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jueves, mayo 11, 2017

TEATRO. Refugio. "El rapto de Europa".

Autor: Miguel del Arco.
Con: Carmen Arévalo, Israel Elejalde, María Morales, Raúl Prieto, Macarena Sanz, Beatriz Argüello y Hugo de la Vega.
Escenografía: Paco Azorín.
Dirección: Miguel del Arco.
Madrid. Teatro María Guerrero. Hasta el 11 de junio de 2017.



Miguel del Arco (Madrid, 1965), adaptador, guionista y director teatral se dio a conocer al gran público a raíz del éxito de La función por hacer (2009), su brillante adaptación de Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello. Algún montaje de textos propios, como Juicio a una zorra (2012), una libérrima recreación del mito de Elena de Troya protagonizada por una inmensa Carmen Machi, u otros en los que ha participado como director o dramaturgista han constituido rotundos éxitos de crítica y público durante estos últimos años. Baste citar como muestra sus adaptaciones de Veraneantes, de Máximo Gorki (2011), El inspector, de Gogol (2012, De ratones y hombres, de John Steinbeck (2012) o más recientemente El misántropo, de Moliére.

La obra que estrena ahora en el teatro María Guerrero es de rabiosa actualidad, y su argumento pudiera haberse fraguado hilvanando noticias de apertura de los telediarios de ayer mismo con informaciones relativas a la corrupción política y al drama cotidiano de la inmigración. Y es que los protagonistas de la pieza son un político corrupto en el punto de mira de la prensa a raíz de unas filtraciones comprometedoras y un refugiado sirio que ha perdido a su mujer y a su hijo en la travesía del Mediterráneo acogido precisamente por la familia de ese alto cargo al que el partido está dispuesto a sacrificar para evitar verse salpicado por el escándalo.

Sobre la urdimbre de estos temas -corrupción e inmigración- Miguel del Arco arma una trama que va más allá de la mera anécdota para inscribirse en una reflexión de fondo sobre la política, sobre la naturaleza y límites de la democracia y sobre la perversión en el uso del lenguaje, empleado las más de las veces -y no sólo en la órbita de la política-, para enmascarar la realidad, para tergiversarla, para ocultarla, para negarla; el lenguaje empleado como arma arrojadiza o como pantalla protectora tras la que esconder nuestros verdaderos sentimientos, “una constante estratagema para cubrir nuestra desnudez -que diría Pinter-, una violenta, astuta, hipócrita cortina de humo que mantiene al otro en su sitio”.

Adepto a los clásicos griegos, susceptibles siempre de nuevas lecturas e interpretaciones, Miguel del Arco permite que se cuele en su sátira política el hermoso relato mitológico del Rapto de Europa, esta vez en la figura de un pletórico Farid, que inicia también su travesía desde las costas del Líbano en una noche estrellada llevando consigo a su mujer Sima y a su hijo. Una escena luminosa, por cierto, que, junto a la portentosa aria interpretada por Amaya, mujer del protagonista y otrora diva del bel canto, insufla algo de poesía y de esperanza en una historia, por lo demás cruda y desoladora. Como si fuera una metáfora, terrible, de nuestro tiempo, ambos atisbos de optimismo, de elevación espiritual, si se quiere, encarnados por Farid y Amaya en algún momento de sus vidas, están condenados al fracaso; en un caso, por la pérdida de la voz de Amaya y por la sentina de hipocresía, de odio y de resentimiento en la que se ha convertido su matrimonio, en otro, el sueño frustrado de esta familia de emigrantes de arribar sanos y salvos a las playas de Creta, como hizo la bella ninfa del relato mitológico a lomos del toro.

Y solo habría un par de objeciones que ponerle al montaje. Respecto a la puesta en escena, quizá cede en ocasiones a la tentación del artificio y la espectacularidad gratuita. Respecto al texto, el contraste acaso demasiado evidente, extremo incluso, entre dos realidades sociales antitéticas, representadas respectivamente por la familia de Suso Santiesteban y por la de Farid; un universo de egoísmo, de incomunicación, de reproches, vaciado de valores y ayuno de cualquier vestigio de espiritualidad frente al de un paria desesperado, que trata inútilmente de buscar consuelo para su desgracia refugiándose en el silencio y en vagas apelaciones a la renuncia y a la paz y armonía universales que predica el misticismo sufí.

Como contrapartida, el espectáculo cuenta en su haber con un gran trabajo de los actores. Raúl Prieto acierta aquí con ese doliente Farid lacerado por el recuerdo de su tragedia que se mueve como un sonámbulo entre el desconcierto y la desolación. Israel Elejalde, como Suso, da la medida exacta de un político cínico y sin escrúpulos capaz de sacrificarlo todo a su estrategia de mantenerse en el poder. Hábil retórico, frío, manipulador, puede traficar incluso con el dolor y con la desgracia ajena si ello sirve a sus propósitos. Los primeros damnificados son sus hijos, la rebelde, impulsiva e insolente Lola (Macarena Sanz) y el vehemente y agresivo Mario (Hugo de la Vega), la crueldad y el odio que destila son el amargo y temprano fruto del resentimiento hacia unos progenitores que han vaciado sus relaciones familiares de ternura, respeto y comprensión. Pero en quien descarga verdaderamente Suso sus invectivas y su sarcasmo es en su mujer, Amaya, una espléndida Beatriz Argüello ante la que hay que quitarse literalmente el sombrero. Indolente, pasiva, confortada por los efluvios del alcohol, asiste como un convidado de piedra al caos y a la destrucción de su familia; parece haber renunciado a dar la batalla por su dignidad, aunque su elegancia y altivez alientan los rescoldos de una mujer de sensibilidad exquisita que ha disfrutado del éxito social. En su evocación, magistral, de sus tardes de gloria en la ópera, compone una escena de enorme impacto visual y de una belleza sublime.

Gordon Craig.





miércoles, abril 24, 2013

TEATRO. Juicio a una zorra. “Donde habite el olvido”.


De Miguel del Arco.
Con: Carmen Machi.
Dirección:Miguel del Arco.
Madrid. Teatro La Abadía


Esta nefasta costumbre de los teatros públicos de programar sus espectáculos por períodos de tiempo cada vez más cortos nos privó a muchos aficionados de la posibilidad de ver uno de los montajes de mayor éxito de crítica y público de la temporada pasada. Ahora -efectos colaterales de la crisis aparte-, la dirección del teatro de la Abadía, con buen criterio, repone un montaje que, a juzgar por lo visto ayer no debería de haberse descolgado tan pronto de la cartelera, porque, a no dudarlo es uno de esos trabajos excepcionales que no se prodigan sobre nuestros escenarios y que, ocasionalmente, nos reconcilian con el gran arte del teatro.

El milagro lo obran a partes iguales Miguel del Arco y Carmen Machi. El primero que con su recreación libérrima y actualísima de la historia más grande jamás contada nos demuestra que los grandes relatos literarios no se cierran jamás, que siempre son posibles nuevas lecturas e interpretaciones de los mismos, que nos seguirán hablando cada vez que tengamos necesidad de escucharlos, porque como afirma la protagonista antes de concluir su alegato “la eternidad está enamorada de los frutos del tiempo”; la segunda en su magistral encarnación de la considerada la mujer más bella del mundo, y también la más vejada, la más vilipendiada: Elena de Troya, la que arrostró, por amor, los mayores peligros y calamidades, la que fue acusada de traicionar a su pueblo y de sembrar la discordia entre los troyanos, de ser causa, en fin, de la guerra más despiadada y cruenta de la que tenemos memoria. ¿Alguien podría soportar impertérrito esa pesada carga?

La obra se articula como un intenso y vibrante monólogo. Entre copas y botellas de un brebaje de efecto lenitivo, que irá apurando sorbo a sorbo para hacer más llevadera la rememoración de sus desdichas, una rutilante Elena de dorados cabellos y verbo acendrado comparece ante los espectadores, convertidos en una suerte de jurado popular, para reclamar a los dioses el olvido -curiosa petición que nos recuerda la misma vehemente aspiración cernudiana: “Donde habite el olvido, / en los vastos jardines sin aurora; / donde yo sólo sea / memoria de una piedra sepultada entre ortigas / ...”-. Quiere que seamos testigos de su sufrimiento y demos nuestro veredicto exculpatorio. Y a la vez poner en tela de juicio muchos de los presupuestos ideológicos y culturales sobre los que se sustenta la relación entre hombres y mujeres y la de los pueblos entre sí con la guerra como telón de fondo.

Sin un asomo de vacilación o de cansancio, pletórica de energía de principio a fin del espectáculo Carmen Machi lleva a cabo una auténtica proeza: extraer de las brumas del pasado legendario a una figura mítica y dotarla de la consistencia física y del espesor psicológico de un ser de carne y hueso, de un ser que sufre y anhela, que odia y que ama; que ama por encima de todo y que reclama, imperiosa, su dignidad, su libertad para amar y ser amada. Y no sabríamos a ciencia cierta decir cuándo está mejor Carmen Machi, cuándo su actuación es más redonda, si cuando explora los registros de la compasión ante el cadáver del joven Troilo o ante el cuerpo exangüe del propio Paris; cuando expresa su repugnancia por las embestidas de Teseo; cuando rememora horrorizada la rabia y el feroz deseo de venganza de Hécuba o cuando explota en imprecaciones contra el mismo Zeus y le echa en cara su hipocresía y su crueldad para con quien ya no sirve a sus fines. Toda ponderación es poca sobre como controla su dicción, las pausas, el ritmo, la entonación y la cadencia de las frases, y de cómo proyecta sus palabras sobre el auditorio, eligiendo cuidadosamente los blancos y el grado de veneno necesario para que causen su efecto letal sobre los espectadores, desde el susurro o la más leve sonrisa irónica hasta la descarga cerrada de fusilería que pone los pelos de punta.

Un texto y una dirección notables y un trabajo de actuación rotundo que nadie debería perderse. Él, Miguel del Arco desde hace relativamente pocos tiempo, ella, Carmen Machi, desde prácticamente el inicio de su andadura como actriz en los primeros montajes de la Abadía. Ambos han dado hasta la fecha muestras sobradas de talento. Pero, a ver si va a ser verdad que la crisis aguza el ingenio.

Gordon Craig.


viernes, junio 01, 2012

TEATRO. El inspector. "El viejo tinglado de la farsa, de nuevo".


De Nikolái Gógol.
Con: Fernando Albizu, Jorge Calvo, Manolo Caro, Gonzalo de Castro, Pilar Castro, Javier Lara, Juan Antonio Lumbreras, José Luis Martínez, Ángel Ruiz, Macarena Sanz, Manuel Solo Y José Luis Torrijo.
Músicos: Raúl Márquez (violín), Chiaki Mawatari (Tuba) y Patxi Pascual (Flauta y saxo).
Escenografía: Eduardo Moreno.
Versión y dirección: Miguel del Arco.
Madrid. Teatro Valle-Inclán.



         Inspirada, al parecer, en una anécdota de Pushkin, quien contó a Gógol que una noche en una posada de Nizhni Nóvgorod le confundieron con alto dignatario de la capital, la compleja trama de El Inspector (compleja y simple a la vez, pues sólo la simpleza humana justifica tales dislates) se sustenta sobre un fatal malentendido. Convocados a cónclave por el regidor los próceres de una pequeña ciudad de provincias, son informados de que se espera la visita inminente de un alto funcionario del gobierno con el objeto de inspeccionar la ciudad. De inmediato se disparan todas las alarmas y surgen las más disparatadas conjeturas sobre los motivos de la visita y sobre la identidad del inoportuno huésped. Espoleados por su mala conciencia y por su estulticia, vienen a dar en la absurda idea de identificar al pobre diablo Iván Alekxandrovich Jlestakov, un joven procedente de San Petersburgo y a la sazón alojado en la posada del pueblo, con el temido inspector del gobierno. Para Jlestakov como para su sanchopancesco criado Ósip, este error es una bendición del cielo, pues inmediata e inexplicablemente comienzan a ser tratados como reyes de una nueva Ínsula Barataria siberiana; para el alcalde -gobernador en el texto original-, Antón Antónovich Skvoznik-Dmujanovski y para el resto de las fuerzas vivas de la ciudad la equivocación se convierte en una pesadilla, aunque no se amilanan y tratan de servirse de sus malas artes y corruptelas -las mismas que les han llevado a esa situación desesperada- para congraciarse con Jlestakov y ganarse su benevolencia. En fin, ya lo dice el refrán, el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y causa verdadero asombro ver cuan esclavos podemos llegar a ser de nuestras propias preconcepciones; qué ciegos frente a la realidad más evidente, obnubilados por la vanidad y por las gruesas anteojeras del prejuicio.

         Como puede colegirse a partir de lo dicho hasta ahora, la carcajada está servida; una comicidad desbordante, incontrolable, brota por todos los poros de la pieza en forma de situaciones a cual más pintorescas y absurdas desencadenadas a partir de ese equívoco inicial y condimentadas con todos los ingredientes de la farsa grotesca. De ahí que resulte innecesario, a mi juicio, la plétora de referencias extemporáneas relativas al aquí y ahora del espectador, como esa escena inicial de la inauguración a bombo y platillo de una nueva y flamante estación de ferrocarril -a la que, por cierto, no ha llegado todavía la vía férrea-, o ese epílogo o fin de fiesta de corte brechtiano, una suerte de apología de la patria chica o de rock del “bien común” interpretado a coro por todo el elenco; por no hablar del complejo de folclorismo que aqueja al alcalde y a su familia y que los lleva a vestir a su hija de fallera o a invitar al recibimiento de Jlestakov al mismísimo Joselito reencarnado en Chiquilicuatre o en un finalista de la Operación Triunfo. El hecho es que estas y otras incontables e inocentes licencias encandilaron al público que parecía dispuesto desde el principio a pasárselo bien, pero creo que diluyen o degradan en cierta medida la intencionalidad satírica de una obra en la que Gógol se mofa despiadadamente del papanatismo de una casta dirigente ignara y corrupta.

         Con todo, el espectáculo creo que hace justicia a la inventiva, al humor de trazo grueso y al descarnado realismo del texto de Gógol mediante un trabajo de actuación sustentado en las poses estereotipadas y los ademanes bufonescos propios de la commedia dell’arte, con múltiples escenas meticulosamente coreografiadas o directamente convertidas en números de comedia musical, como el inicio del segundo acto en el que Ósip entona la palinodia del hambre a ritmo de blues. En general el trabajo de los actores es notable. Pilar Castro y Macarena Sanz son respectivamente Anna Andréievna y María Antónovna (mujer e hija del alcalde) dos personajes a los que Miguel del Arco ha dotado de un poco más de desparpajo y atrevimiento y que bordean a veces el histrionismo. Juan Antonio Lumbreras nos da un Iván A. Jlestakov cándido y simple, un tarambana un tanto engreído pero sin malicia, suficientemente listo para darse cuenta de la situación y aprovecharla. Respecto a Gonzalo de Castro está realmente espléndido en un papel que parece hecho a su medida; un papel en el que puede explotar a sus anchas todos los recursos para la parodia, que son muchos. Trajeado, impoluto, con el pelo hacia atrás engominado, con su bigotito, sus ínfulas y su aire autosuficiente es la viva imagen del cacique, endiosado y encumbrado por una cohorte de aduladores a lo más alto de la política en la era de los pelotazos urbanísticos.

Bueno, parece que Gerardo Vera se va a despedir del Centro Dramático Nacional con un baño de multitudes. No es mala salida para estos tiempos de crisis, aunque dudo que el Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas, el organismo que albergó hace años la antigua sala Olimpia (el teatro ubicado en este mismo solar donde ahora se erige el Teatro Valle-Inclán) hubiera programado un espectáculo como este.

Gordon Craig.
                                    

viernes, mayo 18, 2012

TEATRO. De ratones y hombres. "Unas millas al sur de Soledad".

De John Steinbeck.
Con: Fernando Cayo, Roberto Álamo, Antonio Canal, Rafael Martín, Josean Bengotxea, Irene Escolar, Eduardo Velasco, Diego Toucedo, Alberto Iglesias y Emilio Buale.
Espacio escénico de Eduardo Moreno.
Dirección: Miguel del Arco.
Madrid. Teatro Español

Pareciera que esta evocadora frase con la que se inicia el estremecedor relato de John Steinbeck que ahora sube Miguel del Arco a las tablas del teatro Español fuese sólo un hallazgo expresivo casual, un mero artificio retórico con el que -cosa habitual entre los grandes novelistas- tratase de captar la atención de sus lectores desde el umbral mismo de ese viaje imaginario al que nos invita su escritura; y sin embargo es mucho más que eso, es la localización exacta de un entorno físico concreto, de un paraje natural, junto al río Salinas, en California, que él conocía perfectamente, tan perfectamente como las durísimas condiciones de trabajo que tenían que soportar los braceros de las explotaciones agrícolas en las zonas rurales durante los años de la Gran Depresión. Y tampoco es casual, creo yo, la elección de este texto -exponente de la aguda conciencia social de su autor-, por parte de Miguel del Arco, un director cuyos últimos trabajos, sobre todo la premiada adaptación de Veraneantes, revelan una notable preocupación por los efectos de la profunda crisis económica y social que atravesamos y que está empujando a los más desfavorecidos hacia la pobreza y la marginación.




De hecho no hay nada casual en el devenir de los acontecimientos del relato y, como ocurre en las grandes tragedias clásicas, cada mínimo incidente en el que se ven inmersos los protagonistas de esta historia terrible y luminosa, desde la muerte accidental del ratoncillo entre las torpes manos de Lennie, hasta el sacrificio del viejo perro de Candy por un disparo de Carlson, no son sino manifestaciones de un destino implacable, atisbos premonitorios de un fatal desenlace. Y la habilidad mayor de Miguel del Arco ha consistido precisamente en ponderar la relevancia de estos episodios como desencadenantes o catalizadores de un conflicto dramático del que, sensu stricto, carece la obra, concebida como un relato lineal -bien que profusamente dialogado-, de las peripecias y afanes de esta atípica pareja de braceros itinerantes durante los escasos cuatro días que pasan en la granja. Tiempo suficiente en todo caso, para que, como en un buen drama, afloren con la máxima intensidad las frustraciones, la insatisfacción, la intolerancia y la violencia soterrada que anidan en los corazones de los personajes; pero también, como contrapunto esperanzador, la comprensión, la camaradería, la amistad y la ternura.




Del Arco mantiene con pulso firme la tensión del relato y consigue convertir algunos de sus episodios más relevantes, como el de la irrupción de Lennie en la cuadra donde descansa el negro Crooks, o su encuentro a solas con la mujer de Curley en el granero, en escenas vibrantes, de una belleza y de una fuerza dramática arrebatadoras; de hecho las dos últimas escenas son verdaderamente antológicas y justificarían por sí solas la asistencia al espectáculo. Todo ello, claro está, con el concurso de un atinado diseño de escenografía y ambientación a cargo de Eduardo Moreno y Juanjo Llorens, pero sobre todo merced al trabajo extraordinario de los actores.

El trabajo más destacado es sin discusión el de Roberto Álamo; su grandullón y desvalido Lennie, es la imagen viva, conmovedora y tierna a la vez de un ser inocente y puro, inerme ante la malevolencia, el engaño y las burlas de sus compañeros e incapaz de controlar sus propias reacciones; conmueve el apego que siente por George y su fe ciega en sus resoluciones, y su risa cándida y estúpida de niño grande y su inaplazable necesidad de afecto. De un perfil psicológico menos acusado, más impersonal, el papel de George (Fernando Cayo), no acaba de tomar forma hasta más de mediada la función; George se nos revela como un tipo jovial, afectuoso siempre con Lennie, quien pone permanentemente a prueba su paciencia. A medida que nos acercamos al final de la obra su personaje va creciendo hasta adquirir unos contornos perfectamente definidos mientras se hace más y más evidente la pesada carga que supone para él la responsabilidad que ha contraído con Lennie y que le llevará a tomar la decisión más trascendental y dolorosa que un ser humano puede tomar en relación con sus semejantes. Cabe señalar, en fin, el espléndido trabajo que lleva a cabo Irene Escolar dando vida al único personaje femenino de la pieza en violento contraste con ese mundo de hombres, duro y despiadado, en el que tiene que desenvolverse. Su frágil, casi evanescente encarnación de la mujer de Curley buscando confiadamente un rato de conversación con la que combatir su soledad o un poco de compañía con la que compartir sus sueños resulta enternecedora. Desenvuelta, afable, con el punto exacto de coquetería, ingenua hasta cierto punto, es consciente de su poder de seducción y de que su belleza desata en los hombres la sacudida del deseo. Desde su primera aparición en escena sabemos que su presencia luminosa ha accionado un mecanismo secreto que tarde o temprano terminará por abrir la caja de Pandora.

 Gordon Craig.

Gordon Craig en el Diario de Alcalá.
De ratones y hombres en el Teatro Español.

miércoles, abril 20, 2011

TEATRO. Veraneantes. "Divertida y corrosiva radiografía de nuestro tiempo".


Texto de Miguel del Arco a partir de la obra de Máximo Gorki.
Con: Bárbara Lennie, Israel Elejalde, Miriam Montilla, Raúl Prieto, Miquel Fernández, Lidia Otón, Manuela Paso, Elisabet Gelabert, Cristóbal Suárez, Chema Muñoz y Ernesto Arias.
Dirección: Miguel del Arco.
Madrid, Teatro de la Abadía.


Veraneantes, de Gorki, describe a un grupo terratenientes y altos funcionarios de la Rusia de principios del siglo XX durante las semanas de su retiro estival en una mansión campestre en la que se han recluido para combatir el aburrimiento y los rigores del clima estepario. Sin preocuparse demasiado por construir una trama especialmente elaborada nos ofrece una sucesión de escenas asiladas que representan el fluir de esa vida disipada y ociosa. Fino observador de la realidad de su tiempo, a lo largo de dichas escenas sólo en apariencia inconexas, el autor alcanza a descubrir el verdadero sentido de unas vidas, en general vacías, varadas en la reiteración de unos rituales sociales marcados por el convencionalismo y el tedio y por un anhelo inconcreto de cambio, de transformación.


La versión de esta pieza que estrena ahora Miguel el Arco presenta el equivalente de aquellos personajes un siglo después. Quienes ahora ocupan el vértice de la pirámide social bien por méritos propios, como Raúl, o quienes han crecido a la sombra del poder como parásitos y aduladores como Miquel o Ernesto, sestean en chanclas y en bermudas, flirtean con sus congéneres de sexo opuesto con más descaro e insolencia o atienden sus compromisos por medio del teléfono móvil pero son tan fatuos e infelices como aquellos y están igual de insatisfechos con ellos mismos; más, si cabe, carentes de la más mínima expectativa de cambio histórico -que se percibía en el ambiente de los albores del siglo XX y que podían intuir los personajes de Gorki-, y agobiados por la pesada losa que supone la constatación del estrepitoso fracaso de la última posibilidad de la utopía. De ahí esa permanente necesidad de evadirse de la realidad cotidiana, esos intentos desesperados de dejar atrás las preocupaciones y las frustraciones recurriendo a la bebida, al juego, a las fiestas y a la cháchara interminable trufada de chanzas, invectivas y maledicencia.

Para mostrar esa feria de las vanidades, esa desvergonzada exhibición de cinismo, vacuidad y desprecio por la dignidad humana Miguel del Arco cuenta con un equipo artístico de excepción, empezando por Eduardo Moreno que firma una sencilla y versátil escenografía y terminando Arnau Vila autor de una espléndida y desenfadada ambientación musical que afianza el ambiente lúdico y de desenfreno con el que tratan de ahogar sus penas los personajes mientras parodia de manera inmisericorde toda una generación de horripilantes “canciones del verano”. Papel aparte juega -nunca mejor dicho- el trabajo de los actores, que se entregan con pasión y energía desbordante al sutil juego de las apariencias que les propone del Arco. Y a fe que trasmiten, desde una arriesgada disposición central de la escena, y en un verdadero têt a têt con el público que los circunda, la vehemente defensa de sus ideas, la pulsión irreprimible del deseo, el sarcasmo, la ira, el desprecio y todo un variadísimo repertorio de sentimientos y de emociones excitadas por un clima de libertad sin trabas y por el calor sofocante del verano. El de Varia es quizá el papel más destacado y difícil de la obra, el de una mujer inestable y un tanto perdida, varada entre la angustia y el desconcierto que Bárbara Lenny resuelve con gran acierto. Omnipresente en escena en su rol de anfitriona, concita en torno a sí todos los conflictos que atenazan al resto de personajes: los desahogos y el histerismo de Mirian (Miriam Montilla), su criada y compañera; las extravagancias de su neurótica cuñada Lidia (Lidia Otón); la falta de escrúpulos y intemperancia de su despótico marido (Israel Elejalde); las proposiciones indecorosas del engreido Cristóbal (Cristóbal Suárez); las consecuencias indeseadas del carácter impetuoso y alocado de su hermano Miquel (Miquel Fernández) o el patético comportamiento de quien había sido su héroe de juventud, el famoso novelista Shamilov/Ernesto (Ernesto Arias), que hace un trabajo memorable para dar vida a este paternalista y desencantado escritor que ha perdido la fe en sí mismo y en el lenguaje. Y todavía quedan actores no citados que hacen un trabajo espléndido también, el de la pareja formada por Elisabet Gelabert y Raúl Prieto, amigos de la familia, un matrimonio lo que se dice “bien avenido” que no deja de martirizarse durante toda la obra, él con su comportamiento atrabiliario y violento y ella con su actitud provocadora y desvergonzada y en fin, last but no least, una Manuela Paso en estado de gracia particularmente convincente en su exhibición de una pureza de espíritu, una altura de miras y una superioridad moral que están muy lejos de confirmarse cuando se somete convenientemente a prueba.

Planteando temas de ayer y de hoy, con un ritmo frenético y una tensión e intensidad dramáticas que no decaen durante las más de dos horas y media que dura el espectáculo, con escenas hilarantes y otras de una crudeza y de una crueldad aterradoras, todas ellas magistralmente resueltas, este espectáculo brioso y exuberante de Miguel del Arco nos reconcilia con el teatro y con la profesión actoral, base y fundamento de esta hermosa actividad tan antigua como necesaria. Nadie debería perdérselo.

Gordon Craig.

Teatro de la Abadía. Veraneantes.

lunes, septiembre 13, 2010

TEATRO. El proyecto Youkali. "Le pays de nos desires".


Escrito y dirigido por Miguel del Arco.
Con: Dulcinea Juárez, Donat Mbuyi, Genoveva Caro, Sonia Ofelia Santos, Pedro Forero, Cristóbal Juárez, Mar Fernández-Sousa, Kati Dada, Ángel Ruiz, Alberto Sánchez, Wenceslao Scyzoryk y otros.
Madrid. Naves del Matadero.


Miguel del Arco, que nos sorprendió la temporada pasada con La función por hacer (una inteligente y divertida puesta al día de Seis personajes en busca de autor, de Pirandello) vuelve a la carga de nuevo en el mismísimo arranque de la temporada con una denuncia cruda y entusiasta de la indiferencia con que los miembros de las sociedades acomodadas asistimos a la tragedia de los refugiados. Nació, al parecer, el espectáculo, auspiciado por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado para conmemorar el día mundial del refugiado (20 de junio) y después ha ido creciendo hasta convertirse en un montaje teatral tout court; de ahí su carácter de performance, miscelánea de testimonios “reales” cohesionados por una débil trama que los da cobertura dramática convirtiéndolos en material para un reality televisivo.


La trama parece sobrevenida; eficaz a veces, para aglutinar las cuatro historias terribles que integran el relato, otras, se despeña hacia un desenlace inverosímil, como en la grabación clandestina de un espacio llamado a denunciar las presiones de la dirección de la cadena, ¡casualmente propiedad de un político de derechas!; o se pierde en un alegato antisistema lleno de tópicos y generalidades. Fuera de ese sesgo ¿cómo llamarlo?, ¿progre?, el valor testimonial de las cuestiones abordadas -violencia de género, represión de la libertad de expresión, discriminación en razón de la orientación sexual y las deletéreas secuelas de la corrupción política- es innegable, y queda claro el mensaje de que hay que reaccionar ante la impostura y ante la tiranía antes de que sea demasiado tarde y el miedo nos agarrote imposibilitándonos para la acción en defensa de la libertad y de la dignidad.

El trabajo de actuación es riguroso y responde a las necesidades del espectáculo. El tenue aroma interétnico, el recurso al lenguaje audiovisual y un sugerente espacio sonoro, con deliciosas canciones incluidas (de hecho, la bellísima habanera Youkali, de Kurt Weill y Roger Fernay con su canto a una isla utópica donde reine la paz y la armonía universales es el leit motiv de la obra) hacen en exceso digerible, a mi modesto entender, un plato que debería de resultar indigesto. Aunque, en fin, cada cual es muy libre de elegir el papel en el que envuelve su mercancía; faltaría más.
Es de justicia decir, empero, que el acomodado público asistente disfrutó del espectáculo y aplaudió larga y calurosamente al final.

Gordon Craig.
Arte en la Red. Proyecto Youkali.