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domingo, enero 22, 2017

TEATRO. Un busto al cuerpo.


de Ernesto Caballero.
Con: Carmen Machi, Susana Hernández, Raquel Cordero.
Iluminación: Miguel Angel Camacho.
Dirección: Ernesto Caballero.
Teatro Moderno, Guadalajara. Año 1999.



            Noche de estreno en el Teatro Moderno. No es para envanecerse, pero suena bien. Hay un público muy fiel en Guadalajara, heterogéneo, joven en su mayor parte, que acude con asiduidad al teatro y que se merece de vez en cuando alguna alegría, disfrutar del ritual, de la magia y del glamour que destila el acontecimiento siempre extraordinario de un estreno absoluto. El ronroneo de los más allegados: invitaciones, sonrisas, saludos, parabienes; nervios, carreras, conversaciones subidas de tono. Expectación entre los incondicionales y buen ambiente general, contacto casi físico del público en el exiguo vestíbulo del teatro, hecho a la medida, no obstante, de este íntimo ceremonial. Además Ernesto Caballero había despertado un gran interés. El que fue encasillado como "joven dramaturgo", (en los manuales de teatro de los noventa), ha pasado -sin dejar de ser joven- a la madurez artística y nos ha deparado en las dos últimas temporadas sendos éxitos de crítica y público que le afianzan como un autor consagrado y representativo de la escena teatral contemporánea. Nos referimos a ¡Santiago(de Cuba) y cierra España!, año 1998 y a María Sarmiento, obra que vimos aquí mismo, en el Moderno, con ocasión de la campaña de teatro de la Junta "Escenarios de Primavera-99" a mediados del año que ahora termina.

            Dos valores sobresalen, a mi juicio en este dramaturgo, su extraordinaria capacidad de penetración para comprender el mundo que le circunda y sus no menos sobresalientes dotes para la escritura. Escritor de singularísima inspiración, de verbo fácil  y de una vasta cultura literaria, Ernesto Caballero es capaz de cultivar los más variados registros y de ponerlos al servicio del agudo análisis de la realidad que reflejan sus obras. Ya sea la realidad histórica, como en ¡Santiago (de Cuba) y cierra España!, donde reproduce con igual maestría la jerga grandilocuente y huera del cacique de turno que el lenguaje  coloquial de unas mulatas mambises; ya sea la realidad artística, com en María Sarmiento, parodiando con singular finura el manantial claro y desgarrado del verbo lorquiano; ya sea la realidad social más rabiosamente actual, como hace en la obra que reseñamos, parodiando igual la petulante e inflada retórica posmoderna de nuestra clase profesoral que el solipsismo autista de nuestros adolescentes.

En Un busto al cuerpo trata de hincarle el diente a un problema que en la actualidad ha cobrado unas dimensiones insospechadas: la obsesión por la imagen corporal. Tres mujeres protagonizan la obra. Tres mujeres representantes de tres generaciones distintas: Cristina-madre, Cristina-hija y Cristina-amiga-común (en lo sucesivo CM, CH y CAC, para abreviar). CAC no sabe si quiere hacerse un implante para aumentar el volumen del busto. CM quiere impedírselo a toda costa en contra del criterio de CH quien es del parecer de que cada uno puede hacer con su cuerpo lo que le venga en gana. Este mínimo esquema de partida se va complicando con una serie interminable de peripecias que brinda a nuestras amigas la oportunidad de quererse, de odiarse, de soportarse, de ignorarse, de engañarse, de todo, menos de comunicarse, para terminar reconciliándose y, a lo que parece, reencontrarse con su feminidad perdida y ofrecérnosla  con un mohín de ingenua complicidad en forma de tentadora manzana. Tras la cara amable de la risa, descubrimos a tres seres de carne y hueso, tres mujeres de nuestro tiempo que buscan desesperadamente su identidad; cada una desde su posición social, de madre, de hija, de amiga; desde sus deseos, desde sus dudas, desde sus convicciones; luchando contra sus propias contradicciones, combatiendo como buenamente pueden contra la influencia letal de la TV ("que lobotomiza los cerebros de los teleadictos"), contra los convencionalismos sociales, las modas, el machismo, el feminismo, la disneymanía y sus modelos asexuados, contra la blandenguería , en fin, y el psicologismo de que están contaminadas nuestras relaciones sociales y paternofiliales. 

De estructura caleidoscópica, proteica, la obra se desarrolla mediante la yuxtaposición de cuadros sucesivos cuya juntura no siempre está garantizada, echándose de menos una trama mejor definida que anude los múltiples episodios y que haga avanzar la acción dramática en una dirección más definida. Con la comicidad sustentada en gran medida en la sutileza de los diálogos y en el ritmo trepidante con que se intercambian ideas, argumentos, impertinencias o pequeñas maldades, da la impresión, a veces, de que la búsqueda de la frase ingeniosa se convierte en un fin en sí mismo ahogando el flujo espontáneo de las emociones. Quizá una toma de distancia respecto a los acontecimientos narrados, sea imprescindible para conseguir el efecto artístico; quizá, digo, no se; una mediación temporal, o de cualquier otra naturaleza que ayude al autor a "enfriar" la relación con su referente cultural inmediato, a mirar desde una cierta perspectiva. La contrapartida, obviamente, son unos personajes, que bajo un aspecto caricaturesco, nos seducen, por su proximidad, por su ternura y calor humano.

Lo que vimos la otra noche en el Moderno todavía se parece más a un ensayo general que a un estreno. Aún no se ha dado con el tono justo de muchas réplicas; probablemente sea necesario un pequeño rodaje para contrastar la respuesta del público a los diversos estímulos y a la multitud de sutiles alusiones que la obra contiene para ajustar las pausas y acertar con el ritmo del espectáculo. El movimiento de los actores resulta a veces un tanto errático y no parece integrarse del todo con el espacio escénico. Es difícil integrar un lugar tan indefinido y polivalente, de funcionalidad innegable, por otra parte, -mobiliario de diseño: metacrilato herido por una luz fría y cambiante cuyos destellos contribuyen a materializar el espejismo y el vacío-. Las actrices salieron bien paradas del trance. Ya se sabe, la veteranía es un grado. Y van a dar mucho más juego en cuanto cojan el pulso a la obra. 

Gordon Craig.
 

jueves, febrero 23, 2012

TEATRO. Volpone. "El moribundo imaginario".

De Ben Jonson.
Con: Marcos Mayor, Óscar Riofrío, Jesús Chicharo, Florencio Expósito, Julio Prego, Jorge Bermejo, Concha Castro, Gema Fernández/Villacañas, Elena Cubo, Jaime García, José Manuel López y Álvaro Domínguez.
Teatro Artefasto. Dirección: Roberto Lacroz y Marcos Mayor.
Guadalajara. Teatro Moderno.
 
Puesto en un brete por sus acreedores, el viejo y acaudalado comerciante Volpone, con ayuda de su parásito Mosca, urde un plan para enriquecerse y, de paso, satisfacer sus deseos libidinosos. Fingiéndose enfermo al borde de la muerte hace correr el rumor entre unos cuantos próceres venecianos de que figuran en su testamento como herederos universales de su fortuna. Movidos por su codicia, uno a uno aparecen por su casa a rendirle pleitesía a la vez que le obsequian con ricos presentes para ganarse su voluntad. Hasta tal punto llega su avaricia, que el mercader Corvino, el más necio y endeudado de todos está dispuesto incluso a cederle provisionalmente el uso y disfrute de su propia esposa Celia (Colomba, en la adaptación de la obra realizada para este montaje) para conseguir sus propósitos. El capitán Bonario (Léon en la adapación), hijo de Corbaccio y enamorado en secreto de Colomba descubre el engaño y Volpone es llevado a juicio, del que sale naturalmente absuelto a causa de la hipocresía de los testigos, que no quieren descubrir cuales eran sus verdaderas intenciones. 

La drástica reducción de la adaptación mengua bastante la complejidad de los personajes que escoran demasiado hacia el estereotipo; aunque esta simplificación tiene algo de positivo al hacer asequible una trama tan alambicada a un público más predispuesto al chiste y a la bufonada que a las sutilezas de un lenguaje ingenioso, picante, trufado de indirectas e insinuaciones. El texto adaptado privilegia asimismo la vertiente puramente cómica en detrimento de la intencionalidad satírica de la obra original que queda un tanto desdibujada entre el torbellino de situaciones y episodios a cual más chuscos y pintorescos en los que se ven inmersos los personajes a causa de su idiocia y de su desmedido afán de riquezas.

Pese a esas, llamémosle restricciones, queda todavía suficiente material dramático, argucias, engaños, amores y amistades fingidas y todo tipo de peripecias para mantener vivo el interés del espectador durante más de una hora y media, y desde luego, para poner a prueba la aptitud y la preparación para el difícil arte de la comedia de un elenco todavía en proceso de formación. Y cabe apresurarse a decir que los resultados son alentadores. Merecen especial mención Marcos Mayor y Óscar Riofrío que encarnan con acierto los papeles principales; el primero se mete en la piel de un infatigable Mosca dicharachero y burlón, convincente en su rol de embaucador celestinesco; obsequioso y enfático en exceso nos gustaría verle algún momento quieto y no saltando sin parar de un escalón a otro de ese palenque improvisado que constituye la escenografía con riesgo evidente para su integridad física; respecto al segundo, firma un Volpone orondo como un buda de fraseo un poco atropellado que lo fía todo al gracejo de sus ojillos picarones y a su carcajada sarcástica. Está mejor tumbado en la cama haciéndose pasar por lo que no es y atento a lo que ocurre a su alrededor; de pié su movimiento corporal tiene notorias limitaciones, en parte quizá debido a la estrechez del espacio. El resto de personajes se alimentan con mayor o menor fortuna de la estética de lo grotesco: Voltore (Jesús Chicharo) es un Dómine Cabra intrigante, malencarado y ampuloso; Corvaccio (Florencio Expósito) es una sanguijuela, un viejo carcamal de andares vacilantes y pinta de sacristán aguijoneado por la codicia. Corvino (Jorge Bermejo) es un amanerado galán de tres al cuarto con ínfulas de grandeza, escrupuloso guardián de su honra (que él juzga instalada en la entrepierna de su mujer) enamoradizo y fatuo. Los personajes femeninos, aunque tienen menos oportunidades de lucimiento hacen también un buen trabajo y participan en alguna de las escenas más celebradas del espectáculo, como son sus respectivos lances con un Volpone encamado y menos grave de lo que aparenta. Más circunspecta y remilgada Colomba (Gema Fernández-Villacañas) más pícara, desenvuelta y ardiente doña Gallina (Elena Cubo).

Un trabajo en fin, entusiasta y esforzado que arrancó numerosas carcajadas del público a lo largo de la representación y un cerrado aplauso a la caída del telón; con la sala abarrotada e incluso público que se quedó en la calle. Y ¿por qué no se programan los espectáculos tres o cuatro días o, al menos, el fin de semana?

Gordon Craig.

Gordon Craig en el Diario de Alcalá: Volpone.

jueves, febrero 21, 2008

TEATRO. Romances de Cid. "Historia y leyenda".

Versión de Ignacio García May.
Con: Jesús Hierónides, Muriel Sánchez y Francisco Rojas.
Composición musical: Alicia Lázaro. Intérpretes: Eduardo Aguirre, Alba Fresno, Óscar Gallego y Blanca Trabalón.
Compañía Nacional de Teatro Clásico. Dirección: Eduardo Vasco.
Guadalajara, Teatro Moderno.



Hay vastos dominios de nuestra historia común, sobre todo -pero no sólo-, la de tiempos remotos, cuyos episodios más significativos han venido a incorporarse a la memoria colectiva cifrados en alguna de las múltiples manifestaciones culturales de la riquísima tradición popular española: fiestas, arte, folclore, y muy en particular, en esas, a veces minúsculas, aunque intensísimas piezas literarias que son los Romances. En ellos se funden a partes iguales historia y leyenda, apareciendo los episodios evocados en la forma quintaesenciada de una escritura poética elemental, de dicción clara y directa no exenta a veces de un extremado lirismo.

Tal es el caso de la historia de Rodrigo Díaz de Vivar, infanzón castellano de la corte del rey Alfonso VI, cuyas hazañas, recogidas primero por un juglar (o juglares) anónimo en El Cantar del mío Cid, la fértil imaginación popular recreó, amplió, refundió hasta la saciedad idealizándolo y elevándolo a la categoría de mito fundacional, héroe valeroso en el campo de batalla, amante y solícito esposo y padre de familia, leal caballero del rey y defensor a ultranza de la honorabilidad caballeresca. La versión de García May para la Compañía Nacional de Teatro Clásico amalgama textos del poema épico originario con una atinada selección de romances del ciclo cidiano para darnos una visión ajustada del hombre y del guerrero que fue Rodrigo Díaz ponderando cada uno de los aspectos de su rica personalidad arriba enumerados.

Bajo la diestra batuta de Eduardo Vasco el texto se transforma en un montaje sobrio y mesurado que recrea escenográficamente, mediante el vestuario, la ambientación y un espléndido espacio sonoro de Alicia Lázaro -con música ejecutada en directo con instrumentos antiguos-, el primitivismo y hasta la rudeza de la época: el estridente sonido de la batalla, la algarabía de las fiestas populares o la solemnidad de los cantos religiosos. Y aun siendo notabilísima la puesta en escena lo que sobresale por encima de todo en este espectáculo ejemplar es la belleza esplendorosa de la palabra poética. Primitivo en si mismo el lenguaje, puesto que estamos en las primeras etapas de formación del castellano, la lengua ya ha desarrollado un ingente caudal expresivo que se vierte en versos de variado timbre y acento capaces de trasmitir una inagotable gama de sentimientos y emociones.

Los intérpretes son de excepción y se meten en el papel de los múltiples personajes que pueblan el poema dando voz a la reciedumbre de las “juras de Santa Gadea”, a la ira de Alfonso conminando a Rodrigo al destierro, a la sentida queja de doña Jimena por las prolongadas ausencias de su marido (estremecedor, este pasaje en boca de Muriel Sánchez) o al despiadado relato de la afrenta de Corpes, extrayendo siempre de los versos desde los tonos más delicados hasta los ecos de la violencia más aterradora.

Oportuno montaje, en cualquier caso, no sólo como celebración de la efemérides de la primera redacción del más grande de nuestros poemas épicos medievales, sino como impulso o estímulo encaminado a la preservación de una rica tradición cada día desafortunadamente más olvidada en las escuelas pero también en el seno mismo del ambiente familiar en donde a través de las narraciones orales o de la memorización y recitado de poemas, el niño y el adolescente hacían una primera formalización de sus referencias históricas y culturales.

Gordon Craig.

Romances de Cid en El Cultural.
CNTC. Teatro Pavón.

domingo, diciembre 09, 2007

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. Aullidos. "Inquietante, turbador, divertido".

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De Jesús Peña.
Con: Teresa Lázaro, Olga Mansilla, Sergio Reques e Iñaki Arzúa.
Teatro Corsario. Dirección: Jesús Peña.
Guadalajara, Teatro Moderno. 16 de noviembre de 2007.



Dice Lovecraft que el criterio definitivo de autenticidad de lo fantástico no es la estructura de la intriga sino la creación de una impresión específica en los lectores, y que por tal razón, debemos de juzgar un cuento fantástico no tanto por los mecanismos de la intriga sino por la intensidad emocional que provoca.

Parece que en este montaje de Teatro Corsario que estamos reseñando esta máxima del maestro del relato de terror se hubiera erigido en principio rector de su quehacer artístico, porque más allá de la verosimilitud de la historia, fraguada con retales un tanto inconexos, aunque perfectamente reconocibles, de multitud de cuentos tradicionales, lo que prima es el impacto visual de las imágenes, su poder casi hipnótico para absorber nuestra atención, arrancarnos literalmente de la realidad del patio de butacas y sumirnos en ese estado entre la extrañeza y el arrobamiento en el que escuchábamos aquellas narraciones orales de la infancia que en boca de nuestros padres venían a apaciguar la agitación de nuestro espíritu antes de irnos a dormir, a velar nuestros sueños o a exorcizar nuestros miedos y pesadillas.

Pensado quizá para estimular la fantasía y para potenciar su efecto liberador de los componentes irracionales de la conciencia del espectador, el montaje se aleja del edulcorado y melifluo tufo de los cuentos de hadas, a cuya exquisita sensibilidad contrapone el más crudo realismo de los relatos tradicionales, sin escamotear la violencia, lo erótico o lo escatológico. Realismo que se refuerza, paradójicamente, debido al efecto desrealizador de unos personajes-marioneta, especie de muñecos de guiñol que sin corresponder a seres totalmente individualizados aciertan a expresa tras la inmutabilidad de sus facciones deformes y la fijeza de sus miradas vacías todo un universo de sentimientos, instintos y pasiones, desde la candidez y gazmoñería de esta mezcla de Cenicienta y Caperucita roja que viene a ser Talía, la protagonista del cuento, a la saña del caballero cristiano en su cruzada contra la brujería, pasando por la irascible y malvada Duquesa-madrastra amancebada con un fatuo, egocéntrico y lúbrico príncipe coronado o la ferocidad próxima al sadismo del ogro-Polifemo y de su travieso y maléfico retoño, una criatura cruel y despiadada semejante a una muñeca diabólica, emanación del mismísimo demonio que actúa como maestro de ceremonias.

Sin palabras –en realidad no las necesita porque la plástica del espectáculo es irreprochable-, los muñecos manipulados y el aparato escenográfico componen cuadros de gran belleza y extraordinariamente elocuentes que apelan a un nivel de comprensión anterior a la palabra, al dominio de la intuición y de las emociones primarias, de la angustia y del terror de los tabúes ancestrales, pero también del juego, de la risa, del placer de redescubrir el niño que todos llevamos dentro, oculto con demasiada frecuencia por el barniz de la hipocresía y de una educación represiva.

Un espectáculo, en fin, radicalmente diferente, riguroso; un ataque de fantasía y de imaginación, inquietante, turbador, divertido, que rompe con la rutina de lo cotidiano y que explora con indulgencia pero con franqueza los estratos más profundos de nuestra sensibilidad y los lugares más recónditos de nuestra memoria. Toda una proeza que el público agradeció con un aplauso generoso.

Gordon Craig.
18-XI-2007.

Infórmate sobre las nuevas representaciones de Teatro Corsario.

viernes, enero 26, 2007

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. Las mujeres sabias. "Alambicado y pretencioso"..

De Molière.
Adaptación de Fernando Romo y Ángel Facio.
Con: Juan Morillo, Jesús Hierónides, Lidia Palazuelos, Ana Ruiz, Arantxa Orellana, Enrique Asenjo, Juan Antonio Olivares, J. David Fernández y Cesar Maroto.
Dirección: Fernando Romo
Teatro Moderno, 18 de enero de 2007

Lamento no estar de acuerdo con el recibimiento entusiasta que tributaba al espectáculo que subió ayer a las tablas del teatro Moderno la compañera de estas páginas de La Tribuna que firmaba la información sobre el mismo, ni compartir la larga serie de ditirambos que le propinó. Creo que el montaje tiene aciertos y desaciertos pero que en su conjunto es manifiestamente mejorable.

La obra, bien conocida, por otra parte, plantea cómo la hipocresía y la petulancia de Belisa, Armanda y Filaminta se interponen entre los enamorados Clitandro y Enriqueta y están a punto de dar al traste con su matrimonio, que salva, in extremis, una estratagema del alcahuete Aristo. El conflicto principal, pues, es bien sencillo y no había necesidad de complicarlo con la presencia de ese “narrador” (¿alter ego de Molière? ¿Intermediario, relator de los fragmentos textuales suprimidos?) que viene a enturbiar todo el desarrollo de la acción en lugar de clarificarla. Y es que las dramaturgias las carga el diablo y a veces sale el tiro por la culata.

La envoltura formal del montaje es en general atinada, destacando la iluminación y la escenografía, que reproduce de manera estilizada la arquitectura un tanto primitiva de los corrales de comedias, con sus dos niveles superpuestos y sus múltiples entradas y salidas que facilitan el deambular de los personajes y se aviene con la naturaleza y las exigencias de la acción; empero, a veces tenemos la sensación de aglomeración quizá por las exiguas dimensiones del escenario o por un inadecuado diseño del movimiento escénico.

El trabajo de actuación es asimismo meritorio aunque irregular; junto a brillantes hallazgos expresivos propios la poética de la farsa grotesca, hay momentos en los se cae en la más insufrible e innecesaria chabacanería. La farsa tiene sus propias reglas y un efecto cómico perseguido con esfuerzo a través de la míminca, la entonación o la gestualidad corporal se neutraliza, es más se vuelve en contra del actor y contra el trabajo de conjunto cuando se reitera abusivamente un gag, cuando se vocifera desmesuradamente perdiéndose toda posibilidad de matizar una réplica, o cuando se resuelve esa situación de manera precipitada permitiéndose la interferencia de un gesto inapropiado o de una palabra soez que convierten lo grotesco en una mera bufonada. Parecen más creíbles y más concienzudamente construidos los personajes femeninos que los masculinos y en su ejecutoria, tanto ellos como ellas, luchan denodadamente para remediar la falta de acción de la que la obra adolece, consiguiendo en muchas ocasiones superar este escollo; dentro de una aceptable tónica general, destaca quizá César Maroto, que presta a Chrysale una gran verosimilitud, humanizándolo y conjurando en todo momento la tentación del histrionismo, mediante la contención del gesto y una notable capacidad para interiorizar las emociones del personaje.

Un montaje, en fin, ambicioso que moviliza grandes dosis de esfuerzo y significativos recursos técnicos y humanos -es decir, económicos-, que a nuestro juicio no acaba de cuajar, aunque, es de justicia decirlo, el público asistente lo recibió con alborozo.

Recomendación: habría que fijar en lugar bien visible en el vestíbulo del teatro un rótulo que dijera: “Se ruega puntualidad. No se permitirá la entrada en la sala cuando el espectáculo haya comenzado”. Y cumplirlo, naturalmente, para no asistir al lamentable espectáculo de la otra noche.

Gordon Craig.
19-I-2007.

martes, noviembre 28, 2006

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. ¡Nasdrovia Chejov!. "Trágicamente divertido".

Espectáculo sobre textos de Antón Chejov.
Con: Isidoro Fernández, José Ramón Soroiz, Teresa Calo, Naiara Arnedo, Eriz Alberdi y Dorleta Urretabizkaia.
Dramaturgia: Alberto Iglesias. Dirección: Fernando Bernués.
Guadalajara. Teatro Moderno. 17 de noviembre de 2006


Muchas compañías de teatro se han visto tentadas por el potencial dramático, tragicómico, de los relatos y de las piezas breves de Chejov, el infatigable satírico de la vida cotidiana de la Rusia profunda, el gran maestro de la ironía, el incisivo analista de la psicología humana. En este mismo escenario del Teatro Moderno, hace unos pocos años -antes incluso de su reforma-, la legendaria compañía madrileña Zascandil puso en escena bajo el título genérico de La boda dos de sus piezas breves más celebradas, una de las cuales volvimos a ver anoche. Y es que la obra de Chejov, como dijo su compatriota Constantin Stanislavsky, es un manantial inagotable de teatralidad.

De los cinco relatos breves que este montaje dramatiza, al menos dos de ellos, La petición de mano y La criatura indefensa, la primera con título homónimo y la segunda con el título de El aniversario, vieron la luz también como piezas dramáticas, lo cual, supongo habrá facilitado la labor de adaptación, trabajo, que en estos dos casos, al menos, tiene su lado positivo y su lado negativo. El positivo es el esfuerzo de síntesis para salvaguardar las líneas esenciales del conflicto; el negativo es que nos priva de las sutilezas y del complejo y articulado desarrollo de la acción dramática de los textos originales.

Si lo que se quiere, empero, es subrayar el lado humorístico de las obras, el efecto parece haberse conseguido, a juzgar por la respuesta del público, que salvada la frialdad del inicio del espectáculo, acompañó con sus carcajadas la mayor parte de la representación. Recursos de la comicidad, no les faltan a estos actores, sobre todo a los que encarnan a los personajes de Misha y de Chejov que exhiben un variado repertorio de recursos de la teatralidad primaria, incluido un nada desdeñable control de la dicción y del gesto.

Ignoro el sentido que tiene llenar el espacio de cajas/bahules de gran tamaño, que invaden prácticamente todo el escenario del teatro, ya de por sí de reducidas dimensiones, que dan sensación de agobio y limitan las posibilidades de movimiento de los actores. Y otro tanto puede decirse del acopio que hacen de instrumentos musicales de cuerda, aunque hay que conceder que los acordes de violín que suenan de fondo en los monólogos de Las tres hermanas en la escena del casting, o el acompañamiento del chelo en el encuentro de los amantes en el parque, al final de El seductor, coadyuvan no poco a resaltar el lirismo de ambas escenas, subrayando respectivamente la emoción que provoca la actuación de la neófita y el desvalimiento y la entrega de la esposa seducida poniendo un contrapunto patético al terrible dilema al que se ve enfrentado Piotr Semiovich.

En fin, un buen trabajo de conjunto que, pese al excesivo afán por conseguir a toda costa la risa del público y su beneplácito, creo que logra mantener a raya, las más de las veces, a los dos enemigos mortales de un humor bien entendido: la caricatura y el histrionismo.

Gordon Craig.
18-XI-2006.

miércoles, mayo 24, 2006

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. 666 de Yllana.

[Nuestro querido Chasky me informó ayer entre unas copas que quería acercarse a ver la enésima reposición del espectáculo 666 de los corrosivos y geniales Yllana. Estas notas corresponden a la representación en el teatro Moderno de Guadalajara de hace unos años, pero seguro que te sirven para hacerte una idea de lo que te espera en la sala oscura. Va por usted caballero.]

"666" de YLLANA.
Con: Fidel Fernández, Raúl Cano,
Joe O' Curneen, Antonio de la Fuente.
Dirección: David Ottone.
Teatro Moderno. Guadalajara.

Se me escapan las razones por las que este espectáculo había despertado tanta expectación entre los aficionados de Guadalajara. Quizá por el éxito que cosechó el domingo pasado en Azuqueca, o quizá por el creciente interés que el teatro, en general, está despertando en unos sectores de público cada vez más amplios espoleados por las mayores cotas de calidad de las representaciones. El caso es que el ambiente era inmejorable, con las inmediaciones del Teatro Moderno atestadas de gente desde casi una hora antes de empezar la función intentando conseguir una entrada. Quienes habíamos tenido la ocasión de ver los anteriores montajes de Yllana: ¡Muu!, en el 92 y Glub, Glub aquí, en Guadalajara, ya casi hace tres años teníamos, en cambio, nuestras reservas ante las posibilidades de una fórmula tan ecléctica y exigente -teatro de humor sin palabras- como la que este grupo practica. Pues bien, tengo que confesar, nobleza obliga , que este montaje no sólo han desactivado cualquier género de reticencia por nuestra parte sino que genera nuevas y prometedoras expectativas.

Al igual que las obras anteriores, esta se articula como una sucesión de esketches. En esta ocasión el hilo conductor que unifica la obra es la pena de muerte. Los "protagonistas" son cuatro condenados a la pena capital recluídos en lo que parece ser el corredor de la muerte de una prisión norteamericana. La convivencia de los reclusos en estas condiciones extremas, las relaciones con sus guardianes y las infinitas variaciones de ejecución, a que son sometidos ofrecen a estos consumados artistas una inagotable cantera de situaciones a las que aplicar su humor ácido y cruel y tras las que se esconde una lúcida reflexión sobre uno de los horrores con los que el ser humano parece empeñado en convivir.

Cada cuadro de este truculento y demencial caleidoscopio goza de una gran autonomía. Todos llevan aparejados la amplificación y la distorsión de la realidad que es lo que produce el efecto de comicidad. Dislocación que puede llegar al exceso, a la desmesura, pero nunca a la caricatura huera y facilona. Se trata de escenas bufas, de pantomimas hirientes y burlescas, procaces casi siempre, que llegan con frecuencia a lo obsceno, pero nunca a la inmoralidad porque tras ellas late un profundo aliento de sinceridad, de comprensión por las debilidades, humanas.

Nunca mejor que en una obra de esta naturaleza se pone de manifiesto la tremenda energía liberadora del teatro. Nadie puede salir indemne de este torrencial aluvión de carcajadas. Nada que ver con las sincopadas ráfagas de sonrisitas histéricas enlatadas con que se salpimenta las gracias insulsas de las tópicas y aburridas series de la televisión. No nada de eso -Aún cuando el origen de la carcajada sea la puesta al desnudo del lado más oscuro y siniestro del ser humano, el desvelamiento de sus pulsiones más inconfesables; porque la risa disuelve las aristas y reabsorbe la dureza y la crueldad transformándolas en piedad . risa abierta, desinhibida, compartida, con los vecinos de asiento, con los de delante, con los detrás, con la sala entera entregada al unísono a la tarea de exorcizar nuestros propios demonios familiares.

Y todo sin que en el escenario se pronuncien más allá de diez palabras completas, o quizá por eso, porque sólo el lenguaje del cuerpo, el gesto, el ademán, la pose, el movimiento,(arropado por una serie de sonidos inarticulados y unas cuantas onomatopeyas) es capaz de alcanzar las zonas más recónditas de nuestra personalidad, el dominio de lo irracional,donde se inscriben los comportamientos y las actitudes satirizados.

La parodia y la provocación son los otros aditamentos importantes del espectáculo. La primera alcanza sus momentos estelares en el cuadro de la silla eléctrica en el de la guillotina o en la macabra escena de los ahorcados. La última llega en la escena final a su paroxismo cuando tras la ejecución, trasmutados los condenados en demonios sátiros deambulan por el patio de butacas en una ceremonia que recuerda a los rituales más ancestrales de las celebraciones dionisíacas.

El ritmo es trepidante. La variedad de registros de los actores parece no tener límite. Joe O´Curneen ofrece un contraste insuperable. Cada cuadro rivaliza con el anterior en riqueza de matices y en la cuidada selección de detalles. La iluminación y un elaborado espacio sonoro (música y efectos) juegan un papel nada desdeñable en la creación de los ambientes y como refuerzo a la labor actoral. El resultado es francamente bueno. El aplauso cerrado del fianl prueba que las expectativas que habían despertado no fueron defraudadas.

Gordon Craig.