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viernes, agosto 28, 2015

1000 razones para no dejar de leer. El Quijote de Miguel de Cervantes. Don Quijote y la libertad.

"[...] La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. [...]".

El Quijote de Miguel de Cervantes. (II parte, capítulo 58).

viernes, mayo 29, 2015

TEATRO. Pingüinas. "Catarsis pánica".

De Fernando Arrabal.
Con: María Hervás, Ana Torrent, Marta Poveda, Lara Grube, Ana Vayón, María Besant, Lola Baldrich, Alexandra Calvo, Badía Albayati, Sara Moraleda y Miguel Cazorla.
Movimiento escénico y coreografía: Marta Carrasco.
Escenografía: Emilio Valenzuela.
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Madrid. Naves del Español. Sala Fernando Arrabal. 





Arrabal es con seguridad el más internacional de nuestros autores de teatro vivos, uno de los de mayor prestigio y calidad y el eslabón insoslayable que conecta la escena actual en lengua española con los grandes movimientos teatrales de principios de siglo: Artaud y el "teatro de la crueldad", Grotowsky, o los grandes autores del absurdo, y sin embargo, no podemos decir que, excepción hecha de Pérez de la Fuente que ha llevado a la escena varias de sus obras, se prodigue en nuestra cartelera. Con Pingüinas, encargo del propio Pérez de la Fuente para conmemorar el cuatricentenario de la publicación de la segunda parte del Quijote, vuelve afortunadamente a nuestros escenarios, fiel a sí mismo y a su fama de “outsider” transgresor, excéntrico y visionario.
Esta fantasía o ensoñación, no de otra forma podría clasificarse Pingüinas, es un diálogo sostenido entre los universos cervantino y arrabaliano conectados a través del tiempo por un hilo conductor, el ejercicio de la libertad, que inspira tanto la vida como la obra de ambos autores y por el desarraigo (el exilio de Arrabal, nunca aceptado del todo por el “stablismen” cultural español y la marginalidad de Cervantes que, a su vuelta de su servicio en la milicia y del penoso cautiverio de Argel se vio desamparado en una España en decadencia, de truhanes y arribistas y aherrojada por prejuicios religiosos, de clase y de casta). No es casual en este sentido, que una de las escenas fundamentales de la obra sea una conmovedora evocación del cautiverio de Cervantes ni que las protagonistas de la obra, las mujeres en la vida del escritor (abuela, madre, esposa, hermanas, etc),  irrumpan aquí y ahora, en pleno siglo XXI, metamorfoseadas en una troupe de aguerridas moteras (que reclaman para sí los apelativos de “panteras”, “lolitas”, “guerrilleras”, “cervantas” o “quijotas”) dispuestas reclamar sus derechos y a ponerse el mundo por montera.
La obra se articula en torno a un episodio central, correspondiente al capítulo XLI de la segunda parte del Quijote, la venida del caballo Clavileño y el viaje que a su grupa emprenden Don Quijote y Sancho por las esferas celestiales. De hecho empieza con esta “venida” de  Clavileño, transformado para la ocasión en parte del ala de una aeronave, con la enseña de Europa visible en los restos del fuselaje, que cae con estrépito para incrustarse entre unas rocas y que permanece ahí durante toda la representación como el único elemento de la escenografía y como símbolo quizá de la decadencia de nuestra civilización tecnológica. Pero la obra no se ciñe a esta anécdota concreta. Ésta no es sino el aglutinante de un conglomerado de ideas, alusiones y opiniones en torno a la vida y la obra de Cervantes junto a las cuales reaparecen los grandes temas que han obsesionado a Arrabal desde la época fundacional de su “teatro Pánico”  y que tienen que ver con una crítica furibunda -desaforada, podríamos decir, para utilizar un término cervantino- al sistema ético y estético tradicional de valores  encarnados en la familia, la religión (católica), el patriotismo u otras instancias o agentes sociales de adocenamiento y de represión, explícitos o subliminales.
La elección de los personajes, diez mujeres “contra” un único personaje masculino ya da una idea de la importancia concedida por Arrabal al elemento femenino en la vida de escritor. El nombre elegido para ese personaje, Miho (¿“mi hijo”, con “h” aspirada?) referido a Cervantes acentúa el predicamento del que goza su madre, Leonor, trascendida en un plano simbólico en “Madre Amantísima”, en esa mezcla de lo sacro y lo sacrílego que caracteriza el estilo arrabalesco. Leonor (espléndida Lara Grube) protagoniza una de las escenas de mayor dramatismo de la obra en su intento frustrado de liberar a su hijo de la prisión. Junto a ella acaparan los papeles principales la abuela, Torreblanca (María Hervás), su sobrina Canstanza (Marta Poveda) y su hermana monja, Luisa de Belén (Ana Torrent). Las dos primeras, junto al resto de moteras encarnan de alguna manera el mismo espíritu de rebeldía, el deseo de ser libres en la búsqueda del amor y de la felicidad que ya estaba presente en personajes como la pastora Marcela o la Gitanilla. Entre otros, reivindican también de manera reiterativa y ostensible, manifiesta en su lenguaje descarado y arrabalero y en sus gestos obscenos, el derecho a una sexualidad libre de trabas. (Y me arrepiento de haber escrito “obsceno” para hacer referencia a las poses y gestos provocativos de las Pingüinas, por haber caído en una trampa semántica fruto de la moral dominante, una de las muchas trampas que Arrabal no se ha cansado de desenmascarar a lo largo de su dilatada carrera de escritor). Una sexualidad, digo, de burdel, como evocación, de intención ambigua, de la casa de mala reputación que regentaron en Valladolid dos de las hermanas de Cervantes, Andrea y Magdalena (las “Cervantas”). Frente a ellas, como contrapunto, o como figura dramática de antagonista  se sitúa Luisa de Belén, santa, mártir y virgen, como la califica Constanza, encarnación de una dudosa racionalidad cuyos raptos místicos y cuyo  lenguaje sentencioso y enigmático trae de cabeza a sus compañeras de fatigas.
Para calificar el montaje en su conjunto no se me ocurre otro calificativo que el de espectacular. No hay elementos luminotécnicos, sonoros, visuales, cibernéticos y hasta pirotécnicos de los que no se sirva Pérez de la Fuente -perito en barroquismo-, en su intento de captar y transmitir la esencia de un texto que está reclamando a gritos el volcado escénico de su carga simbólica. Desde este punto de vista -y aunque es plausible pensar que alguien considere desmesurado este derroche de medios técnicos-, ese despliegue quedaría justificado, así como el tratamiento del lenguaje, el movimiento escénico y la expresión corporal, llevados a límite de autómatas gesticulantes y convulsos, en virtud de las exigencias de un texto caudaloso, ambiguo, proteiforme, caótico y lleno de contrastes; de ahí que el rugir de las motos alterne con el timbre metálico del sonido del ordenador de a bordo que da sus últimas boqueadas entre chispazos y cortocircuitos, con la deformada imagen de los hologramas, con el estruendo y la solemnidad del órgano que acompaña la entrada triunfante del escritor portando el yelmo de Mambrino o con la música celestial que acompaña la bellísima estampa de las danzantes giróvagas mientras persiguen la trascendencia en el éxtasis.
Gordon Craig.

lunes, diciembre 30, 2013

TEATRO. En un lugar del Quijote. "Nuestro primer clásico".

Versión libre de la novela de Miguel de Cervantes.
Con: Juan Cañas, Íñigo Echevarría, Daniel Rovalher, Álvaro Tato y Miguel Magdalena.
Dirección literaria: Álvaro Tato. Dirección musical: Miguel Magdalena.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho.
Versión, composición musical y arreglos: Ron Lalá.
Compañía: Ron Lalá. Dirección: Yayo Cáceres.
Madrid. Teatro Pavón.




Siempre he pensado que eran la familia y la escuela, por ese orden, los lugares naturales para inculcar en el niño el gusto por la literatura y por el teatro en particular. Cuando esas instancias han abdicado de esa tarea imprescindible para garantizar la formación y la salud mental de nuestros adolescentes no está de más que otras instituciones vengan a suplir esas carencias y a intentar despertar ya sea tardíamente el interés por las mejores manifestaciones de nuestro rico patrimonio cultural que, en la mayoría de los casos, está constituido por obras de los autores denominados como “clásicos”. Demos la bienvenida, pues, a esta iniciativa de la CNTC, un programa institucional que bajo la denominación de “mi primer clásico” pretende familiarizar a los más jóvenes con obras cimeras de nuestra literatura y a la vez captar espectadores en un sector de la población cada vez más ausente de los escenarios.

Hacer explícito el contexto en el que se enmarca el último montaje de Ron Lalá que ahora se estrena en el teatro Pavón no constituye ningún tipo de justificación o de reserva sobre la excelencia de un espectáculo que, aunque ocasionalmente pueda tomarse algunas licencias con el texto original motivadas por la pretensión divulgadora del trabajo, raramente cae en el tópico y nunca en la vulgaridad, rescatando con bastante acierto no sólo muchos de los más conocidos episodios de la novela cervantina sino gran parte de su carga de profundidad ideológica, de su trasfondo ético y de su condición de sátira social, que se hace más perceptible si cabe a través de veladas referencias a situaciones y personajes de actualidad, que son celebradas con aplausos por los espectadores. Otros hallazgos no menos estimables del montaje son la creación de un poema marco de contenido ingenioso y sonoras rimas que aglutina en un todo unitario los sucesivos episodios evocados; o la potenciación del perspectivismo de la novela, mediante la inclusión del propio Cervantes escritor como personaje; o la trasposición del Cura y del Barbero a distintos planos de la ficción y el hacerles dialogar con el autor, discrepar incluso, al modo pirandeliano, de los designios que éste tiene trazados para ellos. Los arreglos y las canciones interpretadas en directo que hacen del espectáculo un auténtico musical son otro de los aciertos, o el epílogo para “puristas” con el que concluye la obra; y, desde luego, la creación magistral del personaje de don Quijote (portentoso trabajo de Íñigo Echevarría), una de las mejores, si no la mejor plasmación fisionómica del caballero andante que he visto últimamente: con su bigotillo hirsuto, su perilla rala, su mirada escrutadora de orate, su permanente expresión de asombro, tocado con la bacía de barbero es la réplica exacta de la grotesca imagen del desmedrado y enjuto hidalgo manchego que nos imaginamos acometiendo imposibles aventuras, haciendo penitencia en Sierra Morena o firmando las misivas a Dulcinea con el extravagante apelativo de Caballero de la Triste Figura.

Destacar el trabajo de Íñigo Echeverría no significa en absoluto hacer de menos al resto del elenco que se entrega con denuedo al empeño de parodiar a la legión de personajes que secundan las locuras del ingenioso hidalgo. Daniel Rovalher, es un chusco, incontinente y atolondrado Sancho Panza quizá más joven y menos pánfilo y pueblerino del que guardamos en nuestro imaginario pero de no menor bonhomía y simpleza. Respecto a los demás, sería imposible mencionar las múltiples criaturas en las que se desdoblan mientras los sucesivos episodios se desarrollan a un ritmo casi de vértigo. Particularmente felices son las encarnaciones de Cide Hamete, del Bachiller Sansón Carrasco o del Caballero de los Espejos que hace Álvaro Tato, o las del aguerrido Vizcaíno y el socarrón Barbero a quienes da vida Miguel Magdalena.

Junto a las burlas, diabluras y extravagancias, junto al humor rozagante que impregna todo el montaje y que hace las delicias de los asistentes, encontramos cuadros de gran belleza plástica, divertidas canciones y aquí y allá aflora como manantial claro y cristalino la voz del Cervantes más humano y comprometido con la causa de fe, de la justicia y de la libertad del individuo. 

Gordon Craig.

En un lugar del Quijote. CNTC. 

miércoles, diciembre 21, 2005

TEATRO. En un lugar de Manhattan. "El retablo de maese Boadella".

Dramaturgia de Albert Boadella a partir de textos de El Quijote de Miguel de Cervantes.
Con: Xavier Boada, Xavi Sais, Dolors Teneu, Jesús Angelet, Minnie Marx, Francesc Pérez, Pilar Sáenz, Ramón Fontserè y Pep Vila
Dirección: Albert Boadella.
Madrid, Teatro Albéniz.

De todos los pasajes del Quijote que guardo en la memoria es quizá el relativo al retablo de maese Pedro (capítulo XXVI de la segunda parte), el que mejor cuadra con el planteamiento del espectáculo que, como homenaje a la obra cervantina, representa estos días en Madrid la compañía Els Joglars. Asistía allí nuestro insigne caballero a una función de títeres en la que se rememoraban las hazañas del señor Don Gaiferos para liberar del cautiverio a su esposa Melisendra; enardecido por el ardor guerrero de la narración y presa de un furor repentino la emprende a mandobles contra los moros perseguidores de Gaiferos y Marsilio y viene a dar en el suelo con todo el tinglado del retablillo, justificándose después ante los presentes explicándoles que había creído verdadero lo representado por aquellas figurillas de cartón.



En este nuevo retablo los personajes son actores y actrices de carne y hueso que están ensayando precisamente una versión posmoderna de la novela de Cervantes. La responsable del montaje es Gabriela, una directora excéntrica y vanguardista, un híbrido de Pina Bausch y Bob Wilson que ha convertido la novela cervantina en un furibundo alegato feminista. No tardan en surgir los problemas con el grupo de actores varones, que no se resignan a ser relegados al papel de segundones y tratan de boicotear el ensayo. Para acabar de arreglar las cosas, irrumpen en escena dos internos del psiquiátrico de San Blas, fontaneros por más señas, que vienen a reparar una gotera, y que presa de una singular locura, como la que aquejaba a nuestro eximio caballero andante, se creen Don Alonso y Sancho. El conflicto está servido, alimentado por la rivalidad existente entre el sector masculino y el femenino del elenco y por las bromas de los actores, que recrean teatralmente escenas del Quijote para burlarse de Don Alonso ora siguiéndole la corriente ora ridiculizando sus actitudes trasnochadas y su credo quijotesco.

La acción se resuelve en una trepidante sucesión de escenas que reflejan dos mundos enfrentados: el auténtico de el Quijote y el ficticio, o más bien, el falseado, de su representación escénica, en la que se banaliza el mensaje primitivo y se pervierte el genuino espíritu quijotesco instrumentalizando el texto originario para satisfacer las obsesiones y las fantasías delirantes de una directora frívola y esnob. El resultado es un alambicado juego dramático en el que se vulneran permanentemente los límites entre la realidad y las apariencias y que desemboca en situaciones hilarantes fraguadas con los múltiples recursos de la comicidad bufonesca que tan bien manejan los integrantes de la compañía. Al paso, se parodia a una cierta forma de la creación teatral vanguardista contemporánea y a un buen número de tipos humanos representativos de lo más conspicuo de la fauna carpetovetónica y se ironiza sobre muchos de los tópicos que subyacen a actitudes y comportamientos individuales y colectivos.

La invención, la sorpresa, la invitación al juego; la chanza permanente y el sarcasmo ocasional, que revelan una aguda percepción de la realidad social y política españolas, son las señas de identidad de este divertido espectáculo de Albert Boadella. Y su respeto escrupuloso por el espíritu cervantino, que reverdece en la patética figura del pintoresco fontanero que encarna Don Alonso Quijano y en su pánfilo comparsa Sancho (espléndidos Ramón Fonserè y Pep Vila), enfrentados a los molinos de viento de la falsificación y de la impostura.

Feliz colofón -cuando estábamos ya próximos al hartazgo-, a la plétora de publicaciones, homenajes, exposiciones, mascaradas, cabalgatas, y espectáculos de toda laya, que con varia fortuna pero con no magro dispendio de caudales del erario público –sin pagar por ello el alto precio que pagó el alcalaíno-, se han venido celebrando para conmemorar la efemérides del cuatrocientos aniversario de la publicación del Quijote; una libérrima reescritura del mito, rigurosa y atinada que nos reconcilia con la obra de Cervantes y nos invita a reflexionar sobre la pervivencia de la escala de valores morales del setecientos que dicha obra representa.

Gordon Craig.

lunes, noviembre 07, 2005

ACTUALIDAD. Espíritus de Don Quijote.

La exposición “Espíritus de Don Quijote” que sacaba a la calle 63 esculturas inspiradas en el genial caballero creado por Cervantes, de diferentes artistas nacionales, ha sido retirada de las calles de Guadalajara debido al “secuestro” de alguna de las figuras y porque otras han sufrido diversos actos vandálicos que han mutilado algunas esculturas.

Dos apuntes: la despreocupación de los responsables municipales por la vigilancia de la muestra no tiene nombre. Las personas que tienen este tipo de responsabilidades, cargos electos públicos, y no cumplen con su deber sólo pueden pagar de una manera: la dimisión y el escarnio público. Los autores: jóvenes mimados de veinte años, que después de una borrachera pagada por papá, destrozan todo lo que se encuentra por su camino, en este caso las figuras de Don Quijote, deben ser castigados con severidad. Un ejemplo: que sus padres, responsables de estas “criaturas” malignas que asolan nuestras calles, paguen hasta el último céntimo de la factura de la restauración de las figuras.

Guadalajara no tiene remedio, siempre será diferente, caracterizada por el civismo y la educación de sus ciudadanos, por la ejemplaridad y la honestidad de sus responsables municipales, el nombre de la ciudad quedará marcada para siempre por un hecho como este que nunca olvidaremos: una vez más, una vergüenza nacional.

martes, octubre 25, 2005

LA SOMBRA DEL CABALLERO SE EXTINGUE...

El otro día en la oficina, hablando con un compañero de trabajo, sobre lo inapropiado de un término “english” en el cuerpo del texto de un informe, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, salió a colación una graciosa anécdota. Os la voy a reproducir.

Hace unos meses en el Palacio del Infantado de Guadalajara se organizó una exposición con motivo del aniversario del Quijote, “la sombra del caballero”. La muestra recibió muchos visitantes y para una ciudad como Guadalajara, fue un rotundo éxito.

Un día de primavera la capital alcarreña recibió la inestimable visita de un entrañable curioso, una de esas pocas personas que quedan, de las que prestan su atención en cada pequeño detalle del devenir diario. El caso es que mi compañero, acompañado de su mujer, fue a visitar la exposición. Nada más entrar en el recibidor de la vetusta morada de los Mendoza, se encuentra en la taquilla con dos amables y sonrientes azafatas. De repente alza su vista y ve un cartel que dice así: ”venta de tickets”. A mi querido curioso le cambia la cara de color varias veces, y no pudiendo resistir más abre la boca: - ¿cómo es posible que en una exposición que homenajea a Cervantes, al mejor escritor en español de todos los tiempos, al padre de la novela moderna, no se vendan ENTRADAS, sino que se vendan “tickets”? Las azafatas sin salir todavía de su asombro sólo aciertan a contestar que ellas sólo están ahí para trabajar y para vender “entradas”. Mi compañero, del que su mujer ya tira del brazo para introducirlo en las salas del Palacio del Infantado, añade: - por lo menos digan que los visitantes se quejan -.

¡Bravo por el atrevimiento! ¡Bravo por ese inconformismo que nos sigue diferenciando de esos otros inocentes seres que caminan a cuatro patas y con las orejas bien pinas! El espíritu cervantino sigue vivo pese a las patadas que diariamente se le dan a la lengua que él inventó.