De John Steinbeck.
Con: Fernando Cayo, Roberto Álamo, Antonio Canal, Rafael Martín, Josean Bengotxea, Irene Escolar, Eduardo
Velasco, Diego Toucedo, Alberto Iglesias y Emilio Buale.
Espacio escénico de Eduardo Moreno.
Dirección: Miguel del Arco.
Madrid. Teatro Español
Pareciera que esta evocadora frase con la que se inicia el estremecedor relato de John
Steinbeck que ahora sube Miguel del Arco a las tablas del teatro Español fuese sólo un hallazgo
expresivo casual, un mero artificio retórico con el que -cosa habitual entre los grandes novelistas-
tratase de captar la atención de sus lectores desde el umbral mismo de ese viaje imaginario al que
nos invita su escritura; y sin embargo es mucho más que eso, es la localización exacta de un entorno
físico concreto, de un paraje natural, junto al río Salinas, en California, que él conocía
perfectamente, tan perfectamente como las durísimas condiciones de trabajo que tenían que
soportar los braceros de las explotaciones agrícolas en las zonas rurales durante los años de la Gran
Depresión. Y tampoco es casual, creo yo, la elección de este texto -exponente de la aguda
conciencia social de su autor-, por parte de Miguel del Arco, un director cuyos últimos trabajos,
sobre todo la premiada adaptación de Veraneantes, revelan una notable preocupación por los
efectos de la profunda crisis económica y social que atravesamos y que está empujando a los más
desfavorecidos hacia la pobreza y la marginación.
De hecho no hay nada casual en el devenir de los acontecimientos del relato y, como ocurre
en las grandes tragedias clásicas, cada mínimo incidente en el que se ven inmersos los protagonistas
de esta historia terrible y luminosa, desde la muerte accidental del ratoncillo entre las torpes manos
de Lennie, hasta el sacrificio del viejo perro de Candy por un disparo de Carlson, no son sino
manifestaciones de un destino implacable, atisbos premonitorios de un fatal desenlace. Y la
habilidad mayor de Miguel del Arco ha consistido precisamente en ponderar la relevancia de estos
episodios como desencadenantes o catalizadores de un conflicto dramático del que, sensu stricto,
carece la obra, concebida como un relato lineal -bien que profusamente dialogado-, de las
peripecias y afanes de esta atípica pareja de braceros itinerantes durante los escasos cuatro días que
pasan en la granja. Tiempo suficiente en todo caso, para que, como en un buen drama, afloren con
la máxima intensidad las frustraciones, la insatisfacción, la intolerancia y la violencia soterrada que
anidan en los corazones de los personajes; pero también, como contrapunto esperanzador, la
comprensión, la camaradería, la amistad y la ternura.
Del Arco mantiene con pulso firme la tensión del relato y consigue convertir algunos de sus
episodios más relevantes, como el de la irrupción de Lennie en la cuadra donde descansa el negro
Crooks, o su encuentro a solas con la mujer de Curley en el granero, en escenas vibrantes, de una
belleza y de una fuerza dramática arrebatadoras; de hecho las dos últimas escenas son
verdaderamente antológicas y justificarían por sí solas la asistencia al espectáculo. Todo ello, claro
está, con el concurso de un atinado diseño de escenografía y ambientación a cargo de Eduardo
Moreno y Juanjo Llorens, pero sobre todo merced al trabajo extraordinario de los actores.
El trabajo más destacado es sin discusión el de Roberto Álamo; su grandullón y desvalido
Lennie, es la imagen viva, conmovedora y tierna a la vez de un ser inocente y puro, inerme ante la
malevolencia, el engaño y las burlas de sus compañeros e incapaz de controlar sus propias
reacciones; conmueve el apego que siente por George y su fe ciega en sus resoluciones, y su risa
cándida y estúpida de niño grande y su inaplazable necesidad de afecto. De un perfil psicológico
menos acusado, más impersonal, el papel de George (Fernando Cayo), no acaba de tomar forma
hasta más de mediada la función; George se nos revela como un tipo jovial, afectuoso siempre con
Lennie, quien pone permanentemente a prueba su paciencia. A medida que nos acercamos al final
de la obra su personaje va creciendo hasta adquirir unos contornos perfectamente definidos
mientras se hace más y más evidente la pesada carga que supone para él la responsabilidad que ha
contraído con Lennie y que le llevará a tomar la decisión más trascendental y dolorosa que un ser
humano puede tomar en relación con sus semejantes. Cabe señalar, en fin, el espléndido trabajo que
lleva a cabo Irene Escolar dando vida al único personaje femenino de la pieza en violento contraste
con ese mundo de hombres, duro y despiadado, en el que tiene que desenvolverse. Su frágil, casi
evanescente encarnación de la mujer de Curley buscando confiadamente un rato de conversación
con la que combatir su soledad o un poco de compañía con la que compartir sus sueños resulta
enternecedora. Desenvuelta, afable, con el punto exacto de coquetería, ingenua hasta cierto punto,
es consciente de su poder de seducción y de que su belleza desata en los hombres la sacudida del
deseo. Desde su primera aparición en escena sabemos que su presencia luminosa ha accionado un
mecanismo secreto que tarde o temprano terminará por abrir la caja de Pandora.
Gordon Craig.
Gordon Craig en el Diario de Alcalá.
De ratones y hombres en el Teatro Español.
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