viernes, diciembre 08, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Las discretas ficciones de Azorín, por Mario Vargas Llosa.

"Este es un aspecto de la obra de Azorín que siempre deberemos agradecer: su labor de escritor puente entre el público profano y los grandes autores del pasado, esos que, petrificados en el panteón de la gloria, parecen demasiado remotos y egregios para satisfacer lo que el lector común espera legítimamente de un escribidor: que lo divierta y lo maree, que lo excite y lo intrigue, que le haga pasar gato por liebre y, por unas horas, lo arranque de la mediocridad del mundo real y lo traslade a las exaltantes comarcas de la ilusión". 

Las discretas ficciones de Azorín, por Mario Vargas Llosa.

sábado, diciembre 02, 2017

TEATRO. Democracia. "Grandeza y miserias de la política".

Autor: Michael Frayn.
Con: Andrei Bazhin, Alexei Blohin, Alexander Doronin, Ilya Isaev, Petr Krasilov, Alexei Maslow, Alexei Myasnikov, Alexander Rugulin,Alexei Veselkin y Oleg Zima.
Escenografía: Stanislav Benediktov.
Russian Academic Youth Theatre.
Dirección: Alexei Borodin.
Madrid. Teatro Valle-Inclán. 27 de noviembre de 2017.


Democracia puede considerarse un drama político en el más estricto sentido del término, con el ingrediente añadido del espionaje para acabar de cerrar el círculo de imposturas, traiciones, medias verdades, deslealtades y maquinaciones que, junto a la no siempre clara y decidida vocación de servicio caracterizan la vida del político y el ejercicio del poder.
Inspirada en hechos reales, la obra explora la singular relación que mantuvo el carismático Willy Brandt, canciller de la Alemania Federal desde 1969 hasta 1974 con su asistente personal Günter Guillaume, un oscuro funcionario del partido que supo granjearse su confianza pese a las reticencias de algunos de sus más estrechos colaboradores y miembros destacados del partido. El descubrimiento en 1973, en plena crisis de gobierno, de que Günter Guilaume era un espía al servicio de la Stasi, la policía política de la República Democrática Alemana, precipitaría la caída de Brandt, acosado para entonces por escándalos relacionados con su adulterio y con su afición a la bebida.
La obra conjuga una faceta, digamos, más documental, el día a día de la política en el partido, en la cámara y en la cancillería con otra más personal, más humana, que muestra cómo fue la relación entre el canciller y su asistente. Aún de manera sintética, la obra retrata con acierto el cambio de clima político en la RFA durante la legislatura -la llamada Ostpolitik,estrategia de acercamiento a los países del bloque del Este-, auspiciado por Willy Brandt, la desconfianza y las críticas de la oposición, personalizadas en la figura de Hans-Dietrich Genscher, de la CDU, luego ministro de exteriores, y las intrigas de algunos miembros de su mismo partido socialdemócrata, como el influyente Herbert Wehner o quien sería su sucesor en la cancillería, el oportunista Helmut Schmit.

Pero el mayor acierto, sin duda radica en el dibujo de la estrecha relación que mantiene Brandt con Günter Guillaume quién, en una curiosa variante de síndrome de Estocolmo, termina “seducido” por el hombre al que en realidad está traicionando y por la democracia que en teoría está llamado a destruir. Y quizá las escenas más logradas, teatralmente hablando, sean aquellas en las que la familiaridad que provoca el trato diario –en el despacho, en trenes, en hoteles, en celebraciones o en reuniones familiares- da pie a la confidencia íntima. Ahí, sobre todo, es donde se descubre al hombre que hay detrás del espía o del político; los recovecos por donde se filtra la sospecha o el miedo a ser descubierto en el caso del primero; el “peso de la púrpura”, la duda ante las grandes decisiones, o la soledad del hombre público una vez que ha caído en desgracia, en el caso del segundo.
Aunque la acción parece desarrollarse a golpe de titular de periódico (que es lo que orienta, por cierto, en muchas ocasiones, la acción política) y la obra acusa la sobriedad del testimonio histórico o del documento periodístico -acentuados también por la propia escenografía, que evoca en clave simbólica la frialdad y la despersonalización de las dependencias oficiales de los grandes edificios de la administración del estado-, el director del montaje apuesta por una poética diametralmente opuesta al verismo naturalista; imprime al espectáculo un ritmo trepidante sustentado en un vigoroso y complejo movimiento escénico. Los intérpretes, a su vez, y como parte de un todo que funciona como una máquina de precisión, firman un gran trabajo de actuación. En la construcción de sus respectivos personajes aportan un caudal de recursos expresivos -más allá de la mera gestualidad del rostro- a la que no estamos acostumbrados. Sin excluir una adecuada dosis de psicologismo lo que predomina sobre todo es una racionalización del movimiento y de la expresividad corporal que nos retrotrae a Meyerhold y a su escuela, una depurada técnica de actuación que constituye uno de los principales alicientes del montaje.
Gordon Craig.

jueves, noviembre 23, 2017

lunes, noviembre 20, 2017

1000 razones para no dejar de leer. El teatro y Juan Mayorga.

[...] El teatro -el arte-, por el contrario, ha de ayudar a cada espectador a descubrir y defender su singularidad. Ha de ser capaz de hablar a cada espectador al oído. [...] El teatro es, sí, arte del conflicto. Pero conviene recordar que el conflicto más importante en un teatro no se da en el escenario, sino entre el escenario y el patio de butacas, entre el actor y el espectador. El mejor teatro se enfrenta al patio de butacas y a cada espectador. [...].

Entrevista a Juan Mayorga en El Cultural.

Lee aquí la entrevista completa.

domingo, noviembre 19, 2017

sábado, noviembre 18, 2017

TEATRO. Missing. "Perpetuum mobile".

Creador: Amit Lahav.
Intérpretes: Chris Evans, Anna Finkel, Ryen Perkins-Gangnrd, Amit Lahav y Katie Lusby.
Escenografía: Rhys Jarman y Amit Lahav
Diseño de luces: Chris Swain y Amit Lahav.
Música original: Dave Price.
XXXIV edición del Festival de Otoño a Primavera. Madrid. Teatros del Canal. 17 de noviembre de 2017.



Para el insigne escenógrafo, figurinista y director teatral Arthur Gordon Craig el Arte del Teatro surgió de la acción, del movimiento y de la danza. En un pasaje de su ensayo On the Art of the Theatre, de 1911, dirigido a los “creadores del teatro del futuro” en el que pondera precisamente las cualidades del movimiento leemos específicamente: “You now will reveal by means of movement the invisible things, those seen trough the eye not with the eye, by the wonderful and divine power of movement”.

El espectáculo de la compañía Gecko que vimos anoche en los teatros del Canal evidencia que esta vehemente exhortación del visionario director de escena británico no ha caído en saco roto, y que un siglo después, sus geniales intuiciones se han materializado y han fructificado en espléndidas realizaciones, como en la obra que comentamos, Missing, del creador israelí afincado en Gran Bretaña Amit Lahav.

Y es que el movimiento, desde la utilización de una cinta transportadora -sobre la que se desarrollan muchas escenas de la obra- hasta las evoluciones sobre el tablado de una bailarina de flamenco, pasando por el desplazamiento incesante de los intérpretes dentro de unos “marcos” luminosos que se achican o agrandan, suben o bajan, se acercan o se alejan del espectador, según los caprichosos vaivenes de la memoria de la protagonista, parece constituir unos de los elementos expresivos fundamentales a los que recurre el autor para mostrar las emociones de los personajes, en una suerte de celebración, de exaltación, casi, diríamos, de el “perpetuum mobile”, esa máquina de movimiento continuo que tantos físicos han perseguido infructuosamente desde la antigüedad.

La sensación de fatiga, de estrés, casi, con la que uno llega al final del espectáculo, sometido a los bruscos contrastes del claroscuro, a los hirientes fogonazos de la luz estroboscópica, a los violentos efectos sonoros y al frenesí del movimiento corroboran esta interpretación, e iluminan esas fulguraciones de la memoria en forma de recuerdo que invaden la mente de Lily en convulso y desordenado tropel.

Con un leve trasfondo autobiográfico -al parecer el padre de Amit Lahav fue músico, su madre bailarina y se conocieron en un salón de baile-, la pieza es una exploración de las profundidades de la psique humana, un viaje al lugar ignoto donde residen aquellos sucesos que marcaron nuestras vidas: la dulzura y las desdichas de la infancia y la adolescencia, las experiencias felices o traumáticas de la madurez, los amigos la pareja, etc…Pero más que una reflexión racional al uso, seguida mediante procedimientos discursivos, la obra apela a nuestro inconsciente, proporcionado imágenes llamadas a estimular la imaginación de cada espectador y a que éste haga suyo este viaje de exploración.

En conjunto, y más allá del contenido temático -si cabe expresarlo así-, de la obra, o en estrechísima vinculación él, cabe resaltar que estamos ante una extraordinaria experiencia estética ideada y ejecutada con la rigurosa meticulosidad del orfebre y pulida con cada encuentro con el público a lo largo de los más de cinco años que lleva rodando por los escenarios; ante la obra de un autor, que como los grandes creadores de la escena contemporánea llámense estos Etienne Decroux o Pina Bausch, Lloyd Newson o Romeo Castellucci, a quien vimos aquí hace un par de años, ha creado un lenguaje propio hecho de música, luz, palabras y movimiento  (“Action, words, line, color, rhythm”, como quería Craig), ensambladas armónicamente en un “espectáculo total”, de una excepcional calidad artística y que aúna verdaderos alardes de perfeccionismo formal por parte de los intérpretes con una genuina capacidad para establecer una conexión emocional con el público.

Gordon Craig.

Missing. Teatros del Canal.