miércoles, abril 26, 2017

1000 razones para no dejar de leer. El cero y el infinito de Arthur Koestler.

"La madurez de las masas consiste en la capacidad de reconocer sus propios intereses. Pero esto presupone cierta comprensión de los procesos de producción y distribución de bienes, pues la capacidad de un pueblo de gobernarse democráticamente es proporcional a su grado de comprensión de la estructura y del funcionamiento conjunto del cuerpo social."

El cero y el infinito de Arthur Koestler. [1940].

domingo, abril 16, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Puschkinallee, Berlín.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.


Puschkinallee, Berlín, Alemania.

1000 razones para no dejar de leer. Los pueblos de Azorín.

"Y de nuevo ha caído, terrible, un silencio denso en el zaguán. No podíamos decirnos nada. ¿qué íbamos a decirnos? No había necesidad de que habláramos nada. Hay instantes en la vida - cuando os halláis, por ejemplo, al cabo de muchos años, ante una persona que habéis querido -, hay instantes en la vida en que creéis que vais a decir muchas cosas, que vais a expresar multitud de sentimientos tumultuosos, y en que sin embargo, os encontráis con que no se os ocurre ni aun la más vulgar de las palabras...".

Los pueblos de Azorín.

martes, abril 11, 2017

TEATRO. Shake. Noche de Reyes. "Un Shakespeare vodevilesco y gamberro".

Basada en “Noche de Reyes”, de: William Shakespeare.
Espectáculo en francés y español. Traducción de Marie-Paule Ramo.
Con: Vincent Berger, Delphine Cogniard, Valérie Crouzet, Antonio Gil Martínez y Geoffrey Carey.
Escenografía: Dan Gemmett y Denis Tisseraud.
Dirección: Dan Gemmett.
XXXIV edición del Festival de otoño a primavera.
Madrid. Teatro de La Abadía. 6 de abril de 2017.



Hace unas semanas, a raíz de un artículo muy crítico de Javier Marías contra los supuestos excesos cometidos por algunos directores en sus adaptaciones de textos canónicos, asistimos a una enconada polémica en los medios sobre si es o no legítimo modificar tales textos y hasta qué grado estaría permitido hacerlo sin adulterar su esencia y trastocar el contexto histórico y sociocultural en que se produjeron. Entre otros muchos, creo recodar que citaba como caso extremo un montaje de La vida es sueño, con Blanca Portillo como Segismundo o la Celestina, a la que por esos días estaba dando vida José Luis Gómez.

Calculo que no irá a ver este libérrimo y espléndido montaje de La Noche XII que puede verse estos días en La Abadía porque si no, a buen seguro tendríamos en ciernes alguna de sus diatribas puristas. Y con esto no quiero quitarle del todo la razón a Marías, porque es cierto que amparados en una abusiva interpretación del concepto de la “libertad del creador” muchos directores de escena recurren a títulos y autores con solera -que garantizan un mínimo de taquilla- para hacer unos auténticos bodrios.

En todo caso -por solventar la cuestión suscitada antes de hablar de la obra que nos ocupa-, cabe indicar que se trata de una polémica falsa. Los términos reales de la discusión son si se trata o no de un trabajo riguroso, si el contenido esencial de la obra permanece inalterado y si la perspectiva, el enfoque o el tratamiento dado al material dramático mantienen una coherencia interna entre todos los elementos significantes y una unidad de tono. Los asiduos a la Abadía, sin ir más lejos, con relación a esta misma obra, de la que se han exhibido con este tres montajes con enfoques distintos, habrán podido comprobar lo que digo. (Gerardo Vera en 1996 y Eduardo Vasco en 2012, estupendos trabajos en ambos casos).

Pero vayamos a la obra. La noche XII o también conocida como Noche de Reyes es una de las más divertidas comedias de Shakespeare; de estilo italiano desarrolla el conocido motivo del gran parecido entre dos hermanos gemelos, hombre y mujer, que han de intercambiar sus roles de género para concluir su empresa del reencuentro con final feliz.

La joven y noble Viola arriba a las costas de Iliria tras naufragar el barco en el que viaja con su hermano gemelo Sebastián. Afligida, al creer muerto a Sebastián en el naufragio, pretende conseguir la protección y el consuelo de la condesa Olivia, compañera de infortunio, que vive retirada del mundo y consagrada al recuerdo de su hermano que también acaba de morir. Para ello no encuentra mejor método que entrar al servicio del conde Orsino, a la sazón enamorado de Olivia sin esperanza de verse correspondido. Caracterizada de paje y con el nombre de Cesáreo, Viola se gana la confianza de Orsino quien convierte al falso muchacho en su emisario de confianza para intentar ablandar el corazón de Olivia.

Obvio es decir que el caprichoso destino que gobierna los afectos y los sentimientos de los protagonistas querrá que los acontecimientos discurran por derroteros distintos a los que el duque y las damas Viola y Olivia habían planificado. Los propósitos de Olivia de permanecer un tiempo alejada del mundo se diluyen como un azucarillo ante la primera mirada de Viola/Cesáreo; la vehemente inclinación (“the beating of so strong a passión”) de Orsino hacia Olivia muda de propósito y de objeto amoroso en un abrir y cerrar de ojos para dirigirse a Viola; respecto a Sebastián, a quien por equivocación besa apasionadamente Olivia, pasa rápidamente de la estupefacción a creerse el causante del súbito enamoramiento de la condesa. Eso por no hablar del grotesco y fatuo Malvolio, mayordomo de Olivia, dando pábulo a la burda estratagema fraguada por María, Sir Toby y Sir Andrew, para reírse de él y ridiculizarlo, y que llevan a cabo, por cierto, la burla más cruel de toda la historia de la literatura dramática.

Ya desde el título elegido para el montaje “Shake” (en español “sacudida”, “temblor”, “algo desconcertante”. Pero, por qué no, un hipocorístico para referirse familiarmente al autor SHAKEspeare), Dan Gemmett, nos muestra que está optando por el juego, por la diversión. Está haciendo buena, quizá, la afirmación de Chesterton, a cuenta del puritanismo de la Inglaterra isabelina, de que “no se puede estar trescientos años sin reír”. Así que la costa de Iliria, a donde va a parar Viola, se va a reconvertir en una playa cualquiera de nuestro litoral donde se alinean cinco grandes casetas de baño, que sirven de vestuario y sala de maquillaje en las que los personajes entran y salen para disfrazarse de los múltiples roles que interpretan (cinco únicos actores para una pléyade de nada menos que 18 personajes) ¿Queremos más licencias? Pues bien, Sir Toby y Sir Andrew, vienen representados por un muñeco y su manipulador ventrílocuo; o Feste, el alegre y descarado bufón, es aquí un jubilado inglés tan adicto al té como a la calidez de nuestro clima, apegado a sus discos de vinilo con música setentera y empeñado en contarnos chistes malísimos del típico hipocondríaco que acude al médico ante la menor contrariedad.

En efecto Dan Gemmett ha optado por potenciar la veta lúdica, festiva, de la obra, manteniendo un perfecto equilibrio entre las escenas humorísticas y aquellas en las que aflora la genuina voz del sentimiento, sobre las que se ironiza, también, pero con alarde de sensibilidad y buen gusto. El resultado es un hilarante vodevil trufado de escenas de Music Hall que desencadena la permanente carcajada del respetable. Con algunos pasajes contados, y algunos monólogos dirigidos directamente al público para sintetizar algunas escenas, perviven, empero, multitud de oportunidades para el disfrute de las sutilezas del verbo de Shakespeare, de la belleza de sus versos y de su amplitud y hondura de juicio, todo ello visto siempre a través del prisma de la parodia, que es el tono que impregna toda la puesta en escena y el excepcional trabajo de los actores.

Gordon Craig.

Shake. Teatro de la Abadía.

martes, abril 04, 2017

viernes, marzo 31, 2017

TEATRO. Early adventures. "Five o´clock tea".

De Matthew Bourne.
    Coreografía y dirección: Matthew Bourne.
    Escenografía y vestuario: Lez Brotherston.
    Elenco: Joao Carolino, Reece Causton, Tom Clark, Daniel Collins, Paris Fitzpatrick, Sophia Hurdley, Mari Kamata, Jamie McDonald y Edwin Ray.
    Música: Elgar, Bach, Copin, Offenbach, Nöel Coward, Percy Grainger, Charles Trenet, Margueritte Monnot y Edith Piaf, entre otros.
    Diseño de luces: Lez Brotherson.
    Diseño de sonido: Paul Groothuis.
    Madrid. Teatros del Canal. 16 de marzo de 2017.



    
Matthew Bourne es uno de los más prolíficos y galardonados coreógrafos del Reino Unido. Dedicado a la danza durante más de 30 años ha creado y dirigido espectáculos de danza para las compañías Adventures in Motion Pictures (1987) y New Adventures, fundada en 2002. Entre sus creaciones para ópera, teatro y cine, cabría destacar su trabajo para musicales clásicos como Oliver, My Fair Lady o Mary Poppins así como su participación en Billy Eliot, la espléndida película de Stephen Daldry.

    Con Early Adventures, que puede verse estos días en los teatros del Canal, celebra Matthew Bourne el trigésimo aniversario de la compañía recuperando algunas de las obras más conocidas de su dilatada producción coreográfica. Se trata de un programa triple integrado por “Town and Country”, “The infernal Galop” y la pieza breve “Watch with Mother”. Todas tienen en común el estar ambientadas en la Inglaterra de los años 40 o 50 del siglo XX. Una toma de distancia suficiente para proyectar una mirada entre irónica y nostálgica hacia un tiempo pasado no tan lejano del nuestro como a veces estamos inclinados a pensar.
 
    Para quienes teníamos apenas una vaga referencia de su labor creadora, sobre todo a través de las películas realizadas a partir de alguno de los musicales mencionados arriba, este montaje nos proporcionan a los aficionados a la danza-teatro la oportunidad de entrar en contacto directo con su obra y disfrutar del trabajo de este brillante y aclamado coreógrafo, cuya excelencia radica -como ha dicho algún crítico-, en servirse de la estructura y modelos de la danza clásica para subvertirlas. En efecto, a poco que estemos familiarizados con el ballet clásico, reconoceremos tras estas divertidas parodias de Matthew Bourne, poses y patrones de movimiento de las más conocidas coreografías del repertorio Romántico.
 
    En “Watch with Mother” el autor nos traslada a las bulliciosas aulas y patios de recreo de una escuela primaria de mitad del siglo pasado. Lavados, repeinados y embutidos en los pantaloncitos cortos de sus impecables uniformes un grupo de niños y niñas saltan, corren, juegan al corro o hacen sus ejercicios gimnásticos mientras dilucidan sus pequeñas querellas. Divertidos pasos de baile y un ritmo endiablado dan cuenta de la frenética actividad infantil, cuyos buenos modales y cortesía dan paso, a veces, al trato cruel o a las rivalidades y pulsiones de la emergente pubertad.
 
    “Town and Country” y “The infernal Galop”, están asimismo tocadas por el humor, por esa pizca de añoranza de tiempos mejores y por la gracia y el ingenio inagotable de Matthew Bourne para jugar con el movimiento y la expresión de los actores. Todo ello a través de la evocadora música de Edward Elgar, Chopin, Noël Coward, Percy Grainger o Edith Piaf, entre otros. Ambas constituyen sendas parodias de algunos tópicos conspicuos de la sociedad inglesa y francesa de la época. La primera pieza se abre con los acordes de la Marcha nº 1 de “Pompa y Circunstancia” de Elgar a cuyo ritmo hacen su entrada triunfal el hall de un hotel de lujo un grupo de jóvenes miembros de una clase ociosa y adinerada vestidos con sus impecables trajes de tweed, bombines y pañuelos de seda dispuestos a correrse una francachela. La segunda de las obras termina con el elenco al completo bailando una versión lánguida y edulcorada del ruidoso Can Can de Offembach que haría las delicias de los habituales a las “soirées” de Le Moulin Rouge.
 
    Entre ambas hay lugar para cuadros de una excepcional calidad artística, verdaderos alardes de perfeccionismo formal con marcados contrastes de tonos y perspectivas, desde los deliciosos duetos del baño de una pareja de estos jóvenes dilentantes atendidos por sus respectivos ayudas de cámara, o el furtivo coqueteo de dos señoritos engominados mientras toman el té de las cinco antes de dar rienda suelta a su ardorosa pasión, hasta el descacharrante duelo de dos fornidos marineros por ver quién “mea más alto” en unos urinarios públicos del París más castizo, o la estremecedora recreación del Himno al amor de Edith Piaf en la atmósfera grisácea y fría de las orillas del Sena.
 
    Particularmente hilarantes resultan algunos cuadros de la segunda parte de “Town and Country”. En medio de una bellísima reproducción en tonos pastel que parece sacada de alguna de esos grabados antiguos de una aldea perdida la campiña inglesa, con sus suaves colinas verdes sus casitas techadas de paja y la iglesia parroquial de fondo, toscos aldeanos disfrutan haciendo piruetas con sus zuecos recién estrenados, imitan los movimientos repetitivos de las tareas cotidianas, o el revoloteo de bandadas de pájaros en el luminoso atardecer.
 
    Divertido, irónico, técnicamente impecable y de una extraordinaria factura plástica este espectáculo constituye una delicia para los sentidos, un verdadero canto a la belleza.
 
    Gordon Craig.


Early Adventures. Teatros del Canal. 
 

1000 razones para no dejar de leer. Moby Dick de Herman Melville.

"Pero cuando un hombre sospecha algo que no está bien, ocurre a veces que, si ya está metido en el asunto, se esfuerza sin sentido en esconder sus sospechas incluso ante si mismo".

Moby Dick de Herman Melville.

lunes, marzo 27, 2017

TEATRO. Ushuaia. "Hermosa historia de un amor imposible ".

Autor: Alberto Conejero.
Con: Daniel Jumillas, José Coronado, Ángela Villar y Rosa Delcán.
Escenografía: Alessio Meloni.
Música y espacio sonoro: Iñaki Rubio.
Dirección: Julián Fuentes Reta.
Madrid. Teatro Español. Hasta el 16 de abril de 2017.



Tiene escrito Alberto Conejero que “Cada obra es un laberinto donde espera un Minotauro que nos recuerda que, como todo misterio, la vida siempre tiene algo maravilloso y monstruoso a la vez”. Traigo a colación estas palabras porque definen quizá mejor que ninguna otra la esencia de la obra que nos ocupa: “Ushuaia”, que puede verse estos días en el teatro de la madrileña plaza de Santa Ana.

Este joven dramaturgo (Jaén, 1978) que ya consiguiera con “Húngaros”, en el 2000, el Premio Nacional de Teatro Universitario, saltó a primer plano de la actualidad el año 2015 al alzarse con el prestigioso premio Ceres al mejor autor teatral por “La piedra oscura”, obra cuyo montaje dirigido por Pablo Messiez fue un rotundo éxito de crítica y público.

Ushuaia responde al nombre de una remota comarca argentina situada en los confines del hemisferio austral, al otro lado del estrecho de Magallanes. En este inhóspito emplazamiento de clima extremo y apartado de la civilización es precisamente donde ha ido a buscar refugio Mateo, el protagonista, para intentar mantener vivo, en la soledad de los bosques frondosos, el recuerdo de un oscuro pasado cuyos fantasmas se niegan a abandonarle. Aquejado de una progresiva pérdida de visión se ve obligado a contratar a una joven asistenta, Nina, para que le ayude en las tareas domésticas. La llegada de esta intrusa, cuyas verdaderas intenciones están muy lejos de ser las que aparenta -su deseo expreso de buscar, a su vez, sosiego para su espíritu-, introduce un elemento desestabilizador en la vida de Mateo, constituye el desencadenante de la acción y precipita el desenlace de la misma con un Mateo decidido por fin a emprender el viaje hacia la noche y a liberarse de sus recuerdos poniendo fin al sentimiento de culpa que le corroe por dentro.

Antes de llegar a ese punto se habrá ido desvelando poco a poco el misterio, la trágica historia de amor y de muerte vivida por el protagonista y que habría de marcar definitivamente su existencia futura; una historia que como decíamos arriba, con palabras del propio autor, tiene algo de maravilloso y algo de monstruoso a la vez. Una historia de la que no puedo proporcionar más datos para no adelantar el desenlace, terrible y hermoso, y privar al espectador del placer de descubrirlo por sí mismo.

Se trata de un texto de gran hondura humana que pone al descubierto la delgada línea que separa a veces el lado más luminoso de la existencia del hombre: el amor, la amistad, la confianza o la entrega generosa a una causa, de los aspectos más oscuros de su comportamiento, como pueden ser el engaño, la traición, la violencia o la muerte. Una obra que combina escenas de un intenso dramatismo, que recrean la pasión desatada de unos seres, jóvenes, impulsivos, sometidos a la excepcional situación de una guerra, con otras donde el pasado ora se remansa en los meandros del recuerdo, ora se exacerba instigado por los remordimientos; y con otras, en fin, que ofrecen enormes posibilidades para el juego escénico, para la simulación, las medias verdades, o el ocultamiento de intenciones y propósitos que define la relación entre los personajes principales, Mateo y Nina.

Y no sé si Fuentes Reta, el director del montaje, saca todo el partido posible a ese texto exuberante, pródigo en contrastes pasado/presente y de un elevado vuelo poético.

Proporciona, en todo, caso ocasiones para el disfrute de buen teatro de la mano de un elenco entusiasta capitaneado por el veterano José Coronado en el papel principal. A quien encuentro más monocorde y menos contrastada es a Ángela Villar en el papel de Nina. No alcanzo a ver esa doblez de su personaje hasta que la llamada telefónica a su “confidente” lo hace evidente. Lo contrario ocurre con Mateo que desde el principio sospecha de las intenciones de Nina y la sigue el juego convirtiéndola en emisaria de la verdad, en propagadora del contenido de un secreto que de otro modo quedaría para siempre enterrado con él en la tumba. De cabellos luengos, voz acordada y profunda, José Coronado presta a Mateo los ademanes pausados y el continente grave de un venerable anciano, el desaliño y la desconfianza de un Robinsón y el carácter enigmático y compasivo de Próspero. Daniel Jumillas y Olivia Delcán dan vida respectivamente a Matthäus y a Rosa, él un rutilante capitán de la Wehrmacht y ella una heroica resistente judía de Tesalónica durante la ocupación alemana; dos jóvenes idealistas, apasionados arrastrados por la guerra a un torbellino de sentimientos encontrados porque ambos pertenecen a dos mundos irreconciliables.

Gordon Craig.

Teatro Español. Ushuaia.

martes, marzo 21, 2017

MÚSICA. Alejandro Escovedo regresa a Madrid.



Recordaba Alejandro Escovedo el otro día en la Sala El Sol el grato recuerdo que tenía del concierto que dio en Madrid allá por el año 2012. Y yo recuerdo que aquel fue el momento en el que yo y sus canciones nos cruzamos por primera vez. ¡Bienaventurado encuentro!

Dice Alejandro Escovedo en Abc sobre sus nuevas canciones: “que la vida es hermosa, que siempre hay algo misterioso, enigmático en ella, que hace que valga la pena vivirla. El disco habla sobre hacerse viejo y sobre seguir amando el rock'n'roll a pesar de todo, también sobre la nostalgia de los amigos que se fueron quedando por el camino […]. El amor por la música es lo más importante, sin ella no hay vida para mí”.

Habla Escovedo de vivir la vida, de los amigos, del amor por el rock and roll sin el que la existencia no tendría sentido. Y uno comprende mejor porque Alejandro Escovedo en cada concierto te pone la piel de gallina; porqué te eleva a otra dimensión, porqué despierta sentimientos que andan escondidos en tu día a día en tu monótona cotidianidad. Y todo ello aderezado de su virtuosismo a la guitarra, de la magia de su cavernosa voz, de la intensidad melódica de sus canciones que convierten sus recitales en una experiencia sensorial total.


Fotografía cortesía de Joe Herrero.
Aquí puedes ver más fotos de Joe Herrero.

martes, marzo 14, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Niebla. Ballesteros de Calatrava, Ciudad Real.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.


Ballesteros de Calatrava, Ciudad Real.

1000 razones para no dejar de leer. El Palacio de los Sueños. Ismail Kadaré.

"Recordó a su abuela, en una ocasión en que le había preguntado: Abuela ¿por qué cuchicheas en voz alta? Para que seamos dos, hijo, le había dicho ella, para no sentirme sola".

El Palacio de los Sueños. Ismail Kadaré.

jueves, marzo 09, 2017

TEATRO. Vientos de Levante. "… Este vals que se muere en mis brazos".


Autor: Carolina África.
Con: Trigo Gómez, Carolina África, Paola Ceballos, Jorge Mayor y Pilar Manso.
Escenografía: Almudena Mestre.
Espacio sonoro: Nacho Bilbao.
Dirección: Carolina África.
Madrid. Teatro Español. 25 y 26 de febrero de 2017.



Tras el éxito de crítica y público de Verano en diciembre (premio Calderón de la Barca 2012), en el marco de un ciclo organizado por el teatro Español para difundir el trabajo de los autores más jóvenes, llega a la cartelera madrileña Vientos de Levante, la nueva pieza de la actriz, poeta y dramaturga Carolina África (Madrid 1980) con la fuerza de un vendaval, como la del viento del este que, cuando sopla en la bahía de Cádiz, enerva y trastorna a los personajes de la obra.

Impulsora junto a Laura Cortón y Almudena Mestre de “La Belloch” teatro, una de las múltiples iniciativas con las que cada año, cada mes, casi, se renueva el panorama teatral madrileño dando muestras inequívocas de la pujanza y del buen momento en el que se encuentra este arte secular, Carolina África cultiva lo que podríamos denominar una poética de lo cotidiano. Sus personajes son seres del común que se debaten por salir a flote entre las rencillas familiares, las inseguridades e incertidumbres de cada día, los sueños, la soledad, el desamor o la angustia ante la enfermedad y la muerte.

En este caso los protagonistas son: Pepa, una psicóloga que comparte su jornada entre un hospital y una institución para enfermos mentales, su amiga Ainhoa, una escritora en ciernes que viaja a Cádiz, donde ejerce Pepa, para pasar unos días de vacaciones con ella al lado del mar en busca de inspiración, y Sebas, un enfermo en estado avanzado de ELA (esclerosis lateral amiotrófica) que trata de aferrarse a los pocos asideros que le quedan para combatir su angustia y desesperación mientras se van manifestando progresivamente los efectos devastadores de su dolencia. La casualidad hará que las dos personas con las que Ainhoa comparte asiento en el tren que la lleva hacia el sur irrumpan en su vida y den un vuelco a sus expectativas de futuro.

Con un lenguaje sencillo, directo, desenfadado, plagado de frases ingeniosas y giros propios del registro coloquial, la autora arma una trama sólida e impele la acción -aun con altibajos- hasta un desenlace de alta intensidad poética. Por el camino quedan escenas chuscas, entrañables, pintorescas, divertidas, y hasta descacharrantes, como la merienda en playa de toda la tropa, para dar cumplimiento a uno de los cinco últimos deseos que quiere satisfacer Sebas antes de su anunciada partida: presenciar una puesta de sol rodeado de sus amigos bebiéndose unos vasos de un buen vino de la tierra.

Los actores, en general, sirven con oficio, entusiasmo y donaire a las ganas de vivir y de soñar de los personajes y a una actitud -de filiación casi estoica, senequista- de aceptación de la realidad que impregna su comportamiento y que constituye uno de los ingredientes fundamentales de la obra. Maxi y Antonio, nos recuerdan en su desamparo a alguno de los personajes marginales de las Noches de amor efímero de Paloma Pedrero, pero también la locuaz y voluntariosa Ascen (Pilar Manso) un ama de casa frustrada ante un horizonte vital acotado por sus responsabilidades familiares y Juan (Jorge Mayor), varado en una existencia opaca, coartado por su timidez, por su torpeza y por su falta de valor para sincerarse con la ingenua y soñadora Ainhoa (Carolina África).

Junto al humor, al que ya he hecho referencia arriba, la obra esconde algunas escenas de de gran fuerza dramática que, si bien no se perciben con la intensidad que sentía el amor don Perlimplín (“como un hondo corte de lanceta en mi garganta”), constituyen al menos una punzada de emoción genuina. Y es que uno no puede dejar de verse afectado por los inevitables brotes de rebeldía de Sebas ante la adversidad o por sus continuos y urgentes mensajes cifrados de socorro; ni puede eludir vibrar en lo más íntimo cuando Pepa accede a cumplir el último de sus deseos, bailando abrazada a él unos compases del “Pequeño val vienes” lorquiano, que, en la voz rota de Silvia Pérez Cruz, resuenan en la playa desierta a la luz de la luna. La otrora desenvuelta y dicharachera Pepa (Paola Ceballos) ahora turbada por la compasión, el llanto y los vapores del vino y el ya balbuciente y en extremo deteriorado Sebas (Trigo Gómez) firman aquí una escena de las que hacen historia.

Gordon Craig.

Vientos de Levante. Teatro Español.
 

viernes, marzo 03, 2017

viernes, febrero 24, 2017

TEATRO. El cartógrafo. "El mapa de un mundo en peligro".

Autor: Juan Mayorga.
Con: Blanca Portillo y José Luis García-Pérez.
Ayudante de dirección: Carlos Martínez-Abarca.
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo
Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar.
Música original y espacio sonoro :Mariano García.
Dirección: Juan Mayorga.
Madrid. Naves del Español. Sala de Fernando Arrabal. Hasta el 26 de febrero de 2017.



Uno sale de ver este espectáculo de Juan Mayorga embargado por la emoción y el asombro. Sobrecogido por ese crudo retrato (mapa) del horror, anonadado por el derroche de talento y de energía que despliegan los actores en la construcción de sus múltiples personajes, fascinado por la pulcritud, la precisión expresiva y la resistencia de su lenguaje frente al tópico y desasosegado por el tono profético de alguna de sus escenas; y es que tras presenciar esta representación uno no puede sacudirse la sensación de que lo que la obra cartografía es el mapa de un mundo en peligro.

Decía Mayorga hace unos años en Primer Acto, en una entrevista de José Ramón Fernández, que el mejor teatro histórico es el que consigue hacer una experiencia del pasado. Pues bien, El cartógrafo responde a este imperativo teórico y nos permite, como a Dante, hacer una visita al Infierno, guiados esta vez por Blanca -coprotagonista de la obra-, y hacer nuestra la experiencia del horror y de la barbarie que ella va adquiriendo de primera mano mientras completa su periplo por la Varsovia actual persiguiendo un fantasma y tratando, sin éxito, de sobreponerse a una pérdida irreparable.

En efecto, Blanca, sensibilizada por el trauma de la pérdida de una hija adolescente, va a dar pábulo a la leyenda del cartógrafo del gueto de Varsovia, según la cual, un anciano cartógrafo judío, incapacitado para desplazarse, solicita la ayuda de su nieta de corta edad para que le facilite los datos con los que elaborar el mapa de la ignominia, un mapa dibujado desde la perspectiva de los perseguidos. Desde que el vigilante de una exposición de fotografías antiguas de Varsovia, a la que ella accede por casualidad, le cuenta la historia, Blanca se obsesiona con ella y queda como atrapada en un bucle. Mientras su marido, diplomático, atiende a su trabajo en la embajada española, emprende por su cuenta una indagación que la lleva por museos, anticuarios, etc, recabando información sobre el suceso y consecuentemente, empapándose del horror vivido por los moradores del gueto hasta su exterminio durante la ocupación alemana.

La obra se articula, por así decir, en dos planos narrativos: las escenas en presente, que dan cuenta de la absorbente actividad indagatoria de Blanca, interpoladas o superpuestas a escenas del pasado de la vida en el gueto, de la niña dando cuenta al abuelo de sus hallazgos, primero, y después, de esta niña ya adulta bajo el nuevo régimen comunista impuesto en Polonia tras la liberación. Dos planos, pasado y presente confrontados, interpenetrándose; confluyendo progresivamente de forma asintótica, hasta que -¡prodigio de la trama!- se funden en uno solo.

Como ya hiciera la longeva e intrépida Harriet (la tortuga de Darwin), El cartógrafo nos proporciona una profunda y meditada lección de Historia. Y ello, no en abstracto, por supuesto, sino anclada en datos fehacientes y en episodios lacerantes del pasado reciente europeo imbricados con elementos de la más estricta y dolorosa cotidianidad de sus protagonistas. Una lección de Historia, digo, sobre quién la escribe, por qué y cómo lo hace; al servicio de qué intereses ideológicos, de qué urgencias vitales o de qué circunstancias sociales y políticas, de dominación, de supervivencia, de ocultación. De hecho, la colección de mapas antiguos que atesora el cartógrafo no son sino una recurrente y fecunda metáfora de todas las formas imaginables de preservar o reconstruir a capricho el pasado; de manipularlo, de adulterarlo -de anularlo, incluso -para ajustarlo al discurso hegemónico imperante.

Respecto al montaje, cuya dirección corre a cargo del propio autor, parece seguir a rajatabla el lema del cartógrafo: “Definitio est negatio”, es decir, convertir el escenario en un “mapa” depurado de elementos accesorios o redundantes que distraigan la atención del espectador y la desvíen de lo esencial. Esta poética del despojamiento que ya puso en práctica Mayorga en su montaje de La lengua en pedazos es llevada aquí al extremo reduciendo el elenco a dos únicos actores y limitando la escenografía a unas marcas en el suelo, a un taburete y a un par de mesas y sillas de estilo funcional. Leves efectos sonoros y subrayados musicales y una iluminación sectorializada para crear los múltiples espacios donde se desarrolla la acción completan esos magros elementos escenográficos para que nada se interponga entre la palabra de los personajes -y sus silencios- y la imaginación del espectador.

Claro que sólo es posible que tal empeño resulte exitoso si se cuenta con un texto tan complejo, sugerente y tan sólidamente articulado y con unos actores tan motivados y de tan excepcional y aquilatada ejecutoria como Blanca Portillo y José Luis García-Pérez para adaptarse a sus exigencias. Un texto que combina la plasticidad de las descripciones y el rigor documental del registro de nombres, números o localizaciones con la viveza y espontaneidad de los diálogos, con el arte de la alusión, las evasivas los sobrentendidos o las presuposiciones; y unos actores sometidos a un auténtico “tour de force” en la tarea de multiplicarse y ajustarse a roles distintos y cambiantes con tonos y registros diferentes según exige el desarrollo de la acción.

Ambos actores destacan por su versatilidad y, si somos justos, no habría que hacer distingos entre toda esa pléyade de personajes a los que uno y otra se entregan sin reservas y poniendo el listón muy alto ya desde la primerísima escena, en la que hallamos a Raúl angustiado por la tardanza de Blanca en volver a la embajada cuando ésta aparece con un plano en la mano, con la mente en otra parte, como atraída por un extraño misterio que recabara toda su atención. El matrimonio protagoniza asimismo el intenso cuadro 22 con Blanca, presa de remordimientos y desesperación, relatando lo sucedido la mañana de la desaparición de Alba. Pero indudablemente, la pareja que concita las mayores simpatías es la del abuelo y la niña y las escenas que protagonizan, con ese crescendo de la tensión dramática a medida que el deambular de la pequeña por el gueto se hace más y más peligroso hasta que ambos se sienten acorralados y amenazados por las cada vez más frecuentes redadas. El anciano (José Luis García-Pérez) envejece literalmente en escena apesadumbrado por lo que intuye, sometido al hambre, al frío, a la falta de medicinas y al temor creciente de que detengan a su nieta, mientras que en el exterior se extiende la desolación y la muerte. La niña (una portentosa Blanca Portillo) se entusiasma con los mapas, la ilusiona la perspectiva de ser útil, se emociona con los recuerdos infantiles, bromea y baila con el abuelo, le tranquiliza, disimula sus tropiezos, acalla sus temores; se rebela, sueña; tiembla y contiene la respiración arrebujada junto él para evitar ser descubiertos por la policía, y vibra y conmueve hasta las lágrimas, cuando saliendo del papel -porque, por respeto a las víctimas, el horror que va a describir no puede ser representado-, de pie, frente el auditorio desgrana con todo lujo de detalles las atrocidades cometidas con aquellos seres indefensos durante los días más críticos de intensificación de las redadas.

Gordon Craig.


El cartógrafo. Naves del Español.

domingo, febrero 19, 2017

FOTOGRAFÍA. Pequeñas fotografías. Faro. Suances, Cantabria.

Pequeñas fotografías. Canon G7X.



Faro. Suances, Cantabria.

1000 razones para no dejar de leer. Javier Gomá y la mortalidad.


"Pero, ¿podemos ser héroes? 

Javier Gomá: Al revés. No pretendo decir que Aquiles es como la mujer o el hombre que está en un atasco al caer la tarde después de una jornada rutinaria. Lo que digo es que esa mujer o ese hombre pueden ser como Aquiles en el sentido de que comparten la empresa de vivir y envejecer, juegan al juego de vivir y tienen en vilo la conciencia de su mortalidad. Participan de una heroicidad y merecen una gloria semejante a la del protagonista de la Iliada. No existe nada más grandioso en lo humano que la aventura de vivir y envejecer y la conciencia de tu propia mortalidad. La mortalidad es igualadora. La totalidad del mundo está en juego en cada uno de los que vivimos en el mundo".

Lee aquí la entrevista completa.

viernes, febrero 17, 2017

TEATRO. La Celestina. "Vívido mosaico naturalista de una España en la encrucijada".

Autor: Fernado de Rojas. Adecuación para la escena: José Luis Gómez y Brenda Escobedo.
Con: Chete Lera, Palmira Ferrer, Raúl Prieto, Marta Belmonte, José Luis Torrijo, José Luis Gómez, Inma Nieto, Miguel Cubero, Diana Bernedo y Nerea Moreno.
Espacio escénico: José Luis Gómez y Alejandro Andujar.
Dirección: José Luis Gómez.
Madrid. Teatro de La Abadía. Hasta el 26 de febrero de 2017.



Frecuentemente, cuando en el programa de mano que te facilita el teatro, leo junto al título de la obra palabras tales como “dramaturgia”, “adaptación”, “versión” u otras similares me echo a temblar, porque al amparo de tan respetuosas etiquetas se suele cometer con los textos originales tropelías inimaginables. No es este el caso afortunadamente y este es uno de los mayores méritos del montaje de esta obra, cumbre de nuestras letras, que puede verse estos días en el teatro de la Abadía.

El texto original, no escrito específicamente para la escena, según algunos críticos, es largo y denso y los diálogos están trufados de citas, refranes y enjundiosas reflexiones morales que corren parejas con un proceso muy matizado de evolución psicológica de los personajes, todo ello formando un continuum coherente de actitudes, motivaciones y reacciones cuyo equilibrio no puede alterarse sin que el conjunto se resienta. Pues bien, como decía arriba, y con las inevitables carencias que tal labor de poda lleva aparejadas, y que a buen seguro percibirá el espectador que haya leído la obra, la “adecuación” del texto de Fernando de Rojas que han hecho para la ocasión José Luis Gómez y Brenda Escobedo mantiene los elementos esenciales de la trama, respeta la literalidad de los parlamentos de los personajes en los momentos de mayor interés y dramatismo -verbigracia, los encuentros de Celestina con Melibea, la “despedida” de ésta última o el llanto de Pleberio-, y garantiza un desarrollo fluido de la acción en la que no se echan a ver huecos ni tropiezos, excepción hecha, quizá, de la interpolación de la escena del ajuste de cuentas de Sempronio y Pármeno a Celestina inmediatamente antes del llanto de Melibea, desconectándolo de la muerte accidental de Calisto en su atropellada huída por la escala, que es lo que desencadena la desesperación de la joven.

La ambientación es de una sobriedad extrema; sirviéndose del propio ábside y cúpula abaciales para las escenas de la sinagoga y el templo cristiano, la escenografía se reduce a una plataforma desnuda sobre la que se insinúa con proyecciones el recinto del jardín de Melibea y el tabuco de Celestina, al que se accede mediante sendas entradas con trampilla practicadas en el entarimado. Esa escasez de atrezo y de elementos escenográficos obliga a un riguroso estudio del movimiento escénico y a un esforzado trabajo de los actores sobre cuya capacidad de expresión verbal y corporal recae toda la responsabilidad en la trasmisión del rico mundo interior de los personajes. Tan sólo una licencia se concede el director, abrir y cerrar el espectáculo con sendas escenas alusivas al enrarecido clima de intolerancia religiosa de la época que se materializó en una implacable persecución de conversos encausados por prácticas judaizantes. La escena del “descendimiento” de los despojos del reo expuesto para escarmiento público y la escena final de la muerte por ahorcamiento de los encausados son verdaderamente estremecedoras y enmarcan a la obra en esa atmósfera de amenaza y represión.

El espectáculo en general rezuma vitalismo y sensualidad; aún con un vestuario no estrictamente de época, (o con algún anacronismo como el pago a Celestina con billetes de “curso legal”) la ambientación y los personajes, fruto de un escrupuloso trabajo actoral, remiten a un inequívoco pasado en el que el incipiente renacentismo está alumbrando una nueva escala de valores materializados en la rebeldía contra ciertos convencionalismos sociales, en el sentido de la caducidad de la vida con su consiguiente búsqueda del placer y del goce del cuerpo o en la nueva moral utilitaria, donde el interés, el dinero y el afán de lucro triunfan sobre el amor, el ascetismo, la religiosidad o la creencia en una vida ultra terrena propias de una cosmovisión medieval en trance de desaparecer.

Como digo, el trabajo de los actores es en general de un altísimo nivel. Raúl Prieto, es un Calisto, egoísta, cínico y absorbido por su pasión libidinosa; no sé si he llegado a entender bien sus repentinos e inopinados cambios de humor; huraño y cariacontecido parece un niño mal criado al que se le niega una fruslería y de pronto pasa un estado de máxima exaltación o cae preso de un frenesí fetichista, como cuando dialoga con el cordón de la joven. Advierto una impostación forzada que rompe con la naturalidad general con que sus compañeros interpretan sus papeles. Indudablemente lo he visto en tardes mejores. También me pareció un tanto desdibujado el Pleberio de Chete Lera; bien es verdad que entra en frío cuando la tragedia ha llegado a su momento culminante y le cuesta encontrar el punto de ebullición. Progresa al transitar del asombro e incredulidad iniciales a la expresión de dolor profundo por la pérdida y, se crece, en las etapas finales de su duelo, en la rabia y en la desesperación. Está a tono en sus breves intervenciones Palmira Ferrer en una cándida y confiada Alisa. Y lo mismo cabe decir de los criados de Calisto y de las protegidas de la alcahueta: la descarada y vivaracha Elicia (Inma Nieto) y la un tanto tímida y cohibida Areúsa (Nerea Moreno), cuyos remilgos destruye Celestina en una escena memorable y que luego goza del placer con particular fruición en los brazos de Pármeno. Ambas representan, para decirlo con un verso de Rubén Darío: “la carne que tienta con sus frescos racimos”, bocado exquisito para el truhán codicioso y sin escrúpulos que es Sempronio (José Luis Torrijos) y para el incauto e inexperimentado Pármeno, cuyo aprendizaje de la vida expresa magníficamente Miguel Cubero.

Muy en sazón está Marta Belmonte en el papel de la dulce Melibea. Su belleza hierática, su figura grácil y sus modales delicados contrastan con un carácter fuerte y una activa resolución que la permite ser prácticamente dueña en todo momento de la situación. Muestra ese especial sentido femenino para las realidades inmediatas; sabe escuchar, mostrase esquiva, imperiosa o disimular para ocultar sus verdaderos sentimientos, cuya exteriorización modula con singular pericia apoyada en un verbo fluido pletórico de inflexiones tonales. Confiere un marchamo de autenticidad a un personaje que ha concitado a lo largo de la historia un alud de referencias librescas. José Luis Gómez, por último, constituye la verdadera sorpresa del montaje encarnando con particular maestría a la vieja alcahueta. Compone una anciana menuda, de mirada penetrante, andares torpes y aspecto frágil pero incansable en sus idas y venidas para conseguir sus propósitos. Osada, codiciosa, taimada, camaleónica, posee un agudo sentido de la realidad para adaptar su discurso a cada situación y circunstancia. Es digno de verse como se desenvuelve con Melibea para mediante embustes y subterfugios granjearse su confianza y espolear su concupiscencia, o como manipula a Pármeno para vencer sus escrúpulos, aunque también sabe tenérsela tiesas cuando la ocasión lo requiere. Es dueña y señora de la escena con su punto de socarronería, con su palabra justa, con su desenvoltura y con ese gracejo que confieren a su interminable perorar el acento levemente andaluz y la expresividad de sus manos con las que pareciera estar tejiendo la tela de araña en la que aprisionar a sus víctimas.

Gordon Craig.

La Celestina. Teatro de la Abadía.