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viernes, enero 17, 2014

TEATRO. El cojo de Inishmaan: "El hada de la muerte en la isla baldía".


De Martin McDonagh.
Versión de José Luis Collado.
Con: Marisa Paredes, Terele Pávez, Enric Benavent, Ferrán Vilajosana, Adam Jezierski, Irene Escolar, Marcial Álvarez, Ricardo Joven y Teresa Lozano.
Escenografía y vestuario: Manuel Andújar.
Dirección: Gerardo Vera.
Madrid. Teatro Español.



Aunque no tan truculenta y macabra como El hombre almohada (que dirigió hace años Denis Rafter en el Círculo de Bellas Artes) esta desasosegante pieza que dirige Gerardo Vera en el Teatro Español, tiene todos los ingredientes de la comedia negra y casi la misma inquietante atmósfera de thriller psicológico de aquella. Y es que MartinMcdonagh, experto, al parecer, en hacer sufrir a sus personajes, no tiene ningún empacho en bucear por las más oscuras profundidades del corazón humano, donde junto a los impulsos de la generosidad o de la compasión anidan, como huevos de serpiente, la indiferencia y la crueldad, y ese deseo malsano de hacernos daño al que tantas veces no nos podemos resistir.

La historia ambientada 1934 en la pequeña isla de Inishmaan explora un variado muestrario de los tópicos del carácter y de la forma de vida irlandeses, aunque mucho nos tememos, quienes conocemos el paño por haber crecido en el enrarecido ambiente de una aldea rural, que gran parte del odio, envidias, rencores o simple animadversión que se profesan los personajes forma parte de una forma de relacionarse y de un comportamiento egoísta y atrabiliario común en muchas latitudes, y que desgraciadamente nos resulta demasiado familiar como para que podamos tomárnoslo a broma. Y sin embargo, gracias a la habilidad del autor para activar esa propensión un tanto perversa que todos tenemos a hacer mofa de las debilidades o de las taras ajenas, nos sorprendemos riéndonos del desdén y de la crueldad con la que Bartley o Helen tratan al pobre tullido Billy o a sus viejas tías adoptivas, o del desprecio que se muestran Jonhypateenmike y su madre, o de las cordiales pullas y malévolas insinuaciones que se intercambian Kate y Eileen.

Dramáticamente la obra funciona como un artefacto muy bien construido con constantes inversiones y giros inesperados de la trama que agilizan el desarrollo de una acción por lo demás lenta y morosa, vehiculada por unos diálogos reiterativos construidos  a base de réplicas que vuelven una y otra vez sobre sí mismas como si los personajes fueran incapaces de romper el circulo vicioso en el que parecen encerradas su vidas. No podemos sustraernos, empero, a la impresión de que el autor no juega del todo limpio con nosotros, de que manipula un tanto nuestros sentimientos y emociones para dirigir nuestra benevolencia hacia los personajes que despiertan, obviamente, nuestras simpatías, Billy y sus tías, y nuestro “rechazo” por el cargante y caprichoso Bartley y por el alcahuete Jonhypateenmike que termina por resultarnos odioso.

Estamos ante el trabajo irreprochable de un elenco y de un equipo artístico de primerísimas figuras bajo la diestra batuta de Gerardo Vera, que acierta de pleno con el ritmo pausado y el tono agridulce de la obra. El espacio escénico de Manuel Andújar responde al ambiente de penuria y primitivismo que se respira en la isla baldía y a la atmósfera opresiva que ha moldeado el carácter de sus moradores. Ya hemos mencionado al amanerado, chismoso impenitente Jonhypateenmike, estupenda creación de Enric Benavent, su rivalidad con su nonagenaria y dipsómana madre (Teresa Lozano) explota en momentos de una comicidad desbordante. Marisa Paredes y Terele Pávez (Kate y Eileen) comparten con el joven Ferran Vilajosana el protagonismo absoluto de la obra. La primera es una dulce y encantadora anciana de voz trémula y ademanes pausados, su fragilidad y buenos modales contrastan con el aplomo la energía y la retranca Eileen; ambas forman un tándem perfecto, su afabilidad no es incompatible con momentáneos arrebatos de mal genio en los que se zahieren con especial inquina, aunque nunca llegue la sangre al río. Particularmente inspirado está Ferrán Vilajosana en el papel del contrahecho y bondadoso Billy el cojo; en la expresión de su rostro y en la composición física de su personaje exhibe con turbadora crudeza la profunda frustración de un alma bondadosa y de un espíritu inquieto enfrentado con las severas limitaciones de su cojera y su parálisis, barreras infranqueables en el camino de la consecución de sus sueños. Con su entereza y resignación alternan estados de abatimiento y de desesperación extrema que le llevan al borde del suicidio, del que sólo le salva su amor por la vivaracha e insolente Helen (magnífica Irene Escolar) una jovenzuela emula de la fierecilla domada de Shakespeare que no pierde ocasión de zaherirle y de humillarle.

Gordon Craig.

El Cojo de Inishmaan en el Teatro Español.

viernes, junio 01, 2012

TEATRO. El inspector. "El viejo tinglado de la farsa, de nuevo".


De Nikolái Gógol.
Con: Fernando Albizu, Jorge Calvo, Manolo Caro, Gonzalo de Castro, Pilar Castro, Javier Lara, Juan Antonio Lumbreras, José Luis Martínez, Ángel Ruiz, Macarena Sanz, Manuel Solo Y José Luis Torrijo.
Músicos: Raúl Márquez (violín), Chiaki Mawatari (Tuba) y Patxi Pascual (Flauta y saxo).
Escenografía: Eduardo Moreno.
Versión y dirección: Miguel del Arco.
Madrid. Teatro Valle-Inclán.



         Inspirada, al parecer, en una anécdota de Pushkin, quien contó a Gógol que una noche en una posada de Nizhni Nóvgorod le confundieron con alto dignatario de la capital, la compleja trama de El Inspector (compleja y simple a la vez, pues sólo la simpleza humana justifica tales dislates) se sustenta sobre un fatal malentendido. Convocados a cónclave por el regidor los próceres de una pequeña ciudad de provincias, son informados de que se espera la visita inminente de un alto funcionario del gobierno con el objeto de inspeccionar la ciudad. De inmediato se disparan todas las alarmas y surgen las más disparatadas conjeturas sobre los motivos de la visita y sobre la identidad del inoportuno huésped. Espoleados por su mala conciencia y por su estulticia, vienen a dar en la absurda idea de identificar al pobre diablo Iván Alekxandrovich Jlestakov, un joven procedente de San Petersburgo y a la sazón alojado en la posada del pueblo, con el temido inspector del gobierno. Para Jlestakov como para su sanchopancesco criado Ósip, este error es una bendición del cielo, pues inmediata e inexplicablemente comienzan a ser tratados como reyes de una nueva Ínsula Barataria siberiana; para el alcalde -gobernador en el texto original-, Antón Antónovich Skvoznik-Dmujanovski y para el resto de las fuerzas vivas de la ciudad la equivocación se convierte en una pesadilla, aunque no se amilanan y tratan de servirse de sus malas artes y corruptelas -las mismas que les han llevado a esa situación desesperada- para congraciarse con Jlestakov y ganarse su benevolencia. En fin, ya lo dice el refrán, el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y causa verdadero asombro ver cuan esclavos podemos llegar a ser de nuestras propias preconcepciones; qué ciegos frente a la realidad más evidente, obnubilados por la vanidad y por las gruesas anteojeras del prejuicio.

         Como puede colegirse a partir de lo dicho hasta ahora, la carcajada está servida; una comicidad desbordante, incontrolable, brota por todos los poros de la pieza en forma de situaciones a cual más pintorescas y absurdas desencadenadas a partir de ese equívoco inicial y condimentadas con todos los ingredientes de la farsa grotesca. De ahí que resulte innecesario, a mi juicio, la plétora de referencias extemporáneas relativas al aquí y ahora del espectador, como esa escena inicial de la inauguración a bombo y platillo de una nueva y flamante estación de ferrocarril -a la que, por cierto, no ha llegado todavía la vía férrea-, o ese epílogo o fin de fiesta de corte brechtiano, una suerte de apología de la patria chica o de rock del “bien común” interpretado a coro por todo el elenco; por no hablar del complejo de folclorismo que aqueja al alcalde y a su familia y que los lleva a vestir a su hija de fallera o a invitar al recibimiento de Jlestakov al mismísimo Joselito reencarnado en Chiquilicuatre o en un finalista de la Operación Triunfo. El hecho es que estas y otras incontables e inocentes licencias encandilaron al público que parecía dispuesto desde el principio a pasárselo bien, pero creo que diluyen o degradan en cierta medida la intencionalidad satírica de una obra en la que Gógol se mofa despiadadamente del papanatismo de una casta dirigente ignara y corrupta.

         Con todo, el espectáculo creo que hace justicia a la inventiva, al humor de trazo grueso y al descarnado realismo del texto de Gógol mediante un trabajo de actuación sustentado en las poses estereotipadas y los ademanes bufonescos propios de la commedia dell’arte, con múltiples escenas meticulosamente coreografiadas o directamente convertidas en números de comedia musical, como el inicio del segundo acto en el que Ósip entona la palinodia del hambre a ritmo de blues. En general el trabajo de los actores es notable. Pilar Castro y Macarena Sanz son respectivamente Anna Andréievna y María Antónovna (mujer e hija del alcalde) dos personajes a los que Miguel del Arco ha dotado de un poco más de desparpajo y atrevimiento y que bordean a veces el histrionismo. Juan Antonio Lumbreras nos da un Iván A. Jlestakov cándido y simple, un tarambana un tanto engreído pero sin malicia, suficientemente listo para darse cuenta de la situación y aprovecharla. Respecto a Gonzalo de Castro está realmente espléndido en un papel que parece hecho a su medida; un papel en el que puede explotar a sus anchas todos los recursos para la parodia, que son muchos. Trajeado, impoluto, con el pelo hacia atrás engominado, con su bigotito, sus ínfulas y su aire autosuficiente es la viva imagen del cacique, endiosado y encumbrado por una cohorte de aduladores a lo más alto de la política en la era de los pelotazos urbanísticos.

Bueno, parece que Gerardo Vera se va a despedir del Centro Dramático Nacional con un baño de multitudes. No es mala salida para estos tiempos de crisis, aunque dudo que el Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas, el organismo que albergó hace años la antigua sala Olimpia (el teatro ubicado en este mismo solar donde ahora se erige el Teatro Valle-Inclán) hubiera programado un espectáculo como este.

Gordon Craig.
                                    

domingo, marzo 20, 2011

TEATRO. Woyzeck. "Por la humillación a la locura".


De: Georg Büchner. Versión de Juan Mayorga.
Con: Javier Gutiérrez, Lucía Quintana, Jesús Noguero, Helio Pedregal, Markos Marín, Helena Castañeda, Marina Seresesky, Trinidad Iglesias, Ana María Ventura y otros.
Escenografía: M. Glaenzel y E. Cristià. Iluminación: J. Gómez-Cornejo. Movimiento escénico y coreografía: Chevi Muraday.
Dirección: Gerardo Vera.
Madrid. Teatro María Guerrero.


Partiendo de una noticia aparecida en los periódicos de la época que daba cuenta de un crimen pasional, Büchner (1813-1837) construye una trama de excelente factura dramática que sobrepasa ampliamente la anécdota de origen para inscribirse en una profunda e inquietante reflexión acerca del proceso mediante el cual el hombre natural, incapaz de sustraerse a un destino marcado por su origen y por el entorno material en el que vive, viene a ser corrompido, destruido, más bien, por la sociedad.

En este caso la víctima es Woyzeck, un modesto miembro de la clase de tropa, un pobre diablo, a medio camino entre el esperpético Friolera valleinclanesco y el Pascualillo Duarte de Cela, cuyo único error es haber mantenido relaciones sexuales extramatrimoniales con una hermosa mujer, María, que le atrae poderosamente. En el fuero interno de este cándido personaje no hay nada reprobable en esa relación, fruto de la cual ambos han tenido un hijo. En cambio, la comunidad sanciona este comportamiento como ilícito e inmoral, y a partir de ahí se desata toda una suerte de sucesos que van a conducir a la desgracia del protagonista. El comportamiento ocasionalmente anormal de Woyzeck, su torpeza, sus “visiones”, o los celos -aún siendo ese último sentimiento el desencadenante de la tragedia- no son sino elementos añadidos a un proceso más general de aislamiento y de reprobación de un individuo que ha transgredido las normas sociales y que tiene que ser castigado.

Brechtiana avant la lettre, e inconclusa (el autor murió con apenas 23 años dejando únicamente un borrador), la obra se articula mediante la superposición de breves cuadros que presentan los hechos esquemáticamente. Pero en ese material en bruto, si puede decirse así, hay base suficiente para revelar una tragedia en toda regla con una carga de crueldad, violencia y primitivismo que emparenta a Woyzeck con los héroes clásicos. Y así lo han sabido ver tanto el autor de la versión como el director del montaje. Mayorga ha llevado a cabo un paciente trabajo de reelaboración textual que clarifica algunas inconcreciones y ambigüedades del texto original, vertiéndolo en un lenguaje sobrio y directo cuyas variaciones de estilo acentúan el contraste entre el pueblo llano y la clase dirigente. El lenguaje de la chusma es esencial, concreto, casi cortante y despojado de retórica; por el contrario a través de la pomposa y grandilocuente verborrea del Doctor y del Capitán, y -curiosa semejanza-, de la Charlatana, se ridiculiza de manera inmisericorde a los miembros de esa supuesta clase superior.

La puesta en escena de Gerardo Vera incide en ese realismo brechtiano al que aludíamos arriba mezclando elementos farsescos con otros más afines a una poética de corte expresionista para dar cuenta de la virulencia y desmesura con la que se expresan los sentimientos y emociones de los personajes, desde los celos del titubeante y torturado Woyzeck hasta el ímpetu arrollador del deseo libidinoso de María, pasando por el arrogante paternalismo del Capitán, por la petulancia del Doctor o por la violencia de la soldadesca expresada por medio de la intimidación y la fuerza bruta; y también esa pulsión de muerte que se hace patente desde que vemos a Woyzeck blandiendo la navaja barbera para afeitar al capitán de la compañía de tambores del regimiento.

Desde los compases iniciales, con esa explosión de música, colorido y alegría que se despliega con la llegada de los titiriteros, el espectáculo te arrastra con una fuerza avasalladora y no sólo en las escenas corales, para las que Gerardo Vera parece estar particularmente dotado. Ese arranque de la obra con la escena de la barraca de feria y la presentación de este bruto con inteligencia humana del que habla la Charlatana, marca, asimismo, la pauta de irrealidad, de juego brutal, de rito simbólico en que se inscriben los sucesos que vienen a continuación. Dentro de este juego de símbolos, el oscuro pantano que representa de forma estilizada la escenografía de Max Glaenzel y Estel Cristià es una feliz metáfora de esa ciénaga pozoñosa que constituye el hábitat natural de Woyzeck y de los restantes moradores de la comarca.

Por lo que respecta a ciertos aspectos del movimiento escénico, y dicho sea de paso, la labor de Chevi Muraday, autor de las coreografías, ha debido de constituir una ayuda impagable. Y, desde luego, no puede dejarse de mencionar el espléndido trabajo de los actores, sin excepciones, empezando por la vitalidad desbordante y la carnalidad de María (Lucía Quintana) y terminado por el ingente e inspirado trabajo de Javier Gutiérrez que consigue trasmitir toda la simpleza de ánimo y el carácter bonachón y confiado de Woyzeck, y su torpeza, pero también el tormento de los celos, el regusto amargo de la incomprensión y los oscuros recovecos de un alma torturada y enfermiza.

Gordon Craig.

Woyzeck, Teatro María Guerrero.

domingo, abril 12, 2009

TEATRO. Platonov. "Crónica de la degradación".

De Antón Chéjov. Versión de Juan Mayorga.
Con: Pere Arquillué, Jesús Berenguer, Pep Cortés, Gonzalo Cunill, Jordi Dauder, Raúl Fernández, Elisabet Gelabert, Mónica López, David Luque, Carmen Machi, María Pastor, Roberto San Martín y otros.
Dirección: Gerardo Vera.
C.D.N. Teatro María Guerrero. Madrid.



Platonov refleja un mundo en descomposición. Es la Rusia zarista de finales del siglo XIX, que en los ambientes provincianos -que Chéjov tan bien conocía y que no se cansa de retratar en sus relatos breves y en su teatro-, está dominada por aristócratas corrompidos, plagada de burócratas de medio pelo integrantes de una clase media perezosa, disipada, carente de los valores que hacen fuerte a la sociedad y presa del tedio, de la abulia y de la inacción.

Obra primeriza de Chéjov, contiene, en embrión, los grandes temas de sus obras mayores, sólo que aquí el planteamiento es bastante caótico y todavía no ha establecido esa mirada irónica y hasta compasiva, si se quiere, sobre las debilidades de sus personajes, por lo que los conflictos están planteados de manera más abrupta, más vehemente, más apasionada, adquiriendo su protagonista Mijail Platonov un airado tono acusatorio, que no volveremos a encontrar en ninguna de sus obras posteriores, y que le permite reprender agriamente a sus amigos y ponerlos en evidencia ante los demás sin contemplaciones, lamentándose a voz en grito de que “todo es vil e inmoral y sucio en este mundo”. Aunque él no sea mejor que los demás y se halle también varado en la inacción, oscilando entre los momentos de exaltación y de lucidez, en los que seduce con su verbo impetuoso a quienes le rodean, y la irresolución para llevar a término las expectativas que ha generado, para consumar sus conquistas o incluso para conservar a la única persona que le quiere, la solícita Sacha. (Estremecedora la escena en la que nos enteramos del contenido de su carta de despedida exhortando a Platonov que se haga cargo de su hijo).

Junto a Mijail Platonov (Pere Arquillué) y a su mujer, Sacha (Carmen Machi), desfila ante nuestros ojos un amplio friso de personajes representantes de todos los estamentos sociales, donde los más jóvenes (el insolente Glagoliev (Toni Agusti), el arrogante Venguerovich (Raúl Fernández), el vago y borrachín Nikolai Triletski (Gonzalo Cunill), o el irresoluto y pusilánime Serguei (David Luque), incapaz de responder a la afrenta y a la humillación), son el resultado de la hipocresía y de la mezquindad de los mayores, crisol de todos los vicios. No salen mejor parados los personajes femeninos, la caprichosa y un tanto engreída María Grékova (María Pastor) dispuesta enseguida a perdonar una ofensa, porque, en el fondo, también se siente atraída por Mijail, la voluble y enamoradiza Sonia (Elisabet Gelabert), que, no obstante, exhibe el único rasgo de dignidad perceptible en la pieza poniendo por obra su venganza; la excepción es, quizá, Anna Petrovna (Mónica López) que es la única que, con Platonov, tiene una conciencia clara de su situación; menos complicada que él, aparenta cinismo, donde lo que hay, creo yo, es una mayor libertad para dejar que se manifieste su instinto.

La versión es pulcra y ponderada, con un lenguaje actual, muy cuidado; muchas escenas, empero, resultan excesivamente esquemáticas. La puesta en escena sencilla, despojada de elementos costumbristas, somete a los variados espacios donde se desarrolla la acción a un riguroso proceso de estilización que rescata sólo los imprescindibles elementos de atrezzo y utilería para sugerir la atmósfera de exquisito refinamiento de la casa de Anna Petrovna, la sencillez del domicilio de Platonov, o la claridad de los bosques bajo el cielo estrellado, permitiendo una gran libertad de movimiento a los actores y la creación de cuadros de gran belleza plástica (espléndidas las escenas corales de la fiesta en la primera parte de la obra). La dirección escénica es rigurosa; cada entonación, cada posición sobre el escenario y cada desplazamiento parecen estar meticulosamente programados, aunque algunas poses o movimientos adolecen de una cierta afectación manierista cuando no son gratuita y excesivamente forzados. El ritmo es ágil y la acción fluye con naturalidad –dentro de lo que cabe-, aunque a medida que avanza la obra, los permanentes cambios de estado de ánimo del protagonista pierden la espontaneidad y la vivacidad del principio, sus explosiones de cólera se amortiguan, su agudeza e impetuosidad se atemperan y se pierden los contrastes en un proceso que va más allá, de lo que sería la natural evolución psicológica del personaje hacia la frustración, la melancolía y el abatimiento, y que tiene que ver, creo yo, con el trabajo de interpretación, con las dificultades propias del personaje cuya extrema complejidad desborda las posibilidades de Pere Arquillué. Desde el punto de vista del trabajo de los actores, en general, los secundarios encajan con varia fortuna sus respectivos papeles; Carmen Machi, Elisabet Gelabert y Mónica López resuelven con solvencia su cometido; las dos primeras no están al máximo de sus posibilidades y las hemos visto en tardes mejores; respecto a Mónica López presta a Anna Petrovna elegancia, desenvoltura y una buena dosis de energía y de vitalidad. Destaca asimismo Roberto San Martín en su papel Ossip, un personaje de clara filiación dostoyevskiana, un desclasado social que en razón de su marginación conserva intactas las pasiones primarias y cuyas maneras y ejecutoria son el contrapunto de las del resto de los miembros de esta sociedad degradada.

Un texto denso y complejo, en suma, que se resiste a ser revelado en razón de su propia dificultad intrínseca. Aunque el intento ha merecido la pena.

Gordon Craig.

Centro Dramático Nacional. Platonov.

jueves, marzo 15, 2007

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. Un enemigo del pueblo. "El precio de la verdad".

De Henrik Ibsen. Versión de Juan Mayorga.
Con: Esther Bellver, Enric Benavent, Israel Elejalde, Elisabet Gelabert, Abraham Lausada, Chema de Miguel. Olivia Molina, Francesc Orella, Rafael Rojas, Walter Vidarte y otros.
Dirección: Gerardo Vera.
Madrid. Teatro Valle-Inclán. 
 
Es peligroso oponerse a los intereses de una comunidad, a su prosperidad, aunque ésta se sustente en la corrupción de las instituciones y en la hipocresía de unos ciudadanos que no están dispuestos a sacrificar su bienestar material al conocimiento de la verdad. Un enemigo del pueblo cuenta la historia de un hombre íntegro que ha asumido ese riesgo, la peripecia de un luchador infatigable que defiende, quijotescamente, su derecho inalienable a decir lo que le dicta su pensamiento ejercido en libertad. 

El doctor Stockmann descubre que las aguas del balneario -en el que se cifra el desarrollo y la prosperidad de la ciudad y de toda la comarca- están contaminadas, y decide denunciarlo, pese a la oposición de la municipalidad que considera que cerrar el balneario acarrearía el desprestigio de la institución y la ruina económica de sus conciudadanos. Al principio la televisión local se ofrece a difundir tales informaciones, aunque pronto, por razones de conveniencia, se pone de lado del alcalde y manipula la opinión pública para ponerla en contra de Stockmann. En una multitudinaria asamblea que éste ha convocado para explicar la verdad a sus vecinos, el alcalde, las organizaciones cívicas y la prensa se confabulan para desprestigiarlo y enfrentarlo a los ciudadanos que acaban por llenarlo de improperios y están a punto de lincharlo. (Las imágenes proyectadas al final del acto cuarto, son estremecedoras, y subrayan el ambiente de violencia desatada de un pueblo enardecido capaz de cometer las mayores atrocidades). Pero ahí no acaban las tribulaciones de Thomas Stockmann; en el acto quinto tendrá que sobreponerse a un nuevo y cruel chantaje, el de su propio suegro, que le amenaza con hipotecar el futuro de su familia si no rectifica.

Escrita hace más de un siglo la obra parece dirigida a espectadores de nuestro tiempo. Ibsen se las ingenió para crear un microcosmos que funciona como paradigma de las sociedades modernas, con sus conflictos de intereses entre lo privado y lo público, entre los ciudadanos y las instituciones, sometiendo a un riguroso análisis el funcionamiento y esencia de la democracia como sistema de gobierno y poniendo en tela de juicio la validez del principio del sufragio universal como fuente de legitimación del poder político cuando ello no va unido a un ejercicio efectivo del derecho de la libertad de expresión.

Tema, como vemos, de gran calado, y situaciones que el espectador reconoce como cotidianas tan sólo con sustituir la denuncia de la contaminación de las aguas por la de una irregularidad urbanística vinculada a la financiación de los partidos políticos, o por la de la presencia de ácido bórico en unas muestras de dinamita. Si a eso añadimos la prodigiosa verosimilitud que irradia todo el espectáculo, desde la construcción dramática, que roza la perfección, hasta la grandiosa escenografía, pasando por el trabajo actoral y la dirección de actores, o una espléndida versión que acentúa, si cabe, la condición de parábola moral que el texto tiene, tendremos las claves del éxito de este montaje, que está sorprendiendo hasta a los empleados de la taquilla del teatro. Ello explicaría también la polvareda que levantó el día de su estreno y las expectativas que ha generado en una opinión pública particularmente sensibilizada ante las corruptelas de una clase política endogámica y falta de altura de miras o ante el bochornoso espectáculo de la desinformación cuando no de la manipulación pura y dura de los medios de comunicación.

Un trabajo, en fin, bien hecho, riguroso, que está atrayendo espectadores a la sala sin dejar de cumplir la alta misión social de agitador de conciencias que el teatro había perdido. Y una oportuna ocasión para la reflexión, en unos momentos en que la costumbre o la pereza, que es lo mismo, nos invitan a mirar para otro lado, a transigir con actitudes o comportamientos reprobables y a no arrostrar las consecuencias que conlleva enfrentarse a la verdad.

Gordon Craig.



martes, febrero 27, 2007

TEATRO: Un enemigo del pueblo de Henrik Ibsen. “Convulsivo discurso de la sinrazón".

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen . Dirección de Gerardo Vera y versión de Juan Mayorga.

El domingo pasado algo un poco fuera de lo normal nos dio la bienvenida en la entrada del Teatro Valle Inclán de Madrid. Una gran muchedumbre esperaba su turno para entrar en la sala, y como en las grandes ocasiones, algo que yo hacía mucho tiempo que no presenciaba, un gran ambiente reinaba antes del comienzo de la función. Los rumores previos de que el montaje estaba teniendo una gran expectación y que había bastantes problemas para adquirir localidades se estaban tornando como ciertos: allí había muchas personas y estaban agotadas las entradas para varias semanas.
Ante tal recibimiento, digamos que ya entras en el teatro como predispuesto a presenciar un gran acontecimiento, un montaje de altura con un texto universal de fondo. Pues de nuevo tengo que reconocer que esos buenos augurios iniciales se colmaron.

Yo no voy a quitar protagonismo al gran Gordon Craig, que ilustrará y os regalará en unas semanas su crónica sobre el montaje de Gerardo Vera, pero a lo que si estoy obligado es a dejar constancia y compartir con vosotros unas pequeñas pinceladas de las buenas sensaciones que me produjo la versión de Juan Mayorga de “Un enemigo del pueblo” el otro día.

Sin más dilaciones vayamos a lo serio, al conflicto que desencadena “Un enemigo del pueblo”. El texto de Ibsen, y correcto es reconocer la versión de Juan Mayorga sobre la que se sustenta este montaje, plantea a través de la figura del doctor Stockmann, uno de los protagonistas del drama, la problemática del riesgo de que las democracias degeneren en demagogia e hipocresía apoyándose en mayorías superfluas, y de la indefensión y el escarnio que tiene que sufrir cualquier persona, aún con la razón a su favor, que lucha por la verdad y va contra corriente. La puesta en escena de Vera y Mayorga también pone en evidencia el papel de esas mayorías que manipuladas pueden seguir a un descerebrado (como Hitler) que les dirige hacia el desastre, porque no se paran un momento a reflexionar sobre lo que sucede y a sacar sus propias conclusiones en vez de seguir en masa al eslogan de turno que pasa de boca en boca a ritmo de un silbato dirigido por unos pocos poderosos. El pitido de este silbato muchas veces es amplificado por los medio de comunicación, que se mueven, y cada vez más, guiados por el poder y el dinero. Tampoco me querría olvidar del nuevo papel del héroe en nuestros días, que el propio Mayorga lo identifica como: “el héroe más valeroso no es el encarna a la comunidad, sino el que es capaz de enfrentarse a ella [...] porque la razón siempre está en minoría”. 

Ante tal alubión de información el público se queda anonadado, casi sin respiración, y buena parte de los asistentes del otro día lo vivieron en sus propias carnes sentados en una butaca; ante la caída del telón y el comienzo de los entusiastas aplausos, pasaron unos segundos eternos, como si el respetable no hubiera todavía despertado del estado de “shock” al que le había infringido el doctor Stockmann y el texto de Ibsen. Y esto sucede porque la obra es lo suficientemente incómoda, para que gran parte del público se vea reflejado en alguna de las situaciones a las que se enfrenta el doctor, y porque nuestra sociedad, con la que convivimos cada día nosotros, se parece como una gota de agua a la descrita por Ibsen. 

Y ante tal cúmulo de aciertos del director y del autor de la versión actual no queda más que rendirse en elogios y darles las gracias por atreverse a plantear una problemática como esta en unos momentos tan convulsos y llenos de sinrazón como los que se viven actualmente en nuestro país. 

viernes, marzo 31, 2006

TEATRO. EL RINCON DE GORDON CRAIG. Divinas palabras. "Esperpentización del drama de honor".

De Ramón María del Valle-Inclán. Versión de Juan Mayorga.
Con: Fidel Almansa, Esther Belver, Gabriel Garbisu, Carlota Gaviño, Emilio Gavira, Elisabet Gelabert, Elena González, Alicia Hermida, Jesús Noguero, Pietro Oliveira, Fernando Sansegundo, Julieta Serrano, Julia Trujillo, Abel Vitón y otros.
Dirección: Gerardo Vera.
Madrid, Teatro Valle-Inclán. 21 de marzo de 2006.

Divinas palabras, "tragicomedia de aldea", como él mismo la denomina, presenta una historia truculenta y cruel ; sus protagonistas, gentes de un pueblo miserable e ignorante perdido en la Galicia profunda, viven en sus carnes los extremos de rigor y de violencia a que conduce la moral tradicional española en lo tocante al asunto de la honra. Valle nos devuelve a la tribu, a la inusual rudeza con que la comunidad responde ante el problema del adulterio. Pero hay más, detrás de esa atroz ceremonia de escarnio del final del cuadro tercero, cuando el pueblo trae a la adúltera desnuda ante el marido afrentado, existe un terror atávico a la liberación de las fuerzas de la naturaleza encarnadas en la figura de Mari-Gaila. Porque lo que los allegados y convecinos no pueden tolerar es que Mari-Gaila, la mujer, goce de autonomía para buscar el disfrute sexual fuera de la sacrosanta institución del matrimonio. Hay que descubrir a la adúltera "in fraganti", ponerla en la picota, escarnecerla públicamente, obligarla a confesar su pecado nefando, y después llevarla ante el marido engañado para que este ejecute su venganza. (Resulta estremecedor a este respecto, el comentario de una de las campesinas presentes en el brutal "prendimiento" de Mari-Gaila cuando alguien informa de que su amante ha huido corriendo: "Que se vaya libre. El hombre hace lo suyo propio. En las mujeres está el miramiento").

Solo que Valle no está por la labor. El desenlace no tiene ya nada que ver con la solución de Calderón, es más, el desarrollo entero del conflicto viene a ser el reverso del drama de honor calderoniano, su deformación grotesca, con un marido cobarde y envilecido (quiere satisfacer la lujuria con su propia hija Simoniña) incapaz de enfrentarse a la situación y con una mujer que ha tenido tratos con el mismo diablo. La chusma no sale mejor parada, sólo se detiene ante el temor supersticioso que producen en su ánimo unas palabras que no entienden, unos bíblicos "latines" que tienen la fuerza de un conjuro. Superstición y religión son intercambiables parece decirnos Valle-Inclán, ambas alimentan un temor reverente y atávico, único freno a las fuerzas naturales desatadas: la lujuria, la crueldad, el crimen.

Toda la acción se rodea de un gran aparato escénico. El montaje pone a prueba la maquinaria de este teatro recién estrenado; la caja, casi desnuda, está enmarcada por dos plataformas laterales y un fondo de puertas, trampillas, escaleras y bastimentos cuyas trasformaciones ayudan a delimitar los lugares de la acción, sin ahogarla en ningún momento, antes bien facilitando su desarrollo. El espacio sonoro a veces puede resultar un tanto agobiante, la recurrencia de truenos y relámpagos, chirridos y otros efectos sonoros asociados a las apariciones del perro Coimbra tienen que ver con la omnipresencia del maligno, elemento al que Gerardo Vera ha concedido excesiva importancia. Por lo demás la atmósfera cerrada de la vida de aldea y sus ciclos, la diversión en los días feriados, el trajinar de los chalanes y peregrinos, los maleantes perseguidos por la guardia Civil, y el ir y venir del carretón del tonto, por caminos y tabernas está bien conseguido. Como lo está el espectáculo de la ignorancia de la miseria y de la crueldad; las vidas de unos seres sumidos en la brutalidad, insensibles ante las desdichas ajenas e inmisericordes con sus debilidades. Cruel el desamparo en que muere sola, en medio de un camino, Juana la Reina; cruel y patética la desesperación del sacristán varado entre su cobardía y el “deber” de matar a su esposa ; atroz el escarnio de que es objeto el idiota en la taberna de Ludovina ; cruel y grotesco, en fin, la vergonzante utilización que hacen del baldadiño Mari-Gaila y Marica del Reino y como lo convierten en instrumento de su codicia.

Quizá por la necesidad de proyectar la voz hacia una platea tan grande, la entonación, desde el principio, está muy próxima al grito, lo que dificulta la modulación adecuada en las situaciones de mayor tensión dramática. Fuera de eso, el trabajo de los actores es excelente; todos son dueños y señores del espacio llegando a componer cuadros de gran belleza y son escrupulosos en el empleo del lenguaje. Un lenguaje altamente elaborado que reproduce, en su laconismo, el habla popular y las peculiaridades propias del castellano galaico, pero sin llegar a ser vulgar ni realista. Un verbo pletórico de símbolos, de imágenes, de sugerencias, de tonalidades que supone un verdadero disfrute para los sentidos. Destacan, quizá, la intrigante e infatigable Tatula (Julieta Serrano) una curiosa versión galaica de la trotaconventos; el chulesco y jactancioso Séptimo Miau (Jesús Noguero); la arrolladora personalidad de Mari-Gaila (espléndida Elisabet Gelabert) que aparece tocada por la gracia de un cuerpo esplendoroso y joven y una expresión alegre y vital, y por último la mezcla de inocencia y embrutecimiento de Laureano, una inédita y sorprendente creación de Emilio Gavira.

Gordon Craig.
24-II-06.