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jueves, mayo 11, 2017

TEATRO. Refugio. "El rapto de Europa".

Autor: Miguel del Arco.
Con: Carmen Arévalo, Israel Elejalde, María Morales, Raúl Prieto, Macarena Sanz, Beatriz Argüello y Hugo de la Vega.
Escenografía: Paco Azorín.
Dirección: Miguel del Arco.
Madrid. Teatro María Guerrero. Hasta el 11 de junio de 2017.



Miguel del Arco (Madrid, 1965), adaptador, guionista y director teatral se dio a conocer al gran público a raíz del éxito de La función por hacer (2009), su brillante adaptación de Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello. Algún montaje de textos propios, como Juicio a una zorra (2012), una libérrima recreación del mito de Elena de Troya protagonizada por una inmensa Carmen Machi, u otros en los que ha participado como director o dramaturgista han constituido rotundos éxitos de crítica y público durante estos últimos años. Baste citar como muestra sus adaptaciones de Veraneantes, de Máximo Gorki (2011), El inspector, de Gogol (2012, De ratones y hombres, de John Steinbeck (2012) o más recientemente El misántropo, de Moliére.

La obra que estrena ahora en el teatro María Guerrero es de rabiosa actualidad, y su argumento pudiera haberse fraguado hilvanando noticias de apertura de los telediarios de ayer mismo con informaciones relativas a la corrupción política y al drama cotidiano de la inmigración. Y es que los protagonistas de la pieza son un político corrupto en el punto de mira de la prensa a raíz de unas filtraciones comprometedoras y un refugiado sirio que ha perdido a su mujer y a su hijo en la travesía del Mediterráneo acogido precisamente por la familia de ese alto cargo al que el partido está dispuesto a sacrificar para evitar verse salpicado por el escándalo.

Sobre la urdimbre de estos temas -corrupción e inmigración- Miguel del Arco arma una trama que va más allá de la mera anécdota para inscribirse en una reflexión de fondo sobre la política, sobre la naturaleza y límites de la democracia y sobre la perversión en el uso del lenguaje, empleado las más de las veces -y no sólo en la órbita de la política-, para enmascarar la realidad, para tergiversarla, para ocultarla, para negarla; el lenguaje empleado como arma arrojadiza o como pantalla protectora tras la que esconder nuestros verdaderos sentimientos, “una constante estratagema para cubrir nuestra desnudez -que diría Pinter-, una violenta, astuta, hipócrita cortina de humo que mantiene al otro en su sitio”.

Adepto a los clásicos griegos, susceptibles siempre de nuevas lecturas e interpretaciones, Miguel del Arco permite que se cuele en su sátira política el hermoso relato mitológico del Rapto de Europa, esta vez en la figura de un pletórico Farid, que inicia también su travesía desde las costas del Líbano en una noche estrellada llevando consigo a su mujer Sima y a su hijo. Una escena luminosa, por cierto, que, junto a la portentosa aria interpretada por Amaya, mujer del protagonista y otrora diva del bel canto, insufla algo de poesía y de esperanza en una historia, por lo demás cruda y desoladora. Como si fuera una metáfora, terrible, de nuestro tiempo, ambos atisbos de optimismo, de elevación espiritual, si se quiere, encarnados por Farid y Amaya en algún momento de sus vidas, están condenados al fracaso; en un caso, por la pérdida de la voz de Amaya y por la sentina de hipocresía, de odio y de resentimiento en la que se ha convertido su matrimonio, en otro, el sueño frustrado de esta familia de emigrantes de arribar sanos y salvos a las playas de Creta, como hizo la bella ninfa del relato mitológico a lomos del toro.

Y solo habría un par de objeciones que ponerle al montaje. Respecto a la puesta en escena, quizá cede en ocasiones a la tentación del artificio y la espectacularidad gratuita. Respecto al texto, el contraste acaso demasiado evidente, extremo incluso, entre dos realidades sociales antitéticas, representadas respectivamente por la familia de Suso Santiesteban y por la de Farid; un universo de egoísmo, de incomunicación, de reproches, vaciado de valores y ayuno de cualquier vestigio de espiritualidad frente al de un paria desesperado, que trata inútilmente de buscar consuelo para su desgracia refugiándose en el silencio y en vagas apelaciones a la renuncia y a la paz y armonía universales que predica el misticismo sufí.

Como contrapartida, el espectáculo cuenta en su haber con un gran trabajo de los actores. Raúl Prieto acierta aquí con ese doliente Farid lacerado por el recuerdo de su tragedia que se mueve como un sonámbulo entre el desconcierto y la desolación. Israel Elejalde, como Suso, da la medida exacta de un político cínico y sin escrúpulos capaz de sacrificarlo todo a su estrategia de mantenerse en el poder. Hábil retórico, frío, manipulador, puede traficar incluso con el dolor y con la desgracia ajena si ello sirve a sus propósitos. Los primeros damnificados son sus hijos, la rebelde, impulsiva e insolente Lola (Macarena Sanz) y el vehemente y agresivo Mario (Hugo de la Vega), la crueldad y el odio que destila son el amargo y temprano fruto del resentimiento hacia unos progenitores que han vaciado sus relaciones familiares de ternura, respeto y comprensión. Pero en quien descarga verdaderamente Suso sus invectivas y su sarcasmo es en su mujer, Amaya, una espléndida Beatriz Argüello ante la que hay que quitarse literalmente el sombrero. Indolente, pasiva, confortada por los efluvios del alcohol, asiste como un convidado de piedra al caos y a la destrucción de su familia; parece haber renunciado a dar la batalla por su dignidad, aunque su elegancia y altivez alientan los rescoldos de una mujer de sensibilidad exquisita que ha disfrutado del éxito social. En su evocación, magistral, de sus tardes de gloria en la ópera, compone una escena de enorme impacto visual y de una belleza sublime.

Gordon Craig.





miércoles, diciembre 05, 2012

TEATRO. Doña Perfecta. "Qué patriarcales costumbres! ¡Qué rústica paz virgiliana!”.


Versión y dirección de Ernesto Caballero.
Con: José Luis Alcobendas, Diana Bernedo, Lola Casamayor, Israel Elejalde, Karina Garantivá, Miranda Gas, Alberto Jiménez, Jorge Machín, Toni Márquez, Paco Ochoa, Belén Ponce de León y Vanessa Vega.
Escenografía: José Luis Raymond.
Madrid. Teatro María Guerrero



         No me resisto a citar en su literalidad estas palabras con las que el padre de Pepe Rey anima su hijo a que viaje a Orbajosa, su ciudad natal, a encontrarse con su prima Rosarito. Amén de constituir una espléndida muestra de fina ironía, ornato de la prosa galdosiana y uno de los mayores alicientes para su lectura, sintetizan espléndidamente el tono, no por desenfadado menos hiriente con el que Galdós fustiga la hipocresía y el fanatismo de los orbajonenses, y por extensión, la de quienes poblaban aquella España caciquil de “cerrado y sacristía” posterior al trienio liberal.

         En efecto, movido por el doble propósito de hacer un estudio de las cuencas mineras del lugar y por el de conocer, y en su caso, desposar a su prima, el joven ingeniero Pepe Rey arriba a la pequeña ciudad de provincias en que se desarrolla la obra y tras cuya rústica e idílica apariencia va a encontrar un impenetrable muro de incomprensión fruto de la ignorancia, del oscurantismo, de la intolerancia y, por qué no decirlo, de la malicia, incluso, de sus más allegados. El conflicto de Pepe Rey (que de algún modo representa el espíritu regeneracionista del propio Galdós) con Don Inocencio el penitenciario, con Don Cayetano, el cronista de las glorias locales, con Jacintito y con su tía, Doña Perfecta, simboliza en realidad el conflicto secular de las dos Españas, la carlista y la liberal, la España inmovilista y apegada a las creencias y a la tradición y la España ilustrada, abierta a las nuevas ideas y al progreso.

Cabe decir que, básicamente, la dramaturgia de Ernesto Caballero refleja los términos esenciales de ese conflicto desbrozando episodios menores y aprovechándose de la profusión de diálogos con los que cuenta la novela. Apenas si chirría un tanto el desarrollo temporal de la acción, pensado obviamente para una trama novelesca. Por lo demás, la ambientación y el especio escénico siempre sencillo e imaginativo de José Luis Raymond, suplen con eficiencia las descripciones escasas, aunque pormenorizadas del original. Hay quizá algunos detalles en el uso del vestuario que, a nuestro entender, no resultan demasiado convincentes; en primer término, el atuendo informal -playeras incluidas- con el que entra en escena Pepe Rey le da un aire adolescente que no casa bien con el hombre hecho y derecho que realmente es; asimismo resulta demasiado efectista el cambio de vestuario de Doña Perfecta y del Canónigo en el último acto, ella de traje largo, de estameña y color casi penitencial, y él con vestiduras talares, como si el resto del tiempo hubieran estado “disfrazando” sus verdaderas ideas y sentimientos y ahora, al final, necesitasen una envoltura externa “ritual” más acorde con su actitud de reafirmación en un ideario cerril y trasnochado.

Hay una cierta indefinición en la construcción del personaje de la infeliz Rosarito (Karina Garantivá) quizá debido a la dramaturgia. (Hecho de menos parte del primer encuentro de los primos a solas, en el jardín, donde queda explicitada la atracción que sienten el uno por el otro, que explica su comportamiento ulterior). Tan rápido el “flash” de su encierro que casi no nos percatamos de la situación y de los extremos de locura a la que está llegando, sometida al ordeno y mando de Doña Perfecta. El trabajo del resto de los actores es solvente, correcto en los papeles secundarios y sin exceso de brillo en los principales. El personaje más conseguido es quizá el de Doña Perfecta (Lola Casamayor), tras su mansedumbre y su hipócrita condescendencia se esconde una mujer obstinada, malévola y manipuladora incapaz de controlar sus arranques temperamentales. Israel Elejalde incorpora a un franco, irónico y un tanto displicente Pepe Rey aunque a veces deja entrever un exceso de pasotismo; su evolución y reacciones ante la operación de acoso y derribo a que le someten sus detractores no están del todo moduladas. José Luis Alcobendas proporciona a Don Cayetano un punto de locura -dentro de su natural pacífico y de su cortesía- que lo emparenta con nuestro insigne hidalgo de la Mancha. Alberto Jiménez, en fin, hace del taimado y condescendiente Don Inocencio un ser grotesco y demasiado próximo a la caricatura.

Decíamos aquí no hace mucho con ocasión del comentario del montaje de El Inspector, de Gógol, (obra, por cierto, con la que esta guarda no pocas coincidencias) que Gerardo Vera quería despedirse del Centro Dramático Nacional con un baño de multitudes. Pues bien, parece que Ernesto Caballero ha optado iniciar su andadura en esta venerable sede de la calle Tamayo y Baus de la misma manera. Esperemos que el tiempo nos traiga algo más de riesgo y de innovación, de la que no andamos muy sobrados.

Gordon Craig.

miércoles, abril 20, 2011

TEATRO. Veraneantes. "Divertida y corrosiva radiografía de nuestro tiempo".


Texto de Miguel del Arco a partir de la obra de Máximo Gorki.
Con: Bárbara Lennie, Israel Elejalde, Miriam Montilla, Raúl Prieto, Miquel Fernández, Lidia Otón, Manuela Paso, Elisabet Gelabert, Cristóbal Suárez, Chema Muñoz y Ernesto Arias.
Dirección: Miguel del Arco.
Madrid, Teatro de la Abadía.


Veraneantes, de Gorki, describe a un grupo terratenientes y altos funcionarios de la Rusia de principios del siglo XX durante las semanas de su retiro estival en una mansión campestre en la que se han recluido para combatir el aburrimiento y los rigores del clima estepario. Sin preocuparse demasiado por construir una trama especialmente elaborada nos ofrece una sucesión de escenas asiladas que representan el fluir de esa vida disipada y ociosa. Fino observador de la realidad de su tiempo, a lo largo de dichas escenas sólo en apariencia inconexas, el autor alcanza a descubrir el verdadero sentido de unas vidas, en general vacías, varadas en la reiteración de unos rituales sociales marcados por el convencionalismo y el tedio y por un anhelo inconcreto de cambio, de transformación.


La versión de esta pieza que estrena ahora Miguel el Arco presenta el equivalente de aquellos personajes un siglo después. Quienes ahora ocupan el vértice de la pirámide social bien por méritos propios, como Raúl, o quienes han crecido a la sombra del poder como parásitos y aduladores como Miquel o Ernesto, sestean en chanclas y en bermudas, flirtean con sus congéneres de sexo opuesto con más descaro e insolencia o atienden sus compromisos por medio del teléfono móvil pero son tan fatuos e infelices como aquellos y están igual de insatisfechos con ellos mismos; más, si cabe, carentes de la más mínima expectativa de cambio histórico -que se percibía en el ambiente de los albores del siglo XX y que podían intuir los personajes de Gorki-, y agobiados por la pesada losa que supone la constatación del estrepitoso fracaso de la última posibilidad de la utopía. De ahí esa permanente necesidad de evadirse de la realidad cotidiana, esos intentos desesperados de dejar atrás las preocupaciones y las frustraciones recurriendo a la bebida, al juego, a las fiestas y a la cháchara interminable trufada de chanzas, invectivas y maledicencia.

Para mostrar esa feria de las vanidades, esa desvergonzada exhibición de cinismo, vacuidad y desprecio por la dignidad humana Miguel del Arco cuenta con un equipo artístico de excepción, empezando por Eduardo Moreno que firma una sencilla y versátil escenografía y terminando Arnau Vila autor de una espléndida y desenfadada ambientación musical que afianza el ambiente lúdico y de desenfreno con el que tratan de ahogar sus penas los personajes mientras parodia de manera inmisericorde toda una generación de horripilantes “canciones del verano”. Papel aparte juega -nunca mejor dicho- el trabajo de los actores, que se entregan con pasión y energía desbordante al sutil juego de las apariencias que les propone del Arco. Y a fe que trasmiten, desde una arriesgada disposición central de la escena, y en un verdadero têt a têt con el público que los circunda, la vehemente defensa de sus ideas, la pulsión irreprimible del deseo, el sarcasmo, la ira, el desprecio y todo un variadísimo repertorio de sentimientos y de emociones excitadas por un clima de libertad sin trabas y por el calor sofocante del verano. El de Varia es quizá el papel más destacado y difícil de la obra, el de una mujer inestable y un tanto perdida, varada entre la angustia y el desconcierto que Bárbara Lenny resuelve con gran acierto. Omnipresente en escena en su rol de anfitriona, concita en torno a sí todos los conflictos que atenazan al resto de personajes: los desahogos y el histerismo de Mirian (Miriam Montilla), su criada y compañera; las extravagancias de su neurótica cuñada Lidia (Lidia Otón); la falta de escrúpulos y intemperancia de su despótico marido (Israel Elejalde); las proposiciones indecorosas del engreido Cristóbal (Cristóbal Suárez); las consecuencias indeseadas del carácter impetuoso y alocado de su hermano Miquel (Miquel Fernández) o el patético comportamiento de quien había sido su héroe de juventud, el famoso novelista Shamilov/Ernesto (Ernesto Arias), que hace un trabajo memorable para dar vida a este paternalista y desencantado escritor que ha perdido la fe en sí mismo y en el lenguaje. Y todavía quedan actores no citados que hacen un trabajo espléndido también, el de la pareja formada por Elisabet Gelabert y Raúl Prieto, amigos de la familia, un matrimonio lo que se dice “bien avenido” que no deja de martirizarse durante toda la obra, él con su comportamiento atrabiliario y violento y ella con su actitud provocadora y desvergonzada y en fin, last but no least, una Manuela Paso en estado de gracia particularmente convincente en su exhibición de una pureza de espíritu, una altura de miras y una superioridad moral que están muy lejos de confirmarse cuando se somete convenientemente a prueba.

Planteando temas de ayer y de hoy, con un ritmo frenético y una tensión e intensidad dramáticas que no decaen durante las más de dos horas y media que dura el espectáculo, con escenas hilarantes y otras de una crudeza y de una crueldad aterradoras, todas ellas magistralmente resueltas, este espectáculo brioso y exuberante de Miguel del Arco nos reconcilia con el teatro y con la profesión actoral, base y fundamento de esta hermosa actividad tan antigua como necesaria. Nadie debería perdérselo.

Gordon Craig.

Teatro de la Abadía. Veraneantes.

viernes, mayo 23, 2008

TEATRO. La paz perpetua. "Fábula aleccionadora".


De Juan Mayorga.
Con: José Luis Alcobendas, Julio Cortázar, Israel Elejalde, Susi Sánchez y Fernando Sansegundo.
Escenografía y dirección: José Luis Gómez.
Madrid. Teatro María Guerrero.




Ahora que tenemos felizmente en casa a los tripulantes del pesquero “Playa de Bakio” tras pagarse, al parecer, un rescate millonario por su liberación, o que salen a la luz nuevas revelaciones sobre la autorización del Pentágono a realizar “interrogatorios duros” a prisioneros de guerra, cobra todo su sentido la obra de Juan Mayorga recién estrenada en el María Guerrero que trata precisamente sobre los límites de lo moralmente permitido para neutralizar el chantaje y la amenaza terrorista. Más allá de estos casos concretos, la historia reciente de España, con quien, desgraciadamente se ha cebado el terrorismo, ofrece un interminable y macabro inventario de atrocidades y es bueno que alguien plantee algunas preguntas esenciales sobre la legitimación de la violencia para combatir la violencia y lo haga serenamente, en profundidad, fuera de la órbita de lo político donde estos debates desgraciadamente se presentan sesgados por intereses partidistas y de poder, y lejos también de los medios de comunicación, no menos ideologizados que el poder o los partidos. Así se hace efectivo, además, el deseo de García Lorca de que el teatro debe recoger el latido social de su tiempo, constituyéndose en una “tribuna libre donde los hombres puedan poner en evidencia morales viejas o equívocas y explicar con ejemplos vivos normas eternas del corazón y del sentimiento del hombre”.

La obra de Mayorga constituye un espléndido “ejemplo vivo”, una aleccionadora parábola moral sobre la legitimidad o ilegitimidad de la tortura, que junto con asuntos como el de la guerra preventiva, o el de la reinstauración de la cadena perpetua, por poner sólo un par de ejemplos, demandan un debate inaplazable. Escrita quizá como homenaje al opúsculo homónimo de Inmanuel Kant, en el que éste preconizaba la armonía universal, entre otros aspectos no menores de la naturaleza y el comportamiento humanos, la pieza explora en última instancia las posibilidades de la razón, atributo fundamental del hombre civilizado, para uncir a un mismo yugo la ética y la política, viniéndose a concluir, a partir de la vibrante disputa final que mantienen Enmanuel y el Humano, que todavía estamos lejos de esa concordia universal.

Pero más allá del debate filosófico, la obra encierra en su construcción, en su desarrollo y en la definición de los personajes un genuina y fecunda teatralidad. Los protagonistas de la fábula, como en las grandes obras del género desde el tiempo de los griegos, son animales, tres perros, para ser más exactos, sometidos a un proceso de selección para ingresar en un cuerpo de élite antiterrorista. Confinados en los sótanos de alguna recóndita dependencia de las fuerzas de seguridad del Estado, la acción recrea el curso de las sucesivas pruebas a las que son sometidos por un cuarto perro, miembro de dicho cuerpo, ayudado por un instructor humano, cobrando especial relieve la última de ellas, la prueba definitiva, un supuesto caso práctico donde tendrán que decidir como intervenir ante una amenaza inminente de ataque. Para entonces ya habrán tenido tiempo de conocerse entre sí y de que afloren las profundas diferencias de carácter, de formación y experiencia de la vida que los separan y que los convierten en verdaderos arquetipos “psicológicos”.

Como se ve, material dramático más que suficiente para poner a prueba el talento de escenógrafo, director, actores, y de toda la maquinaria y los recursos del María Guerrero, que no son pocos. A mi juicio, todos ellos salen airosos del envite, dando a luz un espectáculo duro pero deslumbrante, del que no sabríamos que ponderar más, si la depurada técnica actoral y la energía de que hacen gala los intérpretes, en particular los tres protagonistas, o la labor combinada del director -y responsable del espacio escénico-, de figurinistas e iluminadores, que consigue recrear la atmósfera opresiva y amenazadora de ese infernal bunker donde la acción se desarrolla, híbrido de laboratorio de lavado de cerebros, de celda de castigo donde se alientan los instintos y se matan los sentimientos, o de colector de cloaca por donde se depuran los nauseabundos desechos del trabajo sucio, que de una forma u otra alguien tiene la necesidad de hacer, para que arriba, en la superficie, el resto del cuerpo social duerma tranquilo y se envanezca de sus progresos narcotizado por las grandes palabras.

Convendría, en fin, recalcar el acierto del autor al elegir animales como personajes, que, aun en su envoltura humana, a decir de Lessing, facilitan al espectador un reconocimiento intuitivo de su valor arquetípico. Ello sería imposible sin el talento de José Luis Gómez que lleva a cabo uno de los trabajos más arriesgados y complejos de su carrera, secundado por un elenco espectacular, del que cabría destacar, sin demérito del resto, el duelo interpretativo de los protagonistas, Enmanuel (Israel Elejalde), Odín (José Luis Alcobéndas) y John-John (Julio Cortázar); por debajo de sus peculiaridades e idiosincrasia (más reflexivo Enmanuel; cínico y sin escrúpulos Odín; sandio, impulsivo, un auténtico killer John-John), en todos ellos se hace perceptible el olfato del sabueso, el impulso depredador de las alimañas y la inquietante y amenazadora presencia del instinto, cuyo triunfo sobre la razón nos devolvería a la barbarie.

Gordon Craig.

CDN. La paz perpetua.

jueves, marzo 15, 2007

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. Un enemigo del pueblo. "El precio de la verdad".

De Henrik Ibsen. Versión de Juan Mayorga.
Con: Esther Bellver, Enric Benavent, Israel Elejalde, Elisabet Gelabert, Abraham Lausada, Chema de Miguel. Olivia Molina, Francesc Orella, Rafael Rojas, Walter Vidarte y otros.
Dirección: Gerardo Vera.
Madrid. Teatro Valle-Inclán. 
 
Es peligroso oponerse a los intereses de una comunidad, a su prosperidad, aunque ésta se sustente en la corrupción de las instituciones y en la hipocresía de unos ciudadanos que no están dispuestos a sacrificar su bienestar material al conocimiento de la verdad. Un enemigo del pueblo cuenta la historia de un hombre íntegro que ha asumido ese riesgo, la peripecia de un luchador infatigable que defiende, quijotescamente, su derecho inalienable a decir lo que le dicta su pensamiento ejercido en libertad. 

El doctor Stockmann descubre que las aguas del balneario -en el que se cifra el desarrollo y la prosperidad de la ciudad y de toda la comarca- están contaminadas, y decide denunciarlo, pese a la oposición de la municipalidad que considera que cerrar el balneario acarrearía el desprestigio de la institución y la ruina económica de sus conciudadanos. Al principio la televisión local se ofrece a difundir tales informaciones, aunque pronto, por razones de conveniencia, se pone de lado del alcalde y manipula la opinión pública para ponerla en contra de Stockmann. En una multitudinaria asamblea que éste ha convocado para explicar la verdad a sus vecinos, el alcalde, las organizaciones cívicas y la prensa se confabulan para desprestigiarlo y enfrentarlo a los ciudadanos que acaban por llenarlo de improperios y están a punto de lincharlo. (Las imágenes proyectadas al final del acto cuarto, son estremecedoras, y subrayan el ambiente de violencia desatada de un pueblo enardecido capaz de cometer las mayores atrocidades). Pero ahí no acaban las tribulaciones de Thomas Stockmann; en el acto quinto tendrá que sobreponerse a un nuevo y cruel chantaje, el de su propio suegro, que le amenaza con hipotecar el futuro de su familia si no rectifica.

Escrita hace más de un siglo la obra parece dirigida a espectadores de nuestro tiempo. Ibsen se las ingenió para crear un microcosmos que funciona como paradigma de las sociedades modernas, con sus conflictos de intereses entre lo privado y lo público, entre los ciudadanos y las instituciones, sometiendo a un riguroso análisis el funcionamiento y esencia de la democracia como sistema de gobierno y poniendo en tela de juicio la validez del principio del sufragio universal como fuente de legitimación del poder político cuando ello no va unido a un ejercicio efectivo del derecho de la libertad de expresión.

Tema, como vemos, de gran calado, y situaciones que el espectador reconoce como cotidianas tan sólo con sustituir la denuncia de la contaminación de las aguas por la de una irregularidad urbanística vinculada a la financiación de los partidos políticos, o por la de la presencia de ácido bórico en unas muestras de dinamita. Si a eso añadimos la prodigiosa verosimilitud que irradia todo el espectáculo, desde la construcción dramática, que roza la perfección, hasta la grandiosa escenografía, pasando por el trabajo actoral y la dirección de actores, o una espléndida versión que acentúa, si cabe, la condición de parábola moral que el texto tiene, tendremos las claves del éxito de este montaje, que está sorprendiendo hasta a los empleados de la taquilla del teatro. Ello explicaría también la polvareda que levantó el día de su estreno y las expectativas que ha generado en una opinión pública particularmente sensibilizada ante las corruptelas de una clase política endogámica y falta de altura de miras o ante el bochornoso espectáculo de la desinformación cuando no de la manipulación pura y dura de los medios de comunicación.

Un trabajo, en fin, bien hecho, riguroso, que está atrayendo espectadores a la sala sin dejar de cumplir la alta misión social de agitador de conciencias que el teatro había perdido. Y una oportuna ocasión para la reflexión, en unos momentos en que la costumbre o la pereza, que es lo mismo, nos invitan a mirar para otro lado, a transigir con actitudes o comportamientos reprobables y a no arrostrar las consecuencias que conlleva enfrentarse a la verdad.

Gordon Craig.