A partir de textos Santa Teresa de Jesús.
Lectura dramatizada a cargo de Julia Gutiérrez Caba.
Presentación de Miguel Cubero.
Espacio sonoro: Luis Delgado.
Concepto y dirección: José Luis Gómez.
Alcalá de Henares. Corral de Comedias.
El año pasado, en el marco del programa de actos conmemorativos del III centenario de la Real Academia Española, la colaboración de cómicos, académicos e instituciones dio a luz el proyecto “Cómicos de la Lengua”, nacido para difundir -en palabras de los organizadores- “el cuerpo vivo de nuestra común lengua española” a través de lecturas dramatizadas de una muestra representativa de textos fundamentales de nuestra literatura: el Cantar del Cid, El Libro de Buen Amor, la Celestina o escritos de Teresa de Ávila, entre otros. Su éxito fue rotundo, y ahora, con buen criterio, José Luis Gómez ha decidido rescatar alguna de aquellas lecturas para dar una segunda oportunidad de disfrutar del espectáculo a quienes -como quien suscribe estas líneas- no pudimos acceder a alguna de dichas veladas.
Así que vaya mi gratitud por anticipado para los responsables de la iniciativa, gratitud que hago extensiva, obviamente, a Julia Gutiérrez Caba por su presencia en el Corral, para poner voz y alma a una variada selección -¡tan breve!, “Cuan presto pasa el placer ...”- de textos de Santa Teresa de Jesús. Voz, alma y ... sabiduría; porque lograr tal hondura de sentimiento y un lirismo tan acendrado, y a la vez tal grado de contención y de apostura, y de saber estar en el escenario, con la solemnidad, pero también con la naturalidad que la ocasión demanda, exigen además de un notable talento natural, la vasta sabiduría de la actriz forjada en el estudio, en la reflexión, en la disciplina del trabajo diario y en una dilatada experiencia sobre los escenarios.
El espectáculo sigue el mismo formato de otras “lecturas”: una breve introducción sobre la vida y la escritura de Teresa de Jesús, en esta ocasión obra del académico Don Víctor García de La Concha, que leyó el actor Miguel Cubero, y luego la lectura dramatizada de los textos seleccionados, comenzando con fragmentos del libro Castillo interior, o Las Moradas y posteriormente con pasajes de la Vida y de Camino de perfección seguido, como colofón, de uno de los poemas más conocidos de la santa andariega. En un espacio casi desnudo -luz cenital proyectada sobre un atril como único elemento de la escenografía- tan sólo unos leves subrayados sonoros de chelo y percusión compiten con la palabra de la actriz, que se constituye en la protagonista absoluta del espectáculo.
Palabra encarnada, que pareciera emerger directamente del carácter inquieto y del claro entendimiento de la escritora, de las efusiones de su corazón generoso o de las profundidades de su alma atormentada. Ritmo, pausas, inflexiones tonales de una voz tersa y cálida, sin afectación ni estridencias, que en su modulación cambiante sugiere las fluctuaciones del estado de ánimo de Teresa en el trance de la escritura, desde el sosiego con el que discurre sobre cuestiones doctrinales hasta la sobreexcitación y angustia que la embargan cuando describe sus visiones de los ángeles o del crucificado. El aparente desaliño de su prosa siempre pulcra y sugerente, su rusticidad, pero también el verbo encendido y la palabra transfigurada en el éxtasis de su poesía, fluyen con igual frescura y espontaneidad en boca de una Julia Gutiérrez Caba entregada por entero a vivenciar los textos de Teresa de Ávila, subyugada por sus imágenes deslumbrantes, por la maleabilidad de su sintaxis, por su recia textura y por su poder encantatorio.
Gordon Craig.
Escrito por Teresa de Ávila. Teatro de la Abadía.
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martes, febrero 09, 2016
jueves, enero 08, 2015
TEATRO. Entremeses. "Gozoso reencuentro".
De Miguel de Cervantes.
Con: Julio Cortazar, Miguel Cubero, Palmira Ferrer, Elisabet Gelabert, Javier Lara, Luis Moreno, Inma Nieto, José Luis Torrijo, Diana Bernedo y Eduardo Aguirre de Cárcer.
Música Luis Delgado. Vestuario: María Luisa Engel.
Dirección: José Luis Gómez.
Madrid. Teatro de la Abadía.
Tras muchas experiencias decepcionantes tengo por costumbre no asistir a reposiciones de montajes de cuya primera exhibición guardo gratos recuerdos. Si el espectáculo en cuestión lo consideré en su día de una calidad excepcional, entonces aplico esta norma a rajatabla y sólo la vulnero en contadísimas ocasiones. La de ayer fue una de esas raras ocasiones, y a fe que mereció la pena, porque la experiencia constituyó un gozoso reencuentro con una forma de exigencia artística, de rigor en el trabajo y de la consideración del teatro como un elevado quehacer estético que inauguró el equipo de La Abadía comandado por José Luis Gómez hace ya casi 20 años con dos obras cimeras de la dramaturgia española: el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, de Valle, y estos Entremeses cervantinos.
Para la fecha de ese primer montaje de los Entremeses yo no hacía todavía reseñas de teatro, pero aunque no tengo la constancia escrita, permanece en mí muy vivo el recuerdo del profundo impacto que me produjo ese espectáculo. Fue, tengo que decirlo sin ambages, como un deslumbramiento y tuve la sensación clara y definida de que abría una nueva puerta de acceso al mundo de los clásicos -porque, clásico es también ya, en sentido lato, el Retablo-; aquel gracejo, aquella frescura inaugural, aquel dinamismo, aquel aire de fiesta popular brechtiano y aquella forma de componer el personaje a la vista de los espectadores; aquella desenvoltura y aquel desenfado que permitían aflorar toda la punzante ironía de los textos ..., y el extraordinario trabajo sobre el cuerpo, y ¡la palabra!, verdaderamente encarnada en el cuerpo del actor, como (casi) nunca habíamos visto antes, no, al menos, como producto de una ejercitación sistemática, de escuela, sometida a una organización y a unos criterios claros de dirección, aunque sí, obviamente, como manifestación de la intuición o del talento individuales.
Pues bien todo aquello, corregido y aumentado, se reproduce en el presente montaje. Un espectáculo en el que se resume y cifra gran parte de la labor de dirección de José Luis Gómez y de su trabajo como maestro de actores durante estos últimos veinte años; una muestra bien representativa del que será su impagable legado a la escena española contemporánea.
He dicho “legado” porque no me atrevo a hablar de testamento poético, pero tiene este montaje mucho de fin de ciclo, de compendio de toda una época, y de homenaje a las figuras de los creadores que le han marcado como artista. Ese árbol seco que enseñorea la escena, más que el “frondoso árbol de las letras” cervantino al que alude Goytisolo se nos representa a nosotros como un tributo al desolado paisaje beckettiano de Esperando a Godot, que reverdece ocasionalmente para dar cobijo en las noches cálidas del solsticio al antiguo ceremonial del teatro. Convocados al reclamo de los silbos de las aves cantoras que rompen el silencio de la noche en el campo, mozos y mozas del pueblo acuden a un encuentro nocturno para celebrar la llegada de la nueva estación hasta que rendidos de tanto cantar y retozar se quedan dormidos bajo el árbol a la luz de la luna. Entre tanto habrá lugar para solazarse cantando coplas y contando historias y refranes que reflejan el sentir y las aspiraciones de esos jóvenes de los ambientes rurales que tan bien conocía Cervantes y que con tanta gracia y humor, no exento de crítica, relataba.
Ponderar a todos los actores y actrices que intervienen en el montaje sería una tarea ímproba, porque cada uno de ellos, tanto los “nuevos” como los que ya participaron en el elenco del montaje originario hacen una extraordinaria labor de creación de tipos que no desmerecen (superan incluso) a los de la Comedia del Arte, desde la intrigante Ortigosa (Palmira Ferrer) que también borda el papel de la descarada Cristina, criada de la pícara Leonarda (Inma Nieto), que, a su vez, es Rabelín en El retablo ... y la ubicua y rabisalsera criada de la Doña Lorenza, una Elisabeth Gelabert espléndida en su ingenuidad pero también en el recién aprendido arte del disimulo; por no mencionar a la cuarta de las féminas en liza, esa especie de zafia muñeca pepona que compone Diana Barnedo para dar vida a la labradora Juana Castrada. Los personajes masculinos basculan entre la astucia y el ingenio del titiritero Chanfalla o del Estudiante (ambos obra de Miguel Cubero), la ignorancia de Pancracio, el incauto marido engañado (José Luis Torrijo) y el endiablado genio del celoso Cañizares (descacharrante Luis Moreno). Pero donde todos brillan más allá de toda ponderación es en su espléndida caracterización de zafios y petulantes representantes de las fuerzas vivas locales en El retablo de las maravillas, obra maestra sin paliativos que consiguió encandilar al público y arrancarle un torrente de carcajadas y un cerrado aplauso final.
Gordon Craig.
Entremeses en el Teatro de la Abadía.
Con: Julio Cortazar, Miguel Cubero, Palmira Ferrer, Elisabet Gelabert, Javier Lara, Luis Moreno, Inma Nieto, José Luis Torrijo, Diana Bernedo y Eduardo Aguirre de Cárcer.
Música Luis Delgado. Vestuario: María Luisa Engel.
Dirección: José Luis Gómez.
Madrid. Teatro de la Abadía.
Tras muchas experiencias decepcionantes tengo por costumbre no asistir a reposiciones de montajes de cuya primera exhibición guardo gratos recuerdos. Si el espectáculo en cuestión lo consideré en su día de una calidad excepcional, entonces aplico esta norma a rajatabla y sólo la vulnero en contadísimas ocasiones. La de ayer fue una de esas raras ocasiones, y a fe que mereció la pena, porque la experiencia constituyó un gozoso reencuentro con una forma de exigencia artística, de rigor en el trabajo y de la consideración del teatro como un elevado quehacer estético que inauguró el equipo de La Abadía comandado por José Luis Gómez hace ya casi 20 años con dos obras cimeras de la dramaturgia española: el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, de Valle, y estos Entremeses cervantinos.
Para la fecha de ese primer montaje de los Entremeses yo no hacía todavía reseñas de teatro, pero aunque no tengo la constancia escrita, permanece en mí muy vivo el recuerdo del profundo impacto que me produjo ese espectáculo. Fue, tengo que decirlo sin ambages, como un deslumbramiento y tuve la sensación clara y definida de que abría una nueva puerta de acceso al mundo de los clásicos -porque, clásico es también ya, en sentido lato, el Retablo-; aquel gracejo, aquella frescura inaugural, aquel dinamismo, aquel aire de fiesta popular brechtiano y aquella forma de componer el personaje a la vista de los espectadores; aquella desenvoltura y aquel desenfado que permitían aflorar toda la punzante ironía de los textos ..., y el extraordinario trabajo sobre el cuerpo, y ¡la palabra!, verdaderamente encarnada en el cuerpo del actor, como (casi) nunca habíamos visto antes, no, al menos, como producto de una ejercitación sistemática, de escuela, sometida a una organización y a unos criterios claros de dirección, aunque sí, obviamente, como manifestación de la intuición o del talento individuales.
Pues bien todo aquello, corregido y aumentado, se reproduce en el presente montaje. Un espectáculo en el que se resume y cifra gran parte de la labor de dirección de José Luis Gómez y de su trabajo como maestro de actores durante estos últimos veinte años; una muestra bien representativa del que será su impagable legado a la escena española contemporánea.
He dicho “legado” porque no me atrevo a hablar de testamento poético, pero tiene este montaje mucho de fin de ciclo, de compendio de toda una época, y de homenaje a las figuras de los creadores que le han marcado como artista. Ese árbol seco que enseñorea la escena, más que el “frondoso árbol de las letras” cervantino al que alude Goytisolo se nos representa a nosotros como un tributo al desolado paisaje beckettiano de Esperando a Godot, que reverdece ocasionalmente para dar cobijo en las noches cálidas del solsticio al antiguo ceremonial del teatro. Convocados al reclamo de los silbos de las aves cantoras que rompen el silencio de la noche en el campo, mozos y mozas del pueblo acuden a un encuentro nocturno para celebrar la llegada de la nueva estación hasta que rendidos de tanto cantar y retozar se quedan dormidos bajo el árbol a la luz de la luna. Entre tanto habrá lugar para solazarse cantando coplas y contando historias y refranes que reflejan el sentir y las aspiraciones de esos jóvenes de los ambientes rurales que tan bien conocía Cervantes y que con tanta gracia y humor, no exento de crítica, relataba.
Ponderar a todos los actores y actrices que intervienen en el montaje sería una tarea ímproba, porque cada uno de ellos, tanto los “nuevos” como los que ya participaron en el elenco del montaje originario hacen una extraordinaria labor de creación de tipos que no desmerecen (superan incluso) a los de la Comedia del Arte, desde la intrigante Ortigosa (Palmira Ferrer) que también borda el papel de la descarada Cristina, criada de la pícara Leonarda (Inma Nieto), que, a su vez, es Rabelín en El retablo ... y la ubicua y rabisalsera criada de la Doña Lorenza, una Elisabeth Gelabert espléndida en su ingenuidad pero también en el recién aprendido arte del disimulo; por no mencionar a la cuarta de las féminas en liza, esa especie de zafia muñeca pepona que compone Diana Barnedo para dar vida a la labradora Juana Castrada. Los personajes masculinos basculan entre la astucia y el ingenio del titiritero Chanfalla o del Estudiante (ambos obra de Miguel Cubero), la ignorancia de Pancracio, el incauto marido engañado (José Luis Torrijo) y el endiablado genio del celoso Cañizares (descacharrante Luis Moreno). Pero donde todos brillan más allá de toda ponderación es en su espléndida caracterización de zafios y petulantes representantes de las fuerzas vivas locales en El retablo de las maravillas, obra maestra sin paliativos que consiguió encandilar al público y arrancarle un torrente de carcajadas y un cerrado aplauso final.
Gordon Craig.
Entremeses en el Teatro de la Abadía.
martes, febrero 18, 2014
TEATRO. Kafka enamorado. "El habitante de la cueva".
De Luis Araujo.
Con: Beatriz Argüello, Jesús Noguero y Chema Ruiz.
Escenografía: Alicia Blas Brunel. Vestuario: Rosa García Andujar.
Música: Luis Delgado.
Dirección: José Pascual.
Madrid. Centro Dramático Nacional. Sala de la Princesa.
Kafka enamorado recrea la tormentosa relación sentimental que el autor pragués mantuvo con Felice Bauer; una relación atípica, plagada de dificultades, debido en gran medida al carácter depresivo e inestable del Kafka y que se había de prolongar con sucesivas rupturas y reencuentros durante más de seis años, desde que el escritor conoció por primera vez a la joven en casa de su amigo Max Brod en el verano de 1912 hasta la ruptura definitiva en 1917.
A partir de su voluminosa correspondencia y de las anotaciones en sus diarios, Luis Araujo ha hecho una minuciosa reconstrucción de esos años de incertidumbre y de tanteos en los que el autor de La Metamorfosis descubre a la vez el amor y su verdadera vocación de escritor para constatar, consternado, que la literatura, a través de la cual había empezado a conquistar una cierta independencia del padre constituía en sí misma una actividad absolutamente absorbente y excluyente que le imposibilitaba para concluir con éxito su ansiado proyecto de matrimonio.
Como corresponde al tono y al contenido del material objeto del trabajo dramatúrgico el montaje destila el inconfundible aroma de la confesión íntima, que, dada la enorme capacidad de introspección del novelista se traduce en escenas de un crudo y lacerante realismo que revelan, a veces con insoportable verismo, los más escondidos rincones de un alma atormentada por la frustración, el desengaño, la inseguridad, la impotencia y el sentimiento de culpa.
El propio marco físico de la representación -una sala de reducidas dimensiones en la que casi alcanzamos a tocar a los actores y a percibir como si estuvieran a nuestro lado sus más ligeros gestos o cambios de entonación-, y el soberbio espacio sonoro que ha creado Luis Delgado, que es una auténtica prolongación del estado anímico de los personajes, coadyuvan a reforzar esa rara y perturbadora sensación que tenemos de penetrar en el terreno vedado de su intimidad. Aunque, desde luego, los verdaderos responsables del prodigio son los actores, que, para empezar, nos deleitan con una dicción y un fraseo de una calidad poco frecuente, desprovistos de cualquier vestigio retórico, de precipitación o de amaneramiento. Desde su primera aparición en escena, en su aspecto un tanto desaliñado, en su actitud medrosa, como avergonzado de justificar en voz alta el sentimiento de felicidad que le embarga cuando escribe, o en la extremada cortesía con la que trata a su amigo Max Brod y a Felice, Jesús Noguero, se mete de lleno en el personaje del joven Kafka para darnos una imagen bastante coincidente de la que nuestro imaginario se ha forjado del escritor a partir de los documentos gráficos y de la lectura de sus obras. Vemos un ser menesteroso y huraño, desconfiado, asustadizo y necesitado de comprensión; vemos aflorar su entusiasmo y agitación ante la perspectiva de una vida en común con la joven, su terror sobre el futuro de Europa, los recuerdos de su infancia robada, su repugnancia por el sexo o su ansiedad creciente ante la perspectiva de tener que renunciar a la escritura, de abandonar su “cueva”.
Gordon Craig.
Kafka enamorado en el Centro Dramático Nacional.
Con: Beatriz Argüello, Jesús Noguero y Chema Ruiz.
Escenografía: Alicia Blas Brunel. Vestuario: Rosa García Andujar.
Música: Luis Delgado.
Dirección: José Pascual.
Madrid. Centro Dramático Nacional. Sala de la Princesa.
Kafka enamorado recrea la tormentosa relación sentimental que el autor pragués mantuvo con Felice Bauer; una relación atípica, plagada de dificultades, debido en gran medida al carácter depresivo e inestable del Kafka y que se había de prolongar con sucesivas rupturas y reencuentros durante más de seis años, desde que el escritor conoció por primera vez a la joven en casa de su amigo Max Brod en el verano de 1912 hasta la ruptura definitiva en 1917.
A partir de su voluminosa correspondencia y de las anotaciones en sus diarios, Luis Araujo ha hecho una minuciosa reconstrucción de esos años de incertidumbre y de tanteos en los que el autor de La Metamorfosis descubre a la vez el amor y su verdadera vocación de escritor para constatar, consternado, que la literatura, a través de la cual había empezado a conquistar una cierta independencia del padre constituía en sí misma una actividad absolutamente absorbente y excluyente que le imposibilitaba para concluir con éxito su ansiado proyecto de matrimonio.
Como corresponde al tono y al contenido del material objeto del trabajo dramatúrgico el montaje destila el inconfundible aroma de la confesión íntima, que, dada la enorme capacidad de introspección del novelista se traduce en escenas de un crudo y lacerante realismo que revelan, a veces con insoportable verismo, los más escondidos rincones de un alma atormentada por la frustración, el desengaño, la inseguridad, la impotencia y el sentimiento de culpa.
El propio marco físico de la representación -una sala de reducidas dimensiones en la que casi alcanzamos a tocar a los actores y a percibir como si estuvieran a nuestro lado sus más ligeros gestos o cambios de entonación-, y el soberbio espacio sonoro que ha creado Luis Delgado, que es una auténtica prolongación del estado anímico de los personajes, coadyuvan a reforzar esa rara y perturbadora sensación que tenemos de penetrar en el terreno vedado de su intimidad. Aunque, desde luego, los verdaderos responsables del prodigio son los actores, que, para empezar, nos deleitan con una dicción y un fraseo de una calidad poco frecuente, desprovistos de cualquier vestigio retórico, de precipitación o de amaneramiento. Desde su primera aparición en escena, en su aspecto un tanto desaliñado, en su actitud medrosa, como avergonzado de justificar en voz alta el sentimiento de felicidad que le embarga cuando escribe, o en la extremada cortesía con la que trata a su amigo Max Brod y a Felice, Jesús Noguero, se mete de lleno en el personaje del joven Kafka para darnos una imagen bastante coincidente de la que nuestro imaginario se ha forjado del escritor a partir de los documentos gráficos y de la lectura de sus obras. Vemos un ser menesteroso y huraño, desconfiado, asustadizo y necesitado de comprensión; vemos aflorar su entusiasmo y agitación ante la perspectiva de una vida en común con la joven, su terror sobre el futuro de Europa, los recuerdos de su infancia robada, su repugnancia por el sexo o su ansiedad creciente ante la perspectiva de tener que renunciar a la escritura, de abandonar su “cueva”.
Respecto a Beatriz Argüello cabe decir
que hace un espléndido trabajo como Felice Bauer; vital, independiente,
decidida, siempre al quite de la indecisión, de la timidez incluso de
las torpezas de Franz para relacionarse con el mundo exterior; atenta a
los requerimientos del escritor, complaciente con sus obsesiones y
temores está dispuesta a dar rienda suelta a su pasión amorosa que se
desborda con inusitada fuerza en Marienband pero también se muestra
enérgica en sus reproches (“¿Alguna vez me has dado a mi esa
oportunidad?” le increpa implacable a raíz de su desliz con Grete) e
irreductible en su postura de no renunciar a una vida plena como mujer y
como madre, más allá de ese mero “deber ineludible” en el que Franz
cifra la vida del matrimonio, supeditada siempre a la llamada
impostergable de la literatura.
Kafka enamorado en el Centro Dramático Nacional.
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