martes, febrero 13, 2018

1000 razones para no dejar de leer. Luz de agosto, William Faulkner.

"Y, por primera vez, Byron comprendió que el nombre de un hombre, considerado en general como simple interpretación sonora de lo que es ese hombre, puede ser también, en cierto modo, un presagio de lo que hará, si se puede leer a tiempo el significado".

Luz de agosto, William Faulkner.

martes, enero 30, 2018

TEATRO. Una habitación propia. "La melodía de las palabras".

Autora: Virginia Woolf.
Con: Clara Sanchis.
Música: Clara Sanchis a partir de Juan Sebastian Bach.
Dramaturgia y dirección: María Ruiz.
Alcalá de Henares. Corral de Comedias.
19 y 20 de enero de 2018.



Una habitación propia es un compendio en forma de ensayo de una serie de conferencias que la escritora Virginia Woolf impartió a lo largo de 1929 en colleges femeninos de Cambridge sobre el tema mujeres y literatura. El espectáculo inspirado en este texto al que han dado forma María Ruiz y Clara Sanchis vendría a reproducir una de esas charlas y el público presente en la sala sería el auditorio al que se dirige la conferenciante.

Tras una escueta presentación en la que comenta la multitud de perspectivas desde las que podría abordarse un tema tan amplio, y haciendo alarde ya desde el principio de la fina ironía que impregna toda su alocución, decide limitar su disquisición a dos aspectos menores de orden práctico, a saber: que una mujer necesita dinero, autonomía económica y “una habitación propia” en la que poder sentarse tranquila a escribir.

Novelista, al fin, Virginia Woolf opta por hablar a través de un “yo” ficticio, un narrador en primera persona que es y no es ella a la vez, introduciendo un factor de ambigüedad, una toma de distancia respecto a lo narrado que tiende a objetivar el mensaje. Al mismo tiempo, en lugar de elegir la aséptica y fría enunciación de un texto expositivo para trasmitir el contenido opta por “novelar” unos supuestos episodios, en apariencia de de poca importancia, acaecidos en la universidad de Cambridge durante su visita a una amiga catedrática ( incidentes con el vigilante de los jardines de de la universidad, con el bedel de la biblioteca que le impide el paso a la sala de lectura por ser mujer, etc.), o por describir cómo es una comida en un comedor de un colegio masculino en comparación con una cena en uno femenino, o repasar, mientras maneja sus notas, los juicios sobre la mujer de los grandes popes de la intelectualidad británica hasta las primeras décadas del siglo XX.

Mediante anécdotas, citas, y digresiones varias, la autora lleva a cabo un inventario de las dificultades que han encontrado las mujeres para ejercer su vocación de escritoras a lo largo de los siglos para concluir que, aparte de la independencia económica, ya mencionada, la mayor dificultad ha sido la falta de independencia intelectual respecto al hombre, el no haber podido gozar de una plena libertad de pensamiento. Termina, incluso, aventurando, y en esto su visión parece profética, el peligro de refugiarse, para escribir, en la trinchera del sexo. Interpretando los postulados de Coleridge al respecto viene a afirmar que “para escribir el hombre ha de ser femenino y la mujer masculina, que la mejor mente creativa debería de ser una mente indivisa, como la de Shakespeare”.

Con todo, lo mejor del texto no está quizá en su contenido, sino en la expresión, en una prosa fresca, chispeante, fluida y trufada de comentarios ingeniosos, que extrae destellos luminosos de aparentes nimiedades en una compleja labor de elaboración textual. Y el primer acierto del espectáculo radica precisamente en la versión y adaptación del texto a cargo de María Ruiz, también directora del montaje, que ha sabido captar toda esa riqueza de matices, expresión de una mente tan profundamente observadora y detallista como la de la escritora y de su aguda sensibilidad.

Respecto al trabajo de actuación cabe decir que Clara Sanchis hace una espléndida creación de personaje. Sus compostura y modales exquisitos, la extrema vivacidad con que se mueve por el escenario y hurga entre sus papeles y sus recuerdos; su hierático perfil con el pelo recogido y su esbelta figura, en fin, embutida en un sencillo vestido camisero de tonos pastel recuerda “aquella elegancia delgada, fina y angular que conservó toda su vida”, como diría refiriéndose a Virginia Woolf su sobrino Quentin Bell. Pero más allá de una fisonomía reconocible, la actriz ha captado y transmite con singular finura la melodía de sus palabras. Colorea los episodios que relata con las infinitas variaciones tonales que admite la expresión de la ironía, la parodia y coyunturalmente el sarcasmo. Sus manos prodigiosas acompañan las inflexiones de voz modulando, delineando casi, sus estados de ánimo -salvo los ocasionales arranques de rabia o de ira que calma con briosos solos de piano-, e ilustrando sus minuciosas descripciones que, a veces, adquieren un especial brillo poético. La tensión dramática apenas sube de tono en el emocionado recuerdo de las lágrimas calladas de “nuestras abuelas” o para evocar con hondo lamento a las “brujas emplumadas de épocas oscuras” detrás de las que nuestra conferenciante adivina escritoras en ciernes, o en la no menos intensa y acuciante perorata final en la que dirigiéndose a las espectadoras de la sala les recuerda que no es ahora ya de disculpas que no hay justificación alguna para no ejercer esa libertad intelectual con tanto sacrificio conquistada.

Gordon Craig.

Una habitación propia. Corral de comedias de Alcalá.


miércoles, enero 24, 2018

1000 razones para no dejar de leer. La lectura por Félix de Azúa.

"La lectura de libros permite, por un lado, mejorar nuestra capacidad de explicación, el modo en que argumentamos nuestras creencias, y de otro lado nos enseña a usar los múltiples registros del lenguaje".

Analfos, por Félix de Azúa.

Lee aquí el artículo completo.

sábado, enero 20, 2018

TEATRO. He nacido para verte sonreír. "Secretos del corazón".

Autor: Santiago Loza.
Con: Isabel Ordaz y Fernando Delgado-Hierro.
Escenografía y vestuario: Elisa Sanz.
Dirección: Pablo Messiez.
Madrid. Teatro de la Abadía. Hasta el 28 de enero de 2018.


En el comienzo fue el amor. Y el amor era maternal”, escribe la psicoanalista austriaca Melanie Klein (1882-1960). Y es que en efecto, el amor materno filial es quizá uno de los sentimientos más profundos y arraigados en el corazón humano. La mera consideración de que se trata de un ser engendrado en sus entrañas, y del desamparo del niño al nacer y de su necesidad de cuidados; y el disfrute que proporciona el trato continuado con el lactante durante las primeras semanas, meses, incluso años de su vida, por no hablar de la gratificación del deseo de ser madre que alberga toda mujer -según explican los psicoalnalistas freudianos-, todo contribuye desarrollar ese vinculo especial madre-hijo que se prolongará, en una personalidad plenamente desarrollada, a lo largo de la existencia, brindando cauce a todas las tendencias afectuosas y constructivas de la madre.

La obra que comentamos -que se repone ahora en el Teatro de la Abadía tras el éxito de la pasada temporada-, aborda precisamente la fortaleza indestructible de estos lazos materno-filiales en una situación límite: la inminente separación del hijo y su internamiento en un centro especializado en el que va a ser tratado de un agudo proceso de demencia.

Se trata de un largo monólogo de poco menos de hora y media, el tiempo real de espera a que llegue el padre de trabajar para efectuar el traslado. En este breve lapso de tiempo, mientras ultima los preparativos de la partida, acuciada por el dolor y la desesperación de la pérdida inminente, Mirian, la madre, pasa revista ante nuestros ojos a una vida hecha de renuncias y de ilusiones falaces y a la vez nos va desvelando los secretos más íntimos de un corazón desgarrado por la ausencia. Y es que, precisamente, lo que más atormenta a la madre es el haber “perdido” literalmente a su hijo. Esa separación -desgajamiento, podría decirse, de la madre- que de manera natural se produce durante el tránsito a la adolescencia, cuando el niño comienza a desarrollar una personalidad verdaderamente autónoma, en este caso se ha acelerado de una manera más brutal y dolorosa debido al proceso de locura del joven afectando al equilibrio psíquico y emocional de la madre.

Se trata de una secuencia un tanto inconexa de comentarios sobre este mismo día aciago, desde el amanecer hasta el momento presente, y de recuerdos y evocaciones del pasado donde divagaciones sobre asuntos de la más estricta cotidianidad -exteriorizadas tal vez como un intento infructuoso de rebajar la tensión del momento- alternan con frecuentes muestras de una ternura y una compasión absolutas, con fugaces destellos de esperanza o con intensos momentos de lucidez en los que el dolor se hace insoportable y la impotencia y la desesperación se adueñan por completo de la protagonista, mientras el joven de mirada perdida, como ausente, escucha asombrado y confuso sin poder articular una repuesta coherente más allá de sordos ruidos guturales y algunas reacciones de disgusto incontroladas.

Con ligeras variaciones de tonalidad en la luz, entre las cuatro paredes de la cocina del domicilio familiar rodeada de una ambigua envoltura de cañas y ramas secas que simbolizarían una especie de “nido” que el joven se resiste a abandonar, la acción se desarrolla al ritmo lento y pausado de las agujas del reloj mientras se agota el tiempo de la espera. En este exiguo espacio, dos personajes frente a frente en una no por inevitable menos conmovedora despedida. Fernando Delgado-Hierro es el joven; su andar titubeante y la rigidez de movimientos propia de un avanzado estado de parálisis, su mutismo y su mirada asustadiza son la viva imagen de la fragilidad y el desamparo. Isabel Ordaz por su parte pone toda su veteranía y talento al servicio de una madre amantísima, tierna y desolada. Aferrada a los recuerdos felices de su niñez y de la infancia de su hijo, las fluctuaciones de humor de su cháchara dispersa y los bruscos cambios en su estado de ánimo revelan ese desequilibrio emocional al que aludíamos arriba y muestran a las claras que el dolor ha hecho mella en una personalidad no del todo definida y madura. Entre los pliegues de una voz rota las más de las veces, ahogada por la angustia, se cuela la entonación impostada de una pretendida jovialidad con la que trata inútilmente de enmascarar su condición de mujer insatisfecha. Su pudorosa forma de sentarse, o de plisarse el vestido con las manos, mientras rememora el descubrimiento de la desnudez de su hijo o la del marido, su expresión de asco ante la huella de los cuerpos sobre la sábanas del lecho nupcial, la aprensión con la que hace referencia a sus propios humores corporales o el entusiasmo con que glosa las virtudes lustrales del agua son indicios de un trauma infantil no resuelto que ha afectado a su vida conyugal y probablemente a la relación con su hijo y que ahora se manifiestan en forma de sentimiento de culpa.

Gordon Craig.

domingo, enero 14, 2018

1000 razones para no dejar de leer. Carlos Boyero y la edad de oro de las series.

[...] tenía la esperanza de que Hollywood hubiera guardado sus manjares para el final, que las obras maestras aparecerían con la selección para los Oscar, para que los espectadores abandonen de vez en cuando las series de televisión (y tengo la sensación de que está finiquitando su edad de oro, que el todo vale acompañado de pretensiones ha reemplazado a aquellas joyas que llevaban la firma de HBO) para acudir a la sala oscura y la gran pantalla. [...].

Carlos Boyero, en El País.

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martes, enero 09, 2018

TEATRO. La autora de las Meninas. "Ecce ancilla Domini".


Autor: Ernesto Caballero.
Con: Mireia Aixalá, Carmen Machi y Francisco Reyes.
Escenografía e ilumninación: Paco Azorín.
Espacio sonoro: Luis Miguel Cobo.
Dirección: Ernesto Caballero.
Madrid. Teatro Valle-Inclán. Hasta el 28 de enero de 2018.


Aparte de por sus buenos vinos, la comarca del Campo de Borja, en el bajo Aragón, era apenas conocida hasta que en el verano de 2012 saltó a las primeras páginas de los periódicos. Cecilia Jiménez, una bienintencionada anciana del lugar había decidido restaurar por su cuenta una pequeña pintura mural de la iglesia del santuario de la Misericordia de la localidad zaragozana. La efigie “retocada” del “Ecce Homo” fue trending topic durante semanas en Twitter y dio la vuelta al mundo junto a los comentarios más crueles y ofensivos y a las campanudas declaraciones del concejal de cultura del consistorio.


Ignoro si alguna vez hubo mojas de clausura en el santuario de Borja, pero la intrépida protagonista de la fábula de hondo calado que ha ideado Ernesto Caballero, inspirado a buen seguro en este chusco episodio, muy bien pudiera haber pertenecido, de existir, a dicha congregación. De hecho, el autor del texto no necesita tomarse muchas molestias para conferirle verosimilitud al personaje. Cuando Carmen Machi, con su hábito y toca impolutos, su pícara sonrisa y su carita de no haber roto un plato en su vida aparece en escena y se presenta como Sor Ángela, la monja pintora, inmediatamente la relacionamos con la cándida anciana de Borja y su figura frágil y menuda, que despierta en nosotros una cálida corriente de simpatía y afecto y nos predispone de inmediato a acompañarla en su aventura en el Museo del Prado, por muy pintoresca o disparatada que sea su peripecia, como ya hiciera Sancho Panza a lomos de Clavileño para no dejar solo en su quimérico periplo al simpar caballero de la Triste Figura.


Escritor de singularísima inspiración, verbo fácil y vasta cultura literaria, muestra aquí, de nuevo, Ernesto Caballero, la veta más social de su teatro, su extraordinaria capacidad para comprender el mundo en torno y poner en solfa algunos de los tópicos más conspicuos del momento. Si en Un busto al cuerpo (1999) -también con Carmen Machi, por cierto, su actriz fetiche-, trataba de hincarle el diente a la obsesión por la imagen corporal, o en Maniquís (2008) desplegaba su fina ironía para fustigar nuestras veleidades consumistas, en esta ocasión le toca el turno al universo del arte y del artista en el contexto del nuevo papel asignado a la cultura por la nomenclatura de los partidos representantes de una supuesta “nueva política”.


Calificada por él mismo de “fábula distópica” Ernesto Caballero desplaza la acción al año dos mil treinta y tantos. Ostenta el poder en España un partido de nueva creación denominado “Puebloenpié”. La situación económica es calamitosa y en las altas esferas del Ministerio de Participación, Integración y Estudios de Género (antes Ministerio de Cultura) han decidido vender el original del cuadro de Las Meninas a un país árabe para sufragar el déficit. Así que la nueva directora del museo encarga a Sor Ángela una copia que sustituya el original en las salas del Prado.


Sor Ángela, y Alicia, la directora, ostentan posturas antitéticas sobre el lugar que ocupa la expresión artística en la época contemporánea y ese antagonismo da lugar a enjundiosas, a la vez que divertidas digresiones sobre el particular. Halagada en su vanidad por Alicia, quien la convence de la calidad insuperable de su trabajo como copista y por los comentarios laudatorios del vigilante nocturno, descubre con sorpresa y consternación como está empezando a crecer en su interior su ego de artista. La condición de religiosa de sor Ángela confiere a esta trasformación peculiaridades particularmente pintorescas y dan lugar a cuadros de una comicidad desbordante, servidos por el trabajo de una portentosa Carmen Machi cuyos recursos para la comicidad parecen inagotables. Es de ver cómo su creciente delirio narcisista y la perspectiva de una notoriedad con la que nunca había soñado rivalizan con sus votos de humildad y pobreza. Lleva a cabo, asimismo, un virtuoso ejercicio de ambigüedad para enmascarar con evasivas y subterfugios el verdadero sentido del poderoso influjo que ejerce sobre ella Adrián, el seductor y atractivo estudiante de Humanidades que trabaja en el museo como vigilante nocturno, y que no es otro que una irresistible atracción física que amenaza con destruir su virtud más preciada: la castidad.


No voy a desvelar los derroteros que desde este momento sigue el atribulado espíritu de sor Ángela. Baste decir que presa de una febril exaltación por su personalidad de artista recién descubierta, llega a confundir la obsequiosidad extrema de Adrian y sus miradas insinuantes con añagazas del Maligno para apartarla del camino de la virtud y entra en una suerte de éxtasis místico que culmina en un trance dadaísta que está a punto de dar al traste con la alta misión que le había sido encomendada.


De Carmen Machi ya hemos dicho que está realmente soberbia en un papel que parece hecho a su medida. Pero no le van a la zaga Mireia Aixala, como Alicia, una entusiasta servidora pública en pleno uso y disfrute del cargo recién estrenado, fiel servidora del nuevo credo neomarxista de la izquierda posmoderna. Francisco Reyes hace asimismo un magnífico trabajo como Adrián: un joven apuesto de trato exquisito, cortés, educado, de verbo fluido y hablar mesurado. En sus ademanes estudiados, su mirada inquisitiva, y el ritmo lento sinuoso de su fraseo, que suena como la música de un encantador de serpientes, hay algo de mefistofélico que encandila a nuestra casta monja copista y despierta en ella, una alegría y una voluptuosidad desconocidas.

Espléndido trabajo de conjunto, en fin, que ofrece numerosas oportunidades para el disfrute. Pero no querría dejar de añadir, que junto a algunas escenas particularmente impactantes a las que ya hemos aludido de manera indirecta, cuando de verdad el público entra en efervescencia es en aquellas ocasiones en que aflora la sátira al poder político. Y es que los aficionados al teatro y creo que la ciudadanía en general está un poco huérfana, necesitada, de que las tablas de este viejo tinglado de la farsa reflejen el esperpento en que se ha convertido últimamente la vida pública en este viejo solar patrio.


Gordon Craig.