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viernes, mayo 18, 2012

TEATRO. De ratones y hombres. "Unas millas al sur de Soledad".

De John Steinbeck.
Con: Fernando Cayo, Roberto Álamo, Antonio Canal, Rafael Martín, Josean Bengotxea, Irene Escolar, Eduardo Velasco, Diego Toucedo, Alberto Iglesias y Emilio Buale.
Espacio escénico de Eduardo Moreno.
Dirección: Miguel del Arco.
Madrid. Teatro Español

Pareciera que esta evocadora frase con la que se inicia el estremecedor relato de John Steinbeck que ahora sube Miguel del Arco a las tablas del teatro Español fuese sólo un hallazgo expresivo casual, un mero artificio retórico con el que -cosa habitual entre los grandes novelistas- tratase de captar la atención de sus lectores desde el umbral mismo de ese viaje imaginario al que nos invita su escritura; y sin embargo es mucho más que eso, es la localización exacta de un entorno físico concreto, de un paraje natural, junto al río Salinas, en California, que él conocía perfectamente, tan perfectamente como las durísimas condiciones de trabajo que tenían que soportar los braceros de las explotaciones agrícolas en las zonas rurales durante los años de la Gran Depresión. Y tampoco es casual, creo yo, la elección de este texto -exponente de la aguda conciencia social de su autor-, por parte de Miguel del Arco, un director cuyos últimos trabajos, sobre todo la premiada adaptación de Veraneantes, revelan una notable preocupación por los efectos de la profunda crisis económica y social que atravesamos y que está empujando a los más desfavorecidos hacia la pobreza y la marginación.




De hecho no hay nada casual en el devenir de los acontecimientos del relato y, como ocurre en las grandes tragedias clásicas, cada mínimo incidente en el que se ven inmersos los protagonistas de esta historia terrible y luminosa, desde la muerte accidental del ratoncillo entre las torpes manos de Lennie, hasta el sacrificio del viejo perro de Candy por un disparo de Carlson, no son sino manifestaciones de un destino implacable, atisbos premonitorios de un fatal desenlace. Y la habilidad mayor de Miguel del Arco ha consistido precisamente en ponderar la relevancia de estos episodios como desencadenantes o catalizadores de un conflicto dramático del que, sensu stricto, carece la obra, concebida como un relato lineal -bien que profusamente dialogado-, de las peripecias y afanes de esta atípica pareja de braceros itinerantes durante los escasos cuatro días que pasan en la granja. Tiempo suficiente en todo caso, para que, como en un buen drama, afloren con la máxima intensidad las frustraciones, la insatisfacción, la intolerancia y la violencia soterrada que anidan en los corazones de los personajes; pero también, como contrapunto esperanzador, la comprensión, la camaradería, la amistad y la ternura.




Del Arco mantiene con pulso firme la tensión del relato y consigue convertir algunos de sus episodios más relevantes, como el de la irrupción de Lennie en la cuadra donde descansa el negro Crooks, o su encuentro a solas con la mujer de Curley en el granero, en escenas vibrantes, de una belleza y de una fuerza dramática arrebatadoras; de hecho las dos últimas escenas son verdaderamente antológicas y justificarían por sí solas la asistencia al espectáculo. Todo ello, claro está, con el concurso de un atinado diseño de escenografía y ambientación a cargo de Eduardo Moreno y Juanjo Llorens, pero sobre todo merced al trabajo extraordinario de los actores.

El trabajo más destacado es sin discusión el de Roberto Álamo; su grandullón y desvalido Lennie, es la imagen viva, conmovedora y tierna a la vez de un ser inocente y puro, inerme ante la malevolencia, el engaño y las burlas de sus compañeros e incapaz de controlar sus propias reacciones; conmueve el apego que siente por George y su fe ciega en sus resoluciones, y su risa cándida y estúpida de niño grande y su inaplazable necesidad de afecto. De un perfil psicológico menos acusado, más impersonal, el papel de George (Fernando Cayo), no acaba de tomar forma hasta más de mediada la función; George se nos revela como un tipo jovial, afectuoso siempre con Lennie, quien pone permanentemente a prueba su paciencia. A medida que nos acercamos al final de la obra su personaje va creciendo hasta adquirir unos contornos perfectamente definidos mientras se hace más y más evidente la pesada carga que supone para él la responsabilidad que ha contraído con Lennie y que le llevará a tomar la decisión más trascendental y dolorosa que un ser humano puede tomar en relación con sus semejantes. Cabe señalar, en fin, el espléndido trabajo que lleva a cabo Irene Escolar dando vida al único personaje femenino de la pieza en violento contraste con ese mundo de hombres, duro y despiadado, en el que tiene que desenvolverse. Su frágil, casi evanescente encarnación de la mujer de Curley buscando confiadamente un rato de conversación con la que combatir su soledad o un poco de compañía con la que compartir sus sueños resulta enternecedora. Desenvuelta, afable, con el punto exacto de coquetería, ingenua hasta cierto punto, es consciente de su poder de seducción y de que su belleza desata en los hombres la sacudida del deseo. Desde su primera aparición en escena sabemos que su presencia luminosa ha accionado un mecanismo secreto que tarde o temprano terminará por abrir la caja de Pandora.

 Gordon Craig.

Gordon Craig en el Diario de Alcalá.
De ratones y hombres en el Teatro Español.

sábado, abril 28, 2007

TEATRO. Marat-Sade. "Entre el paroxismo y la chirigota".


De Peter Weiss. Versión de Alfonso Sastre.
Con: Roberto Álamo, Luis Bermejo, Alfonso Blanco, Luis Calero, Pedro Casablanc, Lola Casamayor, Javivi, Virginia Nölting, Nathalie Poza, Tomás Pozzi, Pepe Quero, Miguel Rellán, María Alfonsa Rosso, Alberto San Juan, Cecilia Solaguran y Fernando Tejero.
Animalario Teatro. Dirección: Andrés Lima
Madrid. Teatro María Guerrero.

La persecución y muerte de Jean-Paul Marat representada por el grupo escénico del hospital de Charenton bajo la dirección del señor De Sade (que tal es el título completo de la pieza a la que habitualmente nos referimos con la expresión abreviada de Marat-Sade) es una obra sobre la revolución y sobre la locura. Constituye un hito de la dramaturgia europea contemporánea y fue piedra de escándalo para una cierta mentalidad bienpensante que en España se tradujo, con ocasión de su estreno por Adolfo Marsillach en 1968, en un altercado con la censura de proporciones considerables. Los tiempos han cambiado, afortunadamente, ¿o no? y hoy un teatro público puede acoger esta pieza y nadie se rasga las vestiduras, por lo que resulta sorprendente, e inédito, que en el programa de mano figure una apostilla en la que el C.D.N. “declina su responsabilidad sobre los contenidos de la obra”. Inexplicable.

Weiss construye la obra dando forma dramática a la representación, por parte de un grupo de pacientes de la casa de salud de Charenton, de una supuesta obra apócrifa del “divino marqués” -interno él mismo en dicha institución-, acerca de los últimos días de la vida del sanguinario ideólogo revolucionario y miembro de la Comuna Jean-Paul Marat y su muerte a manos de Carlota Corday. Asisten a la representación, además de los internos, médicos, enfermeros, monjas y hasta la directora del manicomio, produciéndose una multiplicidad de planos narrativos y temporales que confieren a la pieza una notable complejidad estructural, acentuada por la duplicidad permanente del comportamiento de los protagonistas locos que simulan cordura, aunque destacan entre todas las líneas de conflicto el contraste o la oposición de los personajes fundamentales: Marat, que encarna los postulados de la revolución social proletaria con sus excesos y contradicciones, y Sade, que viene a representar la suprema libertad creadora del artista, la emancipación de lo reprimido y el escepticismo crítico ante cualquier posibilidad de mejora permanente de las condiciones de vida de sus conciudadanos. Cada uno a su manera, los dos propician la supresión de las barreras de toda índole, social, moral, política o religiosa que coartan la libertad del hombre. Y al parecer ambos fracasan, por cuanto al final de la obra se reinstaura el orden con el triunfo de las fuerzas de la reacción, bien que con el espíritu revolucionario que ambos personajes encarnan inoculado como un virus en el cuerpo social y dispuesto a manifestarse en cualquier momento.

Trama como vemos densa, proteica, preñada de símbolos, sugerencias y de estímulos para la reflexión, que toma la forma de una violenta sacudida a nuestras conciencias dormidas, y que no se si el montaje de Animalario acaba de concretar del todo o si por el contrario desvirtúa, anclados como están en la estética de la provocación y del exabrupto, que tan buenos resultados les ha proporcionado, por cierto, en otras ocasiones. El montaje se convierte a nuestro modesto entender en un ceremonial truculento que tiene algo de arrabalesco pero poco de artaudiano. Más allá de la profunda desrealización a la que se somete a la espacio escénico, con hirientes contrastes de iluminación incluidos, y contados interludios donde el movimiento, el gesto y el verbo alcanzan el paroxismo de la “demencia dionisíaca”, la palabra y la expresividad corporal siguen caminos separados mientras que una comicidad burda, hasta chocarrera, a veces, contamina el desarrollo de la acción destruyendo la coherencia interna del relato; por no mencionar la permanente búsqueda de la complicidad del auditorio y el tono panfletario de algunos discursos con ostensibles guiños a la realidad política presente, fuera de lugar en una figura como la del marqués de Sade que pudo ser cualquier cosa menos un doctrinario.

El resultado, en fin, no se corresponde con el derroche de energía de que hacen gala los actores, aunque el público, todo hay que decirlo, aplaudió a rabiar su trabajo al finalizar la representación. No poco de ese esfuerzo se malgasta en encontrar su emplazamiento adecuado para cada escena y en transitar por esa especie de vertedero inmundo impracticable en el que se ha convertido el escenario, vaga metáfora de una moral corrompida cuya indefinición se reproduce también en la construcción de los personajes, con la excepción Luis Bermejo en el papel de el erotómano Duperret, Alberto Sanjuán, que coyunturalmente nos ofrece vívidas imágenes de la depravación del marqués de Sade, Pedro Casablanc en un torturado Marat, y su abnegada cuidadora Simona Evrad (Virginia Nöltling); pero sobre todo, la sonámbula y sensual Carlota Corday cuya máscara de heroína romántica de ademanes pausados y mirada enajenada compone y mantiene a lo largo de toda la representación una espléndida Natalie Poza.

Gordon Craig.