pero aunque no tengo la constancia escrita, permanece en mí muy vivo el recuerdo del profundo impacto que me produjo ese espectáculo. Fue, tengo que decirlo sin ambages, como un deslumbramiento y tuve la sensación clara y definida de que abría una nueva puerta de acceso al mundo de los clásicos -porque, clásico es también ya, en sentido lato, el Retablo-; aquel gracejo, aquella frescura inaugural, aquel dinamismo, aquel aire de fiesta popular brechtiano y aquella forma de componer el personaje a la vista de los espectadores; aquella desenvoltura y aquel desenfado que permitían aflorar toda la punzante ironía de los textos ..., y el extraordinario trabajo sobre el cuerpo, y ¡la palabra!, verdaderamente encarnada en el cuerpo del actor, como (casi) nunca habíamos visto antes, no, al menos, como producto de una ejercitación sistemática, de escuela, sometida a una organización y a unos criterios claros de dirección, aunque sí, obviamente, como manifestación de la intuición o del talento individuales.
Pues bien todo aquello, corregido y aumentado, se reproduce en el presente montaje. Un espectáculo en el que se resume y cifra gran parte de la labor de dirección de José Luis Gómez y de su trabajo como maestro de actores durante estos últimos veinte años; una muestra bien representativa del que será su impagable legado a la escena española contemporánea.
He dicho “legado” porque no me atrevo a hablar de testamento poético, pero tiene este montaje mucho de fin de ciclo, de compendio de toda una época, y de homenaje a las figuras de los creadores que le han marcado como artista. Ese árbol seco que enseñorea la escena, más que el “frondoso árbol de las letras” cervantino al que alude Goytisolo se nos representa a nosotros como un tributo al desolado paisaje beckettiano de Esperando a Godot, que reverdece ocasionalmente para dar cobijo en las noches cálidas del solsticio al antiguo ceremonial del teatro. Convocados al reclamo de los silbos de las aves cantoras que rompen el silencio de la noche en el campo, mozos y mozas del pueblo acuden a un encuentro nocturno para celebrar la llegada de la nueva estación hasta que rendidos de tanto cantar y retozar se quedan dormidos bajo el árbol a la luz de la luna. Entre tanto habrá lugar para solazarse cantando coplas y contando historias y refranes que reflejan el sentir y las aspiraciones de esos jóvenes de los ambientes rurales que tan bien conocía Cervantes y que con tanta gracia y humor, no exento de crítica, relataba.
Ponderar a todos los actores y actrices que intervienen en el montaje sería una tarea ímproba, porque cada uno de ellos, tanto los “nuevos” como los que ya participaron en el elenco del montaje originario hacen una extraordinaria labor de creación de tipos que no desmerecen (superan incluso) a los de la Comedia del Arte, desde la intrigante Ortigosa (Palmira Ferrer) que también borda el papel de la descarada Cristina, criada de la pícara Leonarda (Inma Nieto), que, a su vez, es Rabelín en El retablo ... y la ubicua y rabisalsera criada de la Doña Lorenza, una Elisabeth Gelabert espléndida en su ingenuidad pero también en el recién aprendido arte del disimulo; por no mencionar a la cuarta de las féminas en liza, esa especie de zafia muñeca pepona que compone Diana Barnedo para dar vida a la labradora Juana Castrada. Los personajes masculinos basculan entre la astucia y el ingenio del titiritero Chanfalla o del Estudiante (ambos obra de Miguel Cubero), la ignorancia de Pancracio, el incauto marido engañado (José Luis Torrijo) y el endiablado genio del celoso Cañizares (descacharrante Luis Moreno). Pero donde todos brillan más allá de toda ponderación es en su espléndida caracterización de zafios y petulantes representantes de las fuerzas vivas locales en El retablo de las maravillas, obra maestra sin paliativos que consiguió encandilar al público y arrancarle un torrente de carcajadas y un cerrado aplauso final.
Gordon Craig.
Entremeses en el Teatro de la Abadía.
Con: Julio Cortazar, Miguel Cubero, Palmira Ferrer, Elisabet Gelabert, Javier Lara, Luis Moreno, Inma Nieto, José Luis Torrijo, Diana Bernedo y Eduardo Aguirre de Cárcer.
Música Luis Delgado. Vestuario: María Luisa Engel.
Dirección: José Luis Gómez.
Madrid. Teatro de la Abadía.
Tras muchas experiencias decepcionantes tengo por costumbre no asistir a reposiciones de montajes de cuya primera exhibición guardo gratos recuerdos. Si el espectáculo en cuestión lo consideré en su día de una calidad excepcional, entonces aplico esta norma a rajatabla y sólo la vulnero en contadísimas ocasiones. La de ayer fue una de esas raras ocasiones, y a fe que mereció la pena, porque la experiencia constituyó un gozoso reencuentro con una forma de exigencia artística, de rigor en el trabajo y de la consideración del teatro como un elevado quehacer estético que inauguró el equipo de La Abadía comandado por José Luis Gómez hace ya casi 20 años con dos obras cimeras de la dramaturgia española: el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, de Valle, y estos Entremeses cervantinos.
Para la fecha de ese primer montaje de los Entremeses yo no hacía todavía reseñas de teatro, pero aunque no tengo la constancia escrita, permanece en mí muy vivo el recuerdo del profundo impacto que me produjo ese espectáculo. Fue, tengo que decirlo sin ambages, como un deslumbramiento y tuve la sensación clara y definida de que abría una nueva puerta de acceso al mundo de los clásicos -porque, clásico es también ya, en sentido lato, el Retablo-; aquel gracejo, aquella frescura inaugural, aquel dinamismo, aquel aire de fiesta popular brechtiano y aquella forma de componer el personaje a la vista de los espectadores; aquella desenvoltura y aquel desenfado que permitían aflorar toda la punzante ironía de los textos ..., y el extraordinario trabajo sobre el cuerpo, y ¡la palabra!, verdaderamente encarnada en el cuerpo del actor, como (casi) nunca habíamos visto antes, no, al menos, como producto de una ejercitación sistemática, de escuela, sometida a una organización y a unos criterios claros de dirección, aunque sí, obviamente, como manifestación de la intuición o del talento individuales.
Pues bien todo aquello, corregido y aumentado, se reproduce en el presente montaje. Un espectáculo en el que se resume y cifra gran parte de la labor de dirección de José Luis Gómez y de su trabajo como maestro de actores durante estos últimos veinte años; una muestra bien representativa del que será su impagable legado a la escena española contemporánea.
He dicho “legado” porque no me atrevo a hablar de testamento poético, pero tiene este montaje mucho de fin de ciclo, de compendio de toda una época, y de homenaje a las figuras de los creadores que le han marcado como artista. Ese árbol seco que enseñorea la escena, más que el “frondoso árbol de las letras” cervantino al que alude Goytisolo se nos representa a nosotros como un tributo al desolado paisaje beckettiano de Esperando a Godot, que reverdece ocasionalmente para dar cobijo en las noches cálidas del solsticio al antiguo ceremonial del teatro. Convocados al reclamo de los silbos de las aves cantoras que rompen el silencio de la noche en el campo, mozos y mozas del pueblo acuden a un encuentro nocturno para celebrar la llegada de la nueva estación hasta que rendidos de tanto cantar y retozar se quedan dormidos bajo el árbol a la luz de la luna. Entre tanto habrá lugar para solazarse cantando coplas y contando historias y refranes que reflejan el sentir y las aspiraciones de esos jóvenes de los ambientes rurales que tan bien conocía Cervantes y que con tanta gracia y humor, no exento de crítica, relataba.
Ponderar a todos los actores y actrices que intervienen en el montaje sería una tarea ímproba, porque cada uno de ellos, tanto los “nuevos” como los que ya participaron en el elenco del montaje originario hacen una extraordinaria labor de creación de tipos que no desmerecen (superan incluso) a los de la Comedia del Arte, desde la intrigante Ortigosa (Palmira Ferrer) que también borda el papel de la descarada Cristina, criada de la pícara Leonarda (Inma Nieto), que, a su vez, es Rabelín en El retablo ... y la ubicua y rabisalsera criada de la Doña Lorenza, una Elisabeth Gelabert espléndida en su ingenuidad pero también en el recién aprendido arte del disimulo; por no mencionar a la cuarta de las féminas en liza, esa especie de zafia muñeca pepona que compone Diana Barnedo para dar vida a la labradora Juana Castrada. Los personajes masculinos basculan entre la astucia y el ingenio del titiritero Chanfalla o del Estudiante (ambos obra de Miguel Cubero), la ignorancia de Pancracio, el incauto marido engañado (José Luis Torrijo) y el endiablado genio del celoso Cañizares (descacharrante Luis Moreno). Pero donde todos brillan más allá de toda ponderación es en su espléndida caracterización de zafios y petulantes representantes de las fuerzas vivas locales en El retablo de las maravillas, obra maestra sin paliativos que consiguió encandilar al público y arrancarle un torrente de carcajadas y un cerrado aplauso final.
Gordon Craig.
Entremeses en el Teatro de la Abadía.
lunes, junio 23, 2014
TEATRO. Entremeses. "Gozoso reencuentro".
De Miguel de Cervantes.
Con: Julio Cortazar, Miguel Cubero, Palmira Ferrer, Elisabet Gelabert, Javier Lara, Luis Moreno, Inma Nieto, José Luis Torrijo, Diana Bernedo y Eduardo Aguirre de Cárcer.
Música: Luis Delgado. Vestuario: María Luisa Engel
Dirección: José Luis Gómez.
XIV Festival de las Artes Escénicas “Clásicos en Alcalá”. Alcalá de Henares. Teatro Salón Cervantes.
Tras muchas experiencias decepcionantes tengo por costumbre no asistir a reposiciones de montajes de cuya primera exhibición guardo gratos recuerdos. Si el espectáculo en cuestión lo consideré en su día de una calidad excepcional, entonces aplico esta norma a rajatabla y sólo la vulnero en contadísimas ocasiones. La de ayer fue una de esas raras ocasiones, y a fe que mereció la pena, porque la experiencia constituyó un gozoso reencuentro con una forma de exigencia artística, de rigor en el trabajo y de la consideración del teatro como un elevado quehacer estético que inauguró el equipo de La Abadía comandado por José Luis Gómez hace ya casi 20 años con dos obras cimeras de la dramaturgia española: el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, de Valle, y estos Entremeses cervantinos.
Para la fecha de ese primer montaje de los Entremeses yo no hacía todavía reseñas de teatro, pero aunque no tengo la constancia escrita, permanece en mí muy vivo el recuerdo del profundo impacto que me produjo ese espectáculo. Fue, tengo que decirlo sin ambages, como un deslumbramiento y tuve la sensación clara y definida de que abría una nueva puerta de acceso al mundo de los clásicos -porque, clásico es también ya, en sentido lato, el Retablo-; aquel gracejo, aquella frescura inaugural, aquel dinamismo, aquel aire de fiesta popular brechtiano y aquella forma de componer el personaje a la vista de los espectadores; aquella desenvoltura y aquel desenfado que permitían aflorar toda la punzante ironía de los textos ..., y el extraordinario trabajo sobre el cuerpo, y ¡la palabra!, verdaderamente encarnada en el cuerpo del actor, como (casi) nunca habíamos visto antes, no, al menos, como producto de una ejercitación sistemática, de escuela, sometida a una organización y a unos criterios claros de dirección, aunque sí, obviamente, como manifestación de la intuición o del talento individuales.
Pues bien todo aquello, corregido y aumentado, se reproduce en el presente montaje, que en estreno absoluto hemos podido ver el viernes y el sábado en el Teatro Cervantes en el contexto de la XIV edición de los “Clásicos en Alcalá”. Un espectáculo en el que se resume y cifra gran parte de la labor de dirección de José Luis Gómez y de su trabajo como maestro de actores durante estos últimos veinte años; una muestra bien representativa del que será su impagable legado a la escena española contemporánea.
He dicho “legado” porque no me atrevo a hablar de testamento poético, pero tiene este montaje mucho de fin de ciclo, de compendio de toda una época, y de homenaje a las figuras de los creadores que le han marcado como artista. Ese árbol seco que enseñorea la escena, más que el “frondoso árbol de las letras” cervantino al que alude Goytisolo se nos representa a nosotros como un tributo al desolado paisaje beckettiano de Esperando a Godot, que reverdece ocasionalmente para dar cobijo en las noches cálidas del solsticio al antiguo ceremonial del teatro. Convocados al reclamo de los silbos de las aves cantoras que rompen el silencio de la noche en el campo, mozos y mozas del pueblo acuden a un encuentro nocturno para celebrar la llegada de la nueva estación hasta que rendidos de tanto cantar y retozar se quedan dormidos bajo el árbol a la luz de la luna. Entre tanto habrá lugar para solazarse cantando coplas y contando historias y refranes que reflejan el sentir y las aspiraciones de esos jóvenes de los ambientes rurales que tan bien conocía Cervantes y que con tanta gracia y humor, no exento de crítica, relataba.
Ponderar a todos los actores y actrices que intervienen en el montaje sería una tarea ímproba, porque cada uno de ellos, tanto los “nuevos” como los que ya participaron en el elenco del montaje originario hacen una extraordinaria labor de creación de tipos que no desmerecen (superan incluso) a los de la Comedia del Arte, desde la intrigante Ortigosa (Palmira Ferrer) que también borda el papel de la descarada Cristina, criada de la pícara Leonarda (Inma Nieto), que, a su vez, es Rabelín en El retablo ... y la ubicua y rabisalsera criada de la Doña Lorenza, una Elisabeth Gelabert espléndida en su ingenuidad pero también en el recién aprendido arte del disimulo; por no mencionar a la cuarta de las féminas en liza, esa especie de zafia muñeca pepona que compone Diana Barnedo para dar vida a la labradora Juana Castrada. Los personajes masculinos basculan entre la astucia y el ingenio del titiritero Chanfalla o del Estudiante (ambos obra de Miguel Cubero), la ignorancia de Pancracio, el incauto marido engañado (José Luis Torrijo) y el endiablado genio del celoso Cañizares (descacharrante Luis Moreno). Pero donde todos brillan más allá de toda ponderación es en su espléndida caracterización de zafios y petulantes representantes de las fuerzas vivas locales en El retablo de las maravillas, obra maestra sin paliativos que consiguió encandilar al público y arrancarle un torrente de carcajadas y un cerrado aplauso final.
Auguramos un rotundo éxito para esta nueva producción del teatro de La Abadía que abre la presente edición del Festival de las Artes Escénicas alcalaíno.
Gordon Craig.
Entremeses de Cervantes. Teatro de la Abadía.
lunes, diciembre 30, 2013
TEATRO. En un lugar del Quijote. "Nuestro primer clásico".
Versión libre de la novela de Miguel de Cervantes.
Con: Juan Cañas, Íñigo Echevarría, Daniel Rovalher, Álvaro Tato y Miguel Magdalena.
Dirección literaria: Álvaro Tato. Dirección musical: Miguel Magdalena.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Versión, composición musical y arreglos: Ron Lalá.
Compañía: Ron Lalá. Dirección: Yayo Cáceres.
Madrid. Teatro Pavón.
Con: Juan Cañas, Íñigo Echevarría, Daniel Rovalher, Álvaro Tato y Miguel Magdalena.
Dirección literaria: Álvaro Tato. Dirección musical: Miguel Magdalena.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Versión, composición musical y arreglos: Ron Lalá.
Compañía: Ron Lalá. Dirección: Yayo Cáceres.
Madrid. Teatro Pavón.
Siempre
he pensado que eran la familia y la escuela, por ese orden, los lugares
naturales para inculcar en el niño el gusto por la literatura y por el teatro
en particular. Cuando esas instancias han abdicado de esa tarea imprescindible
para garantizar la formación y la salud mental de nuestros adolescentes no está
de más que otras instituciones vengan a suplir esas carencias y a intentar
despertar ya sea tardíamente el interés por las mejores manifestaciones de
nuestro rico patrimonio cultural que, en la mayoría de los casos, está
constituido por obras de los autores denominados como “clásicos”. Demos la
bienvenida, pues, a esta iniciativa de la CNTC, un programa institucional que
bajo la denominación de “mi primer clásico” pretende familiarizar a los más
jóvenes con obras cimeras de nuestra literatura y a la vez captar espectadores
en un sector de la población cada vez más ausente de los escenarios.
Hacer
explícito el contexto en el que se enmarca el último montaje de Ron Lalá que
ahora se estrena en el teatro Pavón no constituye ningún tipo de justificación
o de reserva sobre la excelencia de un espectáculo que, aunque ocasionalmente
pueda tomarse algunas licencias con el texto original motivadas por la
pretensión divulgadora del trabajo, raramente cae en el tópico y nunca en la
vulgaridad, rescatando con bastante acierto no sólo muchos de los más conocidos
episodios de la novela cervantina sino gran parte de su carga de profundidad
ideológica, de su trasfondo ético y de su condición de sátira social, que se
hace más perceptible si cabe a través de veladas referencias a situaciones y
personajes de actualidad, que son celebradas con aplausos por los espectadores.
Otros hallazgos no menos estimables del montaje son la creación de un poema
marco de contenido ingenioso y sonoras rimas que aglutina en un todo unitario
los sucesivos episodios evocados; o la potenciación del perspectivismo de la
novela, mediante la inclusión del propio Cervantes escritor como personaje; o
la trasposición del Cura y del Barbero a distintos planos de la ficción y el
hacerles dialogar con el autor, discrepar incluso, al modo pirandeliano, de los
designios que éste tiene trazados para ellos. Los arreglos y las canciones
interpretadas en directo que hacen del espectáculo un auténtico musical son
otro de los aciertos, o el epílogo para “puristas” con el que concluye la obra;
y, desde luego, la creación magistral del personaje de don Quijote (portentoso
trabajo de Íñigo Echevarría), una de las mejores, si no la mejor plasmación
fisionómica del caballero andante que he visto últimamente: con su bigotillo
hirsuto, su perilla rala, su mirada escrutadora de orate, su permanente
expresión de asombro, tocado con la bacía de barbero es la réplica exacta de la
grotesca imagen del desmedrado y enjuto hidalgo manchego que nos imaginamos
acometiendo imposibles aventuras, haciendo penitencia en Sierra Morena o
firmando las misivas a Dulcinea con el extravagante apelativo de Caballero de
la Triste Figura.
Destacar
el trabajo de Íñigo Echeverría no significa en absoluto hacer de menos al resto
del elenco que se entrega con denuedo al empeño de parodiar a la legión de
personajes que secundan las locuras del ingenioso hidalgo. Daniel Rovalher, es
un chusco, incontinente y atolondrado Sancho Panza quizá más joven y menos
pánfilo y pueblerino del que guardamos en nuestro imaginario pero de no menor
bonhomía y simpleza. Respecto a los demás, sería imposible mencionar las
múltiples criaturas en las que se desdoblan mientras los sucesivos episodios se
desarrollan a un ritmo casi de vértigo. Particularmente felices son las
encarnaciones de Cide Hamete, del Bachiller Sansón Carrasco o del Caballero de
los Espejos que hace Álvaro Tato, o las del aguerrido Vizcaíno y el socarrón
Barbero a quienes da vida Miguel Magdalena.
Junto
a las burlas, diabluras y extravagancias, junto al humor rozagante que impregna
todo el montaje y que hace las delicias de los asistentes, encontramos cuadros
de gran belleza plástica, divertidas canciones y aquí y allá aflora como
manantial claro y cristalino la voz del Cervantes más humano y comprometido con
la causa de fe, de la justicia y de la libertad del individuo.
Gordon Craig.
En un lugar del Quijote. CNTC.
Gordon Craig.
En un lugar del Quijote. CNTC.
domingo, noviembre 18, 2007
TEATRO. Don Quixote. "Casi una road movie”.
De Miguel de Cervantes.
Adaptación de Pablo Ley y Colin Teevan.
Mom Producciones/West Yorkshire Playhouse. Dirección Josep Galindo.
Con: Tony Bell, Stephen Casey, Alasdair Craig, Andrew Dennis, Rachel Donovan, Greg Hicks. Alan McMahon Caitlin Mottram, Laura Power y Phoebe Soteriades
XXIV Festival de Otoño. Teatro de Madrid. 26 de mayo de 2007.

Si hace un par de años Boadella trasladaba la acción del Quijote a un “lugar de Manhattan”, ahora el espléndido elenco de la West Yorkshire Playhouse, comandados por Joseph Galindo y Pablo Ley devuelven a nuestro insigne caballero Don Quijote y a su inseparable escudero Sancho Panza al lugar natural que les corresponde, a las planicies del Campo de Montiel, a las breñas de Sierra Morena o a las playas de Barcelona, bien que convertidos ambos, al menos por lo que a la ambientación espaciotemporal se refiere, en dos autoestopistas que protagonizan una especie de alocada y delirante “road movie”, donde los caminos reales son desoladas autopistas, las ventas son moteles de carretera, las mozas de mesón se ha transformado en chicas de alterne, los arrieros en excursionistas en bici de montaña y las princesas encantadas en coristas de Music Hall.
Pese a tan drástica traslación de la acción a la actualidad, el montaje, nos parece, ha salvaguardado la antítesis entre ficción y realidad presentes en la novela porque la fértil imaginación de nuestro caballero se encarga de acomodar esta nueva realidad a sus deseos, resultando, si cabe, más anacrónicos su comportamiento y actitudes, más hiriente la parodia y más dramático el fracaso en sus reiterados intentos por transformar esa realidad y adecuarla a los cánones de la mentalidad caballeresca.
Se trata de una libérrima interpretación de los lugares, de los episodios y de los personajes de El Quijote; de una lectura personalísima del texto para cuya plasmación escénica se ha utilizado elementos expresivos propios del lenguaje del cine, del cabaret o del musical, que muestra no obstante una rara coherencia, fruto del perfecto ensamblaje y dosificación de dichos elementos, y de su supeditación a un objetivo primordial: dar soporte y cobertura a los más bellos pasajes del texto originario, que en la voz y el ademán de sus protagonistas traen hasta nosotros, sin desvirtuarla, la esencia del mensaje cervantino.
Rescatan para este fin los episodios más celebrados de la novela sin caer nunca en el tópico ni en la grandilocuente reverencia con que se suelen tratar este tipo de textos, desde el escrutinio de la biblioteca de don Quijote llevado a cabo por el Cura y el Barbero, hasta el famoso duelo (en una “disco” y por un quítame allá esas pajas) con el caballero de la Blanca Luna, y la rendición de nuestro héroe, y su promesa de volver a casa, pasando por las razones de la pastora Marcela, las visiones de la cueva de Montesinos o las chanzas y burlas de que son objeto nuestros héroes en casa de los duques a su paso por Barcelona.
El resultado es un espectáculo fresco y divertido, de ritmo trepidante y extraordinaria libertad compositiva, lleno de sorpresas y de invención, con su pizca de sarcasmo, a veces, aunque en general el humor es desenfadado y jovial. Un juego irreverente y trasgresor, de una desbordante fantasía en la iluminación, en los figurines o en los efectos especiales y con un riguroso y esforzado trabajo de los actores. Suena bien este innovador Don Quixote en el noble lenguaje de Shakespeare, y pasada la sorpresa inicial, uno llega a familiarizarse con los patrones de entonación y con la distinta cadencia de las frases y disfruta un rato largo fantaseando con la idea de un hidalgo trastornado merodeando por los intrincados bosques de Sherwood o peleándose con el mismísimo monstruo del lago Ness si fuera necesario para salvar de sus garras a la princesa Ginebra.
Gordon Craig.
29-X-2007.
miércoles, diciembre 21, 2005
TEATRO. En un lugar de Manhattan. "El retablo de maese Boadella".
Dramaturgia de Albert Boadella a partir de textos de El Quijote de Miguel de Cervantes.
Con: Xavier Boada, Xavi Sais, Dolors Teneu, Jesús Angelet, Minnie Marx, Francesc Pérez, Pilar Sáenz, Ramón Fontserè y Pep Vila
Dirección: Albert Boadella.
Madrid, Teatro Albéniz.
De todos los pasajes del Quijote que guardo en la memoria es quizá el relativo al retablo de maese Pedro (capítulo XXVI de la segunda parte), el que mejor cuadra con el planteamiento del espectáculo que, como homenaje a la obra cervantina, representa estos días en Madrid la compañía Els Joglars. Asistía allí nuestro insigne caballero a una función de títeres en la que se rememoraban las hazañas del señor Don Gaiferos para liberar del cautiverio a su esposa Melisendra; enardecido por el ardor guerrero de la narración y presa de un furor repentino la emprende a mandobles contra los moros perseguidores de Gaiferos y Marsilio y viene a dar en el suelo con todo el tinglado del retablillo, justificándose después ante los presentes explicándoles que había creído verdadero lo representado por aquellas figurillas de cartón.

En este nuevo retablo los personajes son actores y actrices de carne y hueso que están ensayando precisamente una versión posmoderna de la novela de Cervantes. La responsable del montaje es Gabriela, una directora excéntrica y vanguardista, un híbrido de Pina Bausch y Bob Wilson que ha convertido la novela cervantina en un furibundo alegato feminista. No tardan en surgir los problemas con el grupo de actores varones, que no se resignan a ser relegados al papel de segundones y tratan de boicotear el ensayo. Para acabar de arreglar las cosas, irrumpen en escena dos internos del psiquiátrico de San Blas, fontaneros por más señas, que vienen a reparar una gotera, y que presa de una singular locura, como la que aquejaba a nuestro eximio caballero andante, se creen Don Alonso y Sancho. El conflicto está servido, alimentado por la rivalidad existente entre el sector masculino y el femenino del elenco y por las bromas de los actores, que recrean teatralmente escenas del Quijote para burlarse de Don Alonso ora siguiéndole la corriente ora ridiculizando sus actitudes trasnochadas y su credo quijotesco.
La acción se resuelve en una trepidante sucesión de escenas que reflejan dos mundos enfrentados: el auténtico de el Quijote y el ficticio, o más bien, el falseado, de su representación escénica, en la que se banaliza el mensaje primitivo y se pervierte el genuino espíritu quijotesco instrumentalizando el texto originario para satisfacer las obsesiones y las fantasías delirantes de una directora frívola y esnob. El resultado es un alambicado juego dramático en el que se vulneran permanentemente los límites entre la realidad y las apariencias y que desemboca en situaciones hilarantes fraguadas con los múltiples recursos de la comicidad bufonesca que tan bien manejan los integrantes de la compañía. Al paso, se parodia a una cierta forma de la creación teatral vanguardista contemporánea y a un buen número de tipos humanos representativos de lo más conspicuo de la fauna carpetovetónica y se ironiza sobre muchos de los tópicos que subyacen a actitudes y comportamientos individuales y colectivos.
La invención, la sorpresa, la invitación al juego; la chanza permanente y el sarcasmo ocasional, que revelan una aguda percepción de la realidad social y política españolas, son las señas de identidad de este divertido espectáculo de Albert Boadella. Y su respeto escrupuloso por el espíritu cervantino, que reverdece en la patética figura del pintoresco fontanero que encarna Don Alonso Quijano y en su pánfilo comparsa Sancho (espléndidos Ramón Fonserè y Pep Vila), enfrentados a los molinos de viento de la falsificación y de la impostura.
Feliz colofón -cuando estábamos ya próximos al hartazgo-, a la plétora de publicaciones, homenajes, exposiciones, mascaradas, cabalgatas, y espectáculos de toda laya, que con varia fortuna pero con no magro dispendio de caudales del erario público –sin pagar por ello el alto precio que pagó el alcalaíno-, se han venido celebrando para conmemorar la efemérides del cuatrocientos aniversario de la publicación del Quijote; una libérrima reescritura del mito, rigurosa y atinada que nos reconcilia con la obra de Cervantes y nos invita a reflexionar sobre la pervivencia de la escala de valores morales del setecientos que dicha obra representa.
Gordon Craig.
Con: Xavier Boada, Xavi Sais, Dolors Teneu, Jesús Angelet, Minnie Marx, Francesc Pérez, Pilar Sáenz, Ramón Fontserè y Pep Vila
Dirección: Albert Boadella.
Madrid, Teatro Albéniz.
De todos los pasajes del Quijote que guardo en la memoria es quizá el relativo al retablo de maese Pedro (capítulo XXVI de la segunda parte), el que mejor cuadra con el planteamiento del espectáculo que, como homenaje a la obra cervantina, representa estos días en Madrid la compañía Els Joglars. Asistía allí nuestro insigne caballero a una función de títeres en la que se rememoraban las hazañas del señor Don Gaiferos para liberar del cautiverio a su esposa Melisendra; enardecido por el ardor guerrero de la narración y presa de un furor repentino la emprende a mandobles contra los moros perseguidores de Gaiferos y Marsilio y viene a dar en el suelo con todo el tinglado del retablillo, justificándose después ante los presentes explicándoles que había creído verdadero lo representado por aquellas figurillas de cartón.

En este nuevo retablo los personajes son actores y actrices de carne y hueso que están ensayando precisamente una versión posmoderna de la novela de Cervantes. La responsable del montaje es Gabriela, una directora excéntrica y vanguardista, un híbrido de Pina Bausch y Bob Wilson que ha convertido la novela cervantina en un furibundo alegato feminista. No tardan en surgir los problemas con el grupo de actores varones, que no se resignan a ser relegados al papel de segundones y tratan de boicotear el ensayo. Para acabar de arreglar las cosas, irrumpen en escena dos internos del psiquiátrico de San Blas, fontaneros por más señas, que vienen a reparar una gotera, y que presa de una singular locura, como la que aquejaba a nuestro eximio caballero andante, se creen Don Alonso y Sancho. El conflicto está servido, alimentado por la rivalidad existente entre el sector masculino y el femenino del elenco y por las bromas de los actores, que recrean teatralmente escenas del Quijote para burlarse de Don Alonso ora siguiéndole la corriente ora ridiculizando sus actitudes trasnochadas y su credo quijotesco.
La acción se resuelve en una trepidante sucesión de escenas que reflejan dos mundos enfrentados: el auténtico de el Quijote y el ficticio, o más bien, el falseado, de su representación escénica, en la que se banaliza el mensaje primitivo y se pervierte el genuino espíritu quijotesco instrumentalizando el texto originario para satisfacer las obsesiones y las fantasías delirantes de una directora frívola y esnob. El resultado es un alambicado juego dramático en el que se vulneran permanentemente los límites entre la realidad y las apariencias y que desemboca en situaciones hilarantes fraguadas con los múltiples recursos de la comicidad bufonesca que tan bien manejan los integrantes de la compañía. Al paso, se parodia a una cierta forma de la creación teatral vanguardista contemporánea y a un buen número de tipos humanos representativos de lo más conspicuo de la fauna carpetovetónica y se ironiza sobre muchos de los tópicos que subyacen a actitudes y comportamientos individuales y colectivos.
La invención, la sorpresa, la invitación al juego; la chanza permanente y el sarcasmo ocasional, que revelan una aguda percepción de la realidad social y política españolas, son las señas de identidad de este divertido espectáculo de Albert Boadella. Y su respeto escrupuloso por el espíritu cervantino, que reverdece en la patética figura del pintoresco fontanero que encarna Don Alonso Quijano y en su pánfilo comparsa Sancho (espléndidos Ramón Fonserè y Pep Vila), enfrentados a los molinos de viento de la falsificación y de la impostura.
Feliz colofón -cuando estábamos ya próximos al hartazgo-, a la plétora de publicaciones, homenajes, exposiciones, mascaradas, cabalgatas, y espectáculos de toda laya, que con varia fortuna pero con no magro dispendio de caudales del erario público –sin pagar por ello el alto precio que pagó el alcalaíno-, se han venido celebrando para conmemorar la efemérides del cuatrocientos aniversario de la publicación del Quijote; una libérrima reescritura del mito, rigurosa y atinada que nos reconcilia con la obra de Cervantes y nos invita a reflexionar sobre la pervivencia de la escala de valores morales del setecientos que dicha obra representa.
Gordon Craig.
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