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miércoles, junio 01, 2016

1000 razones para no dejar de leer. Ignacio García May sobre el despido de Juan Carlos Pérez de la Fuente del Teatro Español, en Escena Godot.

Estrenó Voces de Madrid, primer montaje de Juan Carlos Pérez de la Fuente al frente del Teatro Español, y ahora llega con Sofía justo cuando el director deja el cargo tras un polémico despido…

"A mí esta situación me parece intolerable. Mi postura es pública y notoria, pero no sólo por amistad con Juan Carlos… es una cuestión moral. No es verdad que el concurso estuviera mal hecho. Estaba legítimamente resuelto. Lo que ocurre que después se comenzó a difundir esto como una especie de veneno para justificar otros asuntos, pero creo que es una falacia de proporciones cósmicas. El problema es que no podemos aceptar que lo que digan unos políticos marquen lo que se pueda o no se pueda hacer o decir. Si lo hacemos, el problema no será Juan Carlos, sino todo lo demás".


viernes, febrero 27, 2015

TEATRO. La ola. "Inquietante experiencia sobre la génesis de la ideología totalitaria".

Texto: Ignacio García May.  A partir del experimento real de Ron Jones.
Con: Javier Ballesteros, David Carrillo, Jimmy Castro, Carolina Herrera, Ignacio Jiménez, Helena Lanza, Xavi Mira y Alba Ribas.
Escenografía: Jon Berrondo.
Vestuario: María Araujo.
Idea y dirección: Marc Montserrat Drukker.
Madrid. Teatro Valle Inclán.



Hannah Arendt, la filósofa contemporánea que ha indagado quizá con mayor profundidad y clarividencia sobre los orígenes del totalitarismo, recibió un alubión de críticas de la comunidad judía norteamericana a raíz de la publicación de su libro Eichmann en Jerusalén, en el que relataba los pormenores del juicio celebrado en 1961 contra el que fuera uno de los más destacados lideres del nazismo, el teniente coronel de las SS Adolf Eichmann, responsable directo de la “solución final”. Mas allá de las acusaciones de pusilanimidad, incluso de cobardía, que Arendt dirigió en su libro contra muchos lideres de las comunidades judías por su trato con los nazis quizá lo que más indignó a sus compatriotas fue que no compartiera la opinión generalizada de que Eichmann fuera un fanático antijudío, un monstruo capaz de planificar y ejecutar fríamente las mayores aberraciones; por el contrario, a raíz de las respuestas de Eichmann en los interrogatorios, llegó a la conclusión de que fue un disciplinado burócrata que actuó por obediencia debida, un hombre normal, un producto de su tiempo y del régimen que le tocó vivir al que sirvió con diligencia y eficacia.

Este supuesto, el de que personas en apariencia “normales” pueden bajo determinadas circunstancias llegar a someterse de grado a la tiranía del pensamiento único, es el que parece estar en el origen del experimento llevado a cabo por el profesor Ron Jones en un instituto de California en los años 60, precisamente para explicar a sus alumnos de la clase de Historia el fenómeno del ascenso del fascismo y de cómo fue posible el que la mayoría de la ciudadanía alemana se adhiriera a esa ideología y pudiera llegar a aceptar o a contemporizar con los horrendos crímenes que se estaban cometiendo sobre la población judía delante de sus narices.

Aprovechándose del ascendiente que tiene sobre sus alumnos, en apenas unos pocos días, el profesor Jones consigue cambiar totalmente la dinámica de su clase -y posteriormente la del instituto en su conjunto- sirviéndose de técnicas como las que habían utilizados los ideólogos del nazismo, empezando por pequeños ejercicios para fomentar la disciplina y fortalecer la voluntad y terminando por desarrollar en los chavales el espíritu colaborativo y el sentido de pertenencia al grupo, a una comunidad de ideas e intereses, con las ventajas que proporciona estar arropado por los demás y la seguridad que da el anonimato en el que uno puede diluir la responsabilidad personal de sus actos. Pronto se da cuenta de lo fácilmente que aceptan los alumnos la uniformización (hasta portar signos y emblemas exteriores de identificación con el grupo), la aceptación acrítica de determinados roles y el hecho de convivir en un entorno más y más autoritario, que fomenta incluso la delación del “disidente” o de quien desdeña o no muestra suficiente entusiasmo por la ortodoxia de un ideario que hay que salvaguardar a toda costa.

Pese a las dificultades del empeño el montaje acierta a revelar una inquietante moraleja sobre la conducta humana y sobre lo maleables que podemos llegar a ser bajo la influencia de alguien, que aun bienintencionado como el profesor Jones, conozca unos rudimentos de las técnicas de manipulación. Las claves del éxito están a partes iguales en texto de García May en la escenografía y ambientación y en el trabajo de los actores. El primero, que acierta de pleno en la contextualización de la experiencia recreando con un grupo de apenas siete actores el ambiente de una típica clase de un instituto de secundaria, un microcosmos en el que junto a las inseguridades, complejos y dificultades de relación inherentes a la conflictiva etapa de la adolescencia afloran la rivalidades latentes debidas a las diferencias de clase o del origen multicultural de los alumnos. Jon Berrondo, responsable de la puesta en escena y María Araujo, con su diseño de vestuario de época, espléndidos ambos, consiguen trasladarnos a la costa este de los EE UU en la época convulsa de las revueltas estudiantiles contra la guerra del Vietnam y en plena efervescencia de los movimientos pacifistas.

Respecto a los actores, hacen un meritorio y ponderado trabajo de aproximación a sus respectivos personajes, desde el entusiasta Doug (David Carrillo) predispuesto por su procedencia familiar a adoptar la disciplina castrense o la atolondrada Wendy (Carolina Herrera), a quien la participación en el “juego” le ha dado una relevancia en el grupo que nunca hubiera tenido por méritos propios, hasta el desconfiado Robert (Javier Ballesteros) que parece querer oponerse al principio, pero que luego por temor a perder su liderazgo se adhiere sin reservas a la causa, o la dulce y aplicada Sherry (Alba Ribas) que traicionada por Ron decide quedarse al margen. Y por supuesto Xavi Mira que borda su papel de profesor accesible, dinámico, cercano, dialogante, pero que se trasmuta cuando ejerce de catalizador de la experiencia en un líder intransigente y autoritario que no duda en jugar con los sentimientos y las debilidades de los alumnos.

Gordon Craig.

miércoles, noviembre 13, 2013

TEATRO. Tomás Moro, una utopía. "Un hombre para la eternidad".

De William Shakespeare, Anthoy Munday, Henry Chettle y otros.
Traducción de Aurora Rice y Enrique García-Máiquez. Versión de Ignacio García May.
Con: José Luis Patiño, Ángel Ruiz, Lola Velacoracho, Silvia de Pé, Sara Moraleda, Manu Hernández, César Sánchez, Daniel Ortiz, Chema Rodríguez Calderón, Jordi Aguilar y Ricardo Cristóbal.
Dirección: Tamzin Townsend.
Madrid. Teatro Fernando Fernán Gómez.




Con este rotundo apelativo (en inglés “a man for all seasons”, en la cita original) se refirió a Tomás Moro su coetáneo, el erudito y latinista Robert Whittinton, dando muestra de la profunda admiración que despertó en su tiempo la ejecutoria de este hombre extraordinario y de moral irreprochable que tras haber ostentado las más altas magistraturas del estado en la época de el rey Enrique VIII cayó en desgracia por negarse a firmar el Acta de Supremacía, por la que el monarca habría de erigirse en jefe de la Iglesia de Inglaterra. Acusado de alta traición y encerrado en la Torre de Londres fue finalmente condenado a muerte y decapitado en la plaza pública sin que las súplicas de sus amigos, de
su mujer o de su hija Margaret, a la que adoraba, le hicieran cambiar de opinión. A diferencia de Galileo que abjuró públicamente de sus creencias para salvar la vida Tomás Moro antepuso siempre sus convicciones morales a la conveniencia, viniendo a constituir a la manera de Sócrates un paradigma de integridad y de coherencia personales. El hecho de que ese comportamiento virtuoso esté asociado a sus creencias religiosas -era un ferviente católico posteriormente canonizado por la Iglesia- no altera para nada el valor ejemplarizante de su gesto, y su figura se agiganta, si cabe, si la comparamos con la mediocridad, el oportunismo, la falta de principios y la laxitud moral de nuestras clases dirigentes. Y quizá sea éste precisamente el principal activo del montaje de la obra que comentamos, la razón de su oportunidad: mostrarnos un ejemplo de rectitud moral que contraponer al piélago de corrupción en el que chapotean nuestros llamados servidores públicos.

La pieza, de clara intencionalidad testimonial, tiene dos puntos débiles: un marcado carácter episódico y un excesivo protagonismo de Tomás Moro frente al resto de personajes que se ven reducidos a lo puramente anecdótico. A lo primero, el montaje, dirigido con solvencia por una experimentada Tamzin Townsend, da solución mediante una ágil y rápida articulación de las múltiples escenas que componen la obra y su adecuada contextualización a través de las ocasionales intervenciones de un supuesto “historiador”, un personaje que está por así decirlo, dentro y fuera de la obra, comentando la acción y actuando como un intermediario entre el público y los personajes de la época. Éste artificio dramático está en la línea de lo que hizo Robert Bolt con su personaje “the common man”en su obra sobre el autor de Utopia, produce un cierto distanciamiento brechtiano y coadyuva a la objetivación de lo narrado. Lo segundo es de más difícil solución puesto que, como digo, los personajes carecen de un mínimo espesor psicológico que oponer a la personalidad ingente y arrolladora del protagonista, de modo que el conflicto dramático propiamente dicho, excepción hecha de algunas escenas con el fiscal en el juicio al “Gato”, o con su mujer e hija con ocasión de su renuncia al cargo de lord Chancellor o en las horas previas a su ejecución, se ventila, por así decirlo, en forma de lucha interior del protagonista en los momentos en los que tiene que debatir consigo mismo el alcance de sus decisiones. Desde este punto de vista la labor de José Luis Patiño es meritoria. Quizá se encuentra más cómodo en aquellas situaciones donde se evidencia el proverbial sentido del humor y el carácter bromista del personaje -ponderado por el mismísimo Erasmo-, que en aquellas donde aflora el hombre religioso, el tribuno sensato o el político responsable. Sus monólogos sobre la muerte o sobre el poder y sus discursos, como el que dirige a la plebe enfurecida en plena revuelta contra los privilegios de los comerciantes franceses son sin duda lo mejor de la obra.

Gordon Craig.

 Tomás Moro, una utopía.

viernes, enero 11, 2013

TEATRO. Tres tiki tigres. “The variety show”. Más “cornás” da el hambre.

Un espectáculo de “Tigre tigre teatro”.
Con: Isabel Arévalo, Ignacio García May, Jesús Hierónides y José Luis Patiño.
Madrid. Sala Cuarta Pared.



Al escuchar la descacharrante elegía al jamón (de pata negra, supongo) con la que José Luis Patiño rememora aquella lejana ya, estando tan próxima, etapa de la opulencia de tantos teatreros mamando de las fecundas ubres del presupuesto, me ha venido a las mientes la famosa respuesta que dio creo que fue “El cordobés”, matador en ciernes, a la pregunta de algún entrevistador espabilado que le inquirió acerca de los peligros de ponerse delante de un morlaco para ganarse la vida: “más cornás da el hambre”.

Sintetizaba con esa frase lapidaria toda una filosofía de la vida, que muchos, adictos al maná de la subvención, parecían haber olvidado y que ahora van a tener que aprender en un curso acelerado; en “dos tardes”, vamos, el tiempo en el que aprendió todo lo que había que aprender de economía para llevar la riendas de este país un ínclito inquilino de la Moncloa de cuyo nombre no quiero acordarme. Así nos va.

Por seguir con la metáfora taurina, esta terna de showmen sobrevenidos integrada por Ignacio García May, Jesús Hierónides y José Luis Patiño han decidido lanzarse al ruedo y coger al toro por los cuernos con una electrizante parodia de los espectáculos de variedades en un trabajo al que daría su bendición el mismísimo Konstatin Stanislavski si pudiera levantarse de la tumba. Y es que, haciendo de la necesidad virtud, llevan el principio del “sí mágico” hasta sus últimas consecuencias elevando la técnica de la alusión a la categoría de obra de arte, secundados apenas, en sus poses, piruetas y pantomimas por la música en directo del piano de Isabel Arévalo.

Aunque el espectáculo se articula como una parodia de los números más conspicuos del teatro de variedades -desde las típicas sesiones de magia e ilusionismo hasta la actuación de un ventrílocuo y su muñeco (¡magistrales Patiño y Hierónides!) -, hay una reflexión de fondo sobre la condición precaria del teatro y sobre el afán, vano, de ciertos creadores fatuos de desligarlo de su condición primera, artesanal, bufonesca y satírica; una crítica desde dentro a esos creadores reducidos, por la falta de presupuesto, a la mera condición de plañideras que andan por ahí, como Casandra, mascullando los más lúgubres vaticinios sobre la suerte del teatro. Consecuentes con esa actitud rebelde, satírica, estos tres primeros espadas, diestros en el arte de Talía, no pierden la ocasión de fustigar otros múltiples tópicos de la vida cotidiana, desde los estragos de la LOGSE, a la actitud acomodaticia de un público pastueño y bobalicón que aplaude todo lo que le echen, incluyendo ese canon de excelencia constituido por el star system holiwoodiense. Pero cuando se rompen los diques de contención de la risa es cuando el blanco de las invectivas se desplaza al terreno de la política. Una simple e inocua alusión a Ana Botella desencadena una riada de carcajadas y cuando el mariachi (actuación estelar de García May) hilvana en forma de corrido mexicano las trapacerías y la impunidad del yerno del Rey la hilaridad alcanza dimensiones homéricas.

En fin, quien se atreva a negar que para crear un buen montaje teatral puedan ponerse en relación la poesía simbolista del visionario William Blake con el trabajo de una truope de equilibristas chinos pásese uno de estos días por la Cuarta Pared y vea este espectáculo desternillante y disparatado: caerá en la cuenta de su error y verá cómo, combinando unas atinadas dosis de ingenio, mucho desparpajo y suficiente talento interpretativo es posible casi cualquier cosa.

Gordon Craig.

 Tres tiki tigres en la Sala Cuarta Pared

martes, septiembre 06, 2011

1000 Razones para no dejar de leer: la derecha, la izquierda y la cultura.


"Asqueado estoy de escuchar a mis colegas repetir que la cultura lo va a pasar fatal cuando llegue el PP. ¡Coño! ¿Es que acaso lo está pasando bien ahora? ¿Es que el PSOE y los otros partidos son inocentes de la catástrofe cultural que tenemos encima? ¿Acaso no encabezan los ayuntamientos socialistas la lista de morosos? ¿Es que en los feudos culturales de la izquierda no hemos visto mil y un casos de caciquismo, nepotismo, incompetencia en la gestión? Cada cual puede creer lo que quiera y votar a quien le de la gana, faltaría más. Pero quien diga que la cultura es de izquierdas y que se pone automáticamente en peligro con la presencia de la derecha está mintiendo".  

Ignacio García May, en El Cultural, 2 de septiembre de 2011.

Leer aquí el artículo completo en El Cultural.

martes, diciembre 15, 2009

TEATRO. Drácula. "En el diván del doctor Van Helsing".


Texto de Ignacio García May, a partir de Drácula de Bram Stoker.
Con: Eduardo Aguirre de Cárcer, José Luis Alcobendas, Rocío León, Rafael Navarro, José Luis Patiño, Iñaki Rikarte, Rosa Savoini y Xenia Sevillano.
Dirección: Ignacio García May.
Madrid, Teatro Valle-Inclán, 11 de diciembre de 2009.



Fue el genio irrepetible de Bram Stoker quien dio forma literaria definitiva a las numerosas leyendas y relatos folclóricos en torno al fenómeno del vampirismo difundidas en los círculos ocultistas de su Irlanda natal en la época del romanticismo tardío con la publicación en 1897 de su novela Drácula. Objeto de una espectacular acogida por parte del cine, que ha encontrado en este mito un filón al parecer inagotable, a juzgar por las incontables versiones y adaptaciones que se han hecho de la novela, el teatro no le ha prestado ni con mucho la misma atención, a pesar de que en los años inmediatamente posteriores a su publicación y a su éxito fulgurante ya se hizo alguna adaptación a la escena, la primera de ellas, protagonizada precisamente por el conocido actor sir Henry Irving, amigo personal del autor. En la cartelera madrileña de los últimos años no recordamos adaptaciones de esta obra de las que se haya hecho eco la crítica (si exceptuamos la hilarante parodia que realizó la compañía portuguesa do Chapitó y que tuvimos ocasión de ver aquí mismo en El Corral el pasado mes de abril). De modo que este montaje de García May vendría de algún modo a suplir esa carencia a la vez que constituiría un homenaje desde las tablas a un escritor estrechamente vinculado a los escenarios, no sólo como autor sino como crítico teatral.



Hay en este montaje, antes que nada, una meritoria labor de adaptación. Se ha expurgado hasta donde resulta dramatúrgicamente tolerable lo episódico y se han podado convenientemente las excrecencias de un estilo exuberante y prolijo alterando la secuencia temporal originaria para adecuarla a las necesidades de la escena sustituyendo una organización del material narrativo enderezada al mantenimiento de la intriga por otra supeditada al planteamiento y desarrollo del conflicto dramático. Alimentado con elementos presentes en el relato originario (sin adulteraciones ni supresiones de bulto) tal conflicto reproduce, en esencia, la pugna entre dos fuerzas antagónicas, la luz y las tinieblas o si se prefiere, lo racional y lo irracional y se desplaza -y este es otro de los aciertos de la adaptación- al interior de los protagonistas erigiéndose el doctor Van Helsing en una especie de catalizador de sus reacciones anímicas, en un amigo y en un terapeuta, sin cuyo apoyo y comprensión habrían sido incapaces de superar su angustia y acabar con la causa y origen de sus terrores.

Situado el conflicto en la órbita de lo psicológico, o quizá sería mejor decir de lo psíquico, suprimido cualquier atisbo de verismo o de truculencia, la escena queda exonerada de toda exigencia de reproducción mimética de acciones y espacios precisos o reales y abocada a convertirse en lo que es realmente, un lugar para la sugestión, que además de evocar el clima de amenaza y la atmósfera de misterio que envuelve a los protagonistas, merced a unos cuidados efecto de luz y sonido, reclama para sí la atención del espectador, asombrado por la sucesión de cuadros de una extraordinaria belleza plástica, por la limpia geometría de unos interiores elegantemente estilizados y de una suntuosidad decadente. Y ello sin demérito de la labor de dirección, que administra con pericia los tiempos, el ritmo y el tono de cada escena y del trabajo de los actores que resuelven con acierto el cometido que tienen encomendado. En todos ellos destaca el aplomo y la contención con la que transmiten el estado anímico de sus respectivos personajes en los cambiantes avatares de su atormentada existencia, en especial las alucinadas apariciones del fantasma de Lucy (Rocío León), los accesos de locura de Renfield (Eduardo Aguirre), la angustia y el desasosiego de Jonathan Harker (Iñaki Rikarte), los remordimientos y el profundo abatimiento del alma pura de Nina (estupenda Xenia Sevillano) o la atenta obsequiosidad y el frío racionalismo que animan la conducta del profesor Van Helsing (José Luis Patiño).

Gordon Craig.


Centro Dramático Nacional. Teatro Valle Inclán. Drácula.

martes, febrero 17, 2009

TEATRO. Días mejores. "Escombros".

De Richard Dresser.
Con: Ernesto Arias, Irene Escolar, Lino Ferreira, Ana Otero, Tomás Pozzi y Marc Rodríguez.
Dirección: Alex Rigola.
Madrid. Teatro de la Abadía.



La oportunidad de un montaje, es decir, el que exista un cierto grado de adecuación entre la problemática que plantea y las hipotéticas demandas del público al que se dirige proporciona siempre un plus de aceptabilidad, facilita, digamos, su recepción, pero nunca es una absoluta garantía de éxito. Ahora que atravesamos una profunda crisis económica cuyo alcance nadie se atreve a prever y cuando el paro acecha por doquier sumiendo a los sectores más desfavorecidos y vulnerables de la población en la miseria y el desconcierto, cabría esperar que esta historia turbia y descorazonadora de un grupo desempleados de la pequeña localidad de Lowell, Massachussets, luchando desesperadamente por sobrevivir en una situación próxima a la indigencia, conectase automáticamente con los espectadores, y sin embargo nos tememos que esa conexión no se produce en la medida esperada, como si por alguna razón que se nos escapa se cortocicuitase el mecanismo de la identificación.

Y no puede achacarse la responsabilidad a los actores, que por lo general hacen un trabajo meritorio, notable, incluso, por ejemplo, el desesperado vendedor de productos de limpieza a domicilio Phil (Ernesto Arias), la alelada y bonachona camarera de café de barrio Faye (Ana Otero), o el repulsivo, chulesco y esperpéntico mafioso Bill (Tomás Pozzi); ni a la versión de García May, ágil, viva, que recrea por igual, parodiándolas, la jerga anodina y simplona de unos personajes semianalfabetos, la retórica canalla del mundo del hampa o la verborrea del charlatán Phil. No, quizá es la obra misma, la historia que cuenta, la que no resulta demasiado creíble, al constituirse con una mezcla de elementos demasiado heterogéneos y que no siempre se justifican dramáticamente.

Es como si el autor respondiera al apocalipsis con el caos, con el barullo, en un totum revolutum, donde todo vale, desde el frenesí sexual de la obsesa Crystal hasta la presencia extemporánea de recursos del teatro del absurdo -como el orificio en la pared, imposible de suturar o el horno sin fondo en el que se introduce contoneándose impúdicamente la buena de Faye-, por no mencionar el socorrido tópico del pirado que “tiene visiones”, que “ha oído voces” de procedencia misteriosa induciéndole a formar una secta, una “Iglesia de la Divina Garantía” sumando adeptos con cuyo concurso y ayuda poder escapar de la debacle, salir de ese montón de escombros en que se han convertido sus vidas perdida para siempre la perspectiva de futuro que les proporcionaba la seguridad de una jornada continua de ocho horas en un trabajo asalariado.

Divertida a ratos, aburrida otros, sólo el buen hacer de los intérpretes, como ya he dicho, y el recurso permanente a la parodia que a veces logra funcionar dándonos un respiro y facilitando la carcajada, salvan a duras penas este espectáculo, cuyas pretensiones de denuncia de una realidad social tan cruda como delirante son perfectamente legítimas, pero cuya articulación dramatúrgica deja mucho que desear.

Gordon Craig.

Teatro de la Abadía. Días Mejores.

lunes, marzo 03, 2008

TEATRO. PORTULANOS. “Hay motivos”.

.
[Reproducción de la columna “Portulanos” de Ignacio García May de El Cultural del 21 de febrero de 2008. En esta ocasión también “hay motivos” para reproducir para todos vosotros la columna de García May, una vez clarividente y pertinentemente oportuno. ]

Guardo una copia de la ficha policial que muestra a Meyerhold tras su detención, el 20 de junio de 1939: uno de los mayores talentos teatrales del siglo XX inmortalizado como criminal, de frente y de perfil. Le acusaron de espiar para los japoneses, pero su único crimen fue resistirse a la censura impuesta por esa bestia asquerosa a la que se conoce como Stalin, el Hombre de Hierro, al que algunos todavía se atreven a defender. Meyerhold fue activo partidario de la revolución, e incluso corrió el riesgo de hacerse miembro del partido bolchevique cuando ni siquiera se sabía cuál sería el futuro de la Unión Soviética, o si ésta tenía, siquiera, futuro. Como artista y como ciudadano fue un hombre de compromiso y de progreso. Por esas mismas razones le metieron en una celda, le torturaron y le fusilaron. La Gran Enciclopedia Soviética se negó a incluir su nombre hasta 1957, dos años después de que se revisara su caso y se le considerase inocente de los cargos que se le habían fabricado. No sé dónde está hoy la trinchera del compromiso, porque la desfachatez lo difumina todo y el mundo se ha puesto del revés: los banqueros miman a los gobernantes socialistas, las ONGs se embolsan el dinero que debería aliviar la pobreza del tercer mundo, y los actores de izquierdas nos sermonean sobre la honestidad moral mientras posan con un chihuaua en la portada del Squire o hacen anuncios para compañías de préstamo usurario. Aunque acaso sea ingenuidad sorprenderse: ya hace tiempo que Chris Marker nos recordó que el fiscal general de Hitler era un ex comunista y el de Stalin un antiguo zarista. Algo tengo claro: manifestarse en apoyo del poder y pretender hacer pasar esa maniobra por compromiso es una acción de un cinismo inaceptable, una falsificación del concepto mismo de compromiso, y una traición a todos los que, como Meyerhold, se dejaron alguna vez el pellejo por enfrentarse, precisamente, al poder, en nombre de los que no lo tienen. Hay motivos, sí: pero para avergonzarse.

Ignacio GARCÍA MAY

jueves, febrero 21, 2008

TEATRO. Romances de Cid. "Historia y leyenda".

Versión de Ignacio García May.
Con: Jesús Hierónides, Muriel Sánchez y Francisco Rojas.
Composición musical: Alicia Lázaro. Intérpretes: Eduardo Aguirre, Alba Fresno, Óscar Gallego y Blanca Trabalón.
Compañía Nacional de Teatro Clásico. Dirección: Eduardo Vasco.
Guadalajara, Teatro Moderno.



Hay vastos dominios de nuestra historia común, sobre todo -pero no sólo-, la de tiempos remotos, cuyos episodios más significativos han venido a incorporarse a la memoria colectiva cifrados en alguna de las múltiples manifestaciones culturales de la riquísima tradición popular española: fiestas, arte, folclore, y muy en particular, en esas, a veces minúsculas, aunque intensísimas piezas literarias que son los Romances. En ellos se funden a partes iguales historia y leyenda, apareciendo los episodios evocados en la forma quintaesenciada de una escritura poética elemental, de dicción clara y directa no exenta a veces de un extremado lirismo.

Tal es el caso de la historia de Rodrigo Díaz de Vivar, infanzón castellano de la corte del rey Alfonso VI, cuyas hazañas, recogidas primero por un juglar (o juglares) anónimo en El Cantar del mío Cid, la fértil imaginación popular recreó, amplió, refundió hasta la saciedad idealizándolo y elevándolo a la categoría de mito fundacional, héroe valeroso en el campo de batalla, amante y solícito esposo y padre de familia, leal caballero del rey y defensor a ultranza de la honorabilidad caballeresca. La versión de García May para la Compañía Nacional de Teatro Clásico amalgama textos del poema épico originario con una atinada selección de romances del ciclo cidiano para darnos una visión ajustada del hombre y del guerrero que fue Rodrigo Díaz ponderando cada uno de los aspectos de su rica personalidad arriba enumerados.

Bajo la diestra batuta de Eduardo Vasco el texto se transforma en un montaje sobrio y mesurado que recrea escenográficamente, mediante el vestuario, la ambientación y un espléndido espacio sonoro de Alicia Lázaro -con música ejecutada en directo con instrumentos antiguos-, el primitivismo y hasta la rudeza de la época: el estridente sonido de la batalla, la algarabía de las fiestas populares o la solemnidad de los cantos religiosos. Y aun siendo notabilísima la puesta en escena lo que sobresale por encima de todo en este espectáculo ejemplar es la belleza esplendorosa de la palabra poética. Primitivo en si mismo el lenguaje, puesto que estamos en las primeras etapas de formación del castellano, la lengua ya ha desarrollado un ingente caudal expresivo que se vierte en versos de variado timbre y acento capaces de trasmitir una inagotable gama de sentimientos y emociones.

Los intérpretes son de excepción y se meten en el papel de los múltiples personajes que pueblan el poema dando voz a la reciedumbre de las “juras de Santa Gadea”, a la ira de Alfonso conminando a Rodrigo al destierro, a la sentida queja de doña Jimena por las prolongadas ausencias de su marido (estremecedor, este pasaje en boca de Muriel Sánchez) o al despiadado relato de la afrenta de Corpes, extrayendo siempre de los versos desde los tonos más delicados hasta los ecos de la violencia más aterradora.

Oportuno montaje, en cualquier caso, no sólo como celebración de la efemérides de la primera redacción del más grande de nuestros poemas épicos medievales, sino como impulso o estímulo encaminado a la preservación de una rica tradición cada día desafortunadamente más olvidada en las escuelas pero también en el seno mismo del ambiente familiar en donde a través de las narraciones orales o de la memorización y recitado de poemas, el niño y el adolescente hacían una primera formalización de sus referencias históricas y culturales.

Gordon Craig.

Romances de Cid en El Cultural.
CNTC. Teatro Pavón.

sábado, noviembre 25, 2006

TEATRO. PORTULANOS. El cuervo Graznador.

PORTULANOS. "El cuervo graznador" por Ignacio García May.

[Columna publicada por El Cultural de El Mundo el jueves 23 de abril de 2006.]

En Tito Andrónico, Shakespeare cuenta la espantosa violación de la joven Lavinia; para que no revele ni escriba el nombre de sus atacantes le arrancan la lengua y le amputan las manos. A pesar de todo, Tito, padre de la muchacha, consigue descubrir la identidad de los violadores. Les mata, les descuartiza, cocina con su carne un pastel y se lo da de comer a su madre, a quien, a continuación, también ejecuta. Estas son las cosas que les gustaban a los espectadores isabelinos, quienes, en la vida cotidiana, disfrutaban además con las ejecuciones públicas y las peleas de perros salvajes contra osos atados a un palo. Su género teatral favorito fue la revenge tragedy, la tragedia de venganza. Curiosamente, cuando los demás convertían estas obras en moda, Shakespeatre decidió abandonarlas y se lanzó a escribir lo que más tarde se ha conocido como “las obras del perdón”, las muy enigmáticas y bellísimas Cuento de invierno y La tempestad. En ellas los protagonistas, gravemente injuriados, renuncian, sin embargo, a alimentar el fuego de la represalia porque han renunciado previamente a la mezquindad que constituye su fuente. Pienso en Shakespeare porque veo los juicios de los etarras y me parece milagroso que los mil crímenes de ETA no desencadenaran un río de venganzas por parte de las familias. Como Próspero y como Hermione, optaron, en su momento, por no echar más sangre sobre sangre. Pero no hay que ser Nostradamus para predecir que, si el presidente sigue manejando esta situación del mismo modo, habrá quien tarde o temprano rompa el pacto y acabe exigiendo su libra de carne en compensación. Tito Andrónico será una broma comparada con eso. Porque podremos perdonar errores, mentiras, incluso delitos. Pero que, en nombre de la vanidad de quedar como único salvador de una patria que en otros aspectos tan poco parece importarle, un gobernante despierte el ansia de sangre en quienes hace mucho decidieron enterrarla, constituye un crimen más indigno que todos los asesinatos de los terroristas juntos.

Ignacio GARCÍA MAY

jueves, octubre 05, 2006

TEATRO. Portulanos. "España".

[Columna Portulanos de Ignacio García May, publicada en El Cultural el día 21 de septimenbre 2006]

Pero, ¿a qué viene tanto escándalo con Rubianes si lo que ha hecho es comportarse como un patriota? Porque no hay nada más intrínseca, más compulsiva, más inconfundiblemente español que abominar de la propia patria en voz alta y en toda circunstancia. Es lo que hacen a diario los ciudadanos, sea por el fútbol, por la política, por la historia, por cualquier cosa. Es un impulso presente en la literatura del XVII, en la del 98. Sánchez- Dragó se pasa la vida declarando que le revienta ser español y la derecha le ríe la gracia siempre. Incluso el propio gobierno difunde permanentemente esta idea, en su discurso, en sus acciones, en sus omisiones, con más retórica que Rubianes, pero no con menos énfasis. ¿Acaso hay alguien aquí que pueda presumir de no haber echado leña en ese fuego? ¡Si todo el discurso intelectual y político de los últimos treinta años ha ido dirigido a despotricar contra España, a avergonzarse de España, a negar España! Porque presumir de español, regocijarse de ser parte de una de las culturas más formidables de la historia, le sonaba y le suena aún a facha a la legión de ignaros y usurpadores que se autoadjudican, sin que nadie se lo pida, la misión de proteger la conciencia y la corrección ideológica. ¿Respeto al espectador? ¡Como si eso les importara! Mayor falta de respeto es que la televisión ¡pública! nos salga ahora reivindicando como Reina del Baile a la Nietísima del dictador que durante cuarenta años tuvo este país bajo su bota, en hora punta y pagada, como es costumbre, por todos los ciudadanos, sin que nadie, absolutamente nadie, haya dicho nada sobre eso. No nos engañemos: Rubianes, como la Pantoja, como los psicópatas que inundan a estas alturas los periódicos de esquelas enfermizas sobre la Guerra Civil, como tantas otras cosas de la actualidad, no es más que munición que nos arrojan para tener al pueblo encabronado mientras las cosas importantes pasan por delante nuestro sin que les prestemos atención. Brecht inventó lo del distanciamiento para prevenirnos contra este tipo de vilezas: está claro que fue inútil.

Ignacio GARCÍA MAY.

miércoles, marzo 15, 2006

TEATRO. Valle Inclán, el documentalista.

El pasado jueves, leyendo Portulanos, la columna semanal de Ignacio García May en El Cultural, que en esta ocasión dedicaba a los “esperpentos” del genial Don Ramón, me encontré con la siguiente apreciación del columnista: “Valle es un escritor naturalista; pero español, claro, y por tanto sometido a esta realidad extravagante de la cultura ibérica que no es comparable a las frialdades (emocionales, además de climáticas) de Chejov”. [...] “Valle, en resumen, es un documentalista”.

No estoy totalmente de acuerdo, por una vez, con los dictados del gran García May respecto a sus apreciaciones sobre la dimensión de la obra de Valle Inclán, pero lo que si me ha llegado al alma es que considere al Gallego Hiperbólico como un documentalista. Valle es un gran narrador y un portentoso dramaturgo, pero a partir de ahora y ello me llena de orgullo, también lo voy a considerar un documentalista. ¡Bienvenido al gremio!

Texto completo Portulanos

jueves, enero 19, 2006

PORTULANOS. Mi pancarta.

PORTULANOS. Mi pancarta, por Ignacio García May.
[Una vez más IGM clarividente. Yo también echo en falta a muchos tras una pancarta. ¡Desmascarémosles!][Columna publicada en El Cultural el jueves 19 de enero de 2006.]

Se suele afirmar de nosotros, los teatreros, que sólo hacemos política cuando nos conviene, o cuando el tema a tratar está lo suficientemente distante, geográfica o ideológicamente, como para no jugarnos nunca el cuello aunque parezca que sí. En un país donde la cultura no depende del talento, del conocimiento, ni de la profesionalidad, sino de los amiguetes que uno tenga repartidos en el poder, (Santiago Segura sabía lo que se hacía cuando le puso el nombre a su productora) es lamentablemente normal que la gente actúe así. Debe ser por eso por lo que no se escucha ninguna voz de nuestra profesión comentando las cosas que están pasando; y pese a que un protagonista puntual e involuntario del asunto haya sido “uno de los nuestros”, Albert Boadella, acusado por el nacionalismo catalán de traidor; el Aarón Burr de la Costa Brava, vaya. Que yo sepa, Boadella, que no es amigo mío, estaba defendiendo libertades en este país cuando la morralla de Terra Lliure, hoy reconvertidos en burgueses gordos y calvos con coche oficial y modales de parvenu, se dedicaba a explotar bombitas por ahí. Pero El Juglar es hombre admirado, envidiado y odiado a partes iguales, así que, como estos son tiempos de canallas, más de uno hasta se alegrará de verle en el brete.

Exceptuando la ADE, que ha felicitado las pascuas con una tarjeta de inequívoco mensaje integrador (y Juan Antonio Hormigón no es precisamente de derechas), los profesionales callan ante el conflicto del Estatut, como si no fuera con ellos. Personalmente, y más allá del episodio concreto, me abochorna profundamente un socialismo tan dispuesto a defender en público aquello en lo que no cree en privado; un socialismo en el que nadie se atreve a salirse del discurso oficial por miedo a ser acusado de facha, antidemócrata, o cosa así, como si no fuera la autocrítica la base misma del pensamiento de izquierdas; un socialismo tan ansioso de pactar con los mismos tipos que solucionaron la crisis del Carmel acusándose unos a otros de cobrar comisiones que luego no tuvieron huevos de denunciar. A mí me gustaría escuchar lo que opinan mis colegas sobre todo esto. En cuanto a mi pancarta personal, ahí queda.

Ignacio GARCÍA MAY

lunes, noviembre 07, 2005

OPINIÓN. PORTULANOS. Las Manos de Orlac.

[Una vez más Ignacio García May es clarividente. Sirva mi blog para la difusión de su columna Portulanos de El Cultural.]

Portulanos. Las manos de Orlac.


Machado se equivocaba: nunca hubo dos Españas. Era una sola, esquizofrénica, enferma. Como en Las manos de Orlac, el cuerpo miraba sus manos con repugnancia, extremidades de muerto implantadas en los muñones, cosidas con cicatrices tan gruesas que parecían pulseras de bramante en torno a las muñecas. Acaso fuera el dolor de los costurones lo que haya carcomido, enloquecido a tanta gente, haciendo imposible toda reflexión sensata, tranquila, sobre nuestra Guerra y sus consecuencias. Siempre me ha parecido que Haro era la metáfora viva de esa España, no partida, sino atomizada a base de acumular miedos, rencores, esperanzas truncadas, melancolías, odios, deseos de utopía, mentiras, en suma, contradicciones tratadas como muro de cárcel y no como mecanismos de aprendizaje.

Haro fue falangista, sí, pero también Jiménez Losantos fue maoísta y mira ahora; si entramos en ese juego la mitad del país tendría que mirar para otro lado. Se me hace imposible juzgar los mecanismos de la supervivencia en circunstancias tan ajenas. Luego, Haro se pasó a la izquierda extrema y por el camino arrambló con todo. A veces arremetía contra las grandes mentiras de nuestro tiempo y entonces era admirable; otras le asaltaba la paranoia y veía a la derecha como los alcohólicos las cucarachas que le trepan por las piernas, estrangulado por un maniqueísmo despiadado. No es verdad que se le quisiera tanto en el mundo del teatro: la mayor parte de los directores le odiaban tanto como él a ellos, y la ruptura de su amistad con Marsillach hizo época. El homenaje de la otra tarde fue, más que nada, un censo de quién está por la corrección política, donde igual cabían los amigos sinceros que las ratas. Porque las ratas, en el teatro, hacen lo mismo que las de los barcos: se suben a ellos cuando las bodegas van llenas y se escapan cuando hay peligro de naufragio. A mí la muerte de Haro me entristece, porque creo profundamente en los versos de John Donne. Pero con gusto colgaría de los pulgares a todos esos hijos de puta que aún hoy continúan asustando a la gente con la amenaza de la Guerra Civil, como si no fuera suficiente con haber destrozado a dos generaciones.

GARCÍA MAY, Ignacio