martes, marzo 21, 2017

MÚSICA. Alejandro Escovedo regresa a Madrid.



Recordaba Alejandro Escovedo el otro día en la Sala El Sol el grato recuerdo que tenía del concierto que dio en Madrid allá por el año 2012. Y yo recuerdo que aquel fue el momento en el que yo y sus canciones nos cruzamos por primera vez. ¡Bienaventurado encuentro!

Dice Alejandro Escovedo en Abc sobre sus nuevas canciones: “que la vida es hermosa, que siempre hay algo misterioso, enigmático en ella, que hace que valga la pena vivirla. El disco habla sobre hacerse viejo y sobre seguir amando el rock'n'roll a pesar de todo, también sobre la nostalgia de los amigos que se fueron quedando por el camino […]. El amor por la música es lo más importante, sin ella no hay vida para mí”.

Habla Escovedo de vivir la vida, de los amigos, del amor por el rock and roll sin el que la existencia no tendría sentido. Y uno comprende mejor porque Alejandro Escovedo en cada concierto te pone la piel de gallina; porqué te eleva a otra dimensión, porqué despierta sentimientos que andan escondidos en tu día a día en tu monótona cotidianidad. Y todo ello aderezado de su virtuosismo a la guitarra, de la magia de su cavernosa voz, de la intensidad melódica de sus canciones que convierten sus recitales en una experiencia sensorial total.


Fotografía cortesía de Joe Herrero.
Aquí puedes ver más fotos de Joe Herrero.

martes, marzo 14, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Niebla. Ballesteros de Calatrava, Ciudad Real.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.


Ballesteros de Calatrava, Ciudad Real.

1000 razones para no dejar de leer. El Palacio de los Sueños. Ismail Kadaré.

"Recordó a su abuela, en una ocasión en que le había preguntado: Abuela ¿por qué cuchicheas en voz alta? Para que seamos dos, hijo, le había dicho ella, para no sentirme sola".

El Palacio de los Sueños. Ismail Kadaré.

jueves, marzo 09, 2017

TEATRO. Vientos de Levante. "… Este vals que se muere en mis brazos".


Autor: Carolina África.
Con: Trigo Gómez, Carolina África, Paola Ceballos, Jorge Mayor y Pilar Manso.
Escenografía: Almudena Mestre.
Espacio sonoro: Nacho Bilbao.
Dirección: Carolina África.
Madrid. Teatro Español. 25 y 26 de febrero de 2017.



Tras el éxito de crítica y público de Verano en diciembre (premio Calderón de la Barca 2012), en el marco de un ciclo organizado por el teatro Español para difundir el trabajo de los autores más jóvenes, llega a la cartelera madrileña Vientos de Levante, la nueva pieza de la actriz, poeta y dramaturga Carolina África (Madrid 1980) con la fuerza de un vendaval, como la del viento del este que, cuando sopla en la bahía de Cádiz, enerva y trastorna a los personajes de la obra.

Impulsora junto a Laura Cortón y Almudena Mestre de “La Belloch” teatro, una de las múltiples iniciativas con las que cada año, cada mes, casi, se renueva el panorama teatral madrileño dando muestras inequívocas de la pujanza y del buen momento en el que se encuentra este arte secular, Carolina África cultiva lo que podríamos denominar una poética de lo cotidiano. Sus personajes son seres del común que se debaten por salir a flote entre las rencillas familiares, las inseguridades e incertidumbres de cada día, los sueños, la soledad, el desamor o la angustia ante la enfermedad y la muerte.

En este caso los protagonistas son: Pepa, una psicóloga que comparte su jornada entre un hospital y una institución para enfermos mentales, su amiga Ainhoa, una escritora en ciernes que viaja a Cádiz, donde ejerce Pepa, para pasar unos días de vacaciones con ella al lado del mar en busca de inspiración, y Sebas, un enfermo en estado avanzado de ELA (esclerosis lateral amiotrófica) que trata de aferrarse a los pocos asideros que le quedan para combatir su angustia y desesperación mientras se van manifestando progresivamente los efectos devastadores de su dolencia. La casualidad hará que las dos personas con las que Ainhoa comparte asiento en el tren que la lleva hacia el sur irrumpan en su vida y den un vuelco a sus expectativas de futuro.

Con un lenguaje sencillo, directo, desenfadado, plagado de frases ingeniosas y giros propios del registro coloquial, la autora arma una trama sólida e impele la acción -aun con altibajos- hasta un desenlace de alta intensidad poética. Por el camino quedan escenas chuscas, entrañables, pintorescas, divertidas, y hasta descacharrantes, como la merienda en playa de toda la tropa, para dar cumplimiento a uno de los cinco últimos deseos que quiere satisfacer Sebas antes de su anunciada partida: presenciar una puesta de sol rodeado de sus amigos bebiéndose unos vasos de un buen vino de la tierra.

Los actores, en general, sirven con oficio, entusiasmo y donaire a las ganas de vivir y de soñar de los personajes y a una actitud -de filiación casi estoica, senequista- de aceptación de la realidad que impregna su comportamiento y que constituye uno de los ingredientes fundamentales de la obra. Maxi y Antonio, nos recuerdan en su desamparo a alguno de los personajes marginales de las Noches de amor efímero de Paloma Pedrero, pero también la locuaz y voluntariosa Ascen (Pilar Manso) un ama de casa frustrada ante un horizonte vital acotado por sus responsabilidades familiares y Juan (Jorge Mayor), varado en una existencia opaca, coartado por su timidez, por su torpeza y por su falta de valor para sincerarse con la ingenua y soñadora Ainhoa (Carolina África).

Junto al humor, al que ya he hecho referencia arriba, la obra esconde algunas escenas de de gran fuerza dramática que, si bien no se perciben con la intensidad que sentía el amor don Perlimplín (“como un hondo corte de lanceta en mi garganta”), constituyen al menos una punzada de emoción genuina. Y es que uno no puede dejar de verse afectado por los inevitables brotes de rebeldía de Sebas ante la adversidad o por sus continuos y urgentes mensajes cifrados de socorro; ni puede eludir vibrar en lo más íntimo cuando Pepa accede a cumplir el último de sus deseos, bailando abrazada a él unos compases del “Pequeño val vienes” lorquiano, que, en la voz rota de Silvia Pérez Cruz, resuenan en la playa desierta a la luz de la luna. La otrora desenvuelta y dicharachera Pepa (Paola Ceballos) ahora turbada por la compasión, el llanto y los vapores del vino y el ya balbuciente y en extremo deteriorado Sebas (Trigo Gómez) firman aquí una escena de las que hacen historia.

Gordon Craig.

Vientos de Levante. Teatro Español.
 

viernes, marzo 03, 2017

viernes, febrero 24, 2017

TEATRO. El cartógrafo. "El mapa de un mundo en peligro".

Autor: Juan Mayorga.
Con: Blanca Portillo y José Luis García-Pérez.
Ayudante de dirección: Carlos Martínez-Abarca.
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo
Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar.
Música original y espacio sonoro :Mariano García.
Dirección: Juan Mayorga.
Madrid. Naves del Español. Sala de Fernando Arrabal. Hasta el 26 de febrero de 2017.



Uno sale de ver este espectáculo de Juan Mayorga embargado por la emoción y el asombro. Sobrecogido por ese crudo retrato (mapa) del horror, anonadado por el derroche de talento y de energía que despliegan los actores en la construcción de sus múltiples personajes, fascinado por la pulcritud, la precisión expresiva y la resistencia de su lenguaje frente al tópico y desasosegado por el tono profético de alguna de sus escenas; y es que tras presenciar esta representación uno no puede sacudirse la sensación de que lo que la obra cartografía es el mapa de un mundo en peligro.

Decía Mayorga hace unos años en Primer Acto, en una entrevista de José Ramón Fernández, que el mejor teatro histórico es el que consigue hacer una experiencia del pasado. Pues bien, El cartógrafo responde a este imperativo teórico y nos permite, como a Dante, hacer una visita al Infierno, guiados esta vez por Blanca -coprotagonista de la obra-, y hacer nuestra la experiencia del horror y de la barbarie que ella va adquiriendo de primera mano mientras completa su periplo por la Varsovia actual persiguiendo un fantasma y tratando, sin éxito, de sobreponerse a una pérdida irreparable.

En efecto, Blanca, sensibilizada por el trauma de la pérdida de una hija adolescente, va a dar pábulo a la leyenda del cartógrafo del gueto de Varsovia, según la cual, un anciano cartógrafo judío, incapacitado para desplazarse, solicita la ayuda de su nieta de corta edad para que le facilite los datos con los que elaborar el mapa de la ignominia, un mapa dibujado desde la perspectiva de los perseguidos. Desde que el vigilante de una exposición de fotografías antiguas de Varsovia, a la que ella accede por casualidad, le cuenta la historia, Blanca se obsesiona con ella y queda como atrapada en un bucle. Mientras su marido, diplomático, atiende a su trabajo en la embajada española, emprende por su cuenta una indagación que la lleva por museos, anticuarios, etc, recabando información sobre el suceso y consecuentemente, empapándose del horror vivido por los moradores del gueto hasta su exterminio durante la ocupación alemana.

La obra se articula, por así decir, en dos planos narrativos: las escenas en presente, que dan cuenta de la absorbente actividad indagatoria de Blanca, interpoladas o superpuestas a escenas del pasado de la vida en el gueto, de la niña dando cuenta al abuelo de sus hallazgos, primero, y después, de esta niña ya adulta bajo el nuevo régimen comunista impuesto en Polonia tras la liberación. Dos planos, pasado y presente confrontados, interpenetrándose; confluyendo progresivamente de forma asintótica, hasta que -¡prodigio de la trama!- se funden en uno solo.

Como ya hiciera la longeva e intrépida Harriet (la tortuga de Darwin), El cartógrafo nos proporciona una profunda y meditada lección de Historia. Y ello, no en abstracto, por supuesto, sino anclada en datos fehacientes y en episodios lacerantes del pasado reciente europeo imbricados con elementos de la más estricta y dolorosa cotidianidad de sus protagonistas. Una lección de Historia, digo, sobre quién la escribe, por qué y cómo lo hace; al servicio de qué intereses ideológicos, de qué urgencias vitales o de qué circunstancias sociales y políticas, de dominación, de supervivencia, de ocultación. De hecho, la colección de mapas antiguos que atesora el cartógrafo no son sino una recurrente y fecunda metáfora de todas las formas imaginables de preservar o reconstruir a capricho el pasado; de manipularlo, de adulterarlo -de anularlo, incluso -para ajustarlo al discurso hegemónico imperante.

Respecto al montaje, cuya dirección corre a cargo del propio autor, parece seguir a rajatabla el lema del cartógrafo: “Definitio est negatio”, es decir, convertir el escenario en un “mapa” depurado de elementos accesorios o redundantes que distraigan la atención del espectador y la desvíen de lo esencial. Esta poética del despojamiento que ya puso en práctica Mayorga en su montaje de La lengua en pedazos es llevada aquí al extremo reduciendo el elenco a dos únicos actores y limitando la escenografía a unas marcas en el suelo, a un taburete y a un par de mesas y sillas de estilo funcional. Leves efectos sonoros y subrayados musicales y una iluminación sectorializada para crear los múltiples espacios donde se desarrolla la acción completan esos magros elementos escenográficos para que nada se interponga entre la palabra de los personajes -y sus silencios- y la imaginación del espectador.

Claro que sólo es posible que tal empeño resulte exitoso si se cuenta con un texto tan complejo, sugerente y tan sólidamente articulado y con unos actores tan motivados y de tan excepcional y aquilatada ejecutoria como Blanca Portillo y José Luis García-Pérez para adaptarse a sus exigencias. Un texto que combina la plasticidad de las descripciones y el rigor documental del registro de nombres, números o localizaciones con la viveza y espontaneidad de los diálogos, con el arte de la alusión, las evasivas los sobrentendidos o las presuposiciones; y unos actores sometidos a un auténtico “tour de force” en la tarea de multiplicarse y ajustarse a roles distintos y cambiantes con tonos y registros diferentes según exige el desarrollo de la acción.

Ambos actores destacan por su versatilidad y, si somos justos, no habría que hacer distingos entre toda esa pléyade de personajes a los que uno y otra se entregan sin reservas y poniendo el listón muy alto ya desde la primerísima escena, en la que hallamos a Raúl angustiado por la tardanza de Blanca en volver a la embajada cuando ésta aparece con un plano en la mano, con la mente en otra parte, como atraída por un extraño misterio que recabara toda su atención. El matrimonio protagoniza asimismo el intenso cuadro 22 con Blanca, presa de remordimientos y desesperación, relatando lo sucedido la mañana de la desaparición de Alba. Pero indudablemente, la pareja que concita las mayores simpatías es la del abuelo y la niña y las escenas que protagonizan, con ese crescendo de la tensión dramática a medida que el deambular de la pequeña por el gueto se hace más y más peligroso hasta que ambos se sienten acorralados y amenazados por las cada vez más frecuentes redadas. El anciano (José Luis García-Pérez) envejece literalmente en escena apesadumbrado por lo que intuye, sometido al hambre, al frío, a la falta de medicinas y al temor creciente de que detengan a su nieta, mientras que en el exterior se extiende la desolación y la muerte. La niña (una portentosa Blanca Portillo) se entusiasma con los mapas, la ilusiona la perspectiva de ser útil, se emociona con los recuerdos infantiles, bromea y baila con el abuelo, le tranquiliza, disimula sus tropiezos, acalla sus temores; se rebela, sueña; tiembla y contiene la respiración arrebujada junto él para evitar ser descubiertos por la policía, y vibra y conmueve hasta las lágrimas, cuando saliendo del papel -porque, por respeto a las víctimas, el horror que va a describir no puede ser representado-, de pie, frente el auditorio desgrana con todo lujo de detalles las atrocidades cometidas con aquellos seres indefensos durante los días más críticos de intensificación de las redadas.

Gordon Craig.


El cartógrafo. Naves del Español.