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domingo, marzo 18, 2018

TEATRO. F.O.M.O. (Fear of Missing Out): "Enganchados al smartphone".

Autores: Colectivo “Fango”.
Con:Ángela Boix, Fabia Castro, Trigo Gómez, Rafuska Marks y Manuel Minaya.
Escenografía: Silvia de Marta y Álvaro Millán.
Iluminación y creación técnica: Juan Miguel Alcarria
Dirección: Camilo Vásquez.
Madrid. Teatro María Guerrero. Sala de la Princesa.
Hasta el 25 de marzo de 2018.
Nace este montaje a raíz de un “laboratorio” de investigación teatral en torno a la manipulación mediática y a la hiperconectividad coordinado por el actor y director argentino Camilo Vasquez. Como tal fruto de laboratorio podría decirse que el espectáculo está todavía en estado embrionario; o para expresarlo en términos taurinos, vaya, que ponen el toro en suerte pero no acaban de redondear la faena y darle la puntilla.
El morlaco es de armas tomar, nada menos que el controvertido tema de la responsabilidad personal a la hora de producir y consumir información en la era de la irrupción masiva de los dispositivos móviles en nuestras vidas, y más específicamente el miedo a la exclusión social, a “perderse algo”, en inglés, Fear of missing out”, una nueva y grave patología favorecida precisamente por esta eclosión de lo digital que está afectado cada día a un mayor contingente de usuarios; pero como digo, la cuestión apenas si está esbozada en los primeros compases del espectáculo para luego diluirse por líneas de desarrollo adventicias que poco o nada tiene que ver con el asunto principal que nos convoca a la sala.
Estructurado en forma de cuadros autónomos, interpretados en muchos casos individualmente, el espectáculo adolece, en mi opinión, de una insuficiente articulación dramatúrgica que los unifique en un objetivo común: servir de revulsivo ante esta nueva y letal adicción a los smartphone y a las redes sociales que está pervirtiendo su uso como valiosa herramienta de información y comunicación.
El espectáculo tiene un arranque prometedor. Ángela Boix y Trigo Gómez, explorando con su móvil y la cámara web del portátil los orificios más recónditos y las regiones más íntimas de su anatomía, desde el pubis a las fosas nasales, del escroto al cielo del paladar, o Manuel Minaya, el obseso internauta solitario en plena exaltación solipsista despotricando contra sus “amigos” de Facebook por un quítame allá un “me gusta” o, enardecido ante la sarta de banalidades que demandan su atención desde la brillante pantallita de plasma, ofrecen en clave de humor algunas pistas de los extremos de perversión narcisista o instantaneista a que pueden llegar algunos usuarios compulsivos de tecnología. Y lo mismo la escena en la que Rafuska Marks, va computando con ansiedad y excitación crecientes sus seguidores por twitter hasta llegar a los espasmos del orgasmo que le provoca superar la cifra record de 668 followers, o el “menage a cinco” de todos los integrantes del elenco que móvil en ristre se entregan a un ceremonial erótico de caricias, “selfies” y filmaciones, una saturnal voyeurista que constituye a mi juicio la escena más lograda del espectáculo.
Muchos de los cuadros que siguen, sin embargo, no alcanzan sino a tocar de manera tangencial el núcleo argumental de la obra y denotan un cierto ensimismamiento, como la escena del casting a la que se somete una voluntariosa Fabia Castro -descorazonadora, por otra parte-, cuando no impotencia para escapar a los viejos tópicos, como el de la moda de la ingesta de productos macrobióticos, o los recurrentes alegatos a favor de la emigración o en contra de la guerra, como el de Ángela Boix en un simulacro de performance que recuerda los trabajos de la artista serbia Marina Abramovic.
Luces y sobras, en suma, en esta puesta de largo del colectivo Fango en un trabajo que proporciona ocasiones para el disfrute y la reflexión, pero al que le falta un hervor para estar a la altura de su “ceviche de lubina” y al nivel de los estándares de calidad artística de un Teatro Nacional.

sábado, marzo 10, 2018

TEATRO. Beatriz Galindo en Estocolmo. "De la corte de los Reyes Católicos a la de Gustavo V de Suecia".

Autora: Blanca Baltés.
Con: Ana Cerdeiriña, Carmen Gutiérrez, Heva Higueras, Chupi Llorente y Gloria Vega.
Escenografía: Gerardo Trotti.
Vestuario: Ana Rodrigo.
Dirección: Carlos Fernández de Castro.
Madrid. Teatro María Guerrero. Sala de la Princesa.
Hasta el 18 de febrero de 2018.
¡Vaya título para una reseña! ¿Pintoresco? ¿Llamativo? ¿Equívoco? ¿Presuntuoso? Quizá. Y sin embargo no es sino una suerte de paráfrasis del título de la obra que comentamos que, así, a bote pronto, induce también al equívoco, llevándonos a pensar en un improbable viaje de la experta latinista salmantina, alumna aventajada de Nebrija y consejera de la mismísima Isabel la Católica a las frías tierras de Escandinavia.
No hay tal. La verdad es que se trata de una efusiva semblanza de la escritora y diplomática republicana Isabel Oyarzabal Smith que en los años veinte del pasado siglo inició su andadura como articulista en diversas publicaciones de la época (El Sol, El Imparcial, etc.) firmando sus columnas precisamente con el seudónimo de Beatriz Galindo.
Ministra plenipotenciaria de la República en las Naciones Unidas, nombrada embajadora de la legación diplomática española en Estocolmo en octubre de 1936, y portavoz de la España republicana en numerosos foros internacionales, la obra se inicia con la reproducción radiada de un emotivo discurso pronunciado ese mismo año ante los delegados del Partido Laborista Británico en Edimburgo destinado a informar de la situación política en España y a pedir ayuda para la causa republicana.
Pero la semblanza de su actividad diplomática -la pieza se articula concretamente en torno un incidente con las autoridades suecas, que al parecer se negaron a reconocer a la representante española- se complementa con su implicación y trabajo en favor del movimiento feminista, movimiento en el que Oyarzabal estuvo muy activamente involucrada desde años antes del comienzo de la Guerra Civil junto a otras relevantes intelectuales y artistas de la época, como Maruja Mallo, María de Maeztu, Clara Campoamor o Victoria Kent.
En conjunto la obra traduce la efervescencia cultural del Madrid de aquellos años reivindicando para las -así denominadas- “mujeres modernas” un papel más destacado del que la historia posterior les ha reconocido, no sólo en la conformación de aquel momento de innegable esplendor cultural, sino como agentes activos de la lucha por la emancipación de la mujer.
Y es una lástima, que el fervor del discurso político con el que se inicia el espectáculo y el uso de una retórica subjetiva llena de dramatismo y de intenciones propagandistas -justificables quizá por el contexto y la ocasión de dicho discurso-, impregne prácticamente toda la obra enmascarando genuinas muestras de coraje cívico, o expresiones sinceras y ponderadas de denuncia de desigualdades y de incomprensión social con la vehemencia enardecedora y beligerante de la proclama o de la arenga. Ello, asociado a un cierto reduccionismo que conduce, a mi juicio, a equiparar equivocadamente la lucha por la emancipación femenina, con la lucha por las libertades políticas, sobre todo en un contexto social guerracivilista que propende a una radicalización de las posturas enfrentadas.
Respecto al montaje, cabe constatar un espléndido trabajo de vestuario y ambientación acorde con la pretensión documental de la obra. La labor de dirección es asimismo loable y saca el máximo partido a un texto plagado hasta la extenuación de citas y menciones de personajes de la época, muchos de ellos metidos casi con fórceps, como resultado de un prurito de exhaustividad que no alcanzo a comprender.
Hay, asimismo, un trabajo actoral concienzudo y riguroso, en la multiplicidad de personajes en los que se desdoblan Ana Cerdeiriña, Eva Higueras y Gloria Vega, y en los papeles de Concha Méndez y de Isabel Oyarzábal, Chupi Llorente y Carmen Gutiérrez respectivamente. La primera, mejor como compañera de afanes e inquietudes -igual brío y determinación en la defensa derechos y libertades que las otras-, más difusa y errática como directora de cine, un rol que ciertamente el texto no precisa demasiado. Carmen Gutiérrez, por su parte, hace una magnífica construcción de su personaje: una mujer enérgica, de principios, oradora implacable, de verbo encendido y dueña de una activa resolución para encarar las dificultades; combina unos modales exquisitos y una natural elegancia con un carácter indomable y con una extraordinaria sensibilidad artística y humana. Su alegato a favor de la igualdad instando a “abrir puertas” y a desterrar viejos tabúes y prejuicios es quizá la escena más emotiva y esperanzadora de la obra.
Gordon Craig.

domingo, mayo 21, 2017

TEATRO. Hablando (Último aliento). "Los efectos degradantes y destructivos de la violencia".


Autora: Irma Correa.
Con: Lidia Navarro y Muriel Sánchez.
Músico: David Velasco
Escenografía: Elisa Sanz.
Espacio sonoro: Nacho Valcárcel.
Dirección: Ainhoa Amestoy.
Madrid. Teatro María Guerrero. Sala de la Princesa. Hasta el 7 de mayo de 2017.



De manera recurrente el tema del maltrato femenino se asoma a nuestros escenarios y a nuestras pantallas de cine o TV, aunque no con la seriedad, el rigor y la contundencia que requeriría un asunto que tiene tan dramáticas consecuencias para la integridad física y la dignidad de la mujer. Ante la pasividad y la incompetencia de las instituciones y sus vacuas apelaciones a la “tolerancia cero”, que a veces no pasan de ser un mero reclamo publicitario, nunca serán demasiadas las voces que se levanten para denunciar y combatir esta lacra social que nos denigra a todos como personas.

Recuerdo, para circunscribirme al ámbito del teatro, varias heroínas víctimas de alguna de las múltiples formas de violencia física o psicológica ejercidas sobre ellas por sus cónyuges. Por ejemplo a la ingenua y de escasas luces Rosi, de La noche que ilumina, de Paloma Pedrero (1995), o a la inane “Mujer baja” de Animales nocturnos, de Juan Mayorga (2003), a quien el egoísmo el desprecio y la indiferencia de su marido ha reducido a un verdadero despojo humano. Pero en la que hallo mayores concomitancias con la protagonista de la obra que nos ocupa es con María, ama de casa de mediana edad y sin recursos económicos de Defensa de dama, de Isabel Carmona y Joaquín Hinojosa (2002), que espera horrorizada e inerme, todavía víctima de las secuelas psíquicas de la brutal agresión de que fue objeto, el regreso inminente a casa de su marido tras varios años de condena por malos tratos.

La pieza de Irma Correa transmite esa misma y pavorosa sensación de angustia y desesperación en el que se halla sumida la protagonista al inicio del espectáculo, aunque en esta ocasión todavía no sepamos la causa. Los resortes que mueven la acción, presentada bajo el aspecto de un secuestro, proceden del intenso, aunque difuso, clima de amenaza que se cierne sobre las dos mujeres y que se traduce en miedo, nerviosismo y un comportamiento próximo a la histeria, sobre todo en la supuesta secuestradora. Y hará falta llegar casi hasta el desenlace para que se descubra el enigma. Descubrimiento, por cierto, que funciona como un potente foco a cuya nueva luz tenemos que reinterpretar todo el proceder y las actitudes de los personajes, confirmar algunas expectativas, rechazar otras, restableciendo, por así decir, con carácter retroactivo, el sentido último de muchas escenas de este verdadero “tour de forcé”, de esta lucha encarnizada de la protagonista con ella misma para encontrar una razón por la que justificar lo inevitable.

Dar más pistas sobre el argumento sería arruinar el suspense. Baste decir que se trata de un penetrante y doloroso ejercicio de introspección que deja al descubierto las profundas heridas y laceraciones que quedan como secuelas incurables en una mujer que ha pasado por la experiencia del maltrato, incluido el corolario de impotencia, decepciones e incomprensión de amigos, conocidos, jueces, forenses, policía,… . Y ambas actrices emocionan hasta las lágrimas en su interpretación de ese largo proceso que conduce desde el primer desaire a la primera amenaza, desde la fría indiferencia al insulto, al chantaje emocional o a la agresión física. Pasando por las fases de rebeldía, de afirmación de la personalidad, de los esfuerzos -vanos- de ahogar en alcohol las penas o de compensarlas con la dulzura de algunos buenos recuerdos. Muriel Sánchez representa quizá esa faceta de rebeldía, ese intento baldío, como digo, de mantenerse entera y dueña de la situación, y quizá, también, esa sensación de que puede capearse el temporal, incluso de cierta esperanza. Lidia Navarro, por el contrario da vida a una mujer derrotada, humillada, herida en lo más profundo, atenazada por el miedo y por la desesperación. Su proceder es errático, se mueve a impulsos de lo que le dicta su instinto de conservación, ha tomado una decisión inapelable y sólo busca una razón para ponerla en práctica.

Buena dirección de actores que saca lo mejor de dos actrices en estado de gracia, un espacio escénico claustrofóbico y una sugerente banda sonora, todos los elementos reman en la misma dirección para hacer de esta valiente denuncia una experiencia teatral realmente sobrecogedora.

Gordon Craig.

 Hablando (último aliento). CDN Teatro María Guerrero.

miércoles, diciembre 14, 2016

TEATRO. Navidad en casa de los Cupiello. "Una Nochebuena accidentada".

Autor: Eduardo De Filippo.
Adaptación de: Aitana Galán y Jesús Gómez Gutiérrez.
Con: Gloria Albalate, Críspulo Cabezas, Huichi Chiu, Mª Filomena Martignetti, Daniel Moreno, Mariano Rochman, Fernando Sansegundo y Rosa Savoini.
Dirección: Aitana Galán.
Madrid. Teatro María Guerrero. Sala de la Princesa. 3 de diciembre de 2016.





Con ocasión de su participación en la obra “Voces desde el interior”, de Eduardo De Filippo, montaje que pudo verse en Madrid hace año y medio dentro de la programación del Festival de Otoño, el periodista Enric González entrevistó Toni Servillo, un actor muy conocido en Italia, pero del que por aquí no teníamos noticia de su existencia hasta el estreno de la oscarizada -y espléndida película- “La gran belleza”, de Paolo Sorrentino.

Traigo a colación dicha entrevista porque alguna de las observaciones que hace el actor, napolitano también, como De Filippo, sobre la idiosincrasia del habla de Nápoles y sobre las limitaciones de la traducción para dar cuenta precisamente de tales peculiaridades, pueden ayudar a comprender las dificultades que conlleva la adaptación de una obra como la que comentamos, un tipo de teatro de naturaleza genuinamente popular, como el de nuestro Arniches, por ejemplo, o el de los hermanos Álvarez Quintero, si se me permite la comparación.

Ocurre a menudo -nos dice Toni Servillo- con los dialectos, o con los textos en riguroso registro coloquial, que allí donde no llega con claridad el significado de las palabras, sus tonalidades, su ambigüedad, sus connotaciones, etc ..., llega el gesto, que ayuda muchísimo a la expresión. Pues bien, es en esa reprogramación en la lengua de destino, en ese “volcado” a un nuevo código que no es mero trasvase textual sino un completo proceso de trasferencia cultural (que incluye, junto a las nuevas cualidades sonoras de las palabras y de la entonación, una expresividad corporal diferenciada vinculada a esa nueva sonoridad), donde, a mi juicio, el montaje flojea. Y quizá mejoraría si se moderase esa tendencia a la sobreactuación de algunos personajes que se dejan llevar en demasía por el estereotipo de italiano, expansivo en sus afectos y emociones, vocinglero, vehemente y gesticulador.

Tampoco ayuda, y es también, creo yo, fruto de esa tendencia general a la esperpentización, forzar el final que ya es de por sí demasiado triste, con el recurso al desahucio, antidisturbios incluídos, aunque tal exceso queda compensado con creces por el cuadro final, con el cándido Luca Cupiello en el lecho, rodeado de sus deudos, henchido de satisfacción por el “retorno” de Nicolino, por la reconciliación con su hijo y embelesado como un niño en la contemplación del firmamento. La imagen parece la del mismísimo niño Jesús en el portal de Belén.

Aitana Galán consigue recrear esa cierta atmósfera de nostalgia, mezcla de alegría y tristeza, consustancial a las reuniones navideñas e imprime un ritmo trepidante al desarrollo de la acción propia de una típica comedia de enredo, cuya trama no voy a desvelar para no arruinar el suspense. En el fondo no es sino una divertida y entrañable estampa costumbrista en la que los secretos, las desavenencias y pequeñas miserias los miembros de una familia de clase media-baja eclosionan con ocasión de la celebración de la típica cena navideña, dando lugar a escenas de una irrefrenable comicidad.

En conjunto, con la salvedad referida, el trabajo actoral es meritorio, incluso entusiasta, deslucido a veces por la escasa libertad de movimientos que permiten las reducidas dimensiones del escenario. Sin ánimo de exhaustividad y para ser justos, cabria mencionar al menos el sutilísimo juego a tres bandas de Vittorio (Daniel Moreno), contemporizando con Luca mientras reprime la pasión que siente por Ninuccia y las ganas de arreglar cuentas con Nicolino (Mariano Rochman); éste, por su parte, logra, contra viento y marea, mantenerse en una actitud y atenta y amigable con Luca y Concetta mientras no le pierde la cara a Vittorio. La veterana Rosa Savoini (Concetta) es una madre de familia protectora y afectuosa; solícita y comprensiva con todo el mundo, sólo pierde la paciencia con su marido, Luca, contra el que despotrica amargamente cubriéndole de reproches. Fernándo Sansegundo, en fin, hace una estupenda recreación del anciano Luca; un niño grande bondadoso, apacible y locuaz que vive ya casi en un mundo de recuerdos; a medida que avanza la obra va encontrando la entraña profundamente humana su personaje y nos depara momentos de gran emotividad. Parece movido exclusivamente por la ilusión que le reporta la construcción del Belén y por mantener la concordia entre todos los miembros de la familia en una noche tan señalada.

Gordon Craig.

Navidad en casa de los Cupiello. CDN.

lunes, marzo 28, 2016

TEATRO. Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales. “La irresistible tentación de plagiarse a si mismo”

De Denise Despeyroux.
Con: Ester Bellver, Juan Ceacero, Cecilia Freire y Ascen López.
Actor de video: Pepe Viyuela.
Música: Luis Miguel Cobo
Dirección: Denise Despeyroux.
Madrid. Teatro María Guerrero, sala de la Princesa.



Juega aquí Denise Despeyroux, como sus mayores, Spregebuld, Daulte o Tolcachir, con el sempiterno tema de la desintegración de la identidad individual en el seno de la familia. Andrómeda vive su particular crisis de identidad cuando se ve obligada a suplantar a su hermana gemela, Luz, en la fiesta de cumpleaños de su madre. Luz, la ausente, es, al parecer un dechado de virtudes y perfecciones, en tanto que Andrómeda, la depositaria, por cierto, del último resto de cordura y de soporte económico que hace que su atípica familia mal que bien vaya tirando, se ha convertido en el patito feo. Por razones que no hacen al caso, esta vuelta simulada de la “hija pródiga” se prolonga más de lo debido y la situación estalla por los cuatro costados. La predilección -“ceguera”, más bien, en expresión popular- de la madre por la hermana ausente, que hasta ahora Andrómeda había sobrellevado con ejemplar entereza termina por hacérsele insoportable, cuando ya investida de la nueva identidad de su hermana, se convierte en blanco directo de las invectivas, descalificaciones y del menosprecio de su madre. Aún así, acepta el juego, quizá porque quiere descubrir lo que significa realmente ser querida. Desde su nuevo rol, asistirá sin embargo a un curioso fenómeno de transferencia o de reajuste de los afectos, a una inversión de filias y fobias, por la que Luz comienza a experimentar lo que significa ser rechazada mientras que la ausente, comienza a granjearse el aprecio y el respeto del resto de los miembros de la familia. Y es que como le espeta la madre a Luz en una ocasión: “Hecho de menos tenerte lejos, porque entonces estabas mucho más cerca”. ¿El final de este embrollo? Me lo reservo; solo diré que se produce tras un vuelo transoceánico con ribetes de viaje astral estimulado por los efectos de una poción alucinógena.

El derroche de ingenio verbal que exhibe la autora a lo largo de toda la obra, con la parodia hilarante de la jerga de los gurus, chamanes y embaucadores de nuevo cuño, sumos sacerdotes de una nueva trascendencia, o los destellos ocasionales de verdadera emoción, en el desvalimiento, la serenidad y la paz interior que transmite de Luz ante la inminencia de su muerte, o en el acendrado sentimiento y la ternura que muestran las cartas de Andrómeda a su hermana y que sabe sin respuesta, no consiguen ocultar el artificio unos personajes caricaturescos y una trama disparatada y que se enreda las más de las veces entre los pliegues del psicodrama -Lacan mediante-, urdida para dar cobertura a un mismo asunto que ya desarrolló la autora con mucha mayor hondura y perfección y con dos personajes idénticos, hasta en los nombres, en La realidad, pieza, esa sí originalísima tanto en su concepto como en su poética escénica que se estrenó en enero de 2013 en el Teatro Fernán Gómez.

Los actores salvan los muebles y asumen con entrega y solvencia su cometido en una labor de construcción de personaje que huye del realismo mimético; un acierto, a nuestro juicio, que los preserva de caer en el histrionismo. La obra se desarrolla a buen ritmo, desde el inicial ceremonial de “enconstelación”, que uno podría leer en clave de trabalenguas -“el cielo está enconstelado, quien lo desenconstelará, el desenconstelador que ... etc.”- pasando por los rituales de iniciación de Casandra hasta las baladas de pop lacaniano que entona con más entusiasmo que fortuna Oliver (bien la música de Luis Miguel Cobo), en una interminable sucesión de ocurrencias y situaciones delirantes que el público jalea con sus carcajadas y que agradeció con un cerrado aplauso final.

Gordon Craig.


sábado, abril 25, 2015

TEATRO. Adentro. "El pesado yugo de los vínculos de sangre".

De Carolina Román.
Con: Nelson Dante, Araceli Dvoskin, Noelia Noto y Carolina Román.
Dirección: Tristán Ulloa.
Madrid. Teatro María Guerrero, sala de la Princesa





Aunque con notables diferencias, guarda esta pieza íntima y sincera de Carolina Román innegables semejanzas con El zoo de cristal, de Tennessee Williams. Similitud no sólo estructural (una madre obsesiva, hiperprotectora y nostálgica del pasado, dos hermanos uno de ellos inadaptado y un ocasional visitante/pretendiente que irrumpe en la intimidad familiar en el tramo final del desarrollo de la obra), sino por lo que se refiere al clima o a la atmósfera emocional de la historia.
Descubrimos este “parentesco” instantes antes del desenlace, en una espléndida escena que es como el reverso del vis a vis entre Jim y la dulce Laura Wingfield en la obra de Williams. Y a partir de ese momento es como si todos los personajes se reubicaran según un patrón de interrelaciones que nos resulta familiar, aunque no por ello de menor originalidad. Allí la joven vive por unos momentos la ilusión de que, quien fuera su amor platónico en la escuela secundaria la está cortejando realmente y se abandona a sus impulsos hasta que descubre que todo es un malentendido. Aquí en una secuencia más breve, pero no menos intensa, el rol de Jim, el pretendiente, lo juega Male, la invitada, que dejándose llevar por su natural bondad y solicitud, conmocionada por el violento episodio de enfrentamiento madre hija que acaba de presenciar y malinterpretando las señales equivocas de afecto que trasmite Luis, despliega toda su ternura y necesidad de amor en un intento infructuoso de seducirlo.  
Por seguir con el paralelismo inverso, si se me permite la expresión, con El zoo de cristal,  el rol de Tom lo desempeña Dina, “la negra”, que al contrario de aquel, que terminaba por escapar a la tutela materna, es incapaz de sacudirse el yugo que se ha echado voluntariamente y a su pesar sobre los hombros: el cuidado de una madre anciana y aquejada de demencia senil con la que se ha establecido una relación de verdadera dependencia emocional y, por añadidura, la secuelas de un terrible episodio familiar y de una tormentosa relación sentimental que no vamos a desvelar.
Escrita desde las entrañas, esta obra es una incursión en lo más profundo e inhóspito de las relaciones familiares. Es una obra sobre la ternura, sobre la compasión, sobre la aceptación voluntaria o sobre la esclavitud a la que puede someterte ese entramado de vínculos de sangre no escogidos por nosotros pero que muchas veces nos pueden atenazar como el peor de los grilletes.
Tristán Ulloa, en su segundo montaje como director, imprime, a mi juicio,  el tono y el tempo adecuados a las necesidades del texto, prestando la debida atención a los clímax, siguiendo el vuelo rápido de la cháchara intrascendente o de la algarabía de la fiesta de cumpleaños, demorándose en la confidencia o en las ensoñaciones nostálgicas de Marga -atinadamente subrayadas por melodías populares-, o alargando los elocuentes silencios en que los personajes bucean por su rico mundo interior. Para ello cuenta, desde luego, con un espléndido elenco, encabezado por la veterana Araceli Dvoskin, que borda su rol de anciana senil con sus lapsus, olvidos y confusiones, con sus escasos momentos de lucidez en los que se muestra graciosa y dicharachera, pero que retiene suficiente energía para ejercer los privilegios del matriarcado cuando la ocasión lo requiere. El resto del elenco está igualmente a la altura de las circunstancias. Noelia Noto en el papel de Male, una coqueta, locuaz, amigable y casi candorosa solterona; a su afán de superación de una vida mediocre y sin perspectivas de futuro une el prurito de ser oriunda del viejo continente y su deseo de volver para encontrar sus raíces. Carolina Román y Nelson Dante son los hermanos Dina y Luis; la primera encarna toda la impotencia y toda la frustración de la mujer emanadas de su aberrante relación con Luis y de una vida de renuncias y de sumisión a su madre, pero también toda la compasión y la ternura de la hija cariñosa, solícita y complaciente. En la escena final está realmente conmovedora. Nelson Dante compone un personaje hermético y como ausente. Sus modales correctos, su atildamiento y su extravagante y enfermiza afición a la cosmética no ocultan su carácter imperioso e irascible ni moderan sus incontrolables y ocasionales acceso de celos, parangonables a los del mismísimo Otelo, al que, por cierto, acaba de descubrir. El peso de la culpa que soporta ha hecho de él un ser desconfiado, arrogante e incapacitado para el amor.
Gordon Craig.

martes, febrero 18, 2014

TEATRO. Kafka enamorado. "El habitante de la cueva".

De Luis Araujo.
Con: Beatriz Argüello, Jesús Noguero y Chema Ruiz.
Escenografía: Alicia Blas Brunel. Vestuario: Rosa García Andujar.
Música: Luis Delgado.
Dirección: José Pascual.
Madrid. Centro Dramático Nacional. Sala de la Princesa.



Kafka enamorado recrea la tormentosa relación sentimental que el autor pragués mantuvo con Felice Bauer; una relación atípica, plagada de dificultades, debido en gran medida al carácter depresivo e inestable del Kafka y que se había de prolongar con sucesivas rupturas y reencuentros durante más de seis años, desde que el escritor conoció por primera vez a la joven en casa de su amigo Max Brod en el verano de 1912 hasta la ruptura definitiva en 1917.

A partir de su voluminosa correspondencia y de las anotaciones en sus diarios, Luis Araujo ha hecho una minuciosa reconstrucción de esos años de incertidumbre y de tanteos en los que el autor de La Metamorfosis descubre a la vez el amor y su verdadera vocación de escritor para constatar, consternado, que la literatura, a través de la cual había empezado a conquistar una cierta independencia del padre constituía en sí misma una actividad absolutamente absorbente y excluyente que le imposibilitaba para concluir con éxito su ansiado proyecto de matrimonio.

Como corresponde al tono y al contenido del material objeto del trabajo dramatúrgico el montaje destila el inconfundible aroma de la confesión íntima, que, dada la enorme capacidad de introspección del novelista se traduce en escenas de un crudo y lacerante realismo que revelan, a veces con insoportable verismo, los más escondidos rincones de un alma atormentada por la frustración, el desengaño, la inseguridad, la impotencia y el sentimiento de culpa.

El propio marco físico de la representación -una sala de reducidas dimensiones en la que casi alcanzamos a tocar a los actores y a percibir como si estuvieran a nuestro lado sus más ligeros gestos o cambios de entonación-, y el soberbio espacio sonoro que ha creado Luis Delgado, que es una auténtica prolongación del estado anímico de los personajes, coadyuvan a reforzar esa rara y perturbadora sensación que tenemos de penetrar en el terreno vedado de su intimidad. Aunque, desde luego, los verdaderos responsables del prodigio son los actores, que, para empezar, nos deleitan con una dicción y un fraseo de una calidad poco frecuente, desprovistos de cualquier vestigio retórico, de precipitación o de amaneramiento. Desde su primera aparición en escena, en su aspecto un tanto desaliñado, en su actitud medrosa, como avergonzado de justificar en voz alta el sentimiento de felicidad que le embarga cuando escribe, o en la extremada cortesía con la que trata a su amigo Max Brod y a Felice, Jesús Noguero, se mete de lleno en el personaje del joven Kafka para darnos una imagen bastante coincidente de la que nuestro imaginario se ha forjado del escritor a partir de los documentos gráficos y de la lectura de sus obras. Vemos un ser menesteroso y huraño, desconfiado, asustadizo y necesitado de comprensión; vemos aflorar su entusiasmo y agitación ante la perspectiva de una vida en común con la joven, su terror sobre el futuro de Europa, los recuerdos de su infancia robada, su repugnancia por el sexo o su ansiedad creciente ante la perspectiva de tener que renunciar a la escritura, de abandonar su “cueva”.

Respecto a Beatriz Argüello cabe decir que hace un espléndido trabajo como Felice Bauer; vital, independiente, decidida, siempre al quite de la indecisión, de la timidez incluso de las torpezas de Franz para relacionarse con el mundo exterior; atenta a los requerimientos del escritor, complaciente con sus obsesiones y temores está dispuesta a dar rienda suelta a su pasión amorosa que se desborda con inusitada fuerza en Marienband pero también se muestra enérgica en sus reproches (“¿Alguna vez me has dado a mi esa oportunidad?” le increpa implacable a raíz de su desliz con Grete) e irreductible en su postura de no renunciar a una vida plena como mujer y como madre, más allá de ese mero “deber ineludible” en el que Franz cifra la vida del matrimonio, supeditada siempre a la llamada impostergable de la literatura.

Gordon Craig.

Kafka enamorado en el Centro Dramático Nacional.