miércoles, marzo 14, 2007

FOTOGRAFÍA. Madrid al paso 1926 – 1971, fotografías del Diario Madrid. ¿Y si nunca cambiara nada?

¿Y si nunca cambiara nada? Eso reza el “eslogan” de la campaña de Ruiz Gallardón para mostrar a los madrileños en imágenes como van a quedar las nuevas infraestructuras que está llevando a cabo el Ayuntamiento en la capital en su afán por modernizar la ciudad. Y hoy nos apropiamos de su lema para dar más sentido a una exposición: “Madrid al paso 1926 – 1971, fotografías del Diario Madrid”, que muestra como la ciudad hace años también se atrevió a cambiar, y a mejorar, y a crecer. Y cómo, también, su cotidianidad, la de sus habitantes, se modificó con el paso de los años.

La Fundación Diario Madrid, con la colaboración de la Comunidad de Madrid, nos ofrece la posibilidad de adentrarnos en el Madrid de antaño, desde los años 20 hasta los últimos años de la Dictadura, a través de fotografías, lo que convierte a la visita en una viaje encantador que nos permite hacernos una idea de lo que fue y como nos llegó hasta hoy en día lo que es la ciudad de Madrid.

La selección de las imágenes es muy buena, y la puesta en escena es impresionante, con unos paneles verticales ondulantes en azul que se nos asemejan al cielo capitalino; y nos recuerdan a los poco avezados, que de Madrid al cielo; o al menos eso dicen los castizos.

Hay que dar la enhorabuena a todas esas personas que con su tesón y su trabajo han permitido recuperar el archivo fotográfico del Diario Madrid, y que ahora conservado y adaptado a las nuevas tecnologías es un testimonio vivo más para las generaciones futuras. Y también es de agradecer que la Fundación Diario Madrid con este tipo de iniciativas saque a la luz parte de su patrimonio y lo comparta con el resto de ciudadanos.

Para mi la inauguración de esta muestra también supuso volver. Volver a una parte de mi vida. Y volver siempre conlleva algo especial, un áurea de nostalgia y de recuerdos sobrecoge cada paso que das por esas baldosas que durante un tiempo formaron parte de tu rutina. El “hall” esplendoroso, el ascensor de madera labrada, las vidrieras del techo del patio, los pasillos luminosos, todo el majestuoso edificio de Larra 14 se vuelve a convertir por momentos en aquel cálido y entrañable lugar con el que compartiste unos años de tu vida, ya pretéritos, pero que ahora vuelven a rememorarse con motivo de la puesta de largo de esta exposición.

Con cariño para Carmen, Hugo, Antonio y Paco. Y para toda la gente del Instituto Italiano de Diseño, y de la Asociación de Periodistas Europeos.

>> “Madrid al paso 1926 – 1971, fotografías del Diario Madrid”. Fundación Diario Madrid. Calle Larra 14. Metro Tribunal. Hasta el 29 de abril. De lunes a sábado de 10:30 a 20:30. Domingos de 10:30 a 14:30.

sábado, marzo 10, 2007

MÚSICA. Kodama o la voz convertida en sentimiento.

Un 15 de febrero de hace un mes redescubrimos a Kodama. Y bien digo volvimos a descubrir, porque aquella primera vez fue un encuentro extraño, una de esas coincidencias nocturnas que ocurren alguna vez sin avisar pero que te dejan boquiabierto. El sonido de Kodama era otro en el café de La Palma hace un par de años, o yo no era el mismo y todavía tenía el “jet lag” de un largo viaje encima y no me enteré bien de lo que sucedía. El otro día en la madrileña sala el Sol Kodama venía a presentar su nuevo disco Nervio y con garra y con sentimiento nos enamoró a todos.




Tras una larga travesía, seguro que llena de malos momentos, Paloma, Jorge y Fernando pueden respirar tranquilos, la criatura ya se mueve y tiene muchas ganas de seguir dando guerra y muchas alegrías. Nervio, su primer trabajo, es un regalo para el oído, y la voz de Paloma enamora, llena, entra dulce y grave y toca la fibra sensible que cada uno de nosotros llevamos dentro. Hablar de alguna canción en concreto es difícil porque ando enganchado al disco por completo, pero “lighting” y “50% (parte uno)”se te clavan en tus tímpanos y algo nervioso dentro de ti te pide constantemente que la pongas una y otra vez. Tampoco me querría olvidar de “última función” y “vacío”, cantadas en español, idioma que resalta aún más la voz de Paloma y sin lugar a dudas da el toque perfecto a unas melodías exquisitas.

El sonido de Kodama, es el sonido que estos tres chicos nos regalan y punto. Hablar de influencias es muy complicado y también demasiado pretencioso y lo voy a dejar para otros. La fusión de las notas de Kodama mezcla lo electrónico con los acordes de guitarra y bajo, con un fuerte componente de percusión, y la voz, la estremecedora voz de una vocalista portentosa.

Sus próximos conciertos en Madrid, que no os debéis perder, son: Domingo 11 de marzo Café La Palma (Palma 62) y jueves 15 de marzo en la Sala Lasala (Nuestra señora de Fátima, 42) junto a Moscú e Indigo.

Más sobre Kodama: http://profile.myspace.com/index.cfm?fuseaction=user.viewprofile&friendID=67404094

(c) Foto cortesía de J.A.

viernes, marzo 09, 2007

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. El curioso impertinente. "En los límites de lo verosímil".

De Guillén de Castro.
Con: Arturo Querejeta, Clara Sanchis, Nuria Mencía, María Álvarez, Fernando Cayo, Daniel Albaladejo, Fernando Sendito, José Vicente Ramos, Francisco Merino, Eva Trancón y otros.
Dirección: Natalia Menéndez.
Madrid. Teatro Pavón. 27 de febrero de 2007.


Creo que esta alambicada pieza teatral de Guillén de Castro no añade nada sustancial a su modelo cervantino. Un estudio comparativo pormenorizado de ambas obras haría, seguramente, justicia a la comedia, pero eso es cosa de eruditos. Para un espectador medio que conozca la novelita de Cervantes –incrustada en la primera parte del Quijote-, la “réplica” no tiene ni el alcance psicológico, ni el valor ejemplarizante, ni la contundencia de la demoledora sátira cervantina, apretada síntesis de las virtudes de nuestro narrador más universal. En particular, el hecho de presentar a Lotario, a quien confía el insensato Anselmo la ardua tarea de poner a prueba a su propia mujer, Camila, como rendido enamorado de ésta antes del matrimonio, nos sitúa ante un “más difícil todavía” que supera los límites de lo verosímil.

Lidiar con una trama de esa naturaleza no ha debido resultar fácil a Natalia Menéndez, quién, no obstante, ha sacado bastante partido de una obra que, para más inri, aunque respeta todas los convenciones de la comedia de enredo lopesca no nos ahorra ninguno de sus tópicos, incluidos un duque casquivano y disoluto y un espadachín pendenciero y enamoradizo, español, por más señas, licenciado, probablemente, de los tercios, y que se gana la vida dando cuchilladas hasta que entra al servicio de Anselmo.

Vayamos por partes. La escenografía, de inspiración cubista, satisface adecuadamente las demandas de la obra y los frecuentísimos y rápidos cambios de lugar de la acción, aunque parece un tanto laberíntica. La iluminación es técnicamente irreprochable, si tenemos en cuenta las dificultades que ha tenido que superar para adaptarse a esa especie de cubo de Rubic en constante movimiento que es el espacio escénico, aunque a mi juicio tiene excesivo protagonismo, y a veces, parece como si los actores tuvieran que adaptarse a las zonas predefinidas de luz y no al revés, como sería lo natural. Se hace, asimismo, demasiado perceptible la batuta de la directora; no digo yo que no tengan que marcarse las posiciones y los movimientos de los actores, incluso acompasarse con los acordes, sonidos y carraspeos del violín, en piruetas más propias del Arlequín y de la Colombina que de unos nobles venecianos, pero parece todo demasiado regimentado, ajeno a lo que sería un desarrollo fluido, natural, del movimiento y el diálogo.

En cuanto a la dirección de actores, si bien el planteamiento general parece atinado, con ese sesgo humorístico y paródico que se hado al montaje, y aún siendo cierto que la actitud y el comportamiento de los personajes principales son a menudo ridículos y hasta grotescos, nos parece advertir a veces un cierto amaneramiento y sobreactuación: en la extemporánea jovialidad de los amigos, en la obcecación e ingenuidad de Anselmo (Daniel Albaladejo), o en las bravuconadas de Culebro (José Vicente Ramos). Tanto a ellos como a Fernando Sendino los hemos visto en tardes mejores. En conjunto, en todo caso, la actuación está a la altura de las circunstancias, mostrándose los intérpretes sobrados de oficio y de recursos. Y si la balanza se inclina del lado de las actrices es quizá, porque sus respectivos personajes son los únicos que se salvan de este carnaval de desatinos. Leonela (María Álvarez) goza sin remilgos del trato de Culebro y es la única que llegado el momento muestra un ápice de dignidad ante la ofensa de su ama, de la que se venga revelando a Anselmo los términos del engaño; Camila (Nuria Mencía) encaja bien en su rol de inocente damisela, sumisa, y guardiana de su honorabilidad hasta que, escarmentada, se transforma en una consumada maestra del disimulo; Respecto a Clara Sanchis, borda un papel que se queda corto para sus dotes interpretativas, en un registro farsesco que no conocíamos y que parece dominar a la perfección. Más que ningún otro personaje es una auténtica figura de guiñol que exhibe con donaire el noble continente de Duquesa de Florencia, a la que dota de una presencia cálida y etérea, de ademanes suaves, de actitud ausente y de mirada pícara y condescendiente no exenta de un cierto mohín desdeñoso.

Gordon Craig.
1-III-2007.

martes, febrero 27, 2007

TEATRO: Un enemigo del pueblo de Henrik Ibsen. “Convulsivo discurso de la sinrazón".

“Un enemigo del pueblo” de Henrik Ibsen . Dirección de Gerardo Vera y versión de Juan Mayorga.

El domingo pasado algo un poco fuera de lo normal nos dio la bienvenida en la entrada del Teatro Valle Inclán de Madrid. Una gran muchedumbre esperaba su turno para entrar en la sala, y como en las grandes ocasiones, algo que yo hacía mucho tiempo que no presenciaba, un gran ambiente reinaba antes del comienzo de la función. Los rumores previos de que el montaje estaba teniendo una gran expectación y que había bastantes problemas para adquirir localidades se estaban tornando como ciertos: allí había muchas personas y estaban agotadas las entradas para varias semanas.
Ante tal recibimiento, digamos que ya entras en el teatro como predispuesto a presenciar un gran acontecimiento, un montaje de altura con un texto universal de fondo. Pues de nuevo tengo que reconocer que esos buenos augurios iniciales se colmaron.

Yo no voy a quitar protagonismo al gran Gordon Craig, que ilustrará y os regalará en unas semanas su crónica sobre el montaje de Gerardo Vera, pero a lo que si estoy obligado es a dejar constancia y compartir con vosotros unas pequeñas pinceladas de las buenas sensaciones que me produjo la versión de Juan Mayorga de “Un enemigo del pueblo” el otro día.

Sin más dilaciones vayamos a lo serio, al conflicto que desencadena “Un enemigo del pueblo”. El texto de Ibsen, y correcto es reconocer la versión de Juan Mayorga sobre la que se sustenta este montaje, plantea a través de la figura del doctor Stockmann, uno de los protagonistas del drama, la problemática del riesgo de que las democracias degeneren en demagogia e hipocresía apoyándose en mayorías superfluas, y de la indefensión y el escarnio que tiene que sufrir cualquier persona, aún con la razón a su favor, que lucha por la verdad y va contra corriente. La puesta en escena de Vera y Mayorga también pone en evidencia el papel de esas mayorías que manipuladas pueden seguir a un descerebrado (como Hitler) que les dirige hacia el desastre, porque no se paran un momento a reflexionar sobre lo que sucede y a sacar sus propias conclusiones en vez de seguir en masa al eslogan de turno que pasa de boca en boca a ritmo de un silbato dirigido por unos pocos poderosos. El pitido de este silbato muchas veces es amplificado por los medio de comunicación, que se mueven, y cada vez más, guiados por el poder y el dinero. Tampoco me querría olvidar del nuevo papel del héroe en nuestros días, que el propio Mayorga lo identifica como: “el héroe más valeroso no es el encarna a la comunidad, sino el que es capaz de enfrentarse a ella [...] porque la razón siempre está en minoría”. 

Ante tal alubión de información el público se queda anonadado, casi sin respiración, y buena parte de los asistentes del otro día lo vivieron en sus propias carnes sentados en una butaca; ante la caída del telón y el comienzo de los entusiastas aplausos, pasaron unos segundos eternos, como si el respetable no hubiera todavía despertado del estado de “shock” al que le había infringido el doctor Stockmann y el texto de Ibsen. Y esto sucede porque la obra es lo suficientemente incómoda, para que gran parte del público se vea reflejado en alguna de las situaciones a las que se enfrenta el doctor, y porque nuestra sociedad, con la que convivimos cada día nosotros, se parece como una gota de agua a la descrita por Ibsen. 

Y ante tal cúmulo de aciertos del director y del autor de la versión actual no queda más que rendirse en elogios y darles las gracias por atreverse a plantear una problemática como esta en unos momentos tan convulsos y llenos de sinrazón como los que se viven actualmente en nuestro país. 

jueves, febrero 22, 2007

DIEZ LÍNEAS A PIE DE MAR.

[Hace ya un tiempo, un par de meses, unas cuantas semanas, pedí a un buen amigo, recién llegado de Costa Rica, que en unas cuantas líneas me describiera lo que en ese pequeño país centroamericano había descubierto, había sentido, había vivido. Ya pasado un tiempo prudencial de espera había desesperado y creía que la proposición había terminado en nada. Pero no fue así, para deleite de todos, hoy a buena hora llegó un mensaje para mi con unas hermosas líneas que exhalan frescura, sentimiento y alegría. No voy a añadir nada más, os dejo con el aire que vino de Costa Rica, y no para pasar y no volver, sino para quedarse, en su corazón, y en parte del nuestro. Gracias.]

Díez líneas a pie de mar.

Recuerdo que mi ojo se perdió, una vez, en el horizonte del Caribe, frente al océano. Varios días antes cuando aterrizamos cogimos un todoterreno siguiendo la Interamericana arriba y los bosques espesos, la catarata y su cráter, los puentes sobre las ramas, las caídas libres en cables, la sierra de Talamanca, los rápidos de los ríos, las copas de los árboles azotados por monos, el río de Tortuguero y otras aguas termales, el rugir del Atlántico de noche, los corales, el todoterreno y sus pistas, la supervivencia de las tortugas, los perezosos, las playas del Caribe, los bancos de peces, Parque Jurásico, el chino de Cahuita, los casados, el gallo pinto, Manuel Antonio y su arena de playa pacífica. Y de noche el volcán durmió exhalando un tórrido aliento. Seguimos Interamericana abajo con las habitaciones compartidas, Internet, la humedad, los paseos en barco, la pequeña tortuga que alcanzó la eternidad del mar, el cabreo de mi hermano, el puesto de policía, el miedo al océano, el “esnorquel”, las camas de Tinas Cabinas, las risas en la comida, la fruta al desayunar, el cansancio de conducir, el cabreo por decir, la ilusión de un atardecer y la rutina en el stress, todas fueron experiencias de un camino, cruzando el mar. Los cantos y sonidos del Bosque Nubloso seguirán anidando entre las rizadas lianas de mi pelo y no se me van a escapar. Un mes después quedamos un domingo de otoño por una Latina de primavera parte de esta tripulación. En nosotros persiste un poso de recuerdos de pura vida, de vivencias. La sonrisa nos invadió todo ese día. Lo malo se lo llevó el mar.


MACA

viernes, febrero 16, 2007

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. Antígona. "El deber moral frente a las leyes del estado".

De Sófocles.
Con: Clara Segura, Pep Cruz, Pau Miró, Babou Cham, Marcia Cisteró, Enric Serra Y Xavier Serrano.
Dirección: Oriol Broggi.
Madrid. Teatro de la Abadía. 10 de febrero de 2007

Antígona conserva toda la sobriedad y la grandeza de la tragedia esquilea, y aunque sus personajes están aún sumidos en una atmósfera entre religiosa, mítica y legendaria, ya se han humanizado, son responsables de sus propias decisiones y arrostran conscientemente las consecuencias de sus actos. De ahí su modernidad, o mejor dicho, su intemporalidad, porque los conflictos que afligen a los personajes no han perdido la capacidad de interpelarnos, en tanto que seres humanos, a nosotros, espectadores del presente, desde la lejanía del tiempo.

Muerto Edipo, sus dos hijos Eteocles y Polinices pelean por el trono de Tebas pereciendo ambos en combate. El cetro de la ciudad recae en Creonte, su tío, quien promulga que, al segundo, acusado de traición, le sean negados el entierro y los honores fúnebres, decretando solemnemente la pena de muerte para quien se atreva a contravenir sus órdenes. El destino querrá que sea su propia sobrina, Antígona, hermana de Polinices, quien desobedezca sus ordenes e incurra en las iras del tirano. Pese a las sensatas reconvenciones de su propio hijo Hemón, prometido de Antígona, Creonte no da su brazo a torcer; interpreta la clemencia como un signo de debilidad y fragua un castigo ejemplar para fortalecer su autoridad en su recién estrenado mandato. Las consecuencias, como puede imaginarse, son calamitosas para toda la familia y Creonte tendrá que cargar con ellas el resto de sus días.

Hay, pues, en esta hermosa tragedia dos poderosas fuerzas enfrentadas: el rigor de las leyes de los hombres, de cuyo cumplimiento depende la supervivencia del estado –pues “no hay mayor desgracia que la anarquía”, dirá Creonte- y las “leyes no escritas de los dioses” por las que lucha y sufre Antígona y que en su formulación pura y simple no son sino normas éticas, concretadas en esta ocasión en el deber de enterrar a los muertos. Y hay una protagonista absoluta, la joven Antígona, a la vez símbolo de la virtud y de la piedad, de la insumisión contra la tiranía, y de la fortaleza para arrostrar las consecuencias que acarrea el mantenerse fiel a unos principios.

El montaje es sobrio, despojado, como corresponde a la sencillez argumental, a la precisa delimitación de los personajes y al rápido avance de la acción dramática; el planteamiento general del espectáculo (espacio y movimiento escénicos, contención en la actuación, control riguroso de las emociones, etc.) parece coherente. No hay resto de las ciclópeas murallas del palacio de Tebas, en su lugar, un estrecho corredor enarenado, flanqueado a ambos lados por las gradas de espectadores que simulan la asamblea de ancianos. Esta disposición del espacio tiene la virtud de acercar los actores al público y conferir a este un mayor protagonismo, pero nos condena casi de continuo a una visión de los actores de perfil, con lo que se pierde gran parte de su expresión facial, y algunas de sus palabras. Por lo demás, el tono un tanto frío y despersonalizado, narrativo, del coro, contamina a veces a los protagonistas, que se nos antojan distantes, embutidos en inverosímiles kimonos y en una atmósfera edulcorada por el punteo de las guitarras y por la serena sombra de dos olivos centenarios. No son estas las áridas planicies de la campiña tebana, por donde corren los perros salvajes con jirones del cuerpo muerto de Polinices o el sordo rumor de las aves carroñeras sobrevolando sobre su cadáver putrefacto, sino los dulces amaneceres del mediterráneo, que suavizan con su efecto balsámico una tragedia de tintes sangrientos.

Hasta donde se me alcanza, creo que Oriol Broggi ha sido respetuoso con el texto pulsando sobre todo la fibra humana de los personajes, encarnados por unos actores que cumplen su papel dignamente pero que emocionan en contadas ocasiones: el llanto que se resiste brotar de los ojos de Eurídice (Marcia Cisteró) cuando le comunican la muerte de su hijo; el estallido de cólera del orgulloso Creonte (Pep Cruz); la tensa diatriba de Memón (Babou Cham) contra su padre en su fracasado intento por hacerle rectificar; y sobre todo, el valor y la grandeza de ánimo que derrocha Antígona (Clara Segura) al enfrentarse a Creonte, y su desconsolado lamento ante la perspectiva de verse enterrada en vida sin haber gozado de los placeres del himeneo.
Un trabajo, en fin, bien hecho y, sobre todo, una oportuna lección ética, en momentos en los que la expresión “cumplir con el deber” no parece estar precisamente muy de moda, y en los que imperan una moral blandengue y acomodaticia y un cierto desistimiento frente al poder altanero y arbitrario del estado.

Gordon Craig.
13-II-2007.