sábado, noviembre 18, 2017

TEATRO. Missing. "Perpetuum mobile".

Creador: Amit Lahav.
Intérpretes: Chris Evans, Anna Finkel, Ryen Perkins-Gangnrd, Amit Lahav y Katie Lusby.
Escenografía: Rhys Jarman y Amit Lahav
Diseño de luces: Chris Swain y Amit Lahav.
Música original: Dave Price.
XXXIV edición del Festival de Otoño a Primavera. Madrid. Teatros del Canal. 17 de noviembre de 2017.



Para el insigne escenógrafo, figurinista y director teatral Arthur Gordon Craig el Arte del Teatro surgió de la acción, del movimiento y de la danza. En un pasaje de su ensayo On the Art of the Theatre, de 1911, dirigido a los “creadores del teatro del futuro” en el que pondera precisamente las cualidades del movimiento leemos específicamente: “You now will reveal by means of movement the invisible things, those seen trough the eye not with the eye, by the wonderful and divine power of movement”.

El espectáculo de la compañía Gecko que vimos anoche en los teatros del Canal evidencia que esta vehemente exhortación del visionario director de escena británico no ha caído en saco roto, y que un siglo después, sus geniales intuiciones se han materializado y han fructificado en espléndidas realizaciones, como en la obra que comentamos, Missing, del creador israelí afincado en Gran Bretaña Amit Lahav.

Y es que el movimiento, desde la utilización de una cinta transportadora -sobre la que se desarrollan muchas escenas de la obra- hasta las evoluciones sobre el tablado de una bailarina de flamenco, pasando por el desplazamiento incesante de los intérpretes dentro de unos “marcos” luminosos que se achican o agrandan, suben o bajan, se acercan o se alejan del espectador, según los caprichosos vaivenes de la memoria de la protagonista, parece constituir unos de los elementos expresivos fundamentales a los que recurre el autor para mostrar las emociones de los personajes, en una suerte de celebración, de exaltación, casi, diríamos, de el “perpetuum mobile”, esa máquina de movimiento continuo que tantos físicos han perseguido infructuosamente desde la antigüedad.

La sensación de fatiga, de estrés, casi, con la que uno llega al final del espectáculo, sometido a los bruscos contrastes del claroscuro, a los hirientes fogonazos de la luz estroboscópica, a los violentos efectos sonoros y al frenesí del movimiento corroboran esta interpretación, e iluminan esas fulguraciones de la memoria en forma de recuerdo que invaden la mente de Lily en convulso y desordenado tropel.

Con un leve trasfondo autobiográfico -al parecer el padre de Amit Lahav fue músico, su madre bailarina y se conocieron en un salón de baile-, la pieza es una exploración de las profundidades de la psique humana, un viaje al lugar ignoto donde residen aquellos sucesos que marcaron nuestras vidas: la dulzura y las desdichas de la infancia y la adolescencia, las experiencias felices o traumáticas de la madurez, los amigos la pareja, etc…Pero más que una reflexión racional al uso, seguida mediante procedimientos discursivos, la obra apela a nuestro inconsciente, proporcionado imágenes llamadas a estimular la imaginación de cada espectador y a que éste haga suyo este viaje de exploración.

En conjunto, y más allá del contenido temático -si cabe expresarlo así-, de la obra, o en estrechísima vinculación él, cabe resaltar que estamos ante una extraordinaria experiencia estética ideada y ejecutada con la rigurosa meticulosidad del orfebre y pulida con cada encuentro con el público a lo largo de los más de cinco años que lleva rodando por los escenarios; ante la obra de un autor, que como los grandes creadores de la escena contemporánea llámense estos Etienne Decroux o Pina Bausch, Lloyd Newson o Romeo Castellucci, a quien vimos aquí hace un par de años, ha creado un lenguaje propio hecho de música, luz, palabras y movimiento  (“Action, words, line, color, rhythm”, como quería Craig), ensambladas armónicamente en un “espectáculo total”, de una excepcional calidad artística y que aúna verdaderos alardes de perfeccionismo formal por parte de los intérpretes con una genuina capacidad para establecer una conexión emocional con el público.

Gordon Craig.

Missing. Teatros del Canal.


miércoles, noviembre 01, 2017

TEATRO. Terrenal. Pequeño misterio ácrata. "Desmitificadora y escandalosamente divertida".

Autor: Mauricio Kartun.
Con: Claudio Da Passano, Claudio Martínez Bel y Rafael Bruza.
Escenografía y vestuario: Gabriela Aurora Fernández.
Iluminación: Leandra Rodríguez.
Dirección: Mauricio Kartun.
XXXIV edición del Festival de Otoño a Primavera. Madrid. Teatro de La Abadía. 20 de octubre de 2017.



Terrenal es una relectura sui géneris del relato bíblico de Caín y Abel. O quizá sería más acertado decir -de acuerdo con los postulados sobre la técnica dramatúrgica que el propio Mauricio Kartun defiende en sus escritos teóricos- que este mito bíblico ha sido tratado por el autor como un “ready made”, como un “objet trouvé”, a la manera en que Marcel Duchamp se servía de un urinario o de una rueda de bicicleta para convertirlos en obras de arte.

Descontextualizado del corpus de textos sagrados del Antiguo Testamento (libro del Génesis, 4) Mauricio Kartun nos obliga a mirar este relato de rivalidad entre dos hermanos con final trágico desde otro punto de vista, trastocando así su significado primitivo unívoco y estableciendo una prudente y saludable distancia irónica que abre el relato a nuevas significaciones. De hecho, estos entes de ficción que responden a los nombres de Caín y Abel, vendrían a representar, el primero, a un empresario de éxito defensor del ahorro y de la propiedad privada, y el segundo, a un marginado social, indolente, ocioso a tiempo casi completo y dispuesto a gozar en libertad de los dones que le ofrece la madre naturaleza; dos actitudes contrapuestas, dos visiones del mundo, que podría interpretarse -como ha insinuado algún crítico-, como el resultado de abrazar hasta sus últimas consecuencias uno y otro de los modelos organizativos de la vida civilizada: el capitalista y el ecosocialista.

Respecto a la conformación del tercero de los personajes, Tatita, no se lleva menos lejos esa voluntad de resignificación de la que hablamos arriba: trasciende con creces su referente bíblico, Yaveh, que se limita a interpelar a Caín acerca de la muerte de su hermano y a condenarle a llevar una vida errante. Aquí resulta ser un hibrido de deidad y progenitor/abuelo de los susodichos que vuelve tras largos años de ausencia para aclarar los términos de la herencia -cosa que preocupa sobremanera a Caín-, correrse una juerguecita y cotejar cual ha sido el resultado de la educación de sus vástagos. Su manifiesta predilección por Abel, sirve de catalizador de la envidia que ya de por sí le profesa Caín y que será el desencadenante del homicidio, pero no sólo. En una vibrante escena final reconviene a Caín por haberse dejado arrastrar por los peores de los males, el odio, la ambición y la vanidad; entona un vibrante y solemne canto a la controversia, a la lucha -dialéctica- como motor del progreso y realiza un juicio sumarísimo -en la persona de Caín- a la humanidad toda, por haber puesto una “letra” equivocada a la “música”, a la armonía, del universo, única creación, por cierto, de la que este peculiar Hacedor se considera responsable.

Se trata de un texto enjundioso, plagado de reflexiones de fondo sobre la condición humana, de citas bíblicas o de referencias a conceptos de economía política que se abren paso como alusiones o a través de las asociaciones libres de palabras, dentro de un intercambio verbal rápido, fluido cifrado en un léxico rabiosamente de coloquial trufado de figuras retóricas, refranes populares y de argot gauchesco, como corresponde a unos personajes ubicados no en los aledaños del Paraíso Terrenal sino en una indefinida región de la Pampa Argentina. En cualquier caso un lenguaje de un altísimo grado de elaboración artística que trasciende lo local y contribuye a universalizar el mensaje y que constituye uno de los alicientes de este montaje.

Los otros focos de interés, desde luego, tiene que ver con la concepción del espectáculo y con el trabajo de actuación -soberbio- y de construcción de personaje. Mauricio Kartun está en posesión de ese sentido instintivo de la teatralidad que hace creíbles las situaciones más inverosímiles; su historia se sitúa en un tiempo, pero también “fuera del tiempo”, protagonizada por unos seres que son muy reales pese a semejar verdaderos espectros surgidos de entre los ajados cortinajes bambalinas y rompimientos de un escenario decrépito. Y es que el autor y director argentino insiste en mostrarnos que estamos en el reino del Teatro. No el grandilocuente Teatrum Mundi como desearía el jactancioso Caín, sino un vulgar teatrito de variedades.

Émulos del Vladimiro y Estragón becquetianos -en su fisonomía clownesca, en su inacción y en la desesperante circularidad y reiteración de sus argumentos- los hermanos aguardan, también, una aparición que tiene el efecto contrario del esperado: confirmarles en sus respectivas posturas vitales antitéticas, irreconciliables. Uno y otro nos conmueven por su ingenuidad, por su ternura, casi; sus querellas se dirimen como si se tratara de un juego de niños enrabietados por un quítame allá esas pajas. Y es que los términos del conflicto se desplazan por completo al plano de la farsa: desde el atuendo, hasta la caracterización -y ello puede hacerse extensivo también a Tatita embutido en un adusto traje de gaucho- pasando por los cachiporrazos y los efectos sonoros, todo nos retrotrae al mundo del circo y se advierte en todo el trabajo actoral, con el cuerpo, con el gesto, un deliberado intento de ir hasta el fondo de lo grotesco, de la caricatura, de la carga paródica extrema; y lo mismo con la interpretación verbal del papel: en un riguroso ejercicio de coherencia artística los intérpretes consiguen teatralizar al máximo la palabra, llevarla -como quería Ionesco- al paroxismo, a la desmesura.

Una obra desmitificadora, que plantea una honda reflexión sobre el ser humano y sobre la evolución de la sociedad, desarrollada en términos de una comicidad desbordante y servida por un extraordinario trabajo actoral. Una velada memorable.

Gordon Craig.

Teatro de la Abadía. Terrenal.

domingo, octubre 29, 2017

1000 razones para dejar de leer. "El conocimiento inútil" de Jean Francois Revel.

[...] "La ideología se fundamenta en una comunión en la mentira, implicando el ostracismo automático de quienquiera que rehúse compartirla. [...] Es interesante examinar qué uso hace el hombre de la libertad, cuando la tiene, y también qué uso hace de la facultad de saber y de decir lo que sabe". [...].

"El conocimiento inútil" de Jean Francois Revel.

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Filmoteca de Cantabria. Santander.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.



Filmoteca de Cantabria. Santander.

domingo, octubre 22, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Adam Zagajewski. "La poesía no está de moda".

[...] La poesía no está de moda, las novelas policíacas, las biografías de los tiranos, las películas americanas y las series de televisión británicas están de moda. La política está de moda. La moda está de moda. Las relaciones están de moda, la sustancia no está de moda. Los pantalones entubados, los vestidos con estampados de flores, las perlas en la ropa, los jerséis rojos, los abrigos a cuadros, las botines plateados y los pantalones vaqueros con apliques están de moda.



Las bicicletas y los patinetes están de moda, los maratones y los medio maratones, la marcha nórdica; no está de moda detenerse en medio de un prado primaveral ni la reflexión. La falta de movimiento es nociva para la salud, nos dicen los médicos. Un momento de reflexión es peligroso para la salud, hay que correr, hay que escapar de uno mismo. [...].




Fragmento del discurso leído por Adam Zagajewski tras recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

viernes, octubre 13, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Entrevista en El Cultural a Juan Mayorga: las fuerzas que moldean nuestra sensibilidad".

[...] Sobre el tema de la ilusión de la libertad lo fundamental ya fue dicho, precisamente sobre un escenario, por Calderón y Pasolini. En nuestros días, ese tema me parece ineludible. No hace falta ser partidario de ninguna teoría de la conspiración para pensar que estamos expuestos a fuerzas en absoluto neutrales que moldean nuestra sensibilidad, nuestra imaginación y nuestra memoria, y también nuestra mirada sobre los otros y sobre nosotros mismos. [...] También los adultos estamos rodeados de relatos invasivos, de algoritmos que orientan nuestro llamado “tiempo libre”, de propaganda. Y de instituciones y grupos que, a cambio de protección, nos reclaman, de forma más o menos cariñosa, docilidad. Todo ello me lleva al tema barroco del “Theatrum mundi”, que es finalmente el tema de la libertad: ¿soy el autor del personaje que represento en el escenario del mundo o me ha sido impuesto?  [...].

Juan Mayorga en El Cultural.

Lee aquí la entrevista completa.

domingo, octubre 08, 2017

TEATRO. Oleanna. "De poder a poder".

Autor: David Mamet.
Versión de Juan V. Martínez Luciano.
Con: Fernando Guillén Cuervo y Natalia Sánchez.
Escenografía: Mónica Borromello
Música y espacio sonoro: Mariano Marín.
Dirección: Luis Luque..
Madrid. Teatro Bellas Artes. Hasta el 15 de octubre de 2017.



Oleana viene a ser una representación en estado puro de la actualísima -y eterna- lucha strindberiana por el poder, por ese deseo de someter al otro que media en las relaciones humanas, que en casos extremos puede llegar a la imposición o a la violencia física pero que las más de las veces adopta las formas más sutiles del chantaje emocional y de la manipulación lingüística.

Y resulta más que evidente que si John, a lo largo de esos tensos encuentros que mantiene con Carol en su despacho de la Universidad, se sirve de tecnicismos que Carol no comprende o reformula y reinterpreta permanentemente sus palabras no es por mera pedantería, que también, sino porque es consciente del ascendiente que ejerce sobre su alumna, de la situación de fuerza en que se sitúa respecto a ella por el mero hecho ostentar la primacía sobre el control del sentido de tales palabras y expresiones, incluyendo los sobreentendidos y las presuposiciones, que enmascaran, como es sabido, tópicos, prejuicios o ideas dominantes sobre el estatus, el sexo o la condición social de los interlocutores. 

No contaré mucho del argumento de la pieza para no arruinar el suspense. Comienza con la visita de una joven universitaria, Carol, al despacho de John, su profesor, para reclamar la nota de un examen. Y dos pistas más sobre los personajes: John es el tipo de profesor “colega”, un tanto infatuado y con no pocas carencias y problemas personales. Cordial, comprensivo, en apariencia, es perfectamente conocedor de los privilegios que le otorga su estatus, de ahí su aire de superioridad y una permanente actitud paternalista que tanto molesta a Carol. La joven, por su parte, al principio aparece como una pobre chica, tímida, frágil y acomplejada, pero luego se revela como una furibunda feminista, consumada maestra de la manipulación e implacable luchadora contra los últimos vestigios de la estructura social y familiar patriarcal caduca, a cuyos valores, según ella, se acomoda el comportamiento prepotente y sexista del profesor.

La obra se articula en tres actos, según el típico patrón del teatro aristotélico: planteamiento, nudo y desenlace, con un respeto escrupuloso por las tres unidades, de tiempo, lugar y acción y con una estructura en cuyo desarrollo hay una típica inversión de papeles. A ello habría que añadir que el autor, como el protagonista de un conocido cuento infantil va dejando miguitas por el camino, pequeños detalles sin importancia en apariencia, pero que resultan cruciales a posteriori para explicar la evolución del comportamiento de los personajes. Un prodigioso mecanismo de precisión que, cabe resaltar, el director, Luis Luque, ha desentrañado a la perfección y ha engrasado a conciencia para mostrárnoslo funcionando a pleno rendimiento. 

La versión de Juan Vicente García Luciano acierta de pleno al traducir un texto que bascula entre el tono profesoral y el más rabiosamente coloquial de unos diálogos dotados de gran viveza y expresividad que fluyen a veces con un ritmo endiablado. Y, desde luego, hay que mencionar a los actores que hacen un magnífico trabajo. Natalia Sánchez transita con enorme desenvoltura por las diversas etapas y registros que le exige su personaje, Carol, siempre atenta a esos mínimos detalles, a los que hacíamos referencia arriba, que nos van poniendo sobre aviso de cual son sus verdaderas intenciones. Casi provoca lástima su desvalimiento y la sensación de frustración y de fracaso que trasmite al principio, pero luego puede ser fría, calculadora, despiadada y hasta cruel cuando tiene al enemigo acorralado. Fernando Guillén Cuervo pone toda su experiencia y oficio al servicio de su personaje, ese producto arquetípico del establishment universitario, profesor de mediana edad, afable y campechano, buen conversador, halagado por la admiración que concita entre las jóvenes alumnas y dispuesto siempre a abrirles la puerta su despacho para resolver problemas, aunque no sean de índole estrictamente académica, bajo la premisa tácita de cobrarse algo a cambio, aunque sólo sea la gratificación que proporciona un rato de compañía agradable en la intimidad del despacho, retrepado en un sillón giratorio y parapetado tras la confortable posición de poder que garantiza su amplia mesa de escritorio. Modula, asimismo, Guillén Cuervo, con gran acierto, la profunda transformación de su personaje para adaptarse a las cambiantes circunstancias. Y el arrebato de cólera de la escena final es realmente apoteósico.


sábado, septiembre 30, 2017

jueves, septiembre 28, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Adam Zagajewski, por Antonio Luchas.

 [...] A Zagajewski conviene leerlo igual que uno se instala en esas noches que no hacen preguntas: sencillamente al vaivén de iluminaciones, de certezas imprevistas, de emociones no sabidas. Viene de la penumbra, pero ama la luz. Y la belleza. Y la ironía. [...].

Adam Zagajewski, por Antonio Lucas.


domingo, septiembre 24, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Oficio de lector. José Manuel Caballero Bonald.

"García Hortelano es sin duda uno de esos escritores a los que hay que releer. [...] Un don muy especial para la observación crítica de la sociedad se aloja en todos y cada uno de los meandros de un discurso narrativo de cuidada textura. [...] Muy pocos narradores gozaron de tan buen oído como él para hacer hablar a la gente y calificarla a través de los aparejos de la ficción".

Oficio de lector. José Manuel Caballero Bonald.

sábado, septiembre 23, 2017

domingo, septiembre 17, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Lazarillo de Tormes.

"Mirá, si sois mi amigo, no me digáis cosa con que me pese, que no tengo por mi amigo al que me hace pesar".

Lazarillo de Tormes.

domingo, agosto 27, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Extraños en un tren de Patricia Highsmith.

"Eso es lo malo - dijo Guy en voz alta -, que nadie sabe qué aspecto tiene un asesino. ¡Un asesino no se diferencia en nada de los demás mortales!".

Extraños en un tren. Patricia Highsmith.

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. La Azohía, Murcia.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.


La Azohía, Murcia.

miércoles, agosto 16, 2017

1000 razones para no dejar de leer. La rana viajera de Julio Camba.

"Habladme de política. La revolución supongo que, igual que hace sietr años, será una cosa inminente. España no tardará ni seis meses en transformarse, dándoles así la razón a los que de desde hace medio siglo, vienen anunciando esta transformación tan rápida".

La rana viajera. Julio Camba.

TEATRO. Europa que a sí misma se atormenta. "Sombría meditación sobre un viejo continente desgarrado y convulso".

"Que míseramente a sí misma se atormenta y lamenta su propia desgracia". Andrés Laguna.

Autor: Andrés Laguna. Dramaturgia de Ana Zamora.
Con: Juan Meseguer, Eva Jornet e Isabel Zamora
Arreglos y dirección musical: Alicia Lázaro
Vestuario y espacio escénico: Deborah Macías.
Iluminación: Pedro Yagüe.
Nao d’amores. Dirección: Ana Zamora.
XVII Festival de Artes Escénicas “Clásicos en Alcalá”.
Alcalá de Henares. Capilla de San Ildefonso de la universidad cisneriana. 21 de junio de 2017.



Tras el paréntesis de Penal de Ocaña, (noviembre de 2013), obra que dramatiza el desgarrador testimonio de María Josefa Canellada, abuela de la autora, en un hospital de sangre durante la Guerra Civil, y con el aval que le proporcionan sus anteriores y exitosos montajes sobre textos de teatro medieval y renacentista, vuelve Ana Zamora a indagar en nuestro pasado para dejar constancia de nuevo de cuan rico, fecundo y variado es nuestro patrimonio cultural y poner en evidencia a quienes con su incuria, ignorancia o mala fe pretenden menoscabarlo o manipularlo en pro de intereses bastardos.

La obra nos retrotrae a enero de 1543 y recrea la alocución dirigida por el médico y humanista segoviano Andrés Laguna a los miembros de la facultad de las artes de la universidad de Colonia en la que se lamenta amargamente del proceso de acoso y derribo que está sufriendo la Europa de la época azotada por guerras, por las rivalidades doctrinales entre católicos y protestantes y por el progresivo abandono de las bases en que se había venido cimentando esa primera conciencia europea: los valores de la doble herencia cultural grecolatina y cristiana.

Un texto no teatral en sentido estricto, pero con más que evidentes trazas de una teatralidad incipiente que hay en las piezas oratorias, organizado según un complejo sistema de enunciación que combina los mecanismos propios de la alocución: vocativos, citas probatorias, interrogaciones retóricas o el empleo del estilo indirecto con un desdoblamiento de los interlocutores implicados, Europa y el Autor, que se dan mutuamente la réplica.

Estamos ante una estimulante y original experiencia estética, cifrada en unos códigos de representación que son ya marca de la casa y que incluyen un sugerente espacio sonoro y una ambientación colorista y naif, siendo precisamente una de las claves del montaje el empeño -de inspiración renacentista- por imbricar música y palabra en un único elemento significante. Así, la música, espléndida recreación de Alicia Lázaro, de partituras originales de la época, ejecutadas en directo por Eva Jornet e Isabel Zamora, se acompasa con las distintas fases del desarrollo de la pieza oratoria, subrayando algunos pasajes particularmente emotivos, fúnebres, festivos o burlescos, o acentuando siempre su ya de por sí marcada tonalidad elegíaca y paródica.

Respecto al espacio escénico, constituye un verdadero alarde de ingenio -que seguramente provocará la perplejidad de los puristas-, cómo se mimetiza el personaje de Europa con elementos de la propia escenografía, un curioso mapa antropomórfico del viejo continente del cartógrafo Sebastian Münster flanqueado por dos columnas dóricas coronadas con sendas cariátides y modificado al efecto para añadir los elementos que configuran el universo simbólico de ideas y valores en que se sustenta el discurso del conferenciante. Y es que, es la de Ana Zamora una poética del asombro que corre pareja con el candor de los pastores que se aprestan a seguir el camino marcado por la estrella en el Auto de los Reyes Magos o con la crédula aceptación de los más graves misterios y prodigios por parte de los rústicos aldeanos del Auto de la Sibila Casandra. Una directora que proyecta sobre todo lo que toca una mirada limpia, penetrante, sabia, ajena de prejuicios y de intencionalidad doctrinaria; ingenua, en el mejor sentido del término, y capaz de contagiar esa ingenuidad a los espectadores y activar los resortes de una sensibilidad abotargada por el recurrente bombardeo de argumentos manidos y de estímulos anodinos cuando no directamente vulgares.

Joan Messeguer, acompañado ocasionalmente por Eva Jornet e Isabel Zamora hace un portentoso trabajo de interpretación desdoblándose en las figuras de Europa y el conferenciante. Tras un sencillo atril desde el que se dirige a los espectadores, en un exiguo pedestal que limita considerablemente sus posibilidades de movimiento, va desgranando sus razones y argumentos ora como el propio Andrés Laguna, ora como efigie de “Europa Regina” exhibiendo un extraordinario arsenal de recursos de la voz y de la expresión corporal para dar curso a las variadas modulaciones timbres y tonos que exige su discurso. Así transita con inusitada desenvoltura del tono sombrío y quejumbroso del exordio en el que describe la situación calamitosa del viejo continente a la mesura y seguridad con que apela a la cordura de los príncipes de la Iglesia, a la vehemencia con la que reclama el consuelo de la fe, o a la firmeza con la que denuncia los horrores de la guerra. Pero puede convertirse, asimismo, en una Europa lacrimosa que entona la palinodia de sus yerros, quejosa por la ausencia de hombres ilustres, desengañada, transida de dolor por quienes antes la cortejaban y ahora la abandonan a su suerte, o entusiasta y ufana en la descripción de los países y hermosas regiones que la integran.

Oportuno, pues, el rescate de este texto en la era del “Brexit”, del azote desestabilizador del terrorismo islámico y de las tensiones interregionales avivadas por el populismo y los nacionalismos excluyentes de nuevo cuño. Arriesgada e insólita apuesta artística; todo un reto, y un estímulo impagable para la reflexión en unos tiempos en los que el debate público no brilla particularmente por su altura intelectual.

Gordon Craig.

Clásicos en Alcalá. Europa que a sí misma se atormenta.

domingo, agosto 06, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Second. Concierto en Rockola Summer Club.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.


Second. Concierto en Rockola Summer Club. La Azohía, Murcia.

1000 razones para no dejar de leer. El Emperador. Ryszard Kapuscinski.

"Con el tiempo podría crearse el hábito de leer y de ahí no hay más que un paso para el hábito de pensar, y ya se sabe la disgustos, sinsabores, tormentos y quebraderos de cabeza que esto acarrea".
El Emperador. Ryszard Kapuscinski.

domingo, julio 30, 2017

jueves, julio 06, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Lord Jim. Joseph Conrad.

"Y había allí algo más, algo invisible, un ángel exterminador metido muy dentro".
Lord Jim. Joseph Conrad.

domingo, julio 02, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Velázquez de José Ortega y Gasset. Velázquez y la fotografía.

"Los cuadros de Velázquez tienen cierto aspecto fotográfico: es su suprema genialidad. Al enfocar la pintura sobre lo real llega a las últimas consecuencias. Por un lado, pinta todas las figuras del cuadro según aparecen miradas desde un punto de vista único, sin mover la pupila, y esto proporciona a sus lienzos una incomparable unidad espacial".

Velázquez de José Ortega y Gasset.

martes, junio 27, 2017

TEATRO. El rufián dichoso. "Bien está lo que bien acaba".

Autor: Miguel de Cervantes. Adaptación de José Padilla.
Con: Nicolás Illoro, Pablo Vázquez, Javier Collado, Alejandra Mayo, Montse Díez, Julio Hidalgo, José Juan Sevilla, Raquel Nogueira y Raúl Pulido.
Escenografía: Ana Gil.
Dirección: Rodrigo Arribas y Verónica Clausich.
XVII Festival de Artes Escéncias “Clásicos en Alcalá”
Alcalá de Henares. Teatro salón Cervantes. 18 de junio de 2017.



Entre la grandeza y el elevado tono épico de La Numancia, por ejemplo, y la sencillez, frescura y viveza de esos magníficos apuntes del natural que son los Entremeses, el conjunto de obras calificadas de “comedias” no constituyen precisamente lo mejor de la producción dramática cervantina. Fieles a la intencionalidad moralizadora que marcaba la preceptiva literaria de la época todas estas obras tienen un propósito ejemplarizante -como el de sus homónimas “Novelas ejemplares”- y particularmente El rufián dichoso, la obra que nos ocupa, que llega al extremo de elevar a su protagonista a las cimas inmarcesibles de la santidad.

Al parecer, la obra está basada en un hecho real y su argumento puede sintetizarse en pocas líneas. Bajo la protección de sus amos, el inquisidor Tello de Sandoval y su esposa María, el joven calavera Cristóbal de Lugo parece tener patente de corso para acometer todo tipo de pendencias, embelecos y tropelías, rivalizando con lo más granado de los bajos fondos del hampa sevillana. Ensoberbecido por su buena estrella y por su chulería (se pavonea de “ … ser mozo /y mazo, y -dice-tengo hígados y bofes/para dar en el trato de la hampa / quinao al más pintado de su escuela”), decide ir más allá en las burlas seduciendo a la mujer del mismísimo alguacil, al que mata en un desafortunado lance de armas. Por miedo a la persecución de la justicia y aconsejado por doña María de Sandoval pasa a América con su inseparable compañero de fatigas Lagartija y profesa en un convento de dominicos donde abraza una vida de trabajos y penitencia hasta escuchar la llamada de Dios y encontrar el camino de la virtud.

José Padilla ha hecho una meritoria labor de síntesis para reducir la trama a sus elementos esenciales, aunque por el camino se deje obviamente elementos que ayudarían a perfilar con más detalle la psicología de los personajes o a pormenorizar, como en el caso del protagonista, el proceso interno que le lleva a su “conversión”, proceso que no puede ser sustituido por la efectista ambientación sonora con la que se trata de recrear el clima de recogimiento y espiritualidad conventual. Con todo, el monólogo de Lugo explicitando su repentico cambio de actitud es uno de los momentos más notables del espectáculo.

Los actores han contado con un espléndido maestro de armas y de lucha cuerpo a cuerpo, indudablemente mejor que el maestro de canto, o al menos ha obtenido mejores resultados. Y haría falta un experto en acrobacias para que les asesore como deambular sin perder el equilibrio por esa estructura modular con la que se han construido las gradas laterales de la escenografía. Bromas aparte, con ese material Rodrigo Arribas y Verónica Clausich hacen una faena aseada y salen airosos del trance de traer a escena un nuevo texto de Cervantes para sumarse al homenaje en su aniversario.

Los actores hacen un trabajo meritorio y se manejan con desenvoltura con el verso, aunque quizá aflora aquí y allá un exceso de tono declamatorio y de volumen que es fácilmente corregible.

Están bien las damas; comedida, discreta, en un justo segundo plano María de Sandoval (Alejandra Mayo); con fuego en el alma, apasionada, rebelde se muestra doña Ana de Treviño (Montse Díez) que no se resigna a aceptar la dura prueba de su grave dolencia -la lepra-, aunque termina por aceptar el consuelo que le brinda Lugo (estupendo Nicolás Illoro) en cuyo espíritu se ha aposentado la humildad, la mansedumbre, y el temor de Dios donde antes habitaran la osadía, la jactancia, la gallardía y la impetuosidad de un verdadero rufián. Lagartija (Pablo Vázquez) es el compañero de correrías de Lugo, no menos desenvuelto, jacarandoso y bullanguero, sigue fielmente a su amigo por el camino de la penitencia para espiar pecados de juventud.

Gordon Craig.

El rufián dichoso. Clásicos en Alcala.

domingo, junio 25, 2017

TEATRO. Ricardo III. "Un villano sanguinario y bufonesco".

Autor: William Shakespeare.
Con: Greg Hicks, Paul Kemp, Jim Bywater, Sara Powell, Femi Elufowoju, Annie Fibank, Georgina Rich, Mark Jax, Peter Guinness, Mattew Sim, Jamie de Courcey y Jane Bertish.
Escenografía: Anthony Lamble.
Dirección: Mehmet Ergen.
XVII Festival de Artes Escéncias “Clásicos en Alcalá”.
Alcalá de Henares. Teatro salón Cervantes. 15 y 16 de junio de 2017.




Pertenece la obra que comentamos al primer ciclo de los dramas históricos de Shakespeare. Obra, por tanto, primeriza, sin llegar a la perfección formal y a la hondura humana de sus grades tragedias, muestra en su protagonista, el malvado y sanguinario Ricardo un significativo precedente de los más conspicuos villanos de su teatro posterior: Yago, Edmundo o incluso el sanguinario Macbeth.

La pieza nos retrotrae a finales del siglo XV y recrea las maquinaciones, insidias y crímenes de Ricardo (Duque de Gloucester y hermano del rey Eduardo IV) para hacerse con el poder. Tras una larga guerra civil (The war of de Roses) entre las familias de York y de Lancaster por el trono, Inglaterra disfruta de un periodo de paz bajo el reinado de Eduardo IV. Pero su hermano pequeño, Ricardo, movido por su irrefrenable ansia de poder, por la envidia y por el rencor debido a su descontento por su deformidad física, comienza a conspirar secretamente para hacerse con el trono, y no habrá maldad o crimen por horrendo que parezca que no cometa para deshacerse de quienes obstaculizan sus propósitos, escribiendo una de las páginas más crueles y sangrientas de la historia de Inglaterra.

Dudas aparte sobre la veracidad histórica de algunos de los truculentos episodios consignados en la obra atribuidos a Ricardo, aceptando el carácter marcadamente episódico de la misma y una trama en exceso rocambolesca, no puede negársele al autor una notable capacidad de invención al alumbrar un personaje horrendo, un maníaco obsesionado por el poder pero que no deja de seducirnos precisamente por su maldad desmesurada que lo convierte en símbolo de lo monstruoso que anida a veces en lo más profundo del alma humana. Ahí, creo yo que radica el interés de esta obra, que sin ser, como digo de las mejores del autor, es revisitada una y otra vez por los directores de teatro de todas las épocas y lugares.

Mediante el vestuario y el espacio sonoro la puesta en escena desplaza la acción a un tiempo un tanto indefinido, a un presente intemporal, como el conflicto que desarrolla la obra, donde convive la chupa de cuero de Ricardo o el “casual” de los infantes con la corona, los tocados de época o los trajes talares de las damas. La versión, sintética -aún así, el espectáculo se alarga hasta las tres horas- traslada con suficiente limpieza las diferentes líneas de conflicto y rescata las escenas esenciales con el menor número posible de detalles descriptivos.

En ocasiones como esta es cuando uno echa de menos un mejor conocimiento de la lengua de Shakespeare para disfrutar por completo de la sonoridad de las vigorosas tiradas en verso blanco que los subtítulos, obviamente, no pueden traducir. Con todo, merced a un espléndido trabajo de los actores, podemos incluso superar las barreas idiomáticas y “disfrutar” de un espectáculo de gran fuerza dramática. Greg Hicks hace un portentoso trabajo de metamorfosis para encarnar a un contrahecho, irascible e infantiloide Ricardo, de mirada torva y malévola, y gesticulación impostada y bufonesca. Embutido en su traje de cuero negro es un vago remedo de un oficial de la Gestapo con ademanes de sabandija deslizándose entre las sombras mientras arrastra su pierna izquierda impedida con una cadena. Jactancioso, sibilino, manipulador, puede ser despiadado con sus subordinados, repulsivo en sus cortejo a lady Ana y su cinismo roza lo insuperable cuando pretende de la reina -a cuyos dos hijos acaba de dar muerte- que sea su valedora para conseguir el favor de la princesa Elisabeth. Esta es, por cierto, una de las escenas más sobresalientes del montaje, con una espléndida Sara Powel en el papel de viuda agraviada, a punto de volverse loca ante la incapacidad de conciliar el dolor por la pérdida de los hijos y el odio y la repugnancia que le inspiran las aviesas intenciones de Ricardo. Destacan asimismo, por no mencionar sino unos ejemplos, Georgina Rich en el papel de la desolada Lady Ana (de mujer “necia, débil y voluble, la moteja el taimado Ricardo, tras haberla seducido en circunstancias tan dolorosas), Mark Jax, como el implacable sicario Cathesby, brazo ejecutor de los designios del tirano, Peter Guinness como el leal Buckinham o Paul Kemp, como Clarence, el hermano y primera víctima de Ricardo, y cuyo monólogo, ante el carcelero de la Torre, relatando el sueño premonitorio de su muerte es otro de los momentos más emocionantes de la obra.

Una brillante apertura, en fin, de la XVII edición de los “Clásicos en Alcalá” que llenará la ciudad complutense de teatro música y danza estas calurosas tardes de junio y principio de julio.

Gordon Craig.

Ricardo III. Clásicos en Alcalá.

(C) Fotografía de Alex-Brenner. Arcola Theatre. Richard III dir. Mehmet Ergen.

miércoles, mayo 31, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Girasoles. Potsdam, Alemania.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.


Girasoles. Potsdam, Alemania.

TEATRO. Verano en diciembre. "Buscando la felicidad desesperadamente".

Autor: Carolina África.
Con: Lola Cordón, Pilar Manso, Laura González Cortón, Carolina África y Almudena Mestre.
Escenografía: Almudena Mestre.
Espacio sonoro: Nacho Bilbao.
Dirección: Carolina África.
Madrid. Teatro Galileo. Hasta el 4 de julio de 2017.



Tras el éxito de crítica y público de Vientos de Levante (espectáculo del que dimos cuenta en El Heraldo a finales de febrero pasado) “La Belloch” teatro reestrena ahora en la acogedora sala Galileo madrileña el montaje con el que la compañía se dio a conocer al gran público hace apenas cuatro años: Verano en diciembre.

Guarda este montaje de Verano en diciembre tantas similitudes -temáticas y de poética escénica- con Vientos de Levante que pareciera que el primero no es sino un trabajo preparatorio para el segundo, en el que se habrían depurado un tanto los diálogos y la acción dramática habría ganado en concreción y dinamismo.

Estamos ante la misma vívida plasmación de la realidad cotidiana -ese hiperrealismo porteño, ese naturalismo de salón, que de la mano de Claudio Tolcachir, Pablo Messiez y tantos otros irrumpió como un ciclón en la cartelera madrileña hace unos años-, con unos personajes del común luchando a brazo partido para desembarazarse del lastre de los lazos familiares y para conseguir una porción, aunque sea pequeñita, de felicidad a la que creen tener derecho.

Ha dicho algún crítico -con razón- que Carolina África es una “exploradora de la ternura”, a lo que yo añadiría la indulgencia. En su universo dramático no hay lugar -todavía- para el odio, la maldad o el resentimiento. Los reproches de Teresa a Alicia y Carmen no dejan de ser un ocasional desahogo materno y no están nunca al servicio de una malévola estrategia de manipulación o de chantaje emocional; las bromas de Alicia y Carmen a Paloma, la tercera de las hermanas, son bienintecionadas y no esconden animadversión ni menosprecio y los desvaríos de la abuela son tratados siempre con humor, respeto y consideración.

Además, los personajes se encuentran particularmente cómodos cuando muestran lo mejor de sí mismos, como en el alborozo con que reciben nuevas de Noelia, la hermana ausente, por Skype, o en la divertidísima escena en que las tres hermanas se sinceran y revelan sus secretos más inconfesables, bromeando acerca de los demoledores efectos que tales revelaciones producirían sobre el pétreo edificio de la moral pequeñoburguesa de la madre. Ese latido de profunda humanidad se intensifica hasta hacernos un nudo en la garganta en el ultimísimo minuto de la función, en un desenlace que no por esperado deja de ser contundente.

Se trata de un texto muy pegado al terreno de la realidad cotidiana de una familia de clase trabajadora. Salpimentado con frases ingeniosas, el lenguaje, directo y desenfadado, bordea, ocasionalmente, en sus chistes y chascarrillos un costumbrismo obsoleto que, de todos modos, al público que abarrotaba la sala no pareció importarle, compensado, quizá, por la claridad del trazo con la que la autora dibuja ese entrañable cuadro de familia o por la excelente compenetración y el entusiasta trabajo de las actrices. Lola Cordón es sin duda la que despertó más simpatías entre el público como la abuela Martina, una viejecita frágil y condescendiente con síntomas manifiestos de demencia senil. Pilar Manso es Teresa, una madre protectora y un punto cascarrabias, tras su afán por controlar la vida de sus hijas y sus reproches se esconde un gran corazón. Genuina creyente, sus principios para enfrentarse a la adversidad: resignación, paciencia y sabiduría, constituyen toda una filosofía de vida. Laura González, Almudena Mestre y Carolina África, presentan una imagen convincente de sus respectivos personajes, Carmen, Paloma y Alicia. La primera, una joven franca y resuelta que se ha propuesto vivir a tope el presente y liberarse de las ataduras de la familia; independiente y extrovertida es el polo opuesto de la tímida y cohibida Paloma, el patito feo de la familia, cargada con la responsabilidad de cuidar de la abuela no tiene vida propia; con la autoestima por los suelos está a pique de caer en la depresión. A medio camino está la bonachona Alicia, de fracaso en fracaso sentimental trata de aferrarse a su arte para intentar independizarse y enderezar su vida.

Gordon Craig.

Verano en diciembre. Teatro Galileo.

domingo, mayo 21, 2017

1000 razones para no dejar de leer. La derrota del pensamiento de Alain Finkielkraut.

"Hoy, los libros de Flaubert coinciden, en la esfera pacificada del ocio, con las novelas, las series televisivas y las peliculas rosadas con que se embriagan las encarnaciones contemporáneas de Emma Bovary, y lo que es elitista (y por consigiente, intolerable) no es negar la cultura al pueblo, sino negar la etiqueta cultural a cualquier tipo de distracción. Vivimos en la hora de los feelings, ya no existe verdad ni mentira, estereotipo ni invención, belleza ni fealdad, sino una paleta infinita de placeres, distintos e iguales. La democracia que implicaba el acceso de todos a la cultura se define ahora por el derecho de cada cual a la cultura de su elección (o a denominar cultura su pulsión del momento)".

La derrota del pensamiento de Alain Finkielkraut.

TEATRO. Hablando (Último aliento). "Los efectos degradantes y destructivos de la violencia".


Autora: Irma Correa.
Con: Lidia Navarro y Muriel Sánchez.
Músico: David Velasco
Escenografía: Elisa Sanz.
Espacio sonoro: Nacho Valcárcel.
Dirección: Ainhoa Amestoy.
Madrid. Teatro María Guerrero. Sala de la Princesa. Hasta el 7 de mayo de 2017.



De manera recurrente el tema del maltrato femenino se asoma a nuestros escenarios y a nuestras pantallas de cine o TV, aunque no con la seriedad, el rigor y la contundencia que requeriría un asunto que tiene tan dramáticas consecuencias para la integridad física y la dignidad de la mujer. Ante la pasividad y la incompetencia de las instituciones y sus vacuas apelaciones a la “tolerancia cero”, que a veces no pasan de ser un mero reclamo publicitario, nunca serán demasiadas las voces que se levanten para denunciar y combatir esta lacra social que nos denigra a todos como personas.

Recuerdo, para circunscribirme al ámbito del teatro, varias heroínas víctimas de alguna de las múltiples formas de violencia física o psicológica ejercidas sobre ellas por sus cónyuges. Por ejemplo a la ingenua y de escasas luces Rosi, de La noche que ilumina, de Paloma Pedrero (1995), o a la inane “Mujer baja” de Animales nocturnos, de Juan Mayorga (2003), a quien el egoísmo el desprecio y la indiferencia de su marido ha reducido a un verdadero despojo humano. Pero en la que hallo mayores concomitancias con la protagonista de la obra que nos ocupa es con María, ama de casa de mediana edad y sin recursos económicos de Defensa de dama, de Isabel Carmona y Joaquín Hinojosa (2002), que espera horrorizada e inerme, todavía víctima de las secuelas psíquicas de la brutal agresión de que fue objeto, el regreso inminente a casa de su marido tras varios años de condena por malos tratos.

La pieza de Irma Correa transmite esa misma y pavorosa sensación de angustia y desesperación en el que se halla sumida la protagonista al inicio del espectáculo, aunque en esta ocasión todavía no sepamos la causa. Los resortes que mueven la acción, presentada bajo el aspecto de un secuestro, proceden del intenso, aunque difuso, clima de amenaza que se cierne sobre las dos mujeres y que se traduce en miedo, nerviosismo y un comportamiento próximo a la histeria, sobre todo en la supuesta secuestradora. Y hará falta llegar casi hasta el desenlace para que se descubra el enigma. Descubrimiento, por cierto, que funciona como un potente foco a cuya nueva luz tenemos que reinterpretar todo el proceder y las actitudes de los personajes, confirmar algunas expectativas, rechazar otras, restableciendo, por así decir, con carácter retroactivo, el sentido último de muchas escenas de este verdadero “tour de forcé”, de esta lucha encarnizada de la protagonista con ella misma para encontrar una razón por la que justificar lo inevitable.

Dar más pistas sobre el argumento sería arruinar el suspense. Baste decir que se trata de un penetrante y doloroso ejercicio de introspección que deja al descubierto las profundas heridas y laceraciones que quedan como secuelas incurables en una mujer que ha pasado por la experiencia del maltrato, incluido el corolario de impotencia, decepciones e incomprensión de amigos, conocidos, jueces, forenses, policía,… . Y ambas actrices emocionan hasta las lágrimas en su interpretación de ese largo proceso que conduce desde el primer desaire a la primera amenaza, desde la fría indiferencia al insulto, al chantaje emocional o a la agresión física. Pasando por las fases de rebeldía, de afirmación de la personalidad, de los esfuerzos -vanos- de ahogar en alcohol las penas o de compensarlas con la dulzura de algunos buenos recuerdos. Muriel Sánchez representa quizá esa faceta de rebeldía, ese intento baldío, como digo, de mantenerse entera y dueña de la situación, y quizá, también, esa sensación de que puede capearse el temporal, incluso de cierta esperanza. Lidia Navarro, por el contrario da vida a una mujer derrotada, humillada, herida en lo más profundo, atenazada por el miedo y por la desesperación. Su proceder es errático, se mueve a impulsos de lo que le dicta su instinto de conservación, ha tomado una decisión inapelable y sólo busca una razón para ponerla en práctica.

Buena dirección de actores que saca lo mejor de dos actrices en estado de gracia, un espacio escénico claustrofóbico y una sugerente banda sonora, todos los elementos reman en la misma dirección para hacer de esta valiente denuncia una experiencia teatral realmente sobrecogedora.

Gordon Craig.

 Hablando (último aliento). CDN Teatro María Guerrero.

lunes, mayo 15, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Colinas, Deserto Rosso, Galápagos, Guadalajara.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.



Colinas, Deserto Rosso, Galápagos, Guadalajara.

1000 razones para no dejar de leer. Hombres y engranajes de Ernesto Sábato.

"El reino del hombre no es el estrecho y angustioso territorio de su propio yo, ni el abstracto dominio de la colectividad, sino esa tierra intermedia en que suele acontecer el amor, la amistad, la comprensión, la piedad".

Hombres y engranajes de Ernesto Sábato.

jueves, mayo 11, 2017

TEATRO. Refugio. "El rapto de Europa".

Autor: Miguel del Arco.
Con: Carmen Arévalo, Israel Elejalde, María Morales, Raúl Prieto, Macarena Sanz, Beatriz Argüello y Hugo de la Vega.
Escenografía: Paco Azorín.
Dirección: Miguel del Arco.
Madrid. Teatro María Guerrero. Hasta el 11 de junio de 2017.



Miguel del Arco (Madrid, 1965), adaptador, guionista y director teatral se dio a conocer al gran público a raíz del éxito de La función por hacer (2009), su brillante adaptación de Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello. Algún montaje de textos propios, como Juicio a una zorra (2012), una libérrima recreación del mito de Elena de Troya protagonizada por una inmensa Carmen Machi, u otros en los que ha participado como director o dramaturgista han constituido rotundos éxitos de crítica y público durante estos últimos años. Baste citar como muestra sus adaptaciones de Veraneantes, de Máximo Gorki (2011), El inspector, de Gogol (2012, De ratones y hombres, de John Steinbeck (2012) o más recientemente El misántropo, de Moliére.

La obra que estrena ahora en el teatro María Guerrero es de rabiosa actualidad, y su argumento pudiera haberse fraguado hilvanando noticias de apertura de los telediarios de ayer mismo con informaciones relativas a la corrupción política y al drama cotidiano de la inmigración. Y es que los protagonistas de la pieza son un político corrupto en el punto de mira de la prensa a raíz de unas filtraciones comprometedoras y un refugiado sirio que ha perdido a su mujer y a su hijo en la travesía del Mediterráneo acogido precisamente por la familia de ese alto cargo al que el partido está dispuesto a sacrificar para evitar verse salpicado por el escándalo.

Sobre la urdimbre de estos temas -corrupción e inmigración- Miguel del Arco arma una trama que va más allá de la mera anécdota para inscribirse en una reflexión de fondo sobre la política, sobre la naturaleza y límites de la democracia y sobre la perversión en el uso del lenguaje, empleado las más de las veces -y no sólo en la órbita de la política-, para enmascarar la realidad, para tergiversarla, para ocultarla, para negarla; el lenguaje empleado como arma arrojadiza o como pantalla protectora tras la que esconder nuestros verdaderos sentimientos, “una constante estratagema para cubrir nuestra desnudez -que diría Pinter-, una violenta, astuta, hipócrita cortina de humo que mantiene al otro en su sitio”.

Adepto a los clásicos griegos, susceptibles siempre de nuevas lecturas e interpretaciones, Miguel del Arco permite que se cuele en su sátira política el hermoso relato mitológico del Rapto de Europa, esta vez en la figura de un pletórico Farid, que inicia también su travesía desde las costas del Líbano en una noche estrellada llevando consigo a su mujer Sima y a su hijo. Una escena luminosa, por cierto, que, junto a la portentosa aria interpretada por Amaya, mujer del protagonista y otrora diva del bel canto, insufla algo de poesía y de esperanza en una historia, por lo demás cruda y desoladora. Como si fuera una metáfora, terrible, de nuestro tiempo, ambos atisbos de optimismo, de elevación espiritual, si se quiere, encarnados por Farid y Amaya en algún momento de sus vidas, están condenados al fracaso; en un caso, por la pérdida de la voz de Amaya y por la sentina de hipocresía, de odio y de resentimiento en la que se ha convertido su matrimonio, en otro, el sueño frustrado de esta familia de emigrantes de arribar sanos y salvos a las playas de Creta, como hizo la bella ninfa del relato mitológico a lomos del toro.

Y solo habría un par de objeciones que ponerle al montaje. Respecto a la puesta en escena, quizá cede en ocasiones a la tentación del artificio y la espectacularidad gratuita. Respecto al texto, el contraste acaso demasiado evidente, extremo incluso, entre dos realidades sociales antitéticas, representadas respectivamente por la familia de Suso Santiesteban y por la de Farid; un universo de egoísmo, de incomunicación, de reproches, vaciado de valores y ayuno de cualquier vestigio de espiritualidad frente al de un paria desesperado, que trata inútilmente de buscar consuelo para su desgracia refugiándose en el silencio y en vagas apelaciones a la renuncia y a la paz y armonía universales que predica el misticismo sufí.

Como contrapartida, el espectáculo cuenta en su haber con un gran trabajo de los actores. Raúl Prieto acierta aquí con ese doliente Farid lacerado por el recuerdo de su tragedia que se mueve como un sonámbulo entre el desconcierto y la desolación. Israel Elejalde, como Suso, da la medida exacta de un político cínico y sin escrúpulos capaz de sacrificarlo todo a su estrategia de mantenerse en el poder. Hábil retórico, frío, manipulador, puede traficar incluso con el dolor y con la desgracia ajena si ello sirve a sus propósitos. Los primeros damnificados son sus hijos, la rebelde, impulsiva e insolente Lola (Macarena Sanz) y el vehemente y agresivo Mario (Hugo de la Vega), la crueldad y el odio que destila son el amargo y temprano fruto del resentimiento hacia unos progenitores que han vaciado sus relaciones familiares de ternura, respeto y comprensión. Pero en quien descarga verdaderamente Suso sus invectivas y su sarcasmo es en su mujer, Amaya, una espléndida Beatriz Argüello ante la que hay que quitarse literalmente el sombrero. Indolente, pasiva, confortada por los efluvios del alcohol, asiste como un convidado de piedra al caos y a la destrucción de su familia; parece haber renunciado a dar la batalla por su dignidad, aunque su elegancia y altivez alientan los rescoldos de una mujer de sensibilidad exquisita que ha disfrutado del éxito social. En su evocación, magistral, de sus tardes de gloria en la ópera, compone una escena de enorme impacto visual y de una belleza sublime.

Gordon Craig.





domingo, abril 30, 2017

1000 razones para no dejar de leer. El cero y el infinito de Arthur Koestler.

"Rubachof: es necesario hacer que cada frase penetre en el espíritu de las masas, a fuerza de repeticiones y simplificaciones. Lo que se les presente como bueno debe brillar como el oro; lo que se les presente como malo debe de ser negro como el ébano. Para ser asimilados por las masas, los fenómenos políticos deben estar coloreados, como los muñequitos de caramelo de las ferias".

El cero y el infinito de Arthur Koestler. [1940].

TEATRO. La cena del rey Baltasar. "De cómo el halago y el compadreo pueden arruinar un espectáculo".

Autor: Pedro Calderón de la Barca.
Versión de Carlos Tuñón.
Con: Jesús Barranco, Enrique Cervantes, Alejandro Pau, Kev de la Rosa, Rubén Frías y Nacho Sánchez.
Dirección: Carlos Tuñón.
Alcalá de Henares. Corral de Comedias. 22 de abril de 2017.



No se prodigan en la cartelera madrileña los autos sacramentales. Baste como ejemplo citar el que la Compañía Nacional de Teatro Clásico, llamada a velar por la pervivencia de nuestro teatro áureo, sólo ha programado en las últimas veinte temporadas una versión de El gran teatro del mundo, en 2012. (En Guadalajara, ni te cuento, hay que remontarse a 1998, en la Muestra Nacional de Teatro de Azuqueca, para datar un montaje de esa misma obra, por cierto, un espléndido trabajo del TNT dirigido por Etelvino Vázquez).

Así que uno acude al reclamo de este título de resonancias bíblicas casi ansioso por disfrutar de la espectacularidad barroca, de la pericia de la que hace gala Calderón para convertir en personajes a entidades abstractas, de su habilidad constructiva para hacer digeribles los más abstrusos problemas filosófico teológicos, o de la exuberancia del verso y la imaginería culteranas en la que el autor codifica los más oscuros símbolos y alegorizaciones.

Y cabe decir que a ratos, uno encuentra eso que venía buscando y reconoce el ingenio, el donaire o las chanzas de la figura del Pensamiento (Rubén Frías) en contraste con la severidad de juicio de Daniel (Enrique Cervantes), su fe inconmovible y el talante imperioso con que censura el comportamiento sacrílego y las costumbres licenciosas de Baltasar (Jesús Barranco) o con el que sujeta el brazo ejecutor de la Muerte (Nacho Sánchez). Y sentimos, asimismo, la presencia amenazadora de esta última, señora de las sombras, ante la que tiemblan todos los mortales y el espanto y el desasosiego que infunde en el ánimo del rey el mero recordatorio de su finitud (“Para acordarle no más / que es mortal, de mi rigor / sola una vislumbre basta / …). Y nos atrae la carnalidad perturbadora de muchas escenas en las que seductoras e impúdicas encarnaciones de la Vanidad (Alejandro Pau) y de la Idolatría (Kev de la Rosa) adulan y cortejan a un rey ya viejo y caduco dominado por la arrogancia y la concupiscencia.

Lamentablemente, antes de sumergirnos en ese ceremonial barroco de diálogo de conceptos y permitirnos experimentar el esplendor del lenguaje calderoniano y la belleza trágica y decadente de algunas escenas, Carlos Tuñón nos somete a una espera de tres cuartos de hora largos mientras son seleccionados los doce convidados de piedra que van a compartir mesa con el rey Baltasar y a participar, supuestamente, en esa suerte de ritual eucarístico que el texto recrea. Una insufrible espera donde los actores coquetean con los espectadores, muchos de ellos amigos o compañeros de profesión en una cháchara intrascendente y que, a juicio de quien esto escribe, no lleva a ninguna parte. Todos ellos, como se suele decir coloquialmente, encantados de haberse conocido.

Quizá se conseguiría una auténtica participación del público si se limitara el aforo total a los invitados a la mesa, como hacen Stefano Pasquín y Paola Berselli del Teatro delle Ariete, de Bolonia, Italia, en su espectáculo Matrimonio de invierno. Allí si nos sientan a la mesa de su cocina y nos invitan a comer (sic) a la luz de las velas mientras comparten con nosotros, distendidamente, en la más estricta intimidad (un aforo de 18 personas) los recuerdos de veinte años de su vida en común en el valle de Ariete donde tiene la granja en la que cuidan de la tierra y de sus animales, llegando a establecerse una genuina corriente de empatía entre todos los participantes.

En nuestro caso, por el contrario, esta participación parece impostada. El compadreo, instituido ya desde el “prólogo”, aflora en distintos momentos de la representación desvirtuando el sentido de muchas escenas, dispersando la atención del espectador y banalizando, reduciendo a la intrascendencia, desactivando incluso, algunos elementos esenciales de crítica ideológica subyacentes en el montaje, por ejemplo los relativos a la simbología eucarística, a la profanación de los vasos del templo por el rey Baltasar o a la comunión sacrílega y a su inmediato castigo, elementos de crítica, como digo, que se diluyen en un -interminable, de nuevo-, fin de fiesta en el que sólo falta la barbacoa y la farlopa para completar el desmadre y el jolgorio en el que estos chicos han convertido el desenlace de la obra, con gritos, carcajadas y trozos de pan volando sobre la cabeza de los espectadores desde la platea hasta los pisos más altos del Corral.

Al final va a tener razón Javier Marías.

Gordon Craig.

La cena del Baltasar. Corral de Comedias de Alcalá de Henares.

miércoles, abril 26, 2017

1000 razones para no dejar de leer. El cero y el infinito de Arthur Koestler.

"La madurez de las masas consiste en la capacidad de reconocer sus propios intereses. Pero esto presupone cierta comprensión de los procesos de producción y distribución de bienes, pues la capacidad de un pueblo de gobernarse democráticamente es proporcional a su grado de comprensión de la estructura y del funcionamiento conjunto del cuerpo social."

El cero y el infinito de Arthur Koestler. [1940].

domingo, abril 16, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Puschkinallee, Berlín.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.


Puschkinallee, Berlín, Alemania.

1000 razones para no dejar de leer. Los pueblos de Azorín.

"Y de nuevo ha caído, terrible, un silencio denso en el zaguán. No podíamos decirnos nada. ¿qué íbamos a decirnos? No había necesidad de que habláramos nada. Hay instantes en la vida - cuando os halláis, por ejemplo, al cabo de muchos años, ante una persona que habéis querido -, hay instantes en la vida en que creéis que vais a decir muchas cosas, que vais a expresar multitud de sentimientos tumultuosos, y en que sin embargo, os encontráis con que no se os ocurre ni aun la más vulgar de las palabras...".

Los pueblos de Azorín. [1914].

martes, abril 11, 2017

TEATRO. Shake. Noche de Reyes. "Un Shakespeare vodevilesco y gamberro".

Basada en “Noche de Reyes”, de: William Shakespeare.
Espectáculo en francés y español. Traducción de Marie-Paule Ramo.
Con: Vincent Berger, Delphine Cogniard, Valérie Crouzet, Antonio Gil Martínez y Geoffrey Carey.
Escenografía: Dan Gemmett y Denis Tisseraud.
Dirección: Dan Gemmett.
XXXIV edición del Festival de otoño a primavera.
Madrid. Teatro de La Abadía. 6 de abril de 2017.



Hace unas semanas, a raíz de un artículo muy crítico de Javier Marías contra los supuestos excesos cometidos por algunos directores en sus adaptaciones de textos canónicos, asistimos a una enconada polémica en los medios sobre si es o no legítimo modificar tales textos y hasta qué grado estaría permitido hacerlo sin adulterar su esencia y trastocar el contexto histórico y sociocultural en que se produjeron. Entre otros muchos, creo recodar que citaba como caso extremo un montaje de La vida es sueño, con Blanca Portillo como Segismundo o la Celestina, a la que por esos días estaba dando vida José Luis Gómez.

Calculo que no irá a ver este libérrimo y espléndido montaje de La Noche XII que puede verse estos días en La Abadía porque si no, a buen seguro tendríamos en ciernes alguna de sus diatribas puristas. Y con esto no quiero quitarle del todo la razón a Marías, porque es cierto que amparados en una abusiva interpretación del concepto de la “libertad del creador” muchos directores de escena recurren a títulos y autores con solera -que garantizan un mínimo de taquilla- para hacer unos auténticos bodrios.

En todo caso -por solventar la cuestión suscitada antes de hablar de la obra que nos ocupa-, cabe indicar que se trata de una polémica falsa. Los términos reales de la discusión son si se trata o no de un trabajo riguroso, si el contenido esencial de la obra permanece inalterado y si la perspectiva, el enfoque o el tratamiento dado al material dramático mantienen una coherencia interna entre todos los elementos significantes y una unidad de tono. Los asiduos a la Abadía, sin ir más lejos, con relación a esta misma obra, de la que se han exhibido con este tres montajes con enfoques distintos, habrán podido comprobar lo que digo. (Gerardo Vera en 1996 y Eduardo Vasco en 2012, estupendos trabajos en ambos casos).

Pero vayamos a la obra. La noche XII o también conocida como Noche de Reyes es una de las más divertidas comedias de Shakespeare; de estilo italiano desarrolla el conocido motivo del gran parecido entre dos hermanos gemelos, hombre y mujer, que han de intercambiar sus roles de género para concluir su empresa del reencuentro con final feliz.

La joven y noble Viola arriba a las costas de Iliria tras naufragar el barco en el que viaja con su hermano gemelo Sebastián. Afligida, al creer muerto a Sebastián en el naufragio, pretende conseguir la protección y el consuelo de la condesa Olivia, compañera de infortunio, que vive retirada del mundo y consagrada al recuerdo de su hermano que también acaba de morir. Para ello no encuentra mejor método que entrar al servicio del conde Orsino, a la sazón enamorado de Olivia sin esperanza de verse correspondido. Caracterizada de paje y con el nombre de Cesáreo, Viola se gana la confianza de Orsino quien convierte al falso muchacho en su emisario de confianza para intentar ablandar el corazón de Olivia.

Obvio es decir que el caprichoso destino que gobierna los afectos y los sentimientos de los protagonistas querrá que los acontecimientos discurran por derroteros distintos a los que el duque y las damas Viola y Olivia habían planificado. Los propósitos de Olivia de permanecer un tiempo alejada del mundo se diluyen como un azucarillo ante la primera mirada de Viola/Cesáreo; la vehemente inclinación (“the beating of so strong a passión”) de Orsino hacia Olivia muda de propósito y de objeto amoroso en un abrir y cerrar de ojos para dirigirse a Viola; respecto a Sebastián, a quien por equivocación besa apasionadamente Olivia, pasa rápidamente de la estupefacción a creerse el causante del súbito enamoramiento de la condesa. Eso por no hablar del grotesco y fatuo Malvolio, mayordomo de Olivia, dando pábulo a la burda estratagema fraguada por María, Sir Toby y Sir Andrew, para reírse de él y ridiculizarlo, y que llevan a cabo, por cierto, la burla más cruel de toda la historia de la literatura dramática.

Ya desde el título elegido para el montaje “Shake” (en español “sacudida”, “temblor”, “algo desconcertante”. Pero, por qué no, un hipocorístico para referirse familiarmente al autor SHAKEspeare), Dan Gemmett, nos muestra que está optando por el juego, por la diversión. Está haciendo buena, quizá, la afirmación de Chesterton, a cuenta del puritanismo de la Inglaterra isabelina, de que “no se puede estar trescientos años sin reír”. Así que la costa de Iliria, a donde va a parar Viola, se va a reconvertir en una playa cualquiera de nuestro litoral donde se alinean cinco grandes casetas de baño, que sirven de vestuario y sala de maquillaje en las que los personajes entran y salen para disfrazarse de los múltiples roles que interpretan (cinco únicos actores para una pléyade de nada menos que 18 personajes) ¿Queremos más licencias? Pues bien, Sir Toby y Sir Andrew, vienen representados por un muñeco y su manipulador ventrílocuo; o Feste, el alegre y descarado bufón, es aquí un jubilado inglés tan adicto al té como a la calidez de nuestro clima, apegado a sus discos de vinilo con música setentera y empeñado en contarnos chistes malísimos del típico hipocondríaco que acude al médico ante la menor contrariedad.

En efecto Dan Gemmett ha optado por potenciar la veta lúdica, festiva, de la obra, manteniendo un perfecto equilibrio entre las escenas humorísticas y aquellas en las que aflora la genuina voz del sentimiento, sobre las que se ironiza, también, pero con alarde de sensibilidad y buen gusto. El resultado es un hilarante vodevil trufado de escenas de Music Hall que desencadena la permanente carcajada del respetable. Con algunos pasajes contados, y algunos monólogos dirigidos directamente al público para sintetizar algunas escenas, perviven, empero, multitud de oportunidades para el disfrute de las sutilezas del verbo de Shakespeare, de la belleza de sus versos y de su amplitud y hondura de juicio, todo ello visto siempre a través del prisma de la parodia, que es el tono que impregna toda la puesta en escena y el excepcional trabajo de los actores.

Gordon Craig.

Shake. Teatro de la Abadía.