sábado, enero 21, 2017

jueves, enero 19, 2017

1000 Razones para no dejar de leer. Paolo Sorrentino sobre el espectador que busca para sus películas.

David Simon, creador de The Wire, dijo: ¡qué se joda el espectador medio! Decí­a que él filma para alguien dispuesto a seguirle a fondo. ¿Estás de acuerdo? Me parece muy interesante. El espectador a veces resulta muy obvio, del montón, cuando comenta lo que ha visto con conclusiones banales. Al no poder controlar al público, yo trato de satisfacer a un único espectador: yo mismo.

Entrevista completa a Paolo Sorrentino.

jueves, enero 12, 2017

TEATRO. Jardiel, un escritor de ida y vuelta. "El humor exquisito, inofensivo y absurdo de Jardiel".

Espectáculo creado a partir de la obra de Enrique Jardiel Poncela.
Versión y dirección: Ernesto Caballero.
Con: Chema Adeva, Felipe Andrés, Raquel Cordero, Paco Déniz, Jacobo Dicenta, Luis Flor, Carmen Gutiérrez, Paco Ochoa, Paloma Paso Jardiel, Lucía Quintana, Cayetana Recio, Macarena Sanz, Juan Carlos Talavera y Pepa Zaragoza.
Escenografía: Paco Azorín.
Iluminación: Ion Aníbal.
Vestuario: Juan Sebastián Domínguez.
Madrid. Teatro María Guerrero. Hasta el 12 de febrero de 2017.



Hay una corriente subterránea que vivifica toda la producción novelística y teatral de Jardiel Poncela; una corriente temática que se nutre de dos fuentes de inspiración: el amor y la mujer. Dos fuentes que brotan al unísono porque en realidad son tributarias de un único manantial: su atribulada biografía erótico-amorosa. Y hay, asimismo, una buena dosis de pesimismo y tristeza; la decepción del escritor incomprendido y la amargura del ciudadano injustamente señalado por el dedo acusador por sus supuestas simpatías políticas en una etapa tan crucial como la de la posguerra española.

De todo ello da cuenta este espléndido montaje de Ernesto Caballero que amplía el núcleo central de la trama de Un marido de ida y vuelta, obra que sirve de base al espectáculo, con un prólogo y unos entreactos de cosecha propia en los que se hace aparecer al propio Jardiel, que regresa de la tumba para ajustar cuentas con sus coetáneos, “imitadores” y críticos de todo pelaje, para rememorar las penalidades del final de sus días y para hacer un acto de contrición por sus errores de antaño.

Y el caso es que no podría haberse elegido mejor título que éste para esa labor de reconstrucción arqueológica del pasado, pues al igual que el espectro de Pepe -el protagonista de la pieza-, regresa dos años después de muerto para reclamar para sí a Leticia, el amor de su vida, ¿a quién le podrá extrañar que regrese a los escenarios el mismísimo Jardiel en carne y hueso para justificar sus opciones en la vida y en el arte, para exorcizar sus demonios interiores y para dialogar con sus actores, con sus personajes, incluso, e instruirles sobre su verdadera naturaleza de criaturas de ficción?

Como ya hiciera con Mihura en 2007 (en Las visitas deberían estar prohibidas por el código penal), Ernesto Caballero nos deleita ahora con una afinadísima incursión en el universo vital y creativo de Jardiel; un universo que muestra como ingredientes destacados su inconformismo y su beligerancia contra el tópico y contra toda una serie de convenciones sociales y artísticas. En su punto de mira sitúa la hipocresía, la pedantería o la vulgaridad que atenazan al individuo y le impiden ser feliz; pero también la astracanada, el chiste facilón o el recurso abusivo a las fórmulas lingüísticas costumbristas y al habla popular a las que opone un humor limpio de intenciones, inofensivo, frugal, basado en la concatenación de situaciones inverosímiles y absurdas, en la paradoja, en los juegos de palabras y en unos diálogos sin lógica aparente fruto de su declarado antirrealismo y de su asombrosa imaginación creadora.

El resultado es un deslumbrante ejercicio teatral cuyo mérito hay que repartir a partes iguales entre todos los responsables del montaje. Empezando por la dirección escénica y por los actores que sin excepción derrochan talento y sutileza para dar con el tono adecuado en cada momento para que la exquisita comicidad jardielesca y su fina ironía se revelen en toda su pureza, modulando la intencionalidad paródica de cada escena, alumbrando personajes que no caen nunca en la caricatura y subrayando con sus ademanes gestos y actitudes el contraste –y este es otro de los rasgos del humor de Jardiel- entre lo inverosímil, lo inesperado o pintoresco de muchas situaciones y el talante de ingenuidad, de despreocupación, de naturalidad con el que sus protagonistas las asumen.

Cabe destacar también la imaginativa escenografía de Paco Azorín que, inspirado tal vez en las acotaciones del propio Jardiel para su Eloísa está debajo de un almendro, reproduce a escala natural y con todo detalle la platea y los dos primeros pisos de palcos del teatro, imagen especular de la propia sala que produce en el espectador un raro efecto desrealizador. Y lo mismo cabría decir de la iluminación, y de los efectos especiales y del cuidado y elegante vestuario: una impecable recreación del atuendo habitual de los miembros de una clase acomodada y diletante -incluido el suntuoso y variado muestrario de disfraces de la escena del carnaval- que coadyuva a crear ese ambiente de distinción entre cosmopolita, frívolo y despreocupado en que se desenvuelven los personajes. Un ambiente y una atmósfera que parecen escapar a cualquier época o contexto histórico concretos para inscribirse en el reino intemporal de las fantasías poéticas.

Desde ese punto de vista -y sin demérito del resto del elenco, como queda dicho-, hay que quitarse el sombrero ante una Lucía Quintana en estado de gracia que en el papel de Leticia deslumbra literalmente con sus elegantes trajes de noche o luciendo su elegantísimo disfraz de Cleopatra. Su espectacular fondo de armario y el donaire con el que pasea sus trajes y enseñorea la escena desataría la envidia de más de una fémina de las asiduas a las portadas del papel couché.

Un espectáculo, en fin, de extraordinaria factura técnica, divertido, desenfadado y de una rara belleza plástica que encandiló al variopinto público, familiar en su mayoría, no asiduo a las salas de teatro, que jalonó el desarrollo de la representación con continuas carcajadas y prorrumpió en un cerrado y sostenido aplauso a la caída del telón.

Gordon Craig.

CDN. Jardiel, un escritor de ida y vuelta.

martes, enero 03, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Suances, Cantabria.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.


Apartamentos. Suances.

TEATRO. Dreamsdances de Lindsay Kemp.

Lindsay Kemp Company.
Director : Lindsay Kemp.
Intérpretes : Lindsay Kemp, Nuria Moreno, Marco Berriel, François Testory y Fernando Solano.
Iluminación :John Spradbery.
Teatro Albéniz, Madrid. Año 1999.






Cuando la temporada teatral va camino de su culminación la cartelera madrileña mantiene todavía buen pulso y se renueva sin cesar con espectáculos de gran pujanza. Es el caso del Teatro Albéniz, que ofrece -sólo por unos días-, Dreamdances, montaje recopilatorio de una buena parte de los momentos álgidos de la dilatada carrera teatral de la Lindsay Kemp Company, un grupo de culto para muchos aficionados y que no se prodiga en nuestros escenarios.

Tras sus grandes producciones como Salomé, Sueño de una noche de verano, Nijinsky, Isadora Duncan, o Flowers (que vimos en España a finales de los setenta), con las que ha obtenido reconocimiento internacional, Lindsay Kemp nos devuelve con este montaje a la esencia de su concepción del arte teatral, a un teatro que se nutre de la música, de la danza, del mimo, de la luz y del color ; que sin ser ninguna de estas cosas en particular lo es todas a la vez y las supera en una síntesis creativa de sorprendente originalidad

Menos contundente y provocador que la mayoría de sus espectáculos anteriores Dreamdances nos retrotrae al mundo del sueño y de la fantasía, al de los símbolos primordiales de nuestra imaginación y de nuestra memoria, al lugar donde se funden los recuerdos individuales de pasadas experiencias vitales o artísticas (la danza, la música, la literatura, ...) con el imaginario colectivo. Porque el arte de Lindsay Kemp es por encima de todo el arte de la sugerencia y se sustenta sobre el tremendo potencial evocador de sus imágenes ; imágenes sin palabras, de una belleza plástica etérea e inmarcesible aunque no por ello menos perturbadora.

La obra se estructura como una sucesión de cuadros combinados de manera un tanto azarosa, como los torbellinos de recuerdos que se agolpan desordenadamente en nuestra mente en las noches de insomnio, formando un retablo mágico cuya coherencia y sentido de unidad se mantienen, no obstante, merced a la permanencia de unos motivos constantes : soledad, decadencia, muerte, locura, frustración ; el lado oscuro de la vida y del arte, en definitiva ; y gracias, también, a la atmósfera de irrealidad y de pesadilla que destilan el vestuario, el maquillaje y unos mínimos elementos escenográficos sometidos a la violencia sugeridora de la luz.

Todos los “movimientos” de esta sinfonía de luz y de sombras son igualmente inspirados y muestra el mismo grado de perfección formal pero algunos nos conmueven con mayor virulencia ; por ejemplo el Réquiem para Antonio Saliery que nos muestra la desesperación de este músico, ya anciano, carcomido por la envidia que no puede, empero, sustraerse a la atracción arrebatadora de la música de Mozart ; o la intensa pena que transmite la imagen rota y desolada de una bailarina coja (Nuria Moreno) tratando de interpretar El Cisne de Camile de Saint-Saëns ; o la evocación del manicomio donde el bailarín ruso Vaslav Nijisky pasó los últimos años de su vida, acosado por el recuerdo de sus éxitos pasados y por el tormento de su locura, en un escenario fantasmagórico que a ratos nos recordaba la imagen de aquellas bolitas de cristal que nos regalaban cuando niños con un paisaje nevado en su interior, que al agitarse, ponían en movimiento una infinitud de diminutas partículas.

Un espectáculo, en fin, que aunque despojado de la palabra -o quizá por eso-, constituye un verdadero disfrute para los sentidos. Así los supo reconocer el público que al final de la representación aplaudió con un inusitado entusiasmo.

Gordon Craig.