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viernes, enero 17, 2014

TEATRO. El cojo de Inishmaan: "El hada de la muerte en la isla baldía".


De Martin McDonagh.
Versión de José Luis Collado.
Con: Marisa Paredes, Terele Pávez, Enric Benavent, Ferrán Vilajosana, Adam Jezierski, Irene Escolar, Marcial Álvarez, Ricardo Joven y Teresa Lozano.
Escenografía y vestuario: Manuel Andújar.
Dirección: Gerardo Vera.
Madrid. Teatro Español.



Aunque no tan truculenta y macabra como El hombre almohada (que dirigió hace años Denis Rafter en el Círculo de Bellas Artes) esta desasosegante pieza que dirige Gerardo Vera en el Teatro Español, tiene todos los ingredientes de la comedia negra y casi la misma inquietante atmósfera de thriller psicológico de aquella. Y es que MartinMcdonagh, experto, al parecer, en hacer sufrir a sus personajes, no tiene ningún empacho en bucear por las más oscuras profundidades del corazón humano, donde junto a los impulsos de la generosidad o de la compasión anidan, como huevos de serpiente, la indiferencia y la crueldad, y ese deseo malsano de hacernos daño al que tantas veces no nos podemos resistir.

La historia ambientada 1934 en la pequeña isla de Inishmaan explora un variado muestrario de los tópicos del carácter y de la forma de vida irlandeses, aunque mucho nos tememos, quienes conocemos el paño por haber crecido en el enrarecido ambiente de una aldea rural, que gran parte del odio, envidias, rencores o simple animadversión que se profesan los personajes forma parte de una forma de relacionarse y de un comportamiento egoísta y atrabiliario común en muchas latitudes, y que desgraciadamente nos resulta demasiado familiar como para que podamos tomárnoslo a broma. Y sin embargo, gracias a la habilidad del autor para activar esa propensión un tanto perversa que todos tenemos a hacer mofa de las debilidades o de las taras ajenas, nos sorprendemos riéndonos del desdén y de la crueldad con la que Bartley o Helen tratan al pobre tullido Billy o a sus viejas tías adoptivas, o del desprecio que se muestran Jonhypateenmike y su madre, o de las cordiales pullas y malévolas insinuaciones que se intercambian Kate y Eileen.

Dramáticamente la obra funciona como un artefacto muy bien construido con constantes inversiones y giros inesperados de la trama que agilizan el desarrollo de una acción por lo demás lenta y morosa, vehiculada por unos diálogos reiterativos construidos  a base de réplicas que vuelven una y otra vez sobre sí mismas como si los personajes fueran incapaces de romper el circulo vicioso en el que parecen encerradas su vidas. No podemos sustraernos, empero, a la impresión de que el autor no juega del todo limpio con nosotros, de que manipula un tanto nuestros sentimientos y emociones para dirigir nuestra benevolencia hacia los personajes que despiertan, obviamente, nuestras simpatías, Billy y sus tías, y nuestro “rechazo” por el cargante y caprichoso Bartley y por el alcahuete Jonhypateenmike que termina por resultarnos odioso.

Estamos ante el trabajo irreprochable de un elenco y de un equipo artístico de primerísimas figuras bajo la diestra batuta de Gerardo Vera, que acierta de pleno con el ritmo pausado y el tono agridulce de la obra. El espacio escénico de Manuel Andújar responde al ambiente de penuria y primitivismo que se respira en la isla baldía y a la atmósfera opresiva que ha moldeado el carácter de sus moradores. Ya hemos mencionado al amanerado, chismoso impenitente Jonhypateenmike, estupenda creación de Enric Benavent, su rivalidad con su nonagenaria y dipsómana madre (Teresa Lozano) explota en momentos de una comicidad desbordante. Marisa Paredes y Terele Pávez (Kate y Eileen) comparten con el joven Ferran Vilajosana el protagonismo absoluto de la obra. La primera es una dulce y encantadora anciana de voz trémula y ademanes pausados, su fragilidad y buenos modales contrastan con el aplomo la energía y la retranca Eileen; ambas forman un tándem perfecto, su afabilidad no es incompatible con momentáneos arrebatos de mal genio en los que se zahieren con especial inquina, aunque nunca llegue la sangre al río. Particularmente inspirado está Ferrán Vilajosana en el papel del contrahecho y bondadoso Billy el cojo; en la expresión de su rostro y en la composición física de su personaje exhibe con turbadora crudeza la profunda frustración de un alma bondadosa y de un espíritu inquieto enfrentado con las severas limitaciones de su cojera y su parálisis, barreras infranqueables en el camino de la consecución de sus sueños. Con su entereza y resignación alternan estados de abatimiento y de desesperación extrema que le llevan al borde del suicidio, del que sólo le salva su amor por la vivaracha e insolente Helen (magnífica Irene Escolar) una jovenzuela emula de la fierecilla domada de Shakespeare que no pierde ocasión de zaherirle y de humillarle.

Gordon Craig.

El Cojo de Inishmaan en el Teatro Español.

jueves, noviembre 26, 2009

TEATRO. La ruleta rusa. "Chejov en el pasapurés".


De Enric Benavent, a partir de relatos cortos de Chejov.
Con: Fernando Otero, Marcos Marín, Tino Martínez, Mónica Ferrer y Paloma Mozo.
Teatro El Zurdo. Dirección: Luis Bermejo.
Alcalá de Henares. Corral de Comedias, 22 de noviembre de 2009



Muchas compañías de teatro se han visto seducidas por el potencial dramático, tragicómico, de los relatos de Chejov, el infatigable satírico de la vida cotidiana de la Rusia profunda, el gran maestro de la ironía, el incisivo analista de la psicología humana. Muchos de tales relatos vieron también la luz como piezas breves y no desmerecen de sus obras más largas, antes bien constituyen, en palabras de su compatriota Constantin Stanislavsky, un manantial inagotable de teatralidad. No es extraño, por tanto, que Enric Benavent se haya dejado tentar por ellos para armar el texto que ahora trae a escena el Teatro del Zurdo, pero también es cierto que nunca había visto bucear con tanta desenvoltura -por decirlo suavemente- por unos originales y servirse de ellos en beneficio propio. Por menos que esto se está poniendo en evidencia la SGAE, día sí día no, sacando pecho por los derechos de autor.

Todo sería justificable si, al menos, el espectáculo mantuviera un poco más de fidelidad al espíritu originario del modelo, si se hubiera logrado mantener a raya a los dos enemigos mortales del humor chejoviano: la caricatura y el histrionismo Pero ¡quia!; supeditado el montaje al afán declarado por conseguir a toda costa la risa del público y su beneplácito se nos priva de las sutilezas de los diálogos y del complejo y articulado desarrollo de la acción dramática de los textos originales para convertirlos en humoradas más dignas del club de la comedia; porque, todo hay que decirlo, recursos de la comicidad no les faltan al elenco de actores.

¿Dónde está el lirismo y el temblor de los amantes en su encuentro en el parque al final El seductor?¿ O el dilema obsesionante de Piotr Semionov; o su contrapunto patético, el desvalimiento y entrega de la esposa seducida? ¿Y el ímpetu del bueno y obcecado Smirnov en El Oso, estrellándose una y otra vez contra el muro de negativas de la frágil y altiva Popova, hasta caer repentinamente en sus brazos? Los cortes inesperados de este atrevido adaptador, los cambios bruscos de registro, las interpolaciones gratuitas desbaratan la trama original, desdibujan los perfiles nítidamente trazados de los personajes y desvirtúan el conflicto hábilmente diseñado.

Subrayando el tópico, el humor de trazo grueso, y mediante una contextualización un tanto forzada del argumento de los relatos a la situación de la España contemporánea, con sus diversos acentos, idiomas y peculiaridades regionales, parece haberse conseguido el objetivo de entretener al respetable, que acompañó con sus carcajadas la mayor parte de la representación. Pero el precio pagado es, a mi modesto entender, demasiado elevado. Menos mal que las rosquillas de Medina del Campo y el vino de moscatel estaban espléndidos.

Gordon Craig.

Corral de Comedias. La ruleta rusa.

martes, enero 13, 2009

TEATRO. La taberna fantástica. "Los avatares de un texto legendario".

De Alfonso Sastre.
Con: Antonio de la Torre, Francisco Portillo, Felipe García Vélez, Enric Benavent, Julián Villagrán, Celia Bermejo, Paco Casares, Félix Fernández, Saturnino García, Carlos Marcet, Luis Marín, Paco Torres y Miguel Zúñiga.
Dirección: Gerardo Malla.
Madrid. Teatro Valle-Inclán.



Los avatares sufridos por este texto extraordinario de Alfonso Sastre desde su escritura y publicación hasta su plasmación en espectáculo teatral, constituyen un buen ejemplo de la singularidad de los procesos de transmisión y recepción por el público de los textos teatrales. Toda la obra de Sastre lo es en cierto sentido, pues muchos de sus textos escritos todavía no han visto la luz en un escenario, como por ejemplo su Prólogo patético o Los hombres y sus sombras, mientras que otros como Escuadra hacia la muerte tuvieron que ser retirados de “circulación” de inmediato por presiones gubernativas y otros como la obra que nos ocupa tuvieron que esperar muchos años antes de poder ser recibidos por el público y no sin antes haber sufrido diversas mutilaciones, dando lugar a un montaje que, como el de su estreno en el Círculo de Bellas Artes hace ahora veintitrés años, adultera en buena medida el original -con el beneplácito del autor, en este caso-, pues le priva prácticamente de todo su componente fantástico y convierte a la obra en una manifestación pura y dura del teatro del realismo social con cierto regusto de carácter costumbrista, privándonos de una lectura de mayor calado simbolista.

De estructura compleja (“tragedia compleja” en el sentido que le atribuyó el propio autor) en La taberna fantástica hay una mezcla de realidad y ficción articulada en una duplicidad de planos de la acción dramática que el montaje respeta, con el núcleo central de la trama enmarcado entre un prólogo y un epílogo. En la parte nuclear la obra recrea los antecedentes de los dos personajes principales, Rogelio y “el Carburo”, sus peripecias con la justicia y la vieja ofensa pendiente, y la pelea anunciada que se dilata por el grado de embriaguez de Rogelio y cuyo desenlace no desvelaremos. En el prólogo el “autor” nos adelanta lo que va a ocurrir después (“la historia de una sangrienta pajarraca”). Respecto al final, es un complejo epílogo en ocho momentos, de los cuales, el más significativo es el momento V (la escena suprimida) una fantasía en la que se reproduce la “auténtica” muerte de Rogelio a manos de las fuerzas del orden, clausurándose la obra con la despedida del autor y con el momento VIII, diálogo de “el Badila” y “Caco” bajo el cielo cuajado de estrellas. Llenos de vino y de tristeza, ajenos por azar al desenlace de la tragedia, sueñan en voz alta con lo que ellos, ingenuamente, creen un mundo mejor, al otro lado de los millares de ventanitas iluminadas de la mole de viviendas que tienen frente a sí.

Sastre demuestra conocer perfectamente el universo de marginalidad que le sirve de referencia y la abigarrada fauna de perdedores que lo pueblan: gitanos, traperos, quinquis, asalariados de la más baja condición social alienados y embrutecidos por el alcohol o por la miseria más extrema y lo muestra con un realismo descarnado, convirtiéndose la obra en una ácida crítica de la realidad social y política del momento. Y ello no sólo por el universo que retrata, sino también y sobre todo a través del lenguaje usado por los personajes, que revela el empeño consciente del dramaturgo por superar unos códigos expresivos que pudieran llegar a identificarse con el discurso asociado a la ideología dominante, con la lengua propia del orden establecido; de ahí el empleo de un lenguaje coloquial en el que conviven los giros, modismos, frases hechas, sufijos expresivos, elipsis, etc, con vulgarismos y elementos léxicos propios del argot carcelario, del caló, de la germanía, del lenguaje de los mercheros y de los quinquilleros.

Con las reservas ya indicadas creo que el montaje reproduce con bastante fidelidad la atmósfera de la pieza; y lo dicho vale para la escenografía y ambientación general así como para la interpretación de los actores y su labor de creación de personajes, meritoria, dentro del patrón realista que conviene a la estética de la obra aunque con un resultado menos rotundo, me temo, que el que tuvo el estreno de 1985, cuyo éxito clamoroso no podemos dejar de recordar cuando lo que se ofrece a nuestra consideración es una réplica casi exacta de aquella producción.

Espero que de la comparación no se deduzca un juicio en exceso peyorativo. En fin, quizá todo se reduzca a una cuestión de oportunidad o de “singularidad” de los procesos de transmisión y recepción de las obras de la que hablábamos arriba, y que en el caso de Sastre constituyen una verdadera anomalía.

Gordon Craig.

CDN. La taberna fantástica.

jueves, marzo 15, 2007

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. Un enemigo del pueblo. "El precio de la verdad".

De Henrik Ibsen. Versión de Juan Mayorga.
Con: Esther Bellver, Enric Benavent, Israel Elejalde, Elisabet Gelabert, Abraham Lausada, Chema de Miguel. Olivia Molina, Francesc Orella, Rafael Rojas, Walter Vidarte y otros.
Dirección: Gerardo Vera.
Madrid. Teatro Valle-Inclán. 
 
Es peligroso oponerse a los intereses de una comunidad, a su prosperidad, aunque ésta se sustente en la corrupción de las instituciones y en la hipocresía de unos ciudadanos que no están dispuestos a sacrificar su bienestar material al conocimiento de la verdad. Un enemigo del pueblo cuenta la historia de un hombre íntegro que ha asumido ese riesgo, la peripecia de un luchador infatigable que defiende, quijotescamente, su derecho inalienable a decir lo que le dicta su pensamiento ejercido en libertad. 

El doctor Stockmann descubre que las aguas del balneario -en el que se cifra el desarrollo y la prosperidad de la ciudad y de toda la comarca- están contaminadas, y decide denunciarlo, pese a la oposición de la municipalidad que considera que cerrar el balneario acarrearía el desprestigio de la institución y la ruina económica de sus conciudadanos. Al principio la televisión local se ofrece a difundir tales informaciones, aunque pronto, por razones de conveniencia, se pone de lado del alcalde y manipula la opinión pública para ponerla en contra de Stockmann. En una multitudinaria asamblea que éste ha convocado para explicar la verdad a sus vecinos, el alcalde, las organizaciones cívicas y la prensa se confabulan para desprestigiarlo y enfrentarlo a los ciudadanos que acaban por llenarlo de improperios y están a punto de lincharlo. (Las imágenes proyectadas al final del acto cuarto, son estremecedoras, y subrayan el ambiente de violencia desatada de un pueblo enardecido capaz de cometer las mayores atrocidades). Pero ahí no acaban las tribulaciones de Thomas Stockmann; en el acto quinto tendrá que sobreponerse a un nuevo y cruel chantaje, el de su propio suegro, que le amenaza con hipotecar el futuro de su familia si no rectifica.

Escrita hace más de un siglo la obra parece dirigida a espectadores de nuestro tiempo. Ibsen se las ingenió para crear un microcosmos que funciona como paradigma de las sociedades modernas, con sus conflictos de intereses entre lo privado y lo público, entre los ciudadanos y las instituciones, sometiendo a un riguroso análisis el funcionamiento y esencia de la democracia como sistema de gobierno y poniendo en tela de juicio la validez del principio del sufragio universal como fuente de legitimación del poder político cuando ello no va unido a un ejercicio efectivo del derecho de la libertad de expresión.

Tema, como vemos, de gran calado, y situaciones que el espectador reconoce como cotidianas tan sólo con sustituir la denuncia de la contaminación de las aguas por la de una irregularidad urbanística vinculada a la financiación de los partidos políticos, o por la de la presencia de ácido bórico en unas muestras de dinamita. Si a eso añadimos la prodigiosa verosimilitud que irradia todo el espectáculo, desde la construcción dramática, que roza la perfección, hasta la grandiosa escenografía, pasando por el trabajo actoral y la dirección de actores, o una espléndida versión que acentúa, si cabe, la condición de parábola moral que el texto tiene, tendremos las claves del éxito de este montaje, que está sorprendiendo hasta a los empleados de la taquilla del teatro. Ello explicaría también la polvareda que levantó el día de su estreno y las expectativas que ha generado en una opinión pública particularmente sensibilizada ante las corruptelas de una clase política endogámica y falta de altura de miras o ante el bochornoso espectáculo de la desinformación cuando no de la manipulación pura y dura de los medios de comunicación.

Un trabajo, en fin, bien hecho, riguroso, que está atrayendo espectadores a la sala sin dejar de cumplir la alta misión social de agitador de conciencias que el teatro había perdido. Y una oportuna ocasión para la reflexión, en unos momentos en que la costumbre o la pereza, que es lo mismo, nos invitan a mirar para otro lado, a transigir con actitudes o comportamientos reprobables y a no arrostrar las consecuencias que conlleva enfrentarse a la verdad.

Gordon Craig.



viernes, noviembre 10, 2006

TEATRO. El portero. "La amenaza del otro".

De Harold Pinter.
Dirección: Carles Alfaro.
Con: Enric Benavent, Luis Bermejo y Ernesto Arias.
Madrid. Teatro de La Abadía.



Acaba de cumplirse un año de la concesión del Nobel de Literatura a Harold Pinter, y este espectáculo, producido por el Teatro de la Abadía, constituye un merecido homenaje al más importante dramaturgo inglés vivo y al más influyente, quizá, de la segunda mitad del siglo XX, y cuya obra, curiosamente, ha brillado por su ausencia en nuestras carteleras. Bienvenido sea, pues este montaje, riguroso y ejemplar, por cierto, de una de sus piezas largas más representativas.

El propio Pinter tiene dicho que le resulta difícil explicar qué pasa en sus obras y ello no es ninguna “boutade”, ni una salida de tono para acallar las típicas preguntas impertinentes de entrevistadores frívolos. Como de muchas de las más celebradas piezas del teatro del absurdo, de cuya poética sus obras son tributarias, no resulta exagerado decir que carecen de argumento, en el sentido convencional del término, aunque no dejen de plantear, como aquellas, situaciones conflictivas y desarrollar una verdadera acción dramática. La obra que comentamos, El portero, (o El cuidador, como han traducido algunos, The caretaker, en inglés original) no escapa a esta caracterización. Sin proporcionarnos apenas antecedentes de los personajes, el autor nos permite, por así decirlo, que nos asomemos a un momento de sus vidas, para, enseguida abandonarlos a su suerte sin que sepamos qué va a pasar después, qué camino van a tomar o en qué van a parar los deseos, inquietudes, o afanes de cada uno de ellos, a cuyo conocimiento hemos tenido acceso durante el breve lapso de tiempo que la obra desarrolla.

El desvalido y torturado Aston, su hermano Nick, desenvuelto y vividor pero no menos desequilibrado e imprevisible que él, y un anciano mendigo, Davies, acogido temporalmente por el primero, constituyen los únicos personajes de la obra. El lugar, un sórdido y destartalado apartamento atiborrado de enseres inútiles y que pareciera la guarida de uno de esos enfermos aquejados del extraño complejo de Diógenes; la lluvia inclemente que golpea contra la ventana y que acentúa la atmósfera de soledad e incomunicación en la que viven sus moradores, y una interminable cháchara, las más de las veces tópica, sobre asuntos de la más estricta cotidianidad. Tales son los mimbres con los que teje Pinter este drama insólito, inquietante, sobre la difícil tarea de vivir, sobre la desconfianza, sobre la amenaza que para nuestro menguado universo de certidumbres supone la presencia del otro, de los otros, y sobre la línea de defensa, hecha de palabras, de silencios, de insinuaciones y de medias verdades, que erigimos frente a esos otros, para intimidarlos, para someterlos a nuestra voluntad o simplemente para blindar nuestro estatus, nuestros pequeños privilegios, ínfimas prerrogativas, a veces, de una existencia anodina y vulgar.

Montaje sobrio, que nos retrotrae a la esencia del teatro de texto, servido con extremada maestría por el director y por los actores, que hacen gala de una extraordinaria madurez artística. Y monta tanto Ernesto Arias (Nick), como Enric Benavent (Davies), dando vida a un tipo extraño y un tanto chulesco, sin oficio ni beneficio, de carácter irascible y reacciones inesperadas, el primero, y a un pobre diablo, anciano, miserable y desconfiado, maltratado por la vida y que trata de mantenerse a flote mientras conserva un último reducto de dignidad, el segundo. Respecto a Luis Bermejo crea, con Aston, uno de los mejores personajes de su carrera: su movimiento, ademanes y gesticulación son los de un enfermo mental, una especie de autista incapaz de relacionarse con los demás, de coordinar sus ideas y de articular coherentemente sus pensamientos; de natural bondadoso, es una criatura frágil y vulnerable, víctima de sus obsesiones y presa fácil de la malevolencia y de los abusos de los demás personajes.

El resultado es un cuadro desolador, revela el vacío de unas vidas carentes de ambición y de un proyecto de futuro, el devenir inocuo de unos seres derrotados, que parecen haber renunciado a buscar algo que dé sentido a su existencia, y transmite una insoportable sensación de angustia y desasosiego.

Gordon Craig.

El portero. Teatro de la Abadía.