
Hace unos meses en el Palacio del Infantado de Guadalajara se organizó una exposición con motivo del aniversario del Quijote, “la sombra del caballero”. La muestra recibió muchos visitantes y para una ciudad como Guadalajara, fue un rotundo éxito.
Un día de primavera la capital alcarreña recibió la inestimable visita de un entrañable curioso, una de esas pocas personas que quedan, de las que prestan su atención en cada pequeño detalle del devenir diario. El caso es que mi compañero, acompañado de su mujer, fue a visitar la exposición. Nada más entrar en el recibidor de la vetusta morada de los Mendoza, se encuentra en la taquilla con dos amables y sonrientes azafatas. De repente alza su vista y ve un cartel que dice así: ”venta de tickets”. A mi querido curioso le cambia la cara de color varias veces, y no pudiendo resistir más abre la boca: - ¿cómo es posible que en una exposición que homenajea a Cervantes, al mejor escritor en español de todos los tiempos, al padre de la novela moderna, no se vendan ENTRADAS, sino que se vendan “tickets”? Las azafatas sin salir todavía de su asombro sólo aciertan a contestar que ellas sólo están ahí para trabajar y para vender “entradas”. Mi compañero, del que su mujer ya tira del brazo para introducirlo en las salas del Palacio del Infantado, añade: - por lo menos digan que los visitantes se quejan -.
¡Bravo por el atrevimiento! ¡Bravo por ese inconformismo que nos sigue diferenciando de esos otros inocentes seres que caminan a cuatro patas y con las orejas bien pinas! El espíritu cervantino sigue vivo pese a las patadas que diariamente se le dan a la lengua que él inventó.