domingo, septiembre 24, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Oficio de lector. José Manuel Caballero Bonald.

"García Hortelano es sin duda uno de esos escritores a los que hay que releer. [...] Un don muy especial para la observación crítica de la sociedad se aloja en todos y cada uno de los meandros de un discurso narrativo de cuidada textura. [...] Muy pocos narradores gozaron de tan buen oído como él para hacer hablar a la gente y calificarla a través de los aparejos de la ficción".

Oficio de lector. José Manuel Caballero Bonald.

sábado, septiembre 23, 2017

domingo, septiembre 17, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Lazarillo de Tormes.

"Mirá, si sois mi amigo, no me digáis cosa con que me pese, que no tengo por mi amigo al que me hace pesar".

Lazarillo de Tormes.

domingo, agosto 27, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Extraños en un tren de Patricia Highsmith.

"Eso es lo malo - dijo Guy en voz alta -, que nadie sabe qué aspecto tiene un asesino. ¡Un asesino no se diferencia en nada de los demás mortales!".

Extraños en un tren. Patricia Highsmith.

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. La Azohía, Murcia.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.


La Azohía, Murcia.

miércoles, agosto 16, 2017

1000 razones para no dejar de leer. La rana viajera de Julio Camba.

"Habladme de política. La revolución supongo que, igual que hace sietr años, será una cosa inminente. España no tardará ni seis meses en transformarse, dándoles así la razón a los que de desde hace medio siglo, vienen anunciando esta transformación tan rápida".

La rana viajera. Julio Camba.

TEATRO. Europa que a sí misma se atormenta. "Sombría meditación sobre un viejo continente desgarrado y convulso".

"Que míseramente a sí misma se atormenta y lamenta su propia desgracia". Andrés Laguna.

Autor: Andrés Laguna. Dramaturgia de Ana Zamora.
Con: Juan Meseguer, Eva Jornet e Isabel Zamora
Arreglos y dirección musical: Alicia Lázaro
Vestuario y espacio escénico: Deborah Macías.
Iluminación: Pedro Yagüe.
Nao d’amores. Dirección: Ana Zamora.
XVII Festival de Artes Escénicas “Clásicos en Alcalá”.
Alcalá de Henares. Capilla de San Ildefonso de la universidad cisneriana. 21 de junio de 2017.



Tras el paréntesis de Penal de Ocaña, (noviembre de 2013), obra que dramatiza el desgarrador testimonio de María Josefa Canellada, abuela de la autora, en un hospital de sangre durante la Guerra Civil, y con el aval que le proporcionan sus anteriores y exitosos montajes sobre textos de teatro medieval y renacentista, vuelve Ana Zamora a indagar en nuestro pasado para dejar constancia de nuevo de cuan rico, fecundo y variado es nuestro patrimonio cultural y poner en evidencia a quienes con su incuria, ignorancia o mala fe pretenden menoscabarlo o manipularlo en pro de intereses bastardos.

La obra nos retrotrae a enero de 1543 y recrea la alocución dirigida por el médico y humanista segoviano Andrés Laguna a los miembros de la facultad de las artes de la universidad de Colonia en la que se lamenta amargamente del proceso de acoso y derribo que está sufriendo la Europa de la época azotada por guerras, por las rivalidades doctrinales entre católicos y protestantes y por el progresivo abandono de las bases en que se había venido cimentando esa primera conciencia europea: los valores de la doble herencia cultural grecolatina y cristiana.

Un texto no teatral en sentido estricto, pero con más que evidentes trazas de una teatralidad incipiente que hay en las piezas oratorias, organizado según un complejo sistema de enunciación que combina los mecanismos propios de la alocución: vocativos, citas probatorias, interrogaciones retóricas o el empleo del estilo indirecto con un desdoblamiento de los interlocutores implicados, Europa y el Autor, que se dan mutuamente la réplica.

Estamos ante una estimulante y original experiencia estética, cifrada en unos códigos de representación que son ya marca de la casa y que incluyen un sugerente espacio sonoro y una ambientación colorista y naif, siendo precisamente una de las claves del montaje el empeño -de inspiración renacentista- por imbricar música y palabra en un único elemento significante. Así, la música, espléndida recreación de Alicia Lázaro, de partituras originales de la época, ejecutadas en directo por Eva Jornet e Isabel Zamora, se acompasa con las distintas fases del desarrollo de la pieza oratoria, subrayando algunos pasajes particularmente emotivos, fúnebres, festivos o burlescos, o acentuando siempre su ya de por sí marcada tonalidad elegíaca y paródica.

Respecto al espacio escénico, constituye un verdadero alarde de ingenio -que seguramente provocará la perplejidad de los puristas-, cómo se mimetiza el personaje de Europa con elementos de la propia escenografía, un curioso mapa antropomórfico del viejo continente del cartógrafo Sebastian Münster flanqueado por dos columnas dóricas coronadas con sendas cariátides y modificado al efecto para añadir los elementos que configuran el universo simbólico de ideas y valores en que se sustenta el discurso del conferenciante. Y es que, es la de Ana Zamora una poética del asombro que corre pareja con el candor de los pastores que se aprestan a seguir el camino marcado por la estrella en el Auto de los Reyes Magos o con la crédula aceptación de los más graves misterios y prodigios por parte de los rústicos aldeanos del Auto de la Sibila Casandra. Una directora que proyecta sobre todo lo que toca una mirada limpia, penetrante, sabia, ajena de prejuicios y de intencionalidad doctrinaria; ingenua, en el mejor sentido del término, y capaz de contagiar esa ingenuidad a los espectadores y activar los resortes de una sensibilidad abotargada por el recurrente bombardeo de argumentos manidos y de estímulos anodinos cuando no directamente vulgares.

Joan Messeguer, acompañado ocasionalmente por Eva Jornet e Isabel Zamora hace un portentoso trabajo de interpretación desdoblándose en las figuras de Europa y el conferenciante. Tras un sencillo atril desde el que se dirige a los espectadores, en un exiguo pedestal que limita considerablemente sus posibilidades de movimiento, va desgranando sus razones y argumentos ora como el propio Andrés Laguna, ora como efigie de “Europa Regina” exhibiendo un extraordinario arsenal de recursos de la voz y de la expresión corporal para dar curso a las variadas modulaciones timbres y tonos que exige su discurso. Así transita con inusitada desenvoltura del tono sombrío y quejumbroso del exordio en el que describe la situación calamitosa del viejo continente a la mesura y seguridad con que apela a la cordura de los príncipes de la Iglesia, a la vehemencia con la que reclama el consuelo de la fe, o a la firmeza con la que denuncia los horrores de la guerra. Pero puede convertirse, asimismo, en una Europa lacrimosa que entona la palinodia de sus yerros, quejosa por la ausencia de hombres ilustres, desengañada, transida de dolor por quienes antes la cortejaban y ahora la abandonan a su suerte, o entusiasta y ufana en la descripción de los países y hermosas regiones que la integran.

Oportuno, pues, el rescate de este texto en la era del “Brexit”, del azote desestabilizador del terrorismo islámico y de las tensiones interregionales avivadas por el populismo y los nacionalismos excluyentes de nuevo cuño. Arriesgada e insólita apuesta artística; todo un reto, y un estímulo impagable para la reflexión en unos tiempos en los que el debate público no brilla particularmente por su altura intelectual.

Gordon Craig.

Clásicos en Alcalá. Europa que a sí misma se atormenta.

domingo, agosto 06, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Second. Concierto en Rockola Summer Club.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.


Second. Concierto en Rockola Summer Club. La Azohía, Murcia.

1000 razones para no dejar de leer. El Emperador. Ryszard Kapuscinski.

"Con el tiempo podría crearse el hábito de leer y de ahí no hay más que un paso para el hábito de pensar, y ya se sabe la disgustos, sinsabores, tormentos y quebraderos de cabeza que esto acarrea".
El Emperador. Ryszard Kapuscinski.

domingo, julio 30, 2017

jueves, julio 06, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Lord Jim. Joseph Conrad.

"Y había allí algo más, algo invisible, un ángel exterminador metido muy dentro".
Lord Jim. Joseph Conrad.

domingo, julio 02, 2017

1000 razones para no dejar de leer. Velázquez de José Ortega y Gasset. Velázquez y la fotografía.

"Los cuadros de Velázquez tienen cierto aspecto fotográfico: es su suprema genialidad. Al enfocar la pintura sobre lo real llega a las últimas consecuencias. Por un lado, pinta todas las figuras del cuadro según aparecen miradas desde un punto de vista único, sin mover la pupila, y esto proporciona a sus lienzos una incomparable unidad espacial".

Velázquez de José Ortega y Gasset.

martes, junio 27, 2017

TEATRO. El rufián dichoso. "Bien está lo que bien acaba".

Autor: Miguel de Cervantes. Adaptación de José Padilla.
Con: Nicolás Illoro, Pablo Vázquez, Javier Collado, Alejandra Mayo, Montse Díez, Julio Hidalgo, José Juan Sevilla, Raquel Nogueira y Raúl Pulido.
Escenografía: Ana Gil.
Dirección: Rodrigo Arribas y Verónica Clausich.
XVII Festival de Artes Escéncias “Clásicos en Alcalá”
Alcalá de Henares. Teatro salón Cervantes. 18 de junio de 2017.



Entre la grandeza y el elevado tono épico de La Numancia, por ejemplo, y la sencillez, frescura y viveza de esos magníficos apuntes del natural que son los Entremeses, el conjunto de obras calificadas de “comedias” no constituyen precisamente lo mejor de la producción dramática cervantina. Fieles a la intencionalidad moralizadora que marcaba la preceptiva literaria de la época todas estas obras tienen un propósito ejemplarizante -como el de sus homónimas “Novelas ejemplares”- y particularmente El rufián dichoso, la obra que nos ocupa, que llega al extremo de elevar a su protagonista a las cimas inmarcesibles de la santidad.

Al parecer, la obra está basada en un hecho real y su argumento puede sintetizarse en pocas líneas. Bajo la protección de sus amos, el inquisidor Tello de Sandoval y su esposa María, el joven calavera Cristóbal de Lugo parece tener patente de corso para acometer todo tipo de pendencias, embelecos y tropelías, rivalizando con lo más granado de los bajos fondos del hampa sevillana. Ensoberbecido por su buena estrella y por su chulería (se pavonea de “ … ser mozo /y mazo, y -dice-tengo hígados y bofes/para dar en el trato de la hampa / quinao al más pintado de su escuela”), decide ir más allá en las burlas seduciendo a la mujer del mismísimo alguacil, al que mata en un desafortunado lance de armas. Por miedo a la persecución de la justicia y aconsejado por doña María de Sandoval pasa a América con su inseparable compañero de fatigas Lagartija y profesa en un convento de dominicos donde abraza una vida de trabajos y penitencia hasta escuchar la llamada de Dios y encontrar el camino de la virtud.

José Padilla ha hecho una meritoria labor de síntesis para reducir la trama a sus elementos esenciales, aunque por el camino se deje obviamente elementos que ayudarían a perfilar con más detalle la psicología de los personajes o a pormenorizar, como en el caso del protagonista, el proceso interno que le lleva a su “conversión”, proceso que no puede ser sustituido por la efectista ambientación sonora con la que se trata de recrear el clima de recogimiento y espiritualidad conventual. Con todo, el monólogo de Lugo explicitando su repentico cambio de actitud es uno de los momentos más notables del espectáculo.

Los actores han contado con un espléndido maestro de armas y de lucha cuerpo a cuerpo, indudablemente mejor que el maestro de canto, o al menos ha obtenido mejores resultados. Y haría falta un experto en acrobacias para que les asesore como deambular sin perder el equilibrio por esa estructura modular con la que se han construido las gradas laterales de la escenografía. Bromas aparte, con ese material Rodrigo Arribas y Verónica Clausich hacen una faena aseada y salen airosos del trance de traer a escena un nuevo texto de Cervantes para sumarse al homenaje en su aniversario.

Los actores hacen un trabajo meritorio y se manejan con desenvoltura con el verso, aunque quizá aflora aquí y allá un exceso de tono declamatorio y de volumen que es fácilmente corregible.

Están bien las damas; comedida, discreta, en un justo segundo plano María de Sandoval (Alejandra Mayo); con fuego en el alma, apasionada, rebelde se muestra doña Ana de Treviño (Montse Díez) que no se resigna a aceptar la dura prueba de su grave dolencia -la lepra-, aunque termina por aceptar el consuelo que le brinda Lugo (estupendo Nicolás Illoro) en cuyo espíritu se ha aposentado la humildad, la mansedumbre, y el temor de Dios donde antes habitaran la osadía, la jactancia, la gallardía y la impetuosidad de un verdadero rufián. Lagartija (Pablo Vázquez) es el compañero de correrías de Lugo, no menos desenvuelto, jacarandoso y bullanguero, sigue fielmente a su amigo por el camino de la penitencia para espiar pecados de juventud.

Gordon Craig.

El rufián dichoso. Clásicos en Alcala.

domingo, junio 25, 2017

TEATRO. Ricardo III. "Un villano sanguinario y bufonesco".

Autor: William Shakespeare.
Con: Greg Hicks, Paul Kemp, Jim Bywater, Sara Powell, Femi Elufowoju, Annie Fibank, Georgina Rich, Mark Jax, Peter Guinness, Mattew Sim, Jamie de Courcey y Jane Bertish.
Escenografía: Anthony Lamble.
Dirección: Mehmet Ergen.
XVII Festival de Artes Escéncias “Clásicos en Alcalá”.
Alcalá de Henares. Teatro salón Cervantes. 15 y 16 de junio de 2017.




Pertenece la obra que comentamos al primer ciclo de los dramas históricos de Shakespeare. Obra, por tanto, primeriza, sin llegar a la perfección formal y a la hondura humana de sus grades tragedias, muestra en su protagonista, el malvado y sanguinario Ricardo un significativo precedente de los más conspicuos villanos de su teatro posterior: Yago, Edmundo o incluso el sanguinario Macbeth.

La pieza nos retrotrae a finales del siglo XV y recrea las maquinaciones, insidias y crímenes de Ricardo (Duque de Gloucester y hermano del rey Eduardo IV) para hacerse con el poder. Tras una larga guerra civil (The war of de Roses) entre las familias de York y de Lancaster por el trono, Inglaterra disfruta de un periodo de paz bajo el reinado de Eduardo IV. Pero su hermano pequeño, Ricardo, movido por su irrefrenable ansia de poder, por la envidia y por el rencor debido a su descontento por su deformidad física, comienza a conspirar secretamente para hacerse con el trono, y no habrá maldad o crimen por horrendo que parezca que no cometa para deshacerse de quienes obstaculizan sus propósitos, escribiendo una de las páginas más crueles y sangrientas de la historia de Inglaterra.

Dudas aparte sobre la veracidad histórica de algunos de los truculentos episodios consignados en la obra atribuidos a Ricardo, aceptando el carácter marcadamente episódico de la misma y una trama en exceso rocambolesca, no puede negársele al autor una notable capacidad de invención al alumbrar un personaje horrendo, un maníaco obsesionado por el poder pero que no deja de seducirnos precisamente por su maldad desmesurada que lo convierte en símbolo de lo monstruoso que anida a veces en lo más profundo del alma humana. Ahí, creo yo que radica el interés de esta obra, que sin ser, como digo de las mejores del autor, es revisitada una y otra vez por los directores de teatro de todas las épocas y lugares.

Mediante el vestuario y el espacio sonoro la puesta en escena desplaza la acción a un tiempo un tanto indefinido, a un presente intemporal, como el conflicto que desarrolla la obra, donde convive la chupa de cuero de Ricardo o el “casual” de los infantes con la corona, los tocados de época o los trajes talares de las damas. La versión, sintética -aún así, el espectáculo se alarga hasta las tres horas- traslada con suficiente limpieza las diferentes líneas de conflicto y rescata las escenas esenciales con el menor número posible de detalles descriptivos.

En ocasiones como esta es cuando uno echa de menos un mejor conocimiento de la lengua de Shakespeare para disfrutar por completo de la sonoridad de las vigorosas tiradas en verso blanco que los subtítulos, obviamente, no pueden traducir. Con todo, merced a un espléndido trabajo de los actores, podemos incluso superar las barreas idiomáticas y “disfrutar” de un espectáculo de gran fuerza dramática. Greg Hicks hace un portentoso trabajo de metamorfosis para encarnar a un contrahecho, irascible e infantiloide Ricardo, de mirada torva y malévola, y gesticulación impostada y bufonesca. Embutido en su traje de cuero negro es un vago remedo de un oficial de la Gestapo con ademanes de sabandija deslizándose entre las sombras mientras arrastra su pierna izquierda impedida con una cadena. Jactancioso, sibilino, manipulador, puede ser despiadado con sus subordinados, repulsivo en sus cortejo a lady Ana y su cinismo roza lo insuperable cuando pretende de la reina -a cuyos dos hijos acaba de dar muerte- que sea su valedora para conseguir el favor de la princesa Elisabeth. Esta es, por cierto, una de las escenas más sobresalientes del montaje, con una espléndida Sara Powel en el papel de viuda agraviada, a punto de volverse loca ante la incapacidad de conciliar el dolor por la pérdida de los hijos y el odio y la repugnancia que le inspiran las aviesas intenciones de Ricardo. Destacan asimismo, por no mencionar sino unos ejemplos, Georgina Rich en el papel de la desolada Lady Ana (de mujer “necia, débil y voluble, la moteja el taimado Ricardo, tras haberla seducido en circunstancias tan dolorosas), Mark Jax, como el implacable sicario Cathesby, brazo ejecutor de los designios del tirano, Peter Guinness como el leal Buckinham o Paul Kemp, como Clarence, el hermano y primera víctima de Ricardo, y cuyo monólogo, ante el carcelero de la Torre, relatando el sueño premonitorio de su muerte es otro de los momentos más emocionantes de la obra.

Una brillante apertura, en fin, de la XVII edición de los “Clásicos en Alcalá” que llenará la ciudad complutense de teatro música y danza estas calurosas tardes de junio y principio de julio.

Gordon Craig.

Ricardo III. Clásicos en Alcalá.

(C) Fotografía de Alex-Brenner. Arcola Theatre. Richard III dir. Mehmet Ergen.

miércoles, mayo 31, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Girasoles. Potsdam, Alemania.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.


Girasoles. Potsdam, Alemania.

TEATRO. Verano en diciembre. "Buscando la felicidad desesperadamente".

Autor: Carolina África.
Con: Lola Cordón, Pilar Manso, Laura González Cortón, Carolina África y Almudena Mestre.
Escenografía: Almudena Mestre.
Espacio sonoro: Nacho Bilbao.
Dirección: Carolina África.
Madrid. Teatro Galileo. Hasta el 4 de julio de 2017.



Tras el éxito de crítica y público de Vientos de Levante (espectáculo del que dimos cuenta en El Heraldo a finales de febrero pasado) “La Belloch” teatro reestrena ahora en la acogedora sala Galileo madrileña el montaje con el que la compañía se dio a conocer al gran público hace apenas cuatro años: Verano en diciembre.

Guarda este montaje de Verano en diciembre tantas similitudes -temáticas y de poética escénica- con Vientos de Levante que pareciera que el primero no es sino un trabajo preparatorio para el segundo, en el que se habrían depurado un tanto los diálogos y la acción dramática habría ganado en concreción y dinamismo.

Estamos ante la misma vívida plasmación de la realidad cotidiana -ese hiperrealismo porteño, ese naturalismo de salón, que de la mano de Claudio Tolcachir, Pablo Messiez y tantos otros irrumpió como un ciclón en la cartelera madrileña hace unos años-, con unos personajes del común luchando a brazo partido para desembarazarse del lastre de los lazos familiares y para conseguir una porción, aunque sea pequeñita, de felicidad a la que creen tener derecho.

Ha dicho algún crítico -con razón- que Carolina África es una “exploradora de la ternura”, a lo que yo añadiría la indulgencia. En su universo dramático no hay lugar -todavía- para el odio, la maldad o el resentimiento. Los reproches de Teresa a Alicia y Carmen no dejan de ser un ocasional desahogo materno y no están nunca al servicio de una malévola estrategia de manipulación o de chantaje emocional; las bromas de Alicia y Carmen a Paloma, la tercera de las hermanas, son bienintecionadas y no esconden animadversión ni menosprecio y los desvaríos de la abuela son tratados siempre con humor, respeto y consideración.

Además, los personajes se encuentran particularmente cómodos cuando muestran lo mejor de sí mismos, como en el alborozo con que reciben nuevas de Noelia, la hermana ausente, por Skype, o en la divertidísima escena en que las tres hermanas se sinceran y revelan sus secretos más inconfesables, bromeando acerca de los demoledores efectos que tales revelaciones producirían sobre el pétreo edificio de la moral pequeñoburguesa de la madre. Ese latido de profunda humanidad se intensifica hasta hacernos un nudo en la garganta en el ultimísimo minuto de la función, en un desenlace que no por esperado deja de ser contundente.

Se trata de un texto muy pegado al terreno de la realidad cotidiana de una familia de clase trabajadora. Salpimentado con frases ingeniosas, el lenguaje, directo y desenfadado, bordea, ocasionalmente, en sus chistes y chascarrillos un costumbrismo obsoleto que, de todos modos, al público que abarrotaba la sala no pareció importarle, compensado, quizá, por la claridad del trazo con la que la autora dibuja ese entrañable cuadro de familia o por la excelente compenetración y el entusiasta trabajo de las actrices. Lola Cordón es sin duda la que despertó más simpatías entre el público como la abuela Martina, una viejecita frágil y condescendiente con síntomas manifiestos de demencia senil. Pilar Manso es Teresa, una madre protectora y un punto cascarrabias, tras su afán por controlar la vida de sus hijas y sus reproches se esconde un gran corazón. Genuina creyente, sus principios para enfrentarse a la adversidad: resignación, paciencia y sabiduría, constituyen toda una filosofía de vida. Laura González, Almudena Mestre y Carolina África, presentan una imagen convincente de sus respectivos personajes, Carmen, Paloma y Alicia. La primera, una joven franca y resuelta que se ha propuesto vivir a tope el presente y liberarse de las ataduras de la familia; independiente y extrovertida es el polo opuesto de la tímida y cohibida Paloma, el patito feo de la familia, cargada con la responsabilidad de cuidar de la abuela no tiene vida propia; con la autoestima por los suelos está a pique de caer en la depresión. A medio camino está la bonachona Alicia, de fracaso en fracaso sentimental trata de aferrarse a su arte para intentar independizarse y enderezar su vida.

Gordon Craig.

Verano en diciembre. Teatro Galileo.

domingo, mayo 21, 2017

1000 razones para no dejar de leer. La derrota del pensamiento de Alain Finkielkraut.

"Hoy, los libros de Flaubert coinciden, en la esfera pacificada del ocio, con las novelas, las series televisivas y las peliculas rosadas con que se embriagan las encarnaciones contemporáneas de Emma Bovary, y lo que es elitista (y por consigiente, intolerable) no es negar la cultura al pueblo, sino negar la etiqueta cultural a cualquier tipo de distracción. Vivimos en la hora de los feelings, ya no existe verdad ni mentira, estereotipo ni invención, belleza ni fealdad, sino una paleta infinita de placeres, distintos e iguales. La democracia que implicaba el acceso de todos a la cultura se define ahora por el derecho de cada cual a la cultura de su elección (o a denominar cultura su pulsión del momento)".

La derrota del pensamiento de Alain Finkielkraut.

TEATRO. Hablando (Último aliento). "Los efectos degradantes y destructivos de la violencia".


Autora: Irma Correa.
Con: Lidia Navarro y Muriel Sánchez.
Músico: David Velasco
Escenografía: Elisa Sanz.
Espacio sonoro: Nacho Valcárcel.
Dirección: Ainhoa Amestoy.
Madrid. Teatro María Guerrero. Sala de la Princesa. Hasta el 7 de mayo de 2017.



De manera recurrente el tema del maltrato femenino se asoma a nuestros escenarios y a nuestras pantallas de cine o TV, aunque no con la seriedad, el rigor y la contundencia que requeriría un asunto que tiene tan dramáticas consecuencias para la integridad física y la dignidad de la mujer. Ante la pasividad y la incompetencia de las instituciones y sus vacuas apelaciones a la “tolerancia cero”, que a veces no pasan de ser un mero reclamo publicitario, nunca serán demasiadas las voces que se levanten para denunciar y combatir esta lacra social que nos denigra a todos como personas.

Recuerdo, para circunscribirme al ámbito del teatro, varias heroínas víctimas de alguna de las múltiples formas de violencia física o psicológica ejercidas sobre ellas por sus cónyuges. Por ejemplo a la ingenua y de escasas luces Rosi, de La noche que ilumina, de Paloma Pedrero (1995), o a la inane “Mujer baja” de Animales nocturnos, de Juan Mayorga (2003), a quien el egoísmo el desprecio y la indiferencia de su marido ha reducido a un verdadero despojo humano. Pero en la que hallo mayores concomitancias con la protagonista de la obra que nos ocupa es con María, ama de casa de mediana edad y sin recursos económicos de Defensa de dama, de Isabel Carmona y Joaquín Hinojosa (2002), que espera horrorizada e inerme, todavía víctima de las secuelas psíquicas de la brutal agresión de que fue objeto, el regreso inminente a casa de su marido tras varios años de condena por malos tratos.

La pieza de Irma Correa transmite esa misma y pavorosa sensación de angustia y desesperación en el que se halla sumida la protagonista al inicio del espectáculo, aunque en esta ocasión todavía no sepamos la causa. Los resortes que mueven la acción, presentada bajo el aspecto de un secuestro, proceden del intenso, aunque difuso, clima de amenaza que se cierne sobre las dos mujeres y que se traduce en miedo, nerviosismo y un comportamiento próximo a la histeria, sobre todo en la supuesta secuestradora. Y hará falta llegar casi hasta el desenlace para que se descubra el enigma. Descubrimiento, por cierto, que funciona como un potente foco a cuya nueva luz tenemos que reinterpretar todo el proceder y las actitudes de los personajes, confirmar algunas expectativas, rechazar otras, restableciendo, por así decir, con carácter retroactivo, el sentido último de muchas escenas de este verdadero “tour de forcé”, de esta lucha encarnizada de la protagonista con ella misma para encontrar una razón por la que justificar lo inevitable.

Dar más pistas sobre el argumento sería arruinar el suspense. Baste decir que se trata de un penetrante y doloroso ejercicio de introspección que deja al descubierto las profundas heridas y laceraciones que quedan como secuelas incurables en una mujer que ha pasado por la experiencia del maltrato, incluido el corolario de impotencia, decepciones e incomprensión de amigos, conocidos, jueces, forenses, policía,… . Y ambas actrices emocionan hasta las lágrimas en su interpretación de ese largo proceso que conduce desde el primer desaire a la primera amenaza, desde la fría indiferencia al insulto, al chantaje emocional o a la agresión física. Pasando por las fases de rebeldía, de afirmación de la personalidad, de los esfuerzos -vanos- de ahogar en alcohol las penas o de compensarlas con la dulzura de algunos buenos recuerdos. Muriel Sánchez representa quizá esa faceta de rebeldía, ese intento baldío, como digo, de mantenerse entera y dueña de la situación, y quizá, también, esa sensación de que puede capearse el temporal, incluso de cierta esperanza. Lidia Navarro, por el contrario da vida a una mujer derrotada, humillada, herida en lo más profundo, atenazada por el miedo y por la desesperación. Su proceder es errático, se mueve a impulsos de lo que le dicta su instinto de conservación, ha tomado una decisión inapelable y sólo busca una razón para ponerla en práctica.

Buena dirección de actores que saca lo mejor de dos actrices en estado de gracia, un espacio escénico claustrofóbico y una sugerente banda sonora, todos los elementos reman en la misma dirección para hacer de esta valiente denuncia una experiencia teatral realmente sobrecogedora.

Gordon Craig.

 Hablando (último aliento). CDN Teatro María Guerrero.

lunes, mayo 15, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Colinas, Deserto Rosso, Galápagos, Guadalajara.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.



Colinas, Deserto Rosso, Galápagos, Guadalajara.

1000 razones para no dejar de leer. Hombres y engranajes de Ernesto Sábato.

"El reino del hombre no es el estrecho y angustioso territorio de su propio yo, ni el abstracto dominio de la colectividad, sino esa tierra intermedia en que suele acontecer el amor, la amistad, la comprensión, la piedad".

Hombres y engranajes de Ernesto Sábato.

jueves, mayo 11, 2017

TEATRO. Refugio. "El rapto de Europa".

Autor: Miguel del Arco.
Con: Carmen Arévalo, Israel Elejalde, María Morales, Raúl Prieto, Macarena Sanz, Beatriz Argüello y Hugo de la Vega.
Escenografía: Paco Azorín.
Dirección: Miguel del Arco.
Madrid. Teatro María Guerrero. Hasta el 11 de junio de 2017.



Miguel del Arco (Madrid, 1965), adaptador, guionista y director teatral se dio a conocer al gran público a raíz del éxito de La función por hacer (2009), su brillante adaptación de Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello. Algún montaje de textos propios, como Juicio a una zorra (2012), una libérrima recreación del mito de Elena de Troya protagonizada por una inmensa Carmen Machi, u otros en los que ha participado como director o dramaturgista han constituido rotundos éxitos de crítica y público durante estos últimos años. Baste citar como muestra sus adaptaciones de Veraneantes, de Máximo Gorki (2011), El inspector, de Gogol (2012, De ratones y hombres, de John Steinbeck (2012) o más recientemente El misántropo, de Moliére.

La obra que estrena ahora en el teatro María Guerrero es de rabiosa actualidad, y su argumento pudiera haberse fraguado hilvanando noticias de apertura de los telediarios de ayer mismo con informaciones relativas a la corrupción política y al drama cotidiano de la inmigración. Y es que los protagonistas de la pieza son un político corrupto en el punto de mira de la prensa a raíz de unas filtraciones comprometedoras y un refugiado sirio que ha perdido a su mujer y a su hijo en la travesía del Mediterráneo acogido precisamente por la familia de ese alto cargo al que el partido está dispuesto a sacrificar para evitar verse salpicado por el escándalo.

Sobre la urdimbre de estos temas -corrupción e inmigración- Miguel del Arco arma una trama que va más allá de la mera anécdota para inscribirse en una reflexión de fondo sobre la política, sobre la naturaleza y límites de la democracia y sobre la perversión en el uso del lenguaje, empleado las más de las veces -y no sólo en la órbita de la política-, para enmascarar la realidad, para tergiversarla, para ocultarla, para negarla; el lenguaje empleado como arma arrojadiza o como pantalla protectora tras la que esconder nuestros verdaderos sentimientos, “una constante estratagema para cubrir nuestra desnudez -que diría Pinter-, una violenta, astuta, hipócrita cortina de humo que mantiene al otro en su sitio”.

Adepto a los clásicos griegos, susceptibles siempre de nuevas lecturas e interpretaciones, Miguel del Arco permite que se cuele en su sátira política el hermoso relato mitológico del Rapto de Europa, esta vez en la figura de un pletórico Farid, que inicia también su travesía desde las costas del Líbano en una noche estrellada llevando consigo a su mujer Sima y a su hijo. Una escena luminosa, por cierto, que, junto a la portentosa aria interpretada por Amaya, mujer del protagonista y otrora diva del bel canto, insufla algo de poesía y de esperanza en una historia, por lo demás cruda y desoladora. Como si fuera una metáfora, terrible, de nuestro tiempo, ambos atisbos de optimismo, de elevación espiritual, si se quiere, encarnados por Farid y Amaya en algún momento de sus vidas, están condenados al fracaso; en un caso, por la pérdida de la voz de Amaya y por la sentina de hipocresía, de odio y de resentimiento en la que se ha convertido su matrimonio, en otro, el sueño frustrado de esta familia de emigrantes de arribar sanos y salvos a las playas de Creta, como hizo la bella ninfa del relato mitológico a lomos del toro.

Y solo habría un par de objeciones que ponerle al montaje. Respecto a la puesta en escena, quizá cede en ocasiones a la tentación del artificio y la espectacularidad gratuita. Respecto al texto, el contraste acaso demasiado evidente, extremo incluso, entre dos realidades sociales antitéticas, representadas respectivamente por la familia de Suso Santiesteban y por la de Farid; un universo de egoísmo, de incomunicación, de reproches, vaciado de valores y ayuno de cualquier vestigio de espiritualidad frente al de un paria desesperado, que trata inútilmente de buscar consuelo para su desgracia refugiándose en el silencio y en vagas apelaciones a la renuncia y a la paz y armonía universales que predica el misticismo sufí.

Como contrapartida, el espectáculo cuenta en su haber con un gran trabajo de los actores. Raúl Prieto acierta aquí con ese doliente Farid lacerado por el recuerdo de su tragedia que se mueve como un sonámbulo entre el desconcierto y la desolación. Israel Elejalde, como Suso, da la medida exacta de un político cínico y sin escrúpulos capaz de sacrificarlo todo a su estrategia de mantenerse en el poder. Hábil retórico, frío, manipulador, puede traficar incluso con el dolor y con la desgracia ajena si ello sirve a sus propósitos. Los primeros damnificados son sus hijos, la rebelde, impulsiva e insolente Lola (Macarena Sanz) y el vehemente y agresivo Mario (Hugo de la Vega), la crueldad y el odio que destila son el amargo y temprano fruto del resentimiento hacia unos progenitores que han vaciado sus relaciones familiares de ternura, respeto y comprensión. Pero en quien descarga verdaderamente Suso sus invectivas y su sarcasmo es en su mujer, Amaya, una espléndida Beatriz Argüello ante la que hay que quitarse literalmente el sombrero. Indolente, pasiva, confortada por los efluvios del alcohol, asiste como un convidado de piedra al caos y a la destrucción de su familia; parece haber renunciado a dar la batalla por su dignidad, aunque su elegancia y altivez alientan los rescoldos de una mujer de sensibilidad exquisita que ha disfrutado del éxito social. En su evocación, magistral, de sus tardes de gloria en la ópera, compone una escena de enorme impacto visual y de una belleza sublime.

Gordon Craig.





domingo, abril 30, 2017

1000 razones para no dejar de leer. El cero y el infinito de Arthur Koestler.

"Rubachof: es necesario hacer que cada frase penetre en el espíritu de las masas, a fuerza de repeticiones y simplificaciones. Lo que se les presente como bueno debe brillar como el oro; lo que se les presente como malo debe de ser negro como el ébano. Para ser asimilados por las masas, los fenómenos políticos deben estar coloreados, como los muñequitos de caramelo de las ferias".

El cero y el infinito de Arthur Koestler. [1940].

TEATRO. La cena del rey Baltasar. "De cómo el halago y el compadreo pueden arruinar un espectáculo".

Autor: Pedro Calderón de la Barca.
Versión de Carlos Tuñón.
Con: Jesús Barranco, Enrique Cervantes, Alejandro Pau, Kev de la Rosa, Rubén Frías y Nacho Sánchez.
Dirección: Carlos Tuñón.
Alcalá de Henares. Corral de Comedias. 22 de abril de 2017.



No se prodigan en la cartelera madrileña los autos sacramentales. Baste como ejemplo citar el que la Compañía Nacional de Teatro Clásico, llamada a velar por la pervivencia de nuestro teatro áureo, sólo ha programado en las últimas veinte temporadas una versión de El gran teatro del mundo, en 2012. (En Guadalajara, ni te cuento, hay que remontarse a 1998, en la Muestra Nacional de Teatro de Azuqueca, para datar un montaje de esa misma obra, por cierto, un espléndido trabajo del TNT dirigido por Etelvino Vázquez).

Así que uno acude al reclamo de este título de resonancias bíblicas casi ansioso por disfrutar de la espectacularidad barroca, de la pericia de la que hace gala Calderón para convertir en personajes a entidades abstractas, de su habilidad constructiva para hacer digeribles los más abstrusos problemas filosófico teológicos, o de la exuberancia del verso y la imaginería culteranas en la que el autor codifica los más oscuros símbolos y alegorizaciones.

Y cabe decir que a ratos, uno encuentra eso que venía buscando y reconoce el ingenio, el donaire o las chanzas de la figura del Pensamiento (Rubén Frías) en contraste con la severidad de juicio de Daniel (Enrique Cervantes), su fe inconmovible y el talante imperioso con que censura el comportamiento sacrílego y las costumbres licenciosas de Baltasar (Jesús Barranco) o con el que sujeta el brazo ejecutor de la Muerte (Nacho Sánchez). Y sentimos, asimismo, la presencia amenazadora de esta última, señora de las sombras, ante la que tiemblan todos los mortales y el espanto y el desasosiego que infunde en el ánimo del rey el mero recordatorio de su finitud (“Para acordarle no más / que es mortal, de mi rigor / sola una vislumbre basta / …). Y nos atrae la carnalidad perturbadora de muchas escenas en las que seductoras e impúdicas encarnaciones de la Vanidad (Alejandro Pau) y de la Idolatría (Kev de la Rosa) adulan y cortejan a un rey ya viejo y caduco dominado por la arrogancia y la concupiscencia.

Lamentablemente, antes de sumergirnos en ese ceremonial barroco de diálogo de conceptos y permitirnos experimentar el esplendor del lenguaje calderoniano y la belleza trágica y decadente de algunas escenas, Carlos Tuñón nos somete a una espera de tres cuartos de hora largos mientras son seleccionados los doce convidados de piedra que van a compartir mesa con el rey Baltasar y a participar, supuestamente, en esa suerte de ritual eucarístico que el texto recrea. Una insufrible espera donde los actores coquetean con los espectadores, muchos de ellos amigos o compañeros de profesión en una cháchara intrascendente y que, a juicio de quien esto escribe, no lleva a ninguna parte. Todos ellos, como se suele decir coloquialmente, encantados de haberse conocido.

Quizá se conseguiría una auténtica participación del público si se limitara el aforo total a los invitados a la mesa, como hacen Stefano Pasquín y Paola Berselli del Teatro delle Ariete, de Bolonia, Italia, en su espectáculo Matrimonio de invierno. Allí si nos sientan a la mesa de su cocina y nos invitan a comer (sic) a la luz de las velas mientras comparten con nosotros, distendidamente, en la más estricta intimidad (un aforo de 18 personas) los recuerdos de veinte años de su vida en común en el valle de Ariete donde tiene la granja en la que cuidan de la tierra y de sus animales, llegando a establecerse una genuina corriente de empatía entre todos los participantes.

En nuestro caso, por el contrario, esta participación parece impostada. El compadreo, instituido ya desde el “prólogo”, aflora en distintos momentos de la representación desvirtuando el sentido de muchas escenas, dispersando la atención del espectador y banalizando, reduciendo a la intrascendencia, desactivando incluso, algunos elementos esenciales de crítica ideológica subyacentes en el montaje, por ejemplo los relativos a la simbología eucarística, a la profanación de los vasos del templo por el rey Baltasar o a la comunión sacrílega y a su inmediato castigo, elementos de crítica, como digo, que se diluyen en un -interminable, de nuevo-, fin de fiesta en el que sólo falta la barbacoa y la farlopa para completar el desmadre y el jolgorio en el que estos chicos han convertido el desenlace de la obra, con gritos, carcajadas y trozos de pan volando sobre la cabeza de los espectadores desde la platea hasta los pisos más altos del Corral.

Al final va a tener razón Javier Marías.

Gordon Craig.

La cena del Baltasar. Corral de Comedias de Alcalá de Henares.

miércoles, abril 26, 2017

1000 razones para no dejar de leer. El cero y el infinito de Arthur Koestler.

"La madurez de las masas consiste en la capacidad de reconocer sus propios intereses. Pero esto presupone cierta comprensión de los procesos de producción y distribución de bienes, pues la capacidad de un pueblo de gobernarse democráticamente es proporcional a su grado de comprensión de la estructura y del funcionamiento conjunto del cuerpo social."

El cero y el infinito de Arthur Koestler. [1940].

domingo, abril 16, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Puschkinallee, Berlín.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.


Puschkinallee, Berlín, Alemania.

1000 razones para no dejar de leer. Los pueblos de Azorín.

"Y de nuevo ha caído, terrible, un silencio denso en el zaguán. No podíamos decirnos nada. ¿qué íbamos a decirnos? No había necesidad de que habláramos nada. Hay instantes en la vida - cuando os halláis, por ejemplo, al cabo de muchos años, ante una persona que habéis querido -, hay instantes en la vida en que creéis que vais a decir muchas cosas, que vais a expresar multitud de sentimientos tumultuosos, y en que sin embargo, os encontráis con que no se os ocurre ni aun la más vulgar de las palabras...".

Los pueblos de Azorín. [1914].

martes, abril 11, 2017

TEATRO. Shake. Noche de Reyes. "Un Shakespeare vodevilesco y gamberro".

Basada en “Noche de Reyes”, de: William Shakespeare.
Espectáculo en francés y español. Traducción de Marie-Paule Ramo.
Con: Vincent Berger, Delphine Cogniard, Valérie Crouzet, Antonio Gil Martínez y Geoffrey Carey.
Escenografía: Dan Gemmett y Denis Tisseraud.
Dirección: Dan Gemmett.
XXXIV edición del Festival de otoño a primavera.
Madrid. Teatro de La Abadía. 6 de abril de 2017.



Hace unas semanas, a raíz de un artículo muy crítico de Javier Marías contra los supuestos excesos cometidos por algunos directores en sus adaptaciones de textos canónicos, asistimos a una enconada polémica en los medios sobre si es o no legítimo modificar tales textos y hasta qué grado estaría permitido hacerlo sin adulterar su esencia y trastocar el contexto histórico y sociocultural en que se produjeron. Entre otros muchos, creo recodar que citaba como caso extremo un montaje de La vida es sueño, con Blanca Portillo como Segismundo o la Celestina, a la que por esos días estaba dando vida José Luis Gómez.

Calculo que no irá a ver este libérrimo y espléndido montaje de La Noche XII que puede verse estos días en La Abadía porque si no, a buen seguro tendríamos en ciernes alguna de sus diatribas puristas. Y con esto no quiero quitarle del todo la razón a Marías, porque es cierto que amparados en una abusiva interpretación del concepto de la “libertad del creador” muchos directores de escena recurren a títulos y autores con solera -que garantizan un mínimo de taquilla- para hacer unos auténticos bodrios.

En todo caso -por solventar la cuestión suscitada antes de hablar de la obra que nos ocupa-, cabe indicar que se trata de una polémica falsa. Los términos reales de la discusión son si se trata o no de un trabajo riguroso, si el contenido esencial de la obra permanece inalterado y si la perspectiva, el enfoque o el tratamiento dado al material dramático mantienen una coherencia interna entre todos los elementos significantes y una unidad de tono. Los asiduos a la Abadía, sin ir más lejos, con relación a esta misma obra, de la que se han exhibido con este tres montajes con enfoques distintos, habrán podido comprobar lo que digo. (Gerardo Vera en 1996 y Eduardo Vasco en 2012, estupendos trabajos en ambos casos).

Pero vayamos a la obra. La noche XII o también conocida como Noche de Reyes es una de las más divertidas comedias de Shakespeare; de estilo italiano desarrolla el conocido motivo del gran parecido entre dos hermanos gemelos, hombre y mujer, que han de intercambiar sus roles de género para concluir su empresa del reencuentro con final feliz.

La joven y noble Viola arriba a las costas de Iliria tras naufragar el barco en el que viaja con su hermano gemelo Sebastián. Afligida, al creer muerto a Sebastián en el naufragio, pretende conseguir la protección y el consuelo de la condesa Olivia, compañera de infortunio, que vive retirada del mundo y consagrada al recuerdo de su hermano que también acaba de morir. Para ello no encuentra mejor método que entrar al servicio del conde Orsino, a la sazón enamorado de Olivia sin esperanza de verse correspondido. Caracterizada de paje y con el nombre de Cesáreo, Viola se gana la confianza de Orsino quien convierte al falso muchacho en su emisario de confianza para intentar ablandar el corazón de Olivia.

Obvio es decir que el caprichoso destino que gobierna los afectos y los sentimientos de los protagonistas querrá que los acontecimientos discurran por derroteros distintos a los que el duque y las damas Viola y Olivia habían planificado. Los propósitos de Olivia de permanecer un tiempo alejada del mundo se diluyen como un azucarillo ante la primera mirada de Viola/Cesáreo; la vehemente inclinación (“the beating of so strong a passión”) de Orsino hacia Olivia muda de propósito y de objeto amoroso en un abrir y cerrar de ojos para dirigirse a Viola; respecto a Sebastián, a quien por equivocación besa apasionadamente Olivia, pasa rápidamente de la estupefacción a creerse el causante del súbito enamoramiento de la condesa. Eso por no hablar del grotesco y fatuo Malvolio, mayordomo de Olivia, dando pábulo a la burda estratagema fraguada por María, Sir Toby y Sir Andrew, para reírse de él y ridiculizarlo, y que llevan a cabo, por cierto, la burla más cruel de toda la historia de la literatura dramática.

Ya desde el título elegido para el montaje “Shake” (en español “sacudida”, “temblor”, “algo desconcertante”. Pero, por qué no, un hipocorístico para referirse familiarmente al autor SHAKEspeare), Dan Gemmett, nos muestra que está optando por el juego, por la diversión. Está haciendo buena, quizá, la afirmación de Chesterton, a cuenta del puritanismo de la Inglaterra isabelina, de que “no se puede estar trescientos años sin reír”. Así que la costa de Iliria, a donde va a parar Viola, se va a reconvertir en una playa cualquiera de nuestro litoral donde se alinean cinco grandes casetas de baño, que sirven de vestuario y sala de maquillaje en las que los personajes entran y salen para disfrazarse de los múltiples roles que interpretan (cinco únicos actores para una pléyade de nada menos que 18 personajes) ¿Queremos más licencias? Pues bien, Sir Toby y Sir Andrew, vienen representados por un muñeco y su manipulador ventrílocuo; o Feste, el alegre y descarado bufón, es aquí un jubilado inglés tan adicto al té como a la calidez de nuestro clima, apegado a sus discos de vinilo con música setentera y empeñado en contarnos chistes malísimos del típico hipocondríaco que acude al médico ante la menor contrariedad.

En efecto Dan Gemmett ha optado por potenciar la veta lúdica, festiva, de la obra, manteniendo un perfecto equilibrio entre las escenas humorísticas y aquellas en las que aflora la genuina voz del sentimiento, sobre las que se ironiza, también, pero con alarde de sensibilidad y buen gusto. El resultado es un hilarante vodevil trufado de escenas de Music Hall que desencadena la permanente carcajada del respetable. Con algunos pasajes contados, y algunos monólogos dirigidos directamente al público para sintetizar algunas escenas, perviven, empero, multitud de oportunidades para el disfrute de las sutilezas del verbo de Shakespeare, de la belleza de sus versos y de su amplitud y hondura de juicio, todo ello visto siempre a través del prisma de la parodia, que es el tono que impregna toda la puesta en escena y el excepcional trabajo de los actores.

Gordon Craig.

Shake. Teatro de la Abadía.

martes, abril 04, 2017

viernes, marzo 31, 2017

TEATRO. Early adventures. "Five o´clock tea".

De Matthew Bourne.
    Coreografía y dirección: Matthew Bourne.
    Escenografía y vestuario: Lez Brotherston.
    Elenco: Joao Carolino, Reece Causton, Tom Clark, Daniel Collins, Paris Fitzpatrick, Sophia Hurdley, Mari Kamata, Jamie McDonald y Edwin Ray.
    Música: Elgar, Bach, Copin, Offenbach, Nöel Coward, Percy Grainger, Charles Trenet, Margueritte Monnot y Edith Piaf, entre otros.
    Diseño de luces: Lez Brotherson.
    Diseño de sonido: Paul Groothuis.
    Madrid. Teatros del Canal. 16 de marzo de 2017.



    
Matthew Bourne es uno de los más prolíficos y galardonados coreógrafos del Reino Unido. Dedicado a la danza durante más de 30 años ha creado y dirigido espectáculos de danza para las compañías Adventures in Motion Pictures (1987) y New Adventures, fundada en 2002. Entre sus creaciones para ópera, teatro y cine, cabría destacar su trabajo para musicales clásicos como Oliver, My Fair Lady o Mary Poppins así como su participación en Billy Eliot, la espléndida película de Stephen Daldry.

    Con Early Adventures, que puede verse estos días en los teatros del Canal, celebra Matthew Bourne el trigésimo aniversario de la compañía recuperando algunas de las obras más conocidas de su dilatada producción coreográfica. Se trata de un programa triple integrado por “Town and Country”, “The infernal Galop” y la pieza breve “Watch with Mother”. Todas tienen en común el estar ambientadas en la Inglaterra de los años 40 o 50 del siglo XX. Una toma de distancia suficiente para proyectar una mirada entre irónica y nostálgica hacia un tiempo pasado no tan lejano del nuestro como a veces estamos inclinados a pensar.
 
    Para quienes teníamos apenas una vaga referencia de su labor creadora, sobre todo a través de las películas realizadas a partir de alguno de los musicales mencionados arriba, este montaje nos proporcionan a los aficionados a la danza-teatro la oportunidad de entrar en contacto directo con su obra y disfrutar del trabajo de este brillante y aclamado coreógrafo, cuya excelencia radica -como ha dicho algún crítico-, en servirse de la estructura y modelos de la danza clásica para subvertirlas. En efecto, a poco que estemos familiarizados con el ballet clásico, reconoceremos tras estas divertidas parodias de Matthew Bourne, poses y patrones de movimiento de las más conocidas coreografías del repertorio Romántico.
 
    En “Watch with Mother” el autor nos traslada a las bulliciosas aulas y patios de recreo de una escuela primaria de mitad del siglo pasado. Lavados, repeinados y embutidos en los pantaloncitos cortos de sus impecables uniformes un grupo de niños y niñas saltan, corren, juegan al corro o hacen sus ejercicios gimnásticos mientras dilucidan sus pequeñas querellas. Divertidos pasos de baile y un ritmo endiablado dan cuenta de la frenética actividad infantil, cuyos buenos modales y cortesía dan paso, a veces, al trato cruel o a las rivalidades y pulsiones de la emergente pubertad.
 
    “Town and Country” y “The infernal Galop”, están asimismo tocadas por el humor, por esa pizca de añoranza de tiempos mejores y por la gracia y el ingenio inagotable de Matthew Bourne para jugar con el movimiento y la expresión de los actores. Todo ello a través de la evocadora música de Edward Elgar, Chopin, Noël Coward, Percy Grainger o Edith Piaf, entre otros. Ambas constituyen sendas parodias de algunos tópicos conspicuos de la sociedad inglesa y francesa de la época. La primera pieza se abre con los acordes de la Marcha nº 1 de “Pompa y Circunstancia” de Elgar a cuyo ritmo hacen su entrada triunfal el hall de un hotel de lujo un grupo de jóvenes miembros de una clase ociosa y adinerada vestidos con sus impecables trajes de tweed, bombines y pañuelos de seda dispuestos a correrse una francachela. La segunda de las obras termina con el elenco al completo bailando una versión lánguida y edulcorada del ruidoso Can Can de Offembach que haría las delicias de los habituales a las “soirées” de Le Moulin Rouge.
 
    Entre ambas hay lugar para cuadros de una excepcional calidad artística, verdaderos alardes de perfeccionismo formal con marcados contrastes de tonos y perspectivas, desde los deliciosos duetos del baño de una pareja de estos jóvenes dilentantes atendidos por sus respectivos ayudas de cámara, o el furtivo coqueteo de dos señoritos engominados mientras toman el té de las cinco antes de dar rienda suelta a su ardorosa pasión, hasta el descacharrante duelo de dos fornidos marineros por ver quién “mea más alto” en unos urinarios públicos del París más castizo, o la estremecedora recreación del Himno al amor de Edith Piaf en la atmósfera grisácea y fría de las orillas del Sena.
 
    Particularmente hilarantes resultan algunos cuadros de la segunda parte de “Town and Country”. En medio de una bellísima reproducción en tonos pastel que parece sacada de alguna de esos grabados antiguos de una aldea perdida la campiña inglesa, con sus suaves colinas verdes sus casitas techadas de paja y la iglesia parroquial de fondo, toscos aldeanos disfrutan haciendo piruetas con sus zuecos recién estrenados, imitan los movimientos repetitivos de las tareas cotidianas, o el revoloteo de bandadas de pájaros en el luminoso atardecer.
 
    Divertido, irónico, técnicamente impecable y de una extraordinaria factura plástica este espectáculo constituye una delicia para los sentidos, un verdadero canto a la belleza.
 
    Gordon Craig.


Early Adventures. Teatros del Canal. 
 

1000 razones para no dejar de leer. Moby Dick de Herman Melville.

"Pero cuando un hombre sospecha algo que no está bien, ocurre a veces que, si ya está metido en el asunto, se esfuerza sin sentido en esconder sus sospechas incluso ante si mismo".

Moby Dick de Herman Melville.

lunes, marzo 27, 2017

TEATRO. Ushuaia. "Hermosa historia de un amor imposible ".

Autor: Alberto Conejero.
Con: Daniel Jumillas, José Coronado, Ángela Villar y Rosa Delcán.
Escenografía: Alessio Meloni.
Música y espacio sonoro: Iñaki Rubio.
Dirección: Julián Fuentes Reta.
Madrid. Teatro Español. Hasta el 16 de abril de 2017.



Tiene escrito Alberto Conejero que “Cada obra es un laberinto donde espera un Minotauro que nos recuerda que, como todo misterio, la vida siempre tiene algo maravilloso y monstruoso a la vez”. Traigo a colación estas palabras porque definen quizá mejor que ninguna otra la esencia de la obra que nos ocupa: “Ushuaia”, que puede verse estos días en el teatro de la madrileña plaza de Santa Ana.

Este joven dramaturgo (Jaén, 1978) que ya consiguiera con “Húngaros”, en el 2000, el Premio Nacional de Teatro Universitario, saltó a primer plano de la actualidad el año 2015 al alzarse con el prestigioso premio Ceres al mejor autor teatral por “La piedra oscura”, obra cuyo montaje dirigido por Pablo Messiez fue un rotundo éxito de crítica y público.

Ushuaia responde al nombre de una remota comarca argentina situada en los confines del hemisferio austral, al otro lado del estrecho de Magallanes. En este inhóspito emplazamiento de clima extremo y apartado de la civilización es precisamente donde ha ido a buscar refugio Mateo, el protagonista, para intentar mantener vivo, en la soledad de los bosques frondosos, el recuerdo de un oscuro pasado cuyos fantasmas se niegan a abandonarle. Aquejado de una progresiva pérdida de visión se ve obligado a contratar a una joven asistenta, Nina, para que le ayude en las tareas domésticas. La llegada de esta intrusa, cuyas verdaderas intenciones están muy lejos de ser las que aparenta -su deseo expreso de buscar, a su vez, sosiego para su espíritu-, introduce un elemento desestabilizador en la vida de Mateo, constituye el desencadenante de la acción y precipita el desenlace de la misma con un Mateo decidido por fin a emprender el viaje hacia la noche y a liberarse de sus recuerdos poniendo fin al sentimiento de culpa que le corroe por dentro.

Antes de llegar a ese punto se habrá ido desvelando poco a poco el misterio, la trágica historia de amor y de muerte vivida por el protagonista y que habría de marcar definitivamente su existencia futura; una historia que como decíamos arriba, con palabras del propio autor, tiene algo de maravilloso y algo de monstruoso a la vez. Una historia de la que no puedo proporcionar más datos para no adelantar el desenlace, terrible y hermoso, y privar al espectador del placer de descubrirlo por sí mismo.

Se trata de un texto de gran hondura humana que pone al descubierto la delgada línea que separa a veces el lado más luminoso de la existencia del hombre: el amor, la amistad, la confianza o la entrega generosa a una causa, de los aspectos más oscuros de su comportamiento, como pueden ser el engaño, la traición, la violencia o la muerte. Una obra que combina escenas de un intenso dramatismo, que recrean la pasión desatada de unos seres, jóvenes, impulsivos, sometidos a la excepcional situación de una guerra, con otras donde el pasado ora se remansa en los meandros del recuerdo, ora se exacerba instigado por los remordimientos; y con otras, en fin, que ofrecen enormes posibilidades para el juego escénico, para la simulación, las medias verdades, o el ocultamiento de intenciones y propósitos que define la relación entre los personajes principales, Mateo y Nina.

Y no sé si Fuentes Reta, el director del montaje, saca todo el partido posible a ese texto exuberante, pródigo en contrastes pasado/presente y de un elevado vuelo poético.

Proporciona, en todo, caso ocasiones para el disfrute de buen teatro de la mano de un elenco entusiasta capitaneado por el veterano José Coronado en el papel principal. A quien encuentro más monocorde y menos contrastada es a Ángela Villar en el papel de Nina. No alcanzo a ver esa doblez de su personaje hasta que la llamada telefónica a su “confidente” lo hace evidente. Lo contrario ocurre con Mateo que desde el principio sospecha de las intenciones de Nina y la sigue el juego convirtiéndola en emisaria de la verdad, en propagadora del contenido de un secreto que de otro modo quedaría para siempre enterrado con él en la tumba. De cabellos luengos, voz acordada y profunda, José Coronado presta a Mateo los ademanes pausados y el continente grave de un venerable anciano, el desaliño y la desconfianza de un Robinsón y el carácter enigmático y compasivo de Próspero. Daniel Jumillas y Olivia Delcán dan vida respectivamente a Matthäus y a Rosa, él un rutilante capitán de la Wehrmacht y ella una heroica resistente judía de Tesalónica durante la ocupación alemana; dos jóvenes idealistas, apasionados arrastrados por la guerra a un torbellino de sentimientos encontrados porque ambos pertenecen a dos mundos irreconciliables.

Gordon Craig.

Teatro Español. Ushuaia.

martes, marzo 21, 2017

MÚSICA. Alejandro Escovedo regresa a Madrid.



Recordaba Alejandro Escovedo el otro día en la Sala El Sol el grato recuerdo que tenía del concierto que dio en Madrid allá por el año 2012. Y yo recuerdo que aquel fue el momento en el que yo y sus canciones nos cruzamos por primera vez. ¡Bienaventurado encuentro!

Dice Alejandro Escovedo en Abc sobre sus nuevas canciones: “que la vida es hermosa, que siempre hay algo misterioso, enigmático en ella, que hace que valga la pena vivirla. El disco habla sobre hacerse viejo y sobre seguir amando el rock'n'roll a pesar de todo, también sobre la nostalgia de los amigos que se fueron quedando por el camino […]. El amor por la música es lo más importante, sin ella no hay vida para mí”.

Habla Escovedo de vivir la vida, de los amigos, del amor por el rock and roll sin el que la existencia no tendría sentido. Y uno comprende mejor porque Alejandro Escovedo en cada concierto te pone la piel de gallina; porqué te eleva a otra dimensión, porqué despierta sentimientos que andan escondidos en tu día a día en tu monótona cotidianidad. Y todo ello aderezado de su virtuosismo a la guitarra, de la magia de su cavernosa voz, de la intensidad melódica de sus canciones que convierten sus recitales en una experiencia sensorial total.


Fotografía cortesía de Joe Herrero.
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