miércoles, septiembre 21, 2016

1000 razones para no dejar de leer. Ryszard Kapuscinski: "La Unión Soviética mató a la izquierda".

P. Las conclusiones de su libro Imperio, sobre la Unión Soviética, son demoledoras. El comunismo no ha dejado nada. Sólo el dolor, que no tiene ninguna utilidad.

R. Eso es quizá lo que piensa la mayoría de la gente, especialmente si son jóvenes. Pero hay otros que se preguntan dónde fue a parar su trabajo y su honradez. Hace algún tiempo me internaron en un hospital de aquí, de Varsovia. Había más gente en la sala. Un día se entabló una discusión, ya típica, sobre la herencia del comunismo. Entre jóvenes y viejos. Los viejos se preguntaban, casi con lágrimas, cómo podía decirse que no quedó nada cuando ellos pusieron lo mejor de sí mismos, convencidos de que construían otro mundo. Los datos y todo eso indican que no quedó nada; pero hay esta perspectiva psicológica de las gentes que complica mucho los análisis: porque si no quedó nada del comunismo, no quedó nada de sus vidas: esto es lo que están diciendo.

Lee aquí la entrevista completa.

domingo, septiembre 18, 2016

sábado, septiembre 17, 2016

TEATRO. El cielo que me tienes prometido. "Amor terrenal / Amor a lo divino".

Autor: Ana Diosdado.
Con: Irene Arcos, María José Goyanes y Elisa Mouliaá.
Voz en off de Emilio Gutiérrez Caba.
Escenografía y vestuario: Alfonso Barajas
Dirección: Ana Diosdado.
Madrid. Teatro María Guerrero.



Apenas puesto en pie el montaje de la última de sus obras, fallecía, ahora hace un año, Ana Diosdado, actriz, guionista y autora teatral de piezas tan conocidas como Olvida los tambores o Los ochenta son nuestros. Ahora, como parte de una serie de actos destinados a homenajear a la malograda escritora, el teatro María Guerrero repone hasta el 18 de septiembre ese mismo montaje de El cielo que me tienes prometido, obra escrita y dirigida por la dramaturga para conmemorar el centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús.

Para decirlo en dos palabras, la pieza dramatiza el enfrentamiento entre dos mujeres: la rebelde e infatigable luchadora por la fe, Teresa de Ávila y la intrigante y orgullosa doña Ana de Mendoza princesa de Éboli a cuenta de la fundación y posterior desmantelamiento de un convento de carmelitas descalzas en la ciudad ducal de Pastrana. Una controversia que sitúa frente a frente dos visiones del mundo antagónicas, una concepción mundana, hedonista de la vida y del amor representada por la princesa y una concepción religiosa de la existencia, con la vista puesta en la vida ultraterrena en detrimento del solaz del cuerpo y del disfrute de los bienes terrenales.

A la muerte de su esposo Ruy Gómez de Silva, a la sazón secretario real de Felipe II, doña Ana de Mendoza, abatida por la pérdida, decide profesar en la orden de las Carmelitas. Pero obviamente no está dispuesta a soportar las estrecheces y la disciplina impuestas por la regla de las descalzas. Ello da lugar a desavenencias con la superiora y con el resto de las hermanas -como consigna la propia Teresa en El libro de las fundaciones- hasta que la situación se hace insostenible.

El encuentro tiene lugar en uno de los aposentos del convento tres meses después de su fundación, cuando la madre Teresa llega de incógnito a Pastrana para supervisar la salida del convento de las religiosas de la congregación con destino a otro monasterio de Segovia. Más allá de planteamientos doctrinales y sin la pretensión de hacer de la obra un documento histórico, la autora nos descubre el lado más humano de estas dos mujeres, sus afanes, debilidades y flaquezas. Dos mujeres, por otra parte, que vienen a ser el paradigma de las dos únicas “salidas” que la cerrada sociedad de su tiempo ofrecía a la mujer: el matrimonio o la vida monástica,

Entre ellas, como contrapunto, si puede decirse así, de ambas posturas, está la joven Mariana, personaje enteramente de ficción sobre el que no gravita el poso histórico que llevan a sus espaldas Teresa o Ana de Mendoza y sobre la que la autora vuelca toda su libertad creativa para darnos un retrato de la intuición, el sentido práctico y la claridad de juicio femeninas en una espléndida recreación del personaje que lleva a cabo Elisa Mouliaá. Nos atreveríamos a decir, incluso, que es a través de los ojos de esta candorosa y entrañable novicia como la propia autora contempla y enjuicia -con sagacidad, benevolencia y un notable sentido del humor-, el comportamiento y las actitudes de las protagonistas.

Parte nada desdeñable de la belleza del montaje se debe a una suntuosa puesta en escena de Alfonso Barajas y a la cálida y concertada voz en off de Emilio Gutiérrez Caba recitando en momentos cruciales de la acción alguno de los poemas más hermosos de san Juan de la Cruz o de la propia Teresa de Ávila; con los tenues subrayados musicales de Luis Delgado constituyen algunos de los momentos más emotivos y evocadores de la función. De hecho, y en lo que supone un indisimulado homenaje a esas cimas no holladas de la poesía mística castellana la pieza termina con las tres mujeres recitando los versos del famoso soneto del que la autora ha extraído el título para su obra:

No me mueve mi Dios para quererte
el cielo que me tienes prometido,


Gordon Craig.


viernes, septiembre 16, 2016

1000 razones para no dejar de leer. Jeffrey Eugenides: la obligación del escritor es darle algo gratificante al lector.

"Aunque como escritor no me preocupa la competencia que supuestamente se quiere hacer a la literatura desde otros medios, nunca me he avergonzado de querer atrapar la atención de la gente con un libro. [...] El escritor tiene que ser consciente de su obligación de darle algo gratificante al lector, algo que este no puede encontrar en ningún otro lugar salvo en un buen libro".

Jeffrey Eugenides en El País. Aquí la entrevista completa.

martes, septiembre 13, 2016

domingo, septiembre 11, 2016

TEATRO. Nada que perder. "La corrupción: esa lacra social".

Autores: QY Bazo, Juanma Romero y Javier García Yagüe.
Con: Marina Herranz, Javier Pérez-Acebrón y Pedro Ángel Roca.
Dirección: Javier García Yagüe.
Madrid. Sala Cuarta Pared.


El teatro es el arte social, comunitario, por excelencia. Y un teatro que se precie no podría, no puede, permanecer ajeno a la realidad social en la que se desarrolla y de la que se nutre. Dicho lo cual, casi parece una obviedad añadir que debe de ocuparse de la corrupción, de esa charca insalubre y putrefacta que, como “la Nada” de La historia interminable, se extiende imparable amenazando con engullirnos a todos en sus aguas corrompidas y en sus vapores mefíticos.

Nada que perder (estrenada con notable éxito de crítica y público la pasada temporada) encara con valentía esta “enfermedad” que, aunque no es nueva, parece haberse hecho endémica dentro de la esfera de lo público, de la política, irradiando desde ahí sus efluvios deletéreos al ámbito de la esfera privada, profesional y de las relaciones personales. Y la basura de atrezzo como principal elemento escenográfico, ora amontonada en bolsas de plástico por efecto de una huelga de los operarios de la limpieza, ora desperdigada por el suelo, tras el intento fallido de eliminar pruebas - dosieres, contratos amañados, concesiones administrativas irregulares, billetes de dinero negro producto de cohecho o de operaciones fraudulentas, etc, etc,- tras un incendio provocado en los aledaños de la oficina de intervención municipal, constituyen una vívida metáfora de esa gravísima lacra social.

Pero la obra no se queda en el mero retrato de unos hechos o comportamientos deleznables de unos tipejos capaces de pasarse por el forro desde un acuerdo de confidencialidad hasta el juramento hipocrático; de funcionarios venales dispuestos a venderse por un viaje a Punta Cana, de abogados arribistas y sin escrúpulos o de concejales corruptos, sino que indaga en la dimensión personal del problema por el procedimiento de llevar a los personajes a situaciones límite, como los casos de desahucio inminente, de extrema pobreza o exclusión social, de chantaje emocional en el trabajo, ... , a unas condiciones de vida, en suma, tan desesperadas que inducen a los personajes a pensar, como reza el título de la obra, que ya “no tienen nada que perder”, y que por consiguiente cualquier respuesta es válida para enfrentarse a la injusticia, incluso los comportamientos más antisociales.

De estructura fragmentaria, la obra no posee un desarrollo lineal del argumento al uso sino que se articula en múltiples cuadros o escenas superpuestas donde tres únicos actores dan vida a diversos personajes, integrantes de una tupida red clientelar, en situaciones en apariencia aleatorias a las que unifica un sólido nexo de causalidad: contexto-acciones-consecuencias, en un crescendo de intensidad dramática que culmina con la escena del interrogatorio final del supuesto autor del crimen del zoo, interrogatorio convertido en una auténtica sesión de tortura psicológica y de lavado de cerebro.

Lo que pierde la obra en concentración e intensidad al no circunscribirse en un caso concreto lo gana en amplitud del paisaje abarcado por la denuncia y en diversidad de tonos y acentos, lo que permite, a su vez, a los interpretes explorar una multiplicidad de registros y enriquecer la teatralidad del espectáculo. Me quedo con la radical mutación que lleva a Marina Herranz de la rabia y la decepción de la hija adolescente defraudada por su padre al perfil de fiera acorralada de una soberbia, engreída y despótica gerente de una empresa de “gestión de residuos” cuyos tejemanejes están a punto de sentarla en el banquillo.

Estupenda también la recreación que lleva a cabo de esa pintoresca figura de madre de ascendencia humilde, solícita, dominante, un punto cazurra y escasa de luces instigando al alma cándida de su hijo (Pedro Ángel Roca), concejal, por más señas, al ejercicio del nepotismo como si fuera la cosa más natural del mundo. El ya citado Pedro Ángel Roca recrea asimismo, quizá con un exceso de vehemencia, a un desorientado e inmaduro posadolescente y encarna con notable desenvoltura a una curiosa y chusca versión moderna del Cobrador del Frac (“Cobrador del Jubón, más bien), en una excesiva trasposición a nuestros días de la figura cervantina del recaudador de impuestos). Javier Pérez-Acebrón tiene también su protagonismo como escéptico, desencantado y patético profesor de Filosofía y como ese pobre funcionario desterrado a las tinieblas exteriores, anulado literalmente como persona por no avenirse a los enjuagues y corruptelas de sus compañeros de negociado.

Gordon Craig.