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domingo, enero 31, 2016

TEATRO. Tres hermanas. "Un canto a la esperanza".

De Anton Chéjov.
Con: Victoria Dal Vera, María Pastor, Ariana Martínez, Raúl Fernández, Susana Hernáiz, Juan Pastor, José Bustos, José Troncoso, José Maya, Carles Moreu y Aurora Herrero.
Vestuario y ambientación: Teresa Valentín-Gamazo.
Espacio sonoro: José Bustos.
Dirección: Juan Pastor.
Madrid. Teatros del Canal.



Cuando en una de sus frecuentes y desafortunadas muestras de zafiedad, Natacha, enseñoreada ya de la casa familiar de los Prozorov, afirma su propósito de talar los árboles de la avenida que conduce a la mansión, uno no puede por menos de recordar, repercutiendo en su cerebro, los golpes sordos de hacha con los que termina El jardín de los cerezos y le asalta el mismo sentimiento de pérdida que a Andréievna Ranésvskaya, que acosada por los acreedores tiene que abandonar su casa de campo, solar de su niñez, e irse a la ciudad. Como ella, también Olga, Masha e Irina, ven con horror que con la desaparición de los abedules de la avenida desaparecerán también los recuerdos de una infancia feliz materializados en ese entorno campestre de bellos atardeceres de la ciudad de provincias a la que llegaron con su padre, ahora fallecido, hace varios lustros.

Y es que en Tres hermanas, como en la ya citada El jardín de los cerezos, y como en casi todas las obras de Chejov, hay un ancho espacio para la nostalgia. Sus personajes tiene un apego casi enfermizo al pasado, a un mundo que se derrumba irremediable en incomprensiblemente, al menos para los adultos -no para los más jóvenes, como Irina en Tres hermanas o Ania y Petia de El jardín de los cerezos- sin que puedan hacer nada por evitarlo. De hecho, esa “euforia por los recuerdos” -para expresarlo con palabras de Botho Strauss- proviene precisamente de su incapacidad para tomar conciencia plena de la realidad y del presente. Y es ahí, en ese nudo gordiano, entre la nostalgia por un pasado irrecuperable y la esperanza en un futuro ilusorio e incierto -el que les proporcionaría un trabajo y la vida en Moscú-, donde se inscribe el drama personal de los personajes -particularmente de las tres hermanas-, que la obra dramatiza, donde vamos a saber de sus alegrías y tristezas, de sus vanas ilusiones, de sus amores no correspondidos, del desgarro de la separación y, sobre todo, de su desoladora y honda frustración, mientras se ahogan en un ambiente provinciano, mediocre y vulgar que asfixia cualquier posibilidad de cambio.

Carente de acción externa y pivotando sobre los más nimios episodios de la vida cotidiana, como atender a las visitas, celebrar un cumpleaños con la familia y los amigos, rememorar una efemérides o comentar los pormenores de una agotadora jornada de trabajo, en esta obra todo se ventila a nivel de las emociones y de los sentimientos. Y ello ha de hacerse como en sordina huyendo del melodrama, que tanto desagradaba a Chejov. Para amortiguar las manifestaciones de ese turbulento mundo interior los actores tienen que hacer un gran esfuerzo de contención, e incluso recurrir, instados, supongo por el director de escena, a las actitudes y acciones más extrañas, como la pasividad de Andrei ante las intemperancias de Natacha, o en su indolente confesión a sus hermanas de que ha hipotecado la casa, enunciando la noticia como si fuera la cosa más natural del mundo; o la frialdad de Tusenbach en la escena de la despedida de Irina, antes del duelo y cuando el barón sabe que se dirige a una muerte segura; o, por el contrario, impostando desmesuradamente la voz y adoptando poses grandilocuentes, como cuando Natacha echa de casa a Anfisa con cajas destempladas, cuando Soliony amenaza ante Irina a cualquier rival que quiera interponerse entre ambos, o en la teatralización excesiva a la que recurre en multitud de ocasiones Masha para ocultar sus sentimientos. En todos los casos, empero, se percibe en la propia desmesura de sus salidas de tono y en la sobreactuación una suerte de censura implícita del autor, como si desautorizase esas concesiones al dramatismo impidiendo que las tomemos en serio. Ni en el famoso tercer acto, el pavoroso incendio que asola el vecindario consigue destemplar los nervios de los protagonistas ni desestabilizar el lento discurrir de las horas; aunque es probable que ese estado de agitación general “anime” a Masha a confesar a sus hermanas el secreto de su amor por Vershinin en una escena, por cierto, clave, un momento álgido dentro del desarrollo de la trama, y cuya correcta resolución, en términos de dirección y de trabajo actoral, podría constituir por sí sola un indicio cierto para valorar en conjunto el montaje.

Revelar estos y otros muchos, muchísimos, aspectos de una caracterización tan matizada y minuciosa del mundo interior de los personajes como la que hace Chejov es mérito, como ya he dicho del director, Juan Pastor, un buen conocedor del dramaturgo ruso, y, obviamente de los actores, formados la mayor parte en la “escuela” de la Guindalera, de filiación naturalista. En esta ocasión encontramos en la construcción de los personajes, junto a unas dosis justas de psicologismo una cierta racionalización del movimiento y de la expresividad corporal que nos retrotrae a Meyerhold. Todos encaran su cometido con valentía y solvencia insuflando aliento a unos personajes complejos que transitan progresivamente del entusiasmo y despreocupación iniciales, plasmados espléndidamente en la escena del cumpleaños de Irina, al desamparo y desconcierto del final, cuando la guarnición abandona el pueblo, y tienen que encarar las consecuencias de lo que ha sucedido en esos dos años largos que recrea la obra, pertrechados únicamente de una vaga e ilusoria esperanza en el futuro. Con el estridente sonido de las marchas militares que se pierde en la lejanía se pierden también sus expectativas de felicidad o de su siempre preterido deseo de volver a Moscú, la tierra prometida donde vivir el ideal del matrimonio o de una mundanidad soñada, de experiencias excitantes, de sensibilidad, de cortesía, frente al rudo, grosero y alienante ambiente provinciano que las atenaza.

Gordon Craig.

viernes, mayo 22, 2015

TEATRO. El jardín de los cerezos. "Un mundo que agoniza".

De Anton Chéjov. Adaptación de Ángel Gutiérrez.
Con: Marta Belaustegui, Alicia Cabrera, Juan Ceacero, José Luis Checa, Jesús del Caso, Francisco Ferrer, Germán Estebas, Jesús García Salgado, Kessy Harmsen, David Izura, Cristina Martínez, Laura Martínez, Lorena Neumann y José Rubio.
Teatro Chéjov. Dirección: Ángel Gutiérrez.
Madrid. Teatro Valle-Inclán.


La obra comienza -y casi podríamos decir que termina- con el regreso de la señora Liubov Andréievna Ranésvskaya a su querida mansión en el campo. Sus asuntos se ha llevado tan mal durante su ausencia de más de cinco años en Francia, que ahora no queda otro remedio que subastar la finca familiar para pagar a los acreedores. Lopajin, un adinerado hombre de negocios local, descendiente, por más señas, de una familia de siervos de la casa, le ofrece una posibilidad de salvar la hacienda: vender el terreno que ahora ocupa el huerto de cerezos por parcelas y hacer casas para alquilar a posibles veraneantes, a lo que la señora Ranévskaya se niega tajantemente aduciendo razones de índole sentimental. Así que no queda más que esperar a la resolución de la subasta.

La obra dramatiza por así decirlo ese impasse, ese par de semanas de vida disipada, de fiestas, de excursiones campestres, que transcurren entre la llegada de la señora y de su hija Ania y la partida definitiva de toda la familia y de su corte de admiradores y amigos, dejando la casa clausurada mientras a lo lejos se oye el ruido sordo del hacha talar los cerezos.  Tiempo suficiente, empero, para mostrarnos un friso completo de una forma de vida señorial, de grandes terratenientes diletantes y ociosos preocupados únicamente por distraerse y disfrutar de unos privilegios y de una posición heredados mientras dilapidan su fortuna en saraos y fruslerías, sin darse cuenta de la profunda transformación social que ya está en marcha y que terminará por barrer a todos los miembros de su clase de la faz de la tierra. En ese sentido la pieza tiene un cierto carácter profético y representa un mundo que agoniza, el de señores y siervos y un mundo nuevo representado por Ania y por Petia.

Obra de madurez de Chejov, que fue un profundo renovador del teatro ruso y europeo de finales del siglo XIX, escrita pausada y meticulosamente durante más de tres años en los pocos momentos de asueto que le dejaban su achaques, es de una complejidad extraordinaria. Baste recordar para dar una idea de esa complejidad la polémica surgida entre el autor y Nemiróvich-Dánchenko director a la sazón del Teatro del Arte de Moscú, donde habría de estrenarse la obra en 1904. Para el primero El jardín de los cerezos debía de tratarse como una comedia ligera, para el segundo y para el propio Stanislavski, miembro destacado de la compañía y para quien Chejov había reservado el papel de Lopajín, debía de representarse como una drama serio de la vida rusa de la época.

El acierto de Ángel Gutiérrez, traductor, adaptador y director del montaje está precisamente en haber mantenido esa ambivalencia de la obra y combinar la seriedad y el dramatismo de muchas situaciones, su vertiente social, que la tiene, con su carácter vodevilesco, por ejemplo, en los devaneos de la casquivana Duniasha (Alicia Cabrera), en el tono festivo y desenfadado de muchas escenas o en el talante bufonesco con el que se desenvuelven muchos de los personajes, empezando por la prosopopeya del engreído aristócrata Leonid Andréievich Gayev (espléndido Germán Estebas) y terminando por el torpe y atolondrado Epijodov (Juan Ceacero). Salvados algunos elementos un tanto kitch de la escenografía, que corre a cargo también de Ángel Gutiérrez, con cerezos postizos, montículos de césped artificial, lapidas y cruces de quita y pon o cortinas y doseles de guardarropía, cabe atribuirle el mérito de haber creado un ambiente que refleja muy bien esa atmósfera decadente, ese “grandeur” trasnochado y caduco propio de la alta sociedad de su tiempo y, desde luego, ese tono de honda tristeza y melancolía tan chejoviano que impregna a los personajes y que se hace particularmente intenso en algunos momentos como en el recuerdo del hijo ahogado o en la súbita visión de la madre al final del sendero. El movimiento escénico, calculado al milímetro, en un espacio de gran profundidad, con múltiples planos en los que se desarrollan acciones simultáneas es otro de sus hallazgos, como lo es también la pericia con la que administra los climax y los “duetos”, si se me permite llamarlos así,  escenas para dos únicos personajes en las que se revelan aspectos cruciales de su psicología, como el entrañable vis a vis Ania y Varia, del primer acto, o la escena de Varia (Laura Martínez) con el irresoluto Lopajin del final del cuarto acto, cuando éste apremiado por Liubov y por los preparativos para la partida intenta sin éxito declararse a la joven; una escena espléndida que pone a prueba el talento de Jesús García Salgado para la caricatura. Por cierto, en la construcción de su personaje, un hombre pundonoroso y bueno pero que nos exaspera por el ascendiente que todavía siguen ejerciendo sobre él estos aristócratas de pacotilla, parece haber seguido al pie de la letra las instrucciones que daba el propio Chejov en una carta a Nemiróvich-Dánchenko del 2 de noviembre de 2003: “camina agitando los brazos, a zancadas y piensa mientras camina; no lleva el pelo corto, por eso a menudo hace un movimiento con la cabeza para apartárselo; al reflexionar se acaricia la barba a contrapelo ...”

Un elenco, en fin, entusiasta y bien compenetrado, que completan entre otros Lorena Neumann en una jovencísima, efusiva y vehemente Ania; Francisco Ferrer en el viejo parásito achacoso y bonachón Simeónov-Pischik; Kessy Harmsen en el papel del displicente buscavidas (y perrito faldero de Liubov) Yasha; José Rubio en el eterno estudiante Trofimov cuya figura enclenque con su libro al cinto y su mirada de visionario es una curiosa metáfora del futuro revolucionario. Marta Belaustegui, por último, hace un aquilatado y poliédrico trabajo como la señora Andréievna Ranésvskaya: cariñosa, afable, desprendida, padece una suerte de apego enfermizo a los recuerdos de su infancia materializados en el jardín de los cerezos, adolece de una mezcla de inmadurez y de sentimiento de culpa; presa de una suerte de inconsciente frivolidad está incapacitada para ver la cruda realidad de la ruina de la familia y de su incierto futuro.

Gordon Craig.

El jardín de los cerezos. CDN.

jueves, octubre 31, 2013

TEATRO. La Gaviota: Dos mundos frente a frente.

De Antón Chejov.
Con: Manuel Tiedra, Raúl Chacón, Rebeca Vecino, Daniel Ghersi, Beatriz Grimaldos, Socorro Anadón y Jaroslaw Bielski.
Dirección: Jaroslaw Bielski.
Madrid. Sala Réplika.

La gaviota ReplikaTeatro-re


Trigorin, escritor maduro de éxito y la actriz Irina Arkadina, su amante, llegan a la casa rural de Sorin, hermano de Irina, para pasar unos días de descanso. Constantin Treplev, hijo de la actriz y escritor en ciernes, vive su particular romance con la soñadora e impulsiva Nina, hija de un rico propietario de la vecindad. Deslumbrada por la fama de Trigorin la joven se enamora de él y le sigue a la ciudad, ante la desesperación de Constantin, para abrirse camino como artista. Pero para Trigorin Nina no es sino una aventura pasajera y pronto volverá con su amante para dejar a la joven abandonada a su suerte. Fracaso tras fracaso, despechada y rota vuelve pasados dos años al entorno paradisíaco donde se forjaron sus sueños, sólo para comprobar amargamente cómo se ha cumplido la profecía implícita en el apunte para un futuro relato esbozado por Trigorin acerca de la gaviota del lago: “trata de una joven como tú -le había revelado Trigorin a Nina ante el cuerpo sin vida de la gaviota que acababa de abatir el irritado Kostia- que ha vivido a la orilla de un lago desde la niñez. Ama el lago igual que la gaviota y es feliz y libre como ella, pero un hombre acierta a pasar por allí, la ve y no teniendo nada mejor que hacer la destruye, lo mismo que a la gaviota”.

Así contada parece una típica historia romántica de seducción y celos con final trágico. Pero Chejov va siempre mucho más allá. La Gaviota no es sólo la crónica de la destrucción de Nina -y la de Treplev, arrastrado por las circunstancias a la frustración y a la desgracia tras verse abandonado por la joven que ama-; su peripecia se inscribe en un conflicto mayor: el enfrentamiento de dos mundos. Un mundo que agoniza, representado por Trigorin, Arcadina o Sorin, miembros de una clase acomodada, y otro que desea abrirse camino a fuerza de sinceridad, de entusiasmo y de empuje juveniles, un mundo nuevo representado por Kostia y por Nina.

Admiro y aplaudo el arrojo de Réplika Teatro para enfrentarse con esta obra de madurez de Chejov (que planteó dudas al mismísimo Stanislavski en el momento de sus estreno) y en la que late toda la capacidad de introspección psicológica del autor y toda su fuerza poética. Pero me resulta difícil valorar en qué medida este montaje da cumplida cuenta del rico y complejo universo sentimental descrito en La Gaviota. Parte de ese entramado de sentimientos y emociones se resiente, por fuerza, debido a los cambios y recortes exigidos por la supresión de varios personajes en la adaptación de Jaroslaw Bielski que, no obstante, respeta los episodios fundamentales del argumento y las líneas principales de conflicto. Queda un tanto mermada la espectacularidad de las escenas, digamos más multitudinarias y el ambiente bullicioso y refinado de las reuniones familiares que muestran esa vida disipada y estéril en que se mueven los personajes, que tanto encandila a Nina y que tanto irrita al impulsivo Kostia. Pese a ello, la escena de la representación de la obra de Kostia del primer acto está brillantemente resuelta. Luego la obra se enfría un tanto y avanza con altibajos hasta el inicio del cuarto acto con el retorno de los personajes a la villa y la aparición de Nina; creo que el reencuentro de la muchacha con Kostia y con todo su pasado mientras contempla el jardín y el escenario desiertos con el lago al fondo es lo mejor de la obra. Ambos personajes crecen y consiguen revelarnos, no sólo en sus palabras, sino sobre todo en la escucha, su turbulento estado anímico, los sentimientos encontrados de amor y odio, de rebeldía, de sufrimiento y de desesperación de Kostia (Raúl Chacón) y el abatimiento extremo, el desamparo, la melancolía y la profunda tristeza de Nina (Beatriz Grimaldos) que alterna momentos de lucidez, en los que la desolación y el remordimiento se apoderan de ella, con estados de enajenación y de locura. Convincente es el funcionario retirado Sorin (Manuel Tiedra) anciano achacoso comprensivo y socarrón. En Trigorin (Jaroslaw Bielski) predomina quizá más la displicencia que el verdadero escepticismo del escritor que está de vuelta de todo; el personaje aparece en exceso apagado y apático. Socorro Anadón encarna con solvencia a la diletante y engreída Arkadina aunque no sé si el inicio del segundo acto, concentrada en su tabla de gimnasia mientras compara su belleza (espejito, espejito, ...) con la ajada y lánguida Masha (Rebeca Vecino) hubiera satisfecho a Chejov, pero de seguro que la invitaría a controlar el temperamento de su personaje y a moderar un tanto sus ocasionales e intempestivos arrebatos de furia.
 
Gordon Craig.


lunes, octubre 03, 2011

TEATRO. Tres años. "Chejoviana".

de Juan Pastor, a partir de textos de Antón Chejov.
Con: Raúl Fernández, María Pastor, José Maya, José Bustos y Alicia González.
Dirección: Juan Pastor.
Madrid, Teatro de la Guindalera.


A veces uno se siente inclinado a pensar si no serán los relatos y las piezas breves lo mejor de la producción de Chejov. Unos y otras nos revelan en un instante fugaz y raudo como el destello de un relámpago aspectos de la psicología de las personas, de sus afanes y de sus deseos ocultos para cuya comprensión cabal el común de los mortales necesitaría años de observación e introspección. De hecho, esta pieza de Juan Pastor que ahora estrena La Guindalera no es sino una sucesión de fulgurantes flashes, hilvanados a modo de recuerdos, de otros tantos momentos críticos en la vida de cinco personajes de inspiración chejoviana empeñados en la búsqueda infructuosa del amor y la felicidad. Es el particular homenaje del director de la Guindalera al dramaturgo ruso.


Aunque apenas conocemos detalles de la vida de Juan Pastor más allá de su labor como director teatral, es fácil reconocer, en la traslación de los personajes y de la trama a la sociedad de la España de los años treinta -que tanta afinidad guarda con la rusa de finales del siglo XIX que Chejov retrata-, un intento de recuperar su propia memoria personal sirviéndose del vastísimo anecdotario e idiosincrasia de unos personajes -de la obra en su conjunto-, de un autor que Juan conoce como pocos. Y hay que apresurarse a decir que la experiencia resulta divertida y estimulante.

Pero si la obra de Chejov inspira el argumento y los personajes de la pieza que comentamos; si chejoviana es también la mirada incisiva, benévola y un punto socarrona, que Juan Pastor proyecta sobre sus criaturas, no se nos escapa también la fructífera influencia de otro dramaturgo, el irlandés Brian Friel, inspirador de la multiplicidad de voces en la que se desdobla el discurso de los personajes y que se plasma en forma de reflexiones en voz alta, en juicios de valor explícitos, propios o ajenos, que entreverados con el diálogo dramático enriquecen con perspectivas insólitas o grotescas, la percepción que el espectador tiene del estado anímico de los personajes, de sus deseos o motivaciones.

La ambientación -incluido un sugerente espacio sonoro de Marisa Moro y Pedro Ojesto- es excelente, como lo es el trabajo de los actores. Alejandro, Julia y Paulina constituyen los vértices del triángulo amoroso sobre los que pivota la obra. Raúl Fernández borda los contornos de su personaje, Alejandro, un joven adinerado, descontentadizo y un punto filósofo, su falta de sentido de la realidad se compensa con creces con su bondad y su condescendencia; su carácter soñador y su propensión a la melancolía lo emparentan con el joven Treplev, de La gaviota, pieza con la que ésta que comentamos tiene muchas concomitancias. Paulina y Julia representa de algún modo a esas dos clases sociales enfrentadas en las obras de Chejov la de los seres útiles y la de los inútiles. Alicia González es Paulina, que pertenece a la primera de estas clases; es una joven inteligente, trabajadora y muestra en todo momento una activa resolución unida a ciertas veleidades de un feminismo avant la lettre; su actuación depara momentos de intensidad insuperables como la escena en la que, despechada, grita y zarandea a Alejandro echándole en cara su insensibilidad y su incapacidad para comprender su amor. En el polo opuesto está Julia (María Pastor) tan bella como caprichosa, su irresolución y su indolencia la arrastran a un matrimonio sin amor, al coqueteo con sus amigos y a un deseo vehemente de exprimir los placeres de la existencia hasta encontrar el equilibrio personal al abrigo de la voluptuosidad y la pasión. (¿Será eso la felicidad?). José Maya hace una estupenda recreación de Gregorio, también miembro de esta clase disipada y perezosa; es un funcionario de medio pelo, un bon vivant de moral acomodaticia, engreído y seductor. Su contrapunto es Jaime (José Bustos) más optimista, apasionado e impetuoso, quizá sea el único de todos que tiene verdadera confianza en el futuro y representa la esperanza de la superación.

Un montaje, en fin, de excelente factura, lleno de humor y de ironía; exquisito, brillante y conmovedor que nadie debería perderse.

Gordon Craig.

Teatro Guindalera. Tres años.
Crítica Gordon Craig en el Diario de Alcalá.

jueves, noviembre 26, 2009

TEATRO. La ruleta rusa. "Chejov en el pasapurés".


De Enric Benavent, a partir de relatos cortos de Chejov.
Con: Fernando Otero, Marcos Marín, Tino Martínez, Mónica Ferrer y Paloma Mozo.
Teatro El Zurdo. Dirección: Luis Bermejo.
Alcalá de Henares. Corral de Comedias, 22 de noviembre de 2009



Muchas compañías de teatro se han visto seducidas por el potencial dramático, tragicómico, de los relatos de Chejov, el infatigable satírico de la vida cotidiana de la Rusia profunda, el gran maestro de la ironía, el incisivo analista de la psicología humana. Muchos de tales relatos vieron también la luz como piezas breves y no desmerecen de sus obras más largas, antes bien constituyen, en palabras de su compatriota Constantin Stanislavsky, un manantial inagotable de teatralidad. No es extraño, por tanto, que Enric Benavent se haya dejado tentar por ellos para armar el texto que ahora trae a escena el Teatro del Zurdo, pero también es cierto que nunca había visto bucear con tanta desenvoltura -por decirlo suavemente- por unos originales y servirse de ellos en beneficio propio. Por menos que esto se está poniendo en evidencia la SGAE, día sí día no, sacando pecho por los derechos de autor.

Todo sería justificable si, al menos, el espectáculo mantuviera un poco más de fidelidad al espíritu originario del modelo, si se hubiera logrado mantener a raya a los dos enemigos mortales del humor chejoviano: la caricatura y el histrionismo Pero ¡quia!; supeditado el montaje al afán declarado por conseguir a toda costa la risa del público y su beneplácito se nos priva de las sutilezas de los diálogos y del complejo y articulado desarrollo de la acción dramática de los textos originales para convertirlos en humoradas más dignas del club de la comedia; porque, todo hay que decirlo, recursos de la comicidad no les faltan al elenco de actores.

¿Dónde está el lirismo y el temblor de los amantes en su encuentro en el parque al final El seductor?¿ O el dilema obsesionante de Piotr Semionov; o su contrapunto patético, el desvalimiento y entrega de la esposa seducida? ¿Y el ímpetu del bueno y obcecado Smirnov en El Oso, estrellándose una y otra vez contra el muro de negativas de la frágil y altiva Popova, hasta caer repentinamente en sus brazos? Los cortes inesperados de este atrevido adaptador, los cambios bruscos de registro, las interpolaciones gratuitas desbaratan la trama original, desdibujan los perfiles nítidamente trazados de los personajes y desvirtúan el conflicto hábilmente diseñado.

Subrayando el tópico, el humor de trazo grueso, y mediante una contextualización un tanto forzada del argumento de los relatos a la situación de la España contemporánea, con sus diversos acentos, idiomas y peculiaridades regionales, parece haberse conseguido el objetivo de entretener al respetable, que acompañó con sus carcajadas la mayor parte de la representación. Pero el precio pagado es, a mi modesto entender, demasiado elevado. Menos mal que las rosquillas de Medina del Campo y el vino de moscatel estaban espléndidos.

Gordon Craig.

Corral de Comedias. La ruleta rusa.

domingo, abril 12, 2009

TEATRO. Platonov. "Crónica de la degradación".

De Antón Chéjov. Versión de Juan Mayorga.
Con: Pere Arquillué, Jesús Berenguer, Pep Cortés, Gonzalo Cunill, Jordi Dauder, Raúl Fernández, Elisabet Gelabert, Mónica López, David Luque, Carmen Machi, María Pastor, Roberto San Martín y otros.
Dirección: Gerardo Vera.
C.D.N. Teatro María Guerrero. Madrid.



Platonov refleja un mundo en descomposición. Es la Rusia zarista de finales del siglo XIX, que en los ambientes provincianos -que Chéjov tan bien conocía y que no se cansa de retratar en sus relatos breves y en su teatro-, está dominada por aristócratas corrompidos, plagada de burócratas de medio pelo integrantes de una clase media perezosa, disipada, carente de los valores que hacen fuerte a la sociedad y presa del tedio, de la abulia y de la inacción.

Obra primeriza de Chéjov, contiene, en embrión, los grandes temas de sus obras mayores, sólo que aquí el planteamiento es bastante caótico y todavía no ha establecido esa mirada irónica y hasta compasiva, si se quiere, sobre las debilidades de sus personajes, por lo que los conflictos están planteados de manera más abrupta, más vehemente, más apasionada, adquiriendo su protagonista Mijail Platonov un airado tono acusatorio, que no volveremos a encontrar en ninguna de sus obras posteriores, y que le permite reprender agriamente a sus amigos y ponerlos en evidencia ante los demás sin contemplaciones, lamentándose a voz en grito de que “todo es vil e inmoral y sucio en este mundo”. Aunque él no sea mejor que los demás y se halle también varado en la inacción, oscilando entre los momentos de exaltación y de lucidez, en los que seduce con su verbo impetuoso a quienes le rodean, y la irresolución para llevar a término las expectativas que ha generado, para consumar sus conquistas o incluso para conservar a la única persona que le quiere, la solícita Sacha. (Estremecedora la escena en la que nos enteramos del contenido de su carta de despedida exhortando a Platonov que se haga cargo de su hijo).

Junto a Mijail Platonov (Pere Arquillué) y a su mujer, Sacha (Carmen Machi), desfila ante nuestros ojos un amplio friso de personajes representantes de todos los estamentos sociales, donde los más jóvenes (el insolente Glagoliev (Toni Agusti), el arrogante Venguerovich (Raúl Fernández), el vago y borrachín Nikolai Triletski (Gonzalo Cunill), o el irresoluto y pusilánime Serguei (David Luque), incapaz de responder a la afrenta y a la humillación), son el resultado de la hipocresía y de la mezquindad de los mayores, crisol de todos los vicios. No salen mejor parados los personajes femeninos, la caprichosa y un tanto engreída María Grékova (María Pastor) dispuesta enseguida a perdonar una ofensa, porque, en el fondo, también se siente atraída por Mijail, la voluble y enamoradiza Sonia (Elisabet Gelabert), que, no obstante, exhibe el único rasgo de dignidad perceptible en la pieza poniendo por obra su venganza; la excepción es, quizá, Anna Petrovna (Mónica López) que es la única que, con Platonov, tiene una conciencia clara de su situación; menos complicada que él, aparenta cinismo, donde lo que hay, creo yo, es una mayor libertad para dejar que se manifieste su instinto.

La versión es pulcra y ponderada, con un lenguaje actual, muy cuidado; muchas escenas, empero, resultan excesivamente esquemáticas. La puesta en escena sencilla, despojada de elementos costumbristas, somete a los variados espacios donde se desarrolla la acción a un riguroso proceso de estilización que rescata sólo los imprescindibles elementos de atrezzo y utilería para sugerir la atmósfera de exquisito refinamiento de la casa de Anna Petrovna, la sencillez del domicilio de Platonov, o la claridad de los bosques bajo el cielo estrellado, permitiendo una gran libertad de movimiento a los actores y la creación de cuadros de gran belleza plástica (espléndidas las escenas corales de la fiesta en la primera parte de la obra). La dirección escénica es rigurosa; cada entonación, cada posición sobre el escenario y cada desplazamiento parecen estar meticulosamente programados, aunque algunas poses o movimientos adolecen de una cierta afectación manierista cuando no son gratuita y excesivamente forzados. El ritmo es ágil y la acción fluye con naturalidad –dentro de lo que cabe-, aunque a medida que avanza la obra, los permanentes cambios de estado de ánimo del protagonista pierden la espontaneidad y la vivacidad del principio, sus explosiones de cólera se amortiguan, su agudeza e impetuosidad se atemperan y se pierden los contrastes en un proceso que va más allá, de lo que sería la natural evolución psicológica del personaje hacia la frustración, la melancolía y el abatimiento, y que tiene que ver, creo yo, con el trabajo de interpretación, con las dificultades propias del personaje cuya extrema complejidad desborda las posibilidades de Pere Arquillué. Desde el punto de vista del trabajo de los actores, en general, los secundarios encajan con varia fortuna sus respectivos papeles; Carmen Machi, Elisabet Gelabert y Mónica López resuelven con solvencia su cometido; las dos primeras no están al máximo de sus posibilidades y las hemos visto en tardes mejores; respecto a Mónica López presta a Anna Petrovna elegancia, desenvoltura y una buena dosis de energía y de vitalidad. Destaca asimismo Roberto San Martín en su papel Ossip, un personaje de clara filiación dostoyevskiana, un desclasado social que en razón de su marginación conserva intactas las pasiones primarias y cuyas maneras y ejecutoria son el contrapunto de las del resto de los miembros de esta sociedad degradada.

Un texto denso y complejo, en suma, que se resiste a ser revelado en razón de su propia dificultad intrínseca. Aunque el intento ha merecido la pena.

Gordon Craig.

Centro Dramático Nacional. Platonov.

martes, enero 15, 2008

VIDA. Otra vez a vueltas con Chejov. Reflexión sobre los primeros encuentros con la real realidad.


Todavía perplejo e intentando asimilar en parte el potencial de “la gaviota” de Chejov, me he detenido en un fragmento del diálogo final entre Nina y Kostia. Nina, al reencontrarse con Kostia, y haber sufrido en sus propias carnes la crudeza de la vida, tras huir de su hogar por su amor desenfrenado hacia Treplev y para intentar que su sueño de ser actriz se pudiera convertir en realidad, le dice al joven escritor:

Nina: “ [...] Ahora sé, ahora comprendo, Kostia que en nuestros trabajos, como actores o escritores, lo importante no es la fama ni la gloria con la que yo soñaba, sino saber resistir manteniendo la fe. Debemos llevar nuestra cruz y confiar. Saber sufrir y tener fe. Yo tengo fe y por eso sufro tanto. Cuando pienso en mi vocación, no le tengo miedo a la vida [...]”.

Muchos de nosotros nacemos con una idea preconcebida de lo que nos rodea, de la realidad que nos espera una vez comenzamos a perder la inocencia propia de la niñez. En muchas ocasiones esa imagen idealizada de la realidad no coincide en nada con lo que nos rodea de verdad. Gran parte de los sueños, de los principios sobre los que sustentábamos el mundo que nos esperaba ahí fuera, se desvanecen, y otra gran cantidad se torna en pesadillas.

Ante tal desconcierto, algunos de nosotros, los que están preparados, afrontan las adversidades con una sonrisa y con fe, como sostiene Nina; pero muchos, optan por encerrarse en su mundo de Peter Pan, y sufriendo de veras, en vez de enfrentarse a la realidad tal cual es, se ausentan, huyen de las responsabilidades, y cada día que pasa se convierten en algo más cobardes, en seres asustadizos, y sobre todo comienzan a olvidarse de cada uno de ellos, de su ser, empiezan a desnaturalizar al ser humano y buscan responsabilidades siempre ajenas a uno mismo.

El gran Chejov todavía nos tiene que enseñar muchas cosas, y en una sociedad como la nuestra, agresiva e individualista, asfixiantemente inhumana, cada día que pasa se hace más acuciante volver al genio ruso, como cita Vasili Grossman en “Vida y destino” poniendo las palabras de Chejov en boca de su personaje Madiárov: “dejemos a un lado a Dios y las así llamadas grandes ideas progresistas; comencemos por el hombre, seamos buenos y atentos para con el hombre sea éste lo que sea: obispo, campesino, magnate industrial, prisionero de Sajalín, camarero de un restaurante; comencemos por amar, respetar y compadecer al hombre; sin eso no funcionará nada. A eso se le llama democracia”.

sábado, enero 05, 2008

TEATRO. El juego de Yalta. "La fidelidad a Chejov".

De Brian Friel. Basada en La dama del perrito, de Chejov.
Con: María Pastor y José Maya.
Piano: Belén Zaba; voz: Aridana Asiain.
Dirección: Juan Pastor
Madrid. Teatro de la Guindalera.



Ser fiel a un autor no significa plagiarlo. El plagio es un fraude -además de un delito-, es como endosar a alguien mercancía robada sin que se de cuenta, es apropiarse del genio o del esfuerzo ajenos y “venderlos” como propios. La fidelidad es otra cosa; es respeto por el autor y reconocimiento de la valía y de los merecimientos de la obra que se imita, que se parodia, que se parafrasea o que, simplemente, se evoca con la propia; y es riesgo aceptado, caballerosamente, de medirse con ella para explorar sus zonas oscuras, para aceptar sus incitaciones, para explotar las posibilidades expresivas que sugiere, para rendirle homenaje.

En El juego de Yalta Brian Friel ha elegido la fidelidad a Chejov y ha emprendido un viaje apasionante por los intersticios de su prosa revelando sin traicionarlas, dramáticamente, las líneas de fuerza de esa pasión amorosa que el relato describe, iniciada como juego, como ejercicio diletante de dos seres solitarios en pos de una aventura pasajera en un agradable lugar de vacaciones, y que se convierte enseguida en una relación obsesiva y absorbente, en una atracción que lejos de desaparecer, como ambos personajes esperaban, cuando precipitadamente tienen que separarse, se acrecienta con el paso de los días, hasta convertirse en algo esencial, que da sentido a su existencia y ante lo que palidecen como meras apariencias o fantasmagorías los lugares comunes de su vida cotidiana.
La monolítica figura del narrador en tercera persona del relato originario se conserva sólo ocasionalmente, en su lugar aparece una multiplicidad de perspectivas: los protagonistas son personajes que ora dialogan entre sí ora interpelan al público para hacerle partícipe de sus estados de ánimo o de sus sentimientos; que en los cambios de cuadro se distancian de los acontecimientos para reflexionar en voz alta sobre ellos, o que pueden interrumpir súbitamente una escena para enjuiciar las reacciones de su interlocutor o para exteriorizar sus emociones más allá de las convenciones de una técnica dramatúrgica naturalista, exteriorizando el contenido de un “subtexto” que recuerda, en ocasiones, a las pormenorizadísimas acotaciones de las mejores obras de O’Neill o a los “apartes” de la comedia barroca.

Todo un reto para el director y para los actores, del que salen airosos alumbrando un breve pero intenso y sutilísimo juego teatral que mantiene en suspenso a los espectadores. José Naya da vida al gris funcionario moscovita Gúrov, elegante, mundano, cortés, de modales agradables, parco en la expresión de sus emociones y que pareciera haber encontrado su hábitat natural en ese ambiente un tanto disipado, decadente, casi proustiano, del balneario; María Pastor encarna a la dulce y tímida Anna Serguéyevna una virtuosa e inexperta jovencita que se entrega con fruición a los momentos de libertad que le depara la ausencia del marido y el trato agradable de Gúrov. Modula con extraordinaria pericia los diversos estadios del enamoramiento a los que se ve arrastrado su personaje, desde el azoramiento y la torpeza iniciales del trato con un desconocido, hasta el éxtasis de la plenitud, pasando por las delicias del inocente coqueteo o por los más virulentos ataques de remordimiento en los que se siente la más indigna y despreciable de las mujeres.

Una atinada puesta en escena, lo que incluye al vestuario, y la ambientación, cuidadas escrupulosamente, hace del conjunto un delicioso espectáculo que nadie debería perderse. Y así lo ha debido entender el público que literalmente abarrotaba la exigua y recoleta sala de la Guindalera. Alguien se debería preguntar porqué esta modesta sala madrileña atrae a los espectadores mientras que los teatros nacionales, salvo honrosas excepciones, a duras penas consiguen llenar el patio de butacas.

Gordon Craig.

Teatro de la Guindalera. El juego de Yalta.

miércoles, noviembre 21, 2007

ESCRIBIR HOY EN DÍA. En torno a la Gaviota de Chejov. Propuesta de Juan Pastor para seis actores. El mundo de los blogs y Treplev.

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Tenía un mal recuerdo de la última vez que pude ver representada “la gaviota” de Antón Chejov. Se trató de una de esas experiencias que rompen la magia de la sala oscura y que hacen un mal favor al teatro. No voy a acordarme de su director ni del elenco de actores de aquella ocasión, sin embargo voy a olvidar todo aquello corriendo un tupido velo para intentar engañar a mi memoria de una vez por todas. A pesar de todo esto y mil y una reservas más, hace unas semanas me atreví de nuevo con la obra del ruso, esta vez de la mano del maestro Juan Pastor; y las cosas cambiaron.

Gordon Craig en estas mismas páginas ya dejó constancia del buen hacer de la gente de la Guindalera, y de este montaje extraordinario que rescató para mi, y para muchos otros espectadores, al gran Chejov y su Gaviota, una obra magnífica, un texto exquisito. Por lo tanto, os remito a las palabras de Craig, y os invitó a que os acerquéis a disfrutar de la magia del teatro en la sala La Guindalera.

En un momento dado, Treplev, uno de los protagonistas de La Gaviota, en medio de un discurso solitario, lanzó la siguiente reflexión en voz alta:

Treplev: ”[...] cada vez me convenzo mas de que no se trata de formas viejas o nuevas; se trata de que el hombre escriba sin pensar en formas, de que escriba porque así le sale espontáneamente del alma”.

No quería que se perdiera la ocasión de poder compartir con vosotros este pequeño fragmento. Chejov, disfrazado de Treplev, se dirige a nosotros en primera persona y sin complejos, y nos lanza una carga de profundidad de gran calado: uno tiene que escribir porque lo más profundo de su ser se lo pide, y lo tiene que hacer dejando de lado las formas que coartan la libertad, y que a muchos les hace naufragar por no acomodarse a los cánones predominantes en ese momento.

Quizás Chejov, maestro del lenguaje y aprendiz de alquimista se anticipó muchos años a los creadores de los “blogs”. Este invento nació para que cada uno de nosotros pudiera expresarse sin más límites que los que uno quisiera imponerse a si mismo y dejando de lado lo complicado que era diseñar una página web para los que no nos interesaba el html. También, en cierta medida, el nacimiento del “blog” hizo posible que muchas personas pudieran comunicar, sacar de dentro todo lo que llevaban, porque así se lo pide su alma, enlazando con Treplev, y quizás esta fue la pequeña gran revolución cibernética y una de las causas del crecimiento exponencial del número de cuadernos de bitácora cada día.

Teatro La Guindalera.
En torno a la gaviota. Gordon Craig.

miércoles, octubre 31, 2007

TEATRO. Un hombre que se ahoga. "Medea es un buen chico".


De Daniel Veronese, a partir de Tres hermanas, de Chejov.
Con: Claudio da Passano, Adriana Ferrer, Malena Figó, María Figueras, Ana Garibaldi, Fernando Llosa, Marta Lubos, Luciano Suardi, Claudio Tolcachir y otros.
Dirección: Daniel Veronese.
Madrid. Teatro María Guerrero.



Supongo que me disculpará Luis Riaza -donde quiera que esté, injustamente silenciado, por cierto, por el teatro público y por el privado como si fuera un apestado- por el hecho de que me sirva del título de una de sus obras para encabezar esta reseña. Es una licencia que raramente me permito porque denota escasez de recursos expresivos propios y pocos escrúpulos para saquear los ajenos. Prometo no repetirlo.

Aún obedeciendo a una libre asociación de ideas, la elección no es del todo caprichosa pues anticipa el travestismo del reparto de la obra que comentamos e ilustra, en las referencias a Medea, asesina de sus hijos, el instinto “asesino” del propio Veronese que no duda en dar muerte –metafóricamente, se entiende-, a las tres hermanas Prozorov, para que renazcan, eso sí, en el cuerpo de tres apuestos buenos chicos aquejados de la misma abulia, frustración y buenas intenciones de las que adolecen el resto de los personajes femeninos, masculinos o masculinofeminizados de la pieza dizque chejoviana a la que venimos aludiendo.

Y la verdad es que no acabo de entender bien el por qué de de esa desnaturalización de los personajes de ese brutal oxímoron, que nos obliga a ver actuar a hombres en el rol y con el nombre de mujeres y a mujeres en el papel y con el nombre de varones, sumiéndonos en una esquizofrénica y delirante ceremonia de la confusión. O mucho me equivoco o no han cambiado tanto las cosas en cuanto a los roles masculinos y femeninos en el lapso que media entre la fecha del estreno de la obra allá por los albores del siglo XX y los comienzos del XXI, por lo que tiendo a pensar que tal transmutación obedece más bien a un capricho del director, dado a experiencias estrambóticas de las que parecía que estábamos curados por estos pagos desde los felices años sesenta y setenta en los que proliferaban como hongos en otoño. Recuerdo todavía con espanto un intragable Esperando a Godot con Vladimiro y Estragón metamorfoseados en dos féminas desmedradas de aspecto hippy luchando con denuedo por sacar algo en claro de ese galimatías con el que los personajes de Beckett matan el tiempo esperando la aparición de un señor que nunca acaba de llegar.

Destila, no obstante, el montaje un regusto a Chejov que mitiga en parte los sinsabores de un experimento tan arriesgado, en la puesta en escena pero sobre todo en el buen trabajo de los actores: en el ambiente cerrado y asfixiante del destartalado salón de baile del solar familiar, con su aire caduco y decadente y con su peculiar aroma a vida provinciana; en la cháchara intrascendente y en el lento transcurrir de las horas en veladas interminables mientras los afanes de los personajes se diluyen en las menudencias y en los ínfimos detalles de una convivencia estéril; y en fin, en la sensación, espléndidamente trasmitida por los actores en escenas ocasionales de que nos encontramos ante unos seres atrapados en la inacción y en el hastío, víctimas del desdén y de la indiferencia que corroen sus sueños y sus deseos, mientras esperan poder redimirse por el trabajo y se aferran a la débil vaga esperanza de un mejor futuro para la humanidad.

Gordon Craig.

martes, noviembre 28, 2006

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. ¡Nasdrovia Chejov!. "Trágicamente divertido".

Espectáculo sobre textos de Antón Chejov.
Con: Isidoro Fernández, José Ramón Soroiz, Teresa Calo, Naiara Arnedo, Eriz Alberdi y Dorleta Urretabizkaia.
Dramaturgia: Alberto Iglesias. Dirección: Fernando Bernués.
Guadalajara. Teatro Moderno. 17 de noviembre de 2006


Muchas compañías de teatro se han visto tentadas por el potencial dramático, tragicómico, de los relatos y de las piezas breves de Chejov, el infatigable satírico de la vida cotidiana de la Rusia profunda, el gran maestro de la ironía, el incisivo analista de la psicología humana. En este mismo escenario del Teatro Moderno, hace unos pocos años -antes incluso de su reforma-, la legendaria compañía madrileña Zascandil puso en escena bajo el título genérico de La boda dos de sus piezas breves más celebradas, una de las cuales volvimos a ver anoche. Y es que la obra de Chejov, como dijo su compatriota Constantin Stanislavsky, es un manantial inagotable de teatralidad.

De los cinco relatos breves que este montaje dramatiza, al menos dos de ellos, La petición de mano y La criatura indefensa, la primera con título homónimo y la segunda con el título de El aniversario, vieron la luz también como piezas dramáticas, lo cual, supongo habrá facilitado la labor de adaptación, trabajo, que en estos dos casos, al menos, tiene su lado positivo y su lado negativo. El positivo es el esfuerzo de síntesis para salvaguardar las líneas esenciales del conflicto; el negativo es que nos priva de las sutilezas y del complejo y articulado desarrollo de la acción dramática de los textos originales.

Si lo que se quiere, empero, es subrayar el lado humorístico de las obras, el efecto parece haberse conseguido, a juzgar por la respuesta del público, que salvada la frialdad del inicio del espectáculo, acompañó con sus carcajadas la mayor parte de la representación. Recursos de la comicidad, no les faltan a estos actores, sobre todo a los que encarnan a los personajes de Misha y de Chejov que exhiben un variado repertorio de recursos de la teatralidad primaria, incluido un nada desdeñable control de la dicción y del gesto.

Ignoro el sentido que tiene llenar el espacio de cajas/bahules de gran tamaño, que invaden prácticamente todo el escenario del teatro, ya de por sí de reducidas dimensiones, que dan sensación de agobio y limitan las posibilidades de movimiento de los actores. Y otro tanto puede decirse del acopio que hacen de instrumentos musicales de cuerda, aunque hay que conceder que los acordes de violín que suenan de fondo en los monólogos de Las tres hermanas en la escena del casting, o el acompañamiento del chelo en el encuentro de los amantes en el parque, al final de El seductor, coadyuvan no poco a resaltar el lirismo de ambas escenas, subrayando respectivamente la emoción que provoca la actuación de la neófita y el desvalimiento y la entrega de la esposa seducida poniendo un contrapunto patético al terrible dilema al que se ve enfrentado Piotr Semiovich.

En fin, un buen trabajo de conjunto que, pese al excesivo afán por conseguir a toda costa la risa del público y su beneplácito, creo que logra mantener a raya, las más de las veces, a los dos enemigos mortales de un humor bien entendido: la caricatura y el histrionismo.

Gordon Craig.
18-XI-2006.

martes, febrero 14, 2006

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. En torno a La gaviota, "Seis actores en busca de Chejov".

De Antón Chejov. Adaptación de Juan Pastor.
Con: María Pastor, Raúl Fernández, Ana Miranda, Joseph Albert, Ana Alonso y Alex Tormo.
Dirección: Juan Pastor.
Madrid. Guindalera Escena Abierta.
 

Ha debido de ser un camino arduo, erizado de dificultades, con el trabajo añadido de la supresión de personajes y de readaptación del texto a la medida del elenco; enfrentados director y actores a esta obra de madurez de Chejov (que planteó dudas al mismísimo Stanislavsky en el momento de su estreno por el Teatro de Arte de Moscú allá por el año 1898) y en la que está reunida toda la capacidad de introspección psicológica del autor y toda su fuerza poética; pero el empeño ha merecido la pena, pues el montaje ilustra un encuentro gozoso con lo más genuino de la dramaturgia chejoviana.

Juan Pastor parece haber seguido el consejo de Stanislavsky de que para representar las obras del dramaturgo ruso es necesario formar parte de ellas, vivirlas, experimentarlas; y es que, en efecto, el espectáculo declara abiertamente, para quien sepa escucharlo, ser el efecto de una inmersión sostenida en las profundas aguas de una escritura fecunda que describe con pasmosa naturalidad y con agudo sentido del humor los más variados estados anímicos, los comportamientos más extraños o la azarosa embestida del destino que con tanta frecuencia zarandea de manera caprichosa a los pobres seres humanos.

Aun con sensibles recortes, los episodios esenciales del argumento y las líneas principales de conflicto permanecen intactas en la adaptación de Juan Pastor; el elemento nuclear de la trama está contenido en el apunte que le sugiere a Trigorin la gaviota muerta a los pies de Nina en la última escena del segundo acto: “Una joven como tú -le dice Trigorin a Nina ante el cuerpo exangüe del ave que acaba de abatir el irritado Kostia-, ha vivido a la orilla de un lago desde la niñez. Ama el lago igual que la gaviota y es feliz y libre como ella. Pero un hombre acierta a pasar por allí, la ve y no teniendo nada mejor que hacer la destruye, lo mismo que a la gaviota”. La alusión tiene un inequívoco acento premonitorio que Nina no acierta a comprender. Abandonando a Costantin, que está verdaderamente enamorado de ella, por el escritor maduro, cuya aureola de artista triunfador la seduce, elige el camino equivocado. Le sigue a Moscú, pero su ídolo pronto la abandona, y dos años después, cuando se inicia el cuarto y último acto, volvemos a encontrar a los protagonistas en el mismo lugar del comienzo pero la destrucción ya se ha consumado.

La ambientación, vestuario, y, sobre todo, el “gestus” y las actitudes de los personajes destilan ese peculiar aroma a vida provinciana que tan certeramente describen todas los obras de Chejov y que Juan Pastor ha sabido sugerir magistralmente. Son los miembros de una clase acomodada y decadente que sestean en los interminables atardeceres veraniegos, disfrutan de sus privilegios, inmersos en los pequeños placeres de una vida disipada y estéril que quieren cerrar el paso al mundo nuevo que intenta abrirse camino y que simbolizan Kostia y Nina.

Pero el enfrentamiento de las dos clases y su desenlace trágico deja espacio suficiente a la vida; a la Vida con mayúsculas, a ese torbellino de afanes, ilusiones, amores, desengaños, entrega y egoísmo que modela la existencia de los personajes y que les confiere un protagonismo absoluto en la conformación de la obra y del espectáculo y en cuya construcción se concentra quizá el mayor esfuerzo creativo de la compañía. No es fácil hacer distingos en la ponderación de un trabajo tan exigente y riguroso como el que llevan a cabo todos los miembros del elenco, aunque, obviamente, algunos tienen mayores oportunidades de lucimiento. Alex Tormo borda al dócil y bonachón maestro de escuela Medvédenko, de andares torpes y ademanes pausados; Ana Miranda es la engreída y diletante Arkádina que administra en su provecho el ascendiente que tiene sobre el resto de personajes manejándolos a su antojo; Raúl Fernández está espléndido en el papel del impulsivo e irascible niño mimado Treplev, modula con gran maestría el paso del entusiasmo y la alegría iniciales, cuando la vida le sonríe, a la decepción que le produce la traición de Nina, hasta verse postrado, finalmente, en un estado de melancolía y de profunda tristeza. Junto a él encontramos la belleza ajada, lánguida y el pesimismo enfermizo de la despechada Masha (Ana Alonso); y en el extremo opuesto, en fin, María Pastor, soberbia en su papel de Nina, una joven sincera y apasionada, personificación del lado luminoso de la vida, símbolo de la libertad y de las ganas de vivir, que afronta su destino trágico con entereza y resignación sin perder un ápice de su belleza serena y delicada.

Gordon Craig.

En torno a la gaviota. La Guindalera.