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lunes, octubre 03, 2011

TEATRO. Tres años. "Chejoviana".

de Juan Pastor, a partir de textos de Antón Chejov.
Con: Raúl Fernández, María Pastor, José Maya, José Bustos y Alicia González.
Dirección: Juan Pastor.
Madrid, Teatro de la Guindalera.


A veces uno se siente inclinado a pensar si no serán los relatos y las piezas breves lo mejor de la producción de Chejov. Unos y otras nos revelan en un instante fugaz y raudo como el destello de un relámpago aspectos de la psicología de las personas, de sus afanes y de sus deseos ocultos para cuya comprensión cabal el común de los mortales necesitaría años de observación e introspección. De hecho, esta pieza de Juan Pastor que ahora estrena La Guindalera no es sino una sucesión de fulgurantes flashes, hilvanados a modo de recuerdos, de otros tantos momentos críticos en la vida de cinco personajes de inspiración chejoviana empeñados en la búsqueda infructuosa del amor y la felicidad. Es el particular homenaje del director de la Guindalera al dramaturgo ruso.


Aunque apenas conocemos detalles de la vida de Juan Pastor más allá de su labor como director teatral, es fácil reconocer, en la traslación de los personajes y de la trama a la sociedad de la España de los años treinta -que tanta afinidad guarda con la rusa de finales del siglo XIX que Chejov retrata-, un intento de recuperar su propia memoria personal sirviéndose del vastísimo anecdotario e idiosincrasia de unos personajes -de la obra en su conjunto-, de un autor que Juan conoce como pocos. Y hay que apresurarse a decir que la experiencia resulta divertida y estimulante.

Pero si la obra de Chejov inspira el argumento y los personajes de la pieza que comentamos; si chejoviana es también la mirada incisiva, benévola y un punto socarrona, que Juan Pastor proyecta sobre sus criaturas, no se nos escapa también la fructífera influencia de otro dramaturgo, el irlandés Brian Friel, inspirador de la multiplicidad de voces en la que se desdobla el discurso de los personajes y que se plasma en forma de reflexiones en voz alta, en juicios de valor explícitos, propios o ajenos, que entreverados con el diálogo dramático enriquecen con perspectivas insólitas o grotescas, la percepción que el espectador tiene del estado anímico de los personajes, de sus deseos o motivaciones.

La ambientación -incluido un sugerente espacio sonoro de Marisa Moro y Pedro Ojesto- es excelente, como lo es el trabajo de los actores. Alejandro, Julia y Paulina constituyen los vértices del triángulo amoroso sobre los que pivota la obra. Raúl Fernández borda los contornos de su personaje, Alejandro, un joven adinerado, descontentadizo y un punto filósofo, su falta de sentido de la realidad se compensa con creces con su bondad y su condescendencia; su carácter soñador y su propensión a la melancolía lo emparentan con el joven Treplev, de La gaviota, pieza con la que ésta que comentamos tiene muchas concomitancias. Paulina y Julia representa de algún modo a esas dos clases sociales enfrentadas en las obras de Chejov la de los seres útiles y la de los inútiles. Alicia González es Paulina, que pertenece a la primera de estas clases; es una joven inteligente, trabajadora y muestra en todo momento una activa resolución unida a ciertas veleidades de un feminismo avant la lettre; su actuación depara momentos de intensidad insuperables como la escena en la que, despechada, grita y zarandea a Alejandro echándole en cara su insensibilidad y su incapacidad para comprender su amor. En el polo opuesto está Julia (María Pastor) tan bella como caprichosa, su irresolución y su indolencia la arrastran a un matrimonio sin amor, al coqueteo con sus amigos y a un deseo vehemente de exprimir los placeres de la existencia hasta encontrar el equilibrio personal al abrigo de la voluptuosidad y la pasión. (¿Será eso la felicidad?). José Maya hace una estupenda recreación de Gregorio, también miembro de esta clase disipada y perezosa; es un funcionario de medio pelo, un bon vivant de moral acomodaticia, engreído y seductor. Su contrapunto es Jaime (José Bustos) más optimista, apasionado e impetuoso, quizá sea el único de todos que tiene verdadera confianza en el futuro y representa la esperanza de la superación.

Un montaje, en fin, de excelente factura, lleno de humor y de ironía; exquisito, brillante y conmovedor que nadie debería perderse.

Gordon Craig.

Teatro Guindalera. Tres años.
Crítica Gordon Craig en el Diario de Alcalá.

domingo, abril 12, 2009

TEATRO. Platonov. "Crónica de la degradación".

De Antón Chéjov. Versión de Juan Mayorga.
Con: Pere Arquillué, Jesús Berenguer, Pep Cortés, Gonzalo Cunill, Jordi Dauder, Raúl Fernández, Elisabet Gelabert, Mónica López, David Luque, Carmen Machi, María Pastor, Roberto San Martín y otros.
Dirección: Gerardo Vera.
C.D.N. Teatro María Guerrero. Madrid.



Platonov refleja un mundo en descomposición. Es la Rusia zarista de finales del siglo XIX, que en los ambientes provincianos -que Chéjov tan bien conocía y que no se cansa de retratar en sus relatos breves y en su teatro-, está dominada por aristócratas corrompidos, plagada de burócratas de medio pelo integrantes de una clase media perezosa, disipada, carente de los valores que hacen fuerte a la sociedad y presa del tedio, de la abulia y de la inacción.

Obra primeriza de Chéjov, contiene, en embrión, los grandes temas de sus obras mayores, sólo que aquí el planteamiento es bastante caótico y todavía no ha establecido esa mirada irónica y hasta compasiva, si se quiere, sobre las debilidades de sus personajes, por lo que los conflictos están planteados de manera más abrupta, más vehemente, más apasionada, adquiriendo su protagonista Mijail Platonov un airado tono acusatorio, que no volveremos a encontrar en ninguna de sus obras posteriores, y que le permite reprender agriamente a sus amigos y ponerlos en evidencia ante los demás sin contemplaciones, lamentándose a voz en grito de que “todo es vil e inmoral y sucio en este mundo”. Aunque él no sea mejor que los demás y se halle también varado en la inacción, oscilando entre los momentos de exaltación y de lucidez, en los que seduce con su verbo impetuoso a quienes le rodean, y la irresolución para llevar a término las expectativas que ha generado, para consumar sus conquistas o incluso para conservar a la única persona que le quiere, la solícita Sacha. (Estremecedora la escena en la que nos enteramos del contenido de su carta de despedida exhortando a Platonov que se haga cargo de su hijo).

Junto a Mijail Platonov (Pere Arquillué) y a su mujer, Sacha (Carmen Machi), desfila ante nuestros ojos un amplio friso de personajes representantes de todos los estamentos sociales, donde los más jóvenes (el insolente Glagoliev (Toni Agusti), el arrogante Venguerovich (Raúl Fernández), el vago y borrachín Nikolai Triletski (Gonzalo Cunill), o el irresoluto y pusilánime Serguei (David Luque), incapaz de responder a la afrenta y a la humillación), son el resultado de la hipocresía y de la mezquindad de los mayores, crisol de todos los vicios. No salen mejor parados los personajes femeninos, la caprichosa y un tanto engreída María Grékova (María Pastor) dispuesta enseguida a perdonar una ofensa, porque, en el fondo, también se siente atraída por Mijail, la voluble y enamoradiza Sonia (Elisabet Gelabert), que, no obstante, exhibe el único rasgo de dignidad perceptible en la pieza poniendo por obra su venganza; la excepción es, quizá, Anna Petrovna (Mónica López) que es la única que, con Platonov, tiene una conciencia clara de su situación; menos complicada que él, aparenta cinismo, donde lo que hay, creo yo, es una mayor libertad para dejar que se manifieste su instinto.

La versión es pulcra y ponderada, con un lenguaje actual, muy cuidado; muchas escenas, empero, resultan excesivamente esquemáticas. La puesta en escena sencilla, despojada de elementos costumbristas, somete a los variados espacios donde se desarrolla la acción a un riguroso proceso de estilización que rescata sólo los imprescindibles elementos de atrezzo y utilería para sugerir la atmósfera de exquisito refinamiento de la casa de Anna Petrovna, la sencillez del domicilio de Platonov, o la claridad de los bosques bajo el cielo estrellado, permitiendo una gran libertad de movimiento a los actores y la creación de cuadros de gran belleza plástica (espléndidas las escenas corales de la fiesta en la primera parte de la obra). La dirección escénica es rigurosa; cada entonación, cada posición sobre el escenario y cada desplazamiento parecen estar meticulosamente programados, aunque algunas poses o movimientos adolecen de una cierta afectación manierista cuando no son gratuita y excesivamente forzados. El ritmo es ágil y la acción fluye con naturalidad –dentro de lo que cabe-, aunque a medida que avanza la obra, los permanentes cambios de estado de ánimo del protagonista pierden la espontaneidad y la vivacidad del principio, sus explosiones de cólera se amortiguan, su agudeza e impetuosidad se atemperan y se pierden los contrastes en un proceso que va más allá, de lo que sería la natural evolución psicológica del personaje hacia la frustración, la melancolía y el abatimiento, y que tiene que ver, creo yo, con el trabajo de interpretación, con las dificultades propias del personaje cuya extrema complejidad desborda las posibilidades de Pere Arquillué. Desde el punto de vista del trabajo de los actores, en general, los secundarios encajan con varia fortuna sus respectivos papeles; Carmen Machi, Elisabet Gelabert y Mónica López resuelven con solvencia su cometido; las dos primeras no están al máximo de sus posibilidades y las hemos visto en tardes mejores; respecto a Mónica López presta a Anna Petrovna elegancia, desenvoltura y una buena dosis de energía y de vitalidad. Destaca asimismo Roberto San Martín en su papel Ossip, un personaje de clara filiación dostoyevskiana, un desclasado social que en razón de su marginación conserva intactas las pasiones primarias y cuyas maneras y ejecutoria son el contrapunto de las del resto de los miembros de esta sociedad degradada.

Un texto denso y complejo, en suma, que se resiste a ser revelado en razón de su propia dificultad intrínseca. Aunque el intento ha merecido la pena.

Gordon Craig.

Centro Dramático Nacional. Platonov.

miércoles, diciembre 17, 2008

TEATRO. Molly Sweeney. "La identidad fracturada".

De Brian Friel.
Con: María Pastor, José Maya y Raúl Fernández.
Dirección: Juan Pastor.
Madrid. Teatro de La Guindalera.



Cuán lejos está Molly del protagonista de En la ardiente oscuridad de Buero Vallejo. Y es que a diferencia de Ignacio, que no se resigna a aceptar su ceguera porque la considera una tara física, Molly Sweeney, invidente como él, parece haber asumido sin reservas esa condición y se ha construido un universo pleno, una identidad diferenciada, autónoma, que la permite ser perfectamente feliz. Así se nos muestra desde la obertura de la pieza, jubilosa, segura de sí misma y llena de entusiasmo y energía en la rememoración de su infancia y aprendizaje al lado de su padre en un impresionante monólogo que constituye toda una celebración de la vida y de la naturaleza.

El conflicto, empero, surge cuando irrumpen en su vida Frank, con el que se casará de inmediato, y el doctor Rice, otrora famoso cirujano que ha venido a establecer su consulta en el perdido pueblecito que ha visto crecer a la dulce Molly, y que se empeña, para satisfacer su -como él dice- “insana fantasía de médico”, en operar a la joven. Porque ¿por qué tendría ella que operarse? ¿No había interiorizado plenamente la realidad a través de sus otros sentidos y se había fabricado un mundo a su medida en el que cada cosa estaba en su lugar? ¿Es sólo condescendencia con los deseos de su marido, o acaso sueña, como Ignacio, con el hermoso espectáculo de la luz de un cielo estrellado, con abrir una nueva puerta al misterio de la naturaleza?

La obra no proporciona respuestas a todas estas preguntas aunque nos permite acceder al complicado proceso de toma de decisión de Molly y conjeturar la titánica lucha interior de la protagonista antes de ceder a las sugerencias de Frank y del doctor Rice para que se someta a la operación. ¡Qué espléndida manifestación de su rebeldía la virulencia y el frenesí con los que se entrega a la danza tradicional irlandesa en la fiesta que se organiza en su honor la noche antes de ser internada en la clínica! Y nos permite, también, vislumbrar la alegría momentánea, efímera, de su ingreso en el mundo de la luz y de las formas, y las primeras dificultades para atribuir un sentido a las imágenes que la inundan, que la aturden; y la frustración, después; y el pavor del exilio de su universo anterior y la desolación por la nostalgia, ... y la locura de una identidad fracturada.

Para relatar esta historia Brian Friel se sirve de una hábil traslación al teatro del estilo indirecto narrativo y lleva hasta sus últimas consecuencias la técnica perspectivista. Consigue así, desde esa multiplicidad de puntos de vista, enriquecer la percepción que los espectadores tenemos de los personajes y del conflicto, a la vez que provoca un raro efecto de extrañamiento que convierte la recepción en una suerte de proceso analítico sumamente estimulante. Se trata de un juego muy sutil al que el director los actores han sabido sacar todo su partido, o sea, todo su potencial dramático. El director, porque sin su talento para descubrir las líneas de fuerza de este texto complejo y deslumbrante y su rara morfología el montaje no habría sido viable. Los actores por su sensibilidad para captar y transmitir su atmósfera íntima y familiar, sus pizcas de humor, su fina ironía y su elevado vuelo poético, además de encarnar, naturalmente, cada uno de ellos a caracteres funcional y temperamentalmente muy diferentes.

Y No hay reservas en la valoración de estos tres consumados intérpretes, sólo admiración y gratitud porque su trabajo es espléndido, sobre todo el de la protagonista, María Pastor, en un papel que parece hecho a su medida. Ya hemos dado cuenta en párrafos precedentes de algunos momentos particularmente brillantes de su actuación, pero su trabajo no se agota en ellos sino que ilumina, en cada escena, con la modulación de su voz, con sus manos prodigiosas, con los imperceptibles cambios de su respiración anhelante o sosegada, cada uno de los rincones de la mente lúcida y perspicaz y del corazón noble y generoso de Molly Sweeney. Raúl Fernández compone a un pintoresco, vital y entrañable Frank, aturullado, vehemente, parece tener averiado el mecanismo de orientación de su sentido práctico, porque se embarca en inverosímiles aventuras destinadas al fracaso, entre ellas, su bienintencionado empeño en que Molly recobre la visión. José Maya encarna a las mil maravillas al doctor Rice, una vieja gloria de la medicina ahora venido a menos; es un tipo correcto y atildado que vive vuelto al pasado, aferrado a la nostalgia y aceptando a duras penas su derrota; le obsesiona la idea de redimirse de su fracaso, para lo que no dudará en utilizar a Molly.

Gordon Craig.

Guindalera. Molly Sweeney.

sábado, mayo 19, 2007

TEATRO. Traición. "¿Cómo está Emma?".

De Harold Pinter.
Con: María Pastor, Raúl Fernández , Alex Tormo y Andrés Rus.
Dirección: Juan Pastor.
Madrid. Teatro de la Guindalera.




Imaginemos que Emma, con la que estamos manteniendo una relación adúltera que se prolonga ya por espacio de varios años, es la mujer de nuestro mejor amigo, una vieja amistad ésta, que cultivamos viéndonos con frecuencia para charlar, tomar unas copas o jugar al paddle. Imaginemos que acabamos de ver a esa mujer en un pisito que mantenemos en secreto y que acudimos a una comida de negocios con este amigo, que para entonces ya sabe lo nuestro, bueno, de hecho lo sabe ya hace un montón de tiempo, aunque nosotros ignoramos que lo sabe. ¿Podríamos aparentar naturalidad mientras nos mostramos interesados por “su” mujer al formularle alguna pregunta del tipo de: cómo está Emma? Y ¿cuál sería la reacción de nuestro amigo? ¿Y nuestra reacción si fuéramos nosotros los engañados?

Traición da respuesta a estos y a otros muchos interrogantes que, quizá, uno necesitaría elucidar antes de ceder a la tentación de dejarse seducir por los encantos de una mujer y embarcarse en una aventura tan arriesgada como comprometida, por no decir canallesca. Y lo hace mediante una trama ingeniosa e incisiva que desarrolla un conflicto de adulterio entre unos personajes cuyo comportamiento alcanza límites insuperables de cinismo y de hipocresía; un comportamiento, digámoslo con su nombre, civilizado, donde alguien puede aceptar sin mover un músculo la mayor afrenta mientras, a modo de cortina de humo para ocultar sus verdaderos sentimientos, descarga toda su indignación en relación con un mero detalle circunstacial, por ejemplo, sobre el cuándo o el cómo un tercero se ha enterado de dicha ofensa.

Tenemos aquí a Pinter en estado puro, en su veta más strindberiana, salvo por un pequeño detalle, claro, que los personajes no se ven aquejados por ningún sentimiento de culpa. En su lugar hay otro impedimento mucho menos trascendente, más cotidiano, más innoble, podríamos decir, que se interpone entre la realidad y sus deseos: los escrúpulos, y una vaga y pasajera sensación de contrariedad cuando no les salen las cosas según lo previsto.

Ese es el ambiente de indefinición y de relativismo moral que recrea esta comedia ácida y sardónica de Pinter que Juan Pastor dirige con insuperable maestría y economía de medios, fiándolo todo a un espacio escénico algo más ambicioso de lo acostumbrado y al trabajo de los actores. Respecto al primero, cabe destacar su desnudez de elementos espurios (como el texto mismo, carente de cualquier concesión a la retórica), su funcionalismo y su versatilidad para adaptarse mediante cambios pertinentes en la ambientación (tonalidad de luces, vestuario y espacio sonoro) a las exigencias del texto. Respecto a los actores, destaca su disciplina para adaptarse a una trama que funciona como una complicado mecanismo de relojería y su talento para encarar una construcción de personaje que funciona más bien como deconstrucción -porque la acción dramática “avanza” hacia atrás, desde el desenlace al planteamiento- y que exige una suerte de construcción inversa, no por acumulación de elementos, experiencias, emociones que van enriqueciendo a los personajes, sino por sustracción, por eliminación, hasta reducirlos en la última escena -espléndida, por cierto-, a ese estadio originario, mezcla de inocencia, de irresponsabilidad o de atolondramiento propios de la juventud que los ha conducido a cometer tantos errores. Es un más difícil todavía, una trampa para los actores donde no hay un “a posteriori”, donde, al contrario, cada momento del pasado debe hallar su verificación en el pretérito, el pequeño detalle, el comentario o la actitud que lo justifica. Es cierto que el texto está lleno de pistas, desde ese punto de vista la obra es un prodigio de construcción, pero hay que encontrarlas y articularlas convenientemente para que el resultado resulteconvincente. Con todo su labor no acaba ahí, todavía tienen que lidiar con las situaciones insólitas o paradójicas y con el estilo seco, la sintaxis esquemática y los diálogos a veces crípticos o absurdos de Pinter, frases proferidas con frecuencia para ocultar la emociones cuando no para engañar directamente al interlocutor; una escritura hecha de silencios y de sobreentendidos, de ambigüedades calculadas, de subterfugios, de pistas falsas que obedecen a una permanente estrategia de ocultación de los sentimientos. En fin, todo un reto del que tanto el director como los actores salen airosos proporcionando una magnífica lección de teatro.

Gordon Craig.

Traición. Teatro Guindalera.

lunes, octubre 02, 2006

TEATRO. Odio a Hamlet. "El ser (o no ser) del teatro".

De Paul Rudnick.
Versión de Juan Pastor.
Con: Raúl Fernández, Joseph Albert, Alex Tormo, María Pastor, Ana Alonso, Ana Miranda.
Dirección: Juan Pastor.
Madrid. Teatro de la Guindalera.



No es el menor de los aciertos de este espectáculo que estrena ahora la recoleta y acogedora sala Guindalera el de dar a conocer un texto y un autor nuevos por estos pagos, contribuyendo a diversificar un poco la oferta de una cartelera anclada en reposiciones, “remakes”, adaptaciones tecno de textos narrativos consagrados, o manidos y oportunistas homenajes a dramaturgos muertos (con o sin escándalo añadido; un tal Rufianes, ¿recuerdan?). Aunque el montaje tiene otros muchos y muy destacados valores, ya en el estricto plano de la representación, y que son otras tantas razones para no perdérselo de ninguna manera.

Veamos. Nos lleva Juan Pastor al proceloso territorio de la comedia. Lo cual no quiere decir que en sus anteriores montajes, de Chejov o incluso de Wilder, no hubiera frecuentes notas de humor, pero aquí, la sugerencia y la fina ironía son sustituidas por la sátira y la parodia, es más, ambas son el motor de la obra y a su servicio, director y actores dan lo mejor de si mismos para conseguir un ritmo, un tono y un registro de actuación volcados en la comicidad. Comicidad desbordante, inteligente, como lo es la pieza misma, y sin concesiones a la zafiedad ni a la chocarrería. Y uno disfruta y se ríe a gusto mientras asiste al desarrollo de una trama ingeniosa, plagada de situaciones insólitas que fructifican en escenas cuidadosamente planteadas y resueltas con extraordinaria maestría.

Pero no por divertida la obra deja de albergar una incisiva reflexión sobre la condición del actor y sobre la del teatro mismo, enfrentados uno y otro al furibundo embate de la Televisión y del cada vez más clamoroso adocenamiento de las audiencias. El primero, sumido en la duda hamletiana de tener que elegir entre el bien remunerado trabajo ante a las cámaras pero en programas de ínfima calidad estética y la rara avis de un teatro de calidad, un trabajo absorbente de mayor exigencia artística y sin el horizonte inmediato de la recompensa económica o del reconocimiento del público. Pero a través de Andrew y su pugna con el espectro de Barrymore, es la idiosincrasia misma del teatro la que se pone en cuestión. ¿Es acaso el teatro en esta era del audiovisual una suerte de enfermedad del espíritu, una flaqueza pasajera? Como sugiere irónicamente el productor al espetar al dubitativo Andrew cuando este parece decidirse por Shakespeare rechazando un suculento contrato: “entre tú y yo vamos a conseguir salir de esto”. Con “esto” se refiere, naturalmente, al teatro, pero Andrew ya ha tomado la decisión, y no parece que vaya a arrepentirse, pues aunque el estreno haya sido un rotundo fracaso, ha descubierto lo esencial, que aunque sea esporádica y coyunturalmente se puede entrar en contacto con el público, y comunicarse con él, y recabar su reconocimiento y eso es turbadoramente halagador y ....

Un sutil juego teatral

Gordon Craig.

Odio a Hamlet. Teatro Guindalera.

martes, febrero 14, 2006

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. En torno a La gaviota, "Seis actores en busca de Chejov".

De Antón Chejov. Adaptación de Juan Pastor.
Con: María Pastor, Raúl Fernández, Ana Miranda, Joseph Albert, Ana Alonso y Alex Tormo.
Dirección: Juan Pastor.
Madrid. Guindalera Escena Abierta.
 

Ha debido de ser un camino arduo, erizado de dificultades, con el trabajo añadido de la supresión de personajes y de readaptación del texto a la medida del elenco; enfrentados director y actores a esta obra de madurez de Chejov (que planteó dudas al mismísimo Stanislavsky en el momento de su estreno por el Teatro de Arte de Moscú allá por el año 1898) y en la que está reunida toda la capacidad de introspección psicológica del autor y toda su fuerza poética; pero el empeño ha merecido la pena, pues el montaje ilustra un encuentro gozoso con lo más genuino de la dramaturgia chejoviana.

Juan Pastor parece haber seguido el consejo de Stanislavsky de que para representar las obras del dramaturgo ruso es necesario formar parte de ellas, vivirlas, experimentarlas; y es que, en efecto, el espectáculo declara abiertamente, para quien sepa escucharlo, ser el efecto de una inmersión sostenida en las profundas aguas de una escritura fecunda que describe con pasmosa naturalidad y con agudo sentido del humor los más variados estados anímicos, los comportamientos más extraños o la azarosa embestida del destino que con tanta frecuencia zarandea de manera caprichosa a los pobres seres humanos.

Aun con sensibles recortes, los episodios esenciales del argumento y las líneas principales de conflicto permanecen intactas en la adaptación de Juan Pastor; el elemento nuclear de la trama está contenido en el apunte que le sugiere a Trigorin la gaviota muerta a los pies de Nina en la última escena del segundo acto: “Una joven como tú -le dice Trigorin a Nina ante el cuerpo exangüe del ave que acaba de abatir el irritado Kostia-, ha vivido a la orilla de un lago desde la niñez. Ama el lago igual que la gaviota y es feliz y libre como ella. Pero un hombre acierta a pasar por allí, la ve y no teniendo nada mejor que hacer la destruye, lo mismo que a la gaviota”. La alusión tiene un inequívoco acento premonitorio que Nina no acierta a comprender. Abandonando a Costantin, que está verdaderamente enamorado de ella, por el escritor maduro, cuya aureola de artista triunfador la seduce, elige el camino equivocado. Le sigue a Moscú, pero su ídolo pronto la abandona, y dos años después, cuando se inicia el cuarto y último acto, volvemos a encontrar a los protagonistas en el mismo lugar del comienzo pero la destrucción ya se ha consumado.

La ambientación, vestuario, y, sobre todo, el “gestus” y las actitudes de los personajes destilan ese peculiar aroma a vida provinciana que tan certeramente describen todas los obras de Chejov y que Juan Pastor ha sabido sugerir magistralmente. Son los miembros de una clase acomodada y decadente que sestean en los interminables atardeceres veraniegos, disfrutan de sus privilegios, inmersos en los pequeños placeres de una vida disipada y estéril que quieren cerrar el paso al mundo nuevo que intenta abrirse camino y que simbolizan Kostia y Nina.

Pero el enfrentamiento de las dos clases y su desenlace trágico deja espacio suficiente a la vida; a la Vida con mayúsculas, a ese torbellino de afanes, ilusiones, amores, desengaños, entrega y egoísmo que modela la existencia de los personajes y que les confiere un protagonismo absoluto en la conformación de la obra y del espectáculo y en cuya construcción se concentra quizá el mayor esfuerzo creativo de la compañía. No es fácil hacer distingos en la ponderación de un trabajo tan exigente y riguroso como el que llevan a cabo todos los miembros del elenco, aunque, obviamente, algunos tienen mayores oportunidades de lucimiento. Alex Tormo borda al dócil y bonachón maestro de escuela Medvédenko, de andares torpes y ademanes pausados; Ana Miranda es la engreída y diletante Arkádina que administra en su provecho el ascendiente que tiene sobre el resto de personajes manejándolos a su antojo; Raúl Fernández está espléndido en el papel del impulsivo e irascible niño mimado Treplev, modula con gran maestría el paso del entusiasmo y la alegría iniciales, cuando la vida le sonríe, a la decepción que le produce la traición de Nina, hasta verse postrado, finalmente, en un estado de melancolía y de profunda tristeza. Junto a él encontramos la belleza ajada, lánguida y el pesimismo enfermizo de la despechada Masha (Ana Alonso); y en el extremo opuesto, en fin, María Pastor, soberbia en su papel de Nina, una joven sincera y apasionada, personificación del lado luminoso de la vida, símbolo de la libertad y de las ganas de vivir, que afronta su destino trágico con entereza y resignación sin perder un ápice de su belleza serena y delicada.

Gordon Craig.

En torno a la gaviota. La Guindalera.