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sábado, enero 20, 2018

TEATRO. He nacido para verte sonreír. "Secretos del corazón".

Autor: Santiago Loza.
Con: Isabel Ordaz y Fernando Delgado-Hierro.
Escenografía y vestuario: Elisa Sanz.
Dirección: Pablo Messiez.
Madrid. Teatro de la Abadía. Hasta el 28 de enero de 2018.


“En el comienzo fue el amor. Y el amor era maternal”, escribe la psicoanalista austriaca Melanie Klein (1882-1960). Y es que en efecto, el amor materno filial es quizá uno de los sentimientos más profundos y arraigados en el corazón humano. La mera consideración de que se trata de un ser engendrado en sus entrañas, y del desamparo del niño al nacer y de su necesidad de cuidados; y el disfrute que proporciona el trato continuado con el lactante durante las primeras semanas, meses, incluso años de su vida, por no hablar de la gratificación del deseo de ser madre que alberga toda mujer -según explican los psicoalnalistas freudianos-, todo contribuye desarrollar ese vinculo especial madre-hijo que se prolongará, en una personalidad plenamente desarrollada, a lo largo de la existencia, brindando cauce a todas las tendencias afectuosas y constructivas de la madre.

La obra que comentamos -que se repone ahora en el Teatro de la Abadía tras el éxito de la pasada temporada-, aborda precisamente la fortaleza indestructible de estos lazos materno-filiales en una situación límite: la inminente separación del hijo y su internamiento en un centro especializado en el que va a ser tratado de un agudo proceso de demencia.

Se trata de un largo monólogo de poco menos de hora y media, el tiempo real de espera a que llegue el padre de trabajar para efectuar el traslado. En este breve lapso de tiempo, mientras ultima los preparativos de la partida, acuciada por el dolor y la desesperación de la pérdida inminente, Mirian, la madre, pasa revista ante nuestros ojos a una vida hecha de renuncias y de ilusiones falaces y a la vez nos va desvelando los secretos más íntimos de un corazón desgarrado por la ausencia. Y es que, precisamente, lo que más atormenta a la madre es el haber “perdido” literalmente a su hijo. Esa separación -desgajamiento, podría decirse, de la madre- que de manera natural se produce durante el tránsito a la adolescencia, cuando el niño comienza a desarrollar una personalidad verdaderamente autónoma, en este caso se ha acelerado de una manera más brutal y dolorosa debido al proceso de locura del joven afectando al equilibrio psíquico y emocional de la madre.

Se trata de una secuencia un tanto inconexa de comentarios sobre este mismo día aciago, desde el amanecer hasta el momento presente, y de recuerdos y evocaciones del pasado donde divagaciones sobre asuntos de la más estricta cotidianidad -exteriorizadas tal vez como un intento infructuoso de rebajar la tensión del momento- alternan con frecuentes muestras de una ternura y una compasión absolutas, con fugaces destellos de esperanza o con intensos momentos de lucidez en los que el dolor se hace insoportable y la impotencia y la desesperación se adueñan por completo de la protagonista, mientras el joven de mirada perdida, como ausente, escucha asombrado y confuso sin poder articular una repuesta coherente más allá de sordos ruidos guturales y algunas reacciones de disgusto incontroladas.

Con ligeras variaciones de tonalidad en la luz, entre las cuatro paredes de la cocina del domicilio familiar rodeada de una ambigua envoltura de cañas y ramas secas que simbolizarían una especie de “nido” que el joven se resiste a abandonar, la acción se desarrolla al ritmo lento y pausado de las agujas del reloj mientras se agota el tiempo de la espera. En este exiguo espacio, dos personajes frente a frente en una no por inevitable menos conmovedora despedida. Fernando Delgado-Hierro es el joven; su andar titubeante y la rigidez de movimientos propia de un avanzado estado de parálisis, su mutismo y su mirada asustadiza son la viva imagen de la fragilidad y el desamparo. Isabel Ordaz por su parte pone toda su veteranía y talento al servicio de una madre amantísima, tierna y desolada. Aferrada a los recuerdos felices de su niñez y de la infancia de su hijo, las fluctuaciones de humor de su cháchara dispersa y los bruscos cambios en su estado de ánimo revelan ese desequilibrio emocional al que aludíamos arriba y muestran a las claras que el dolor ha hecho mella en una personalidad no del todo definida y madura. Entre los pliegues de una voz rota las más de las veces, ahogada por la angustia, se cuela la entonación impostada de una pretendida jovialidad con la que trata inútilmente de enmascarar su condición de mujer insatisfecha. Su pudorosa forma de sentarse, o de plisarse el vestido con las manos, mientras rememora el descubrimiento de la desnudez de su hijo o la del marido, su expresión de asco ante la huella de los cuerpos sobre la sábanas del lecho nupcial, la aprensión con la que hace referencia a sus propios humores corporales o el entusiasmo con que glosa las virtudes lustrales del agua son indicios de un trauma infantil no resuelto que ha afectado a su vida conyugal y probablemente a la relación con su hijo y que ahora se manifiestan en forma de sentimiento de culpa.

Gordon Craig.

domingo, abril 12, 2015

TEATRO. A-creedores: "La mirada de los otros".

A partir de Los acreedores, August Strindberg.
Versión y dirección de Claudia Faci.
Con: Claudia Faci, Fernanda Orazi y Pablo Messiez.
XXXII Festival de Otoño a Primavera. 
Madrid, Teatro Pradillo.





Recurrir para el título de su obra a un término como “acreedores”, que cobra su sentido pleno en el contexto de las transacciones comerciales o pura y simplemente en el del dinero contante y sonante, ya da una idea del grado de despersonalización, de frialdad glacial y de ausencia de cualquier vestigio de retórica sentimentaloide con la que aborda Strindberg el conflicto que desarrolla la obra que comentamos. Las heridas del alma que se inflingen los personajes, movidos por el rencor, por la debilidad y por el sentimiento de culpa, parecen producidas por un escalpelo en el ambiente aséptico de una sala de operaciones. Más que a un arreglo de cuentas -expresión que tiene el mismo origen en lo crematístico pero que ya está impregnada de un cierto tufillo de humanidad-, pareciera que asistimos a una auténtica disección del alma humana. De hecho, yo juraría que en un remoto montaje de la obra, en el Pequeño Teatro de Magallanes del que tengo recuerdo, la acción no se desarrollaba en un balneario sino en el interior de un quirófano.
Junto a este ambiente de asepsia -el blanco y el brillo metálico del mobiliario de hospital-, otra cosa que recuerdo de aquel montaje y del texto original es una vertiginosa, casi implacable progresión dramática hacia el fatal desenlace y la portentosa capacidad del autor para el análisis psicológico. En pleno furor del Naturalismo, Strindberg, sin embargo, pone un pero a los postulados del determinismo biológico que mueve a los personajes. Cuando Nekla en el cuadro tercero quiere disculparse apelando a “su naturaleza” Gustavo le replica que lo que ella dice es verdad sólo hasta cierto punto y añade: “Y luego hay un repliegue… en el que se oculta a pesar de todo, lo que hay de culpa, de deuda …, y es ahí donde tarde o temprano se presentan los acreedores. Y llaman.” Yo veo ahí la tesis esencial de la obra, independientemente de que Adolfo esté escuchando esta conversación detrás de la puerta y acabando -como suele decirse-, de cocerse a fuego lento. Aunque es cierto que sin esa puesta en escena urdida por Gustavo para que Adolfo asistiera en vivo y en directo a la traición de su mujer éste no habría terminando de fraguar su decisión irrevocable de quitarse la vida.
No sorprende, pues, que Claudia Faci, -aparte de su fascinación, evidente, por el texto de Strindberg-, haya intentado recuperar en su montaje el valor de la mirada del testigo escondido detrás de la puerta, y por extensión, reflexionar acerca de cómo construimos -o destruimos- nuestra identidad a través de la mirada de los otros. Para ello multiplica los puntos de vista, ejerciendo ella misma de maestra de ceremonias, dando instrucciones a los actores, dirigiendo la recepción e incorporando incluso al público de manera activa en la representación. Con parte del texto pregrabado y hurtándonos la presencia física sobre el escenario de Gustavo, agente principal de trama, focaliza su atención sobre “la víctima” y desplaza el rol de Nekla (estupenda Fernanda Orazi), salvo en contadas ocasiones en las que interviene plenamente como tal personaje (en la escena culminante del cuadro segundo, por ejemplo), y la transforma en mero cuerpo propuesto casi como objeto de contemplación voyeurista, moviéndose en un espacio que sólo recuerda a un balneario, por el traje de baño que viste durante casi toda la obra, por sus abluciones o por la presencia de botellas de agua mineral. Rota la progresión canónica de la acción, -de hecho la obra comienza con el descubrimiento de Nekla del cuerpo exánime de Adolfo tirado en la alfombra-, el texto de Claudia Faci se cuela por los intersticios del texto fuente dilatando o explicitando aspectos de los personajes que Strindberg toca sólo de pasada, como la “escena” final que Fernanda Orazi, se empeña en representar, tirada en la alfombra, lamentándose de la infancia desgraciada de Nekla. Digo que se empeña en representar, porque la obra cede con frecuencia a la fascinación de lo metateatral: los actores abandonan su papel, para recordarnos que están representando, en una no velada referencia/homenaje a la teatralidad misma, como forma de comprender el mundo, de conformar la realidad.
Lo que “no perdono” a la directora es que nos haya hurtado prácticamente ese fabuloso tercer acto, aunque a cambio, haya conseguido derribar definitivamente la cuarta pared e implicar al público en un apoteósico final, en un efusivo ¿orgiástico? ritual de confraternización.    
Gordon Craig.

viernes, octubre 17, 2014

TEATRO. En el Desierto: "Seguir vivo entre las grietas".

Idea original de Chevi Muraday.
Textos de Pablo Messiez y Guillem Clua.
Con: Ernesto Alterio, Ana Erdozain, Sara Manzanos, Chevi Muraday, David Picazo, Maru Valdivielso y Alberto Velasco.
Dirección artística y coreografía: Chevi Muraday.
Dirección teatral: Guillem Clua.
Madrid. Naves del Matadero.



“Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor”. No sé por qué, al intentar plasmar mis impresiones sobre este intenso y conmovedor espectáculo de danza-teatro de Chevi Muraday que ahora se estrena en La nave 2 del Matadero me vienen a la cabeza estas frases del preámbulo al poema Donde habite el olvido de Cernuda. Quizá por la referencia al impreciso y lejano pretérito de: “un día sintieron el frío ...”, que está también en la nostálgica evocación de un pasado remoto (“Hace muchos, muchos años, ...”) que hace Maru Valdivielso para referirse a un mundo mejor (¿), a un mundo de certezas del que ahora los personajes y la sociedad que representan se sienten irremediablemente expulsados.

Aunque bien mirado, tampoco es difícil establecer un paralelismo entre esos “vastos jardines sin aurora” de los que habla el poeta y el paisaje de ruina y desolación en el que deambulan como sonámbulos los personajes, islas a la deriva perdidas en un mar de escombros y de incomunicación, tratando desesperadamente de encontrar algo que compartir, de encontrar en el otro, en los otros, el apoyo que necesitan para seguir viviendo. Y es que en esta obstinada determinación de “seguir vivo entre las grietas” -expresada con angustia por uno de los personajes-, hay una irreductible voluntad de resistencia y un punto de optimismo que nos animan a encarar el futuro con esperanza. Y el candor con el que se enseñan mutuamente a recuperar un gesto tan banal, en apariencia, como es la sonrisa nos reconcilia con ese lado luminoso del hombre que se niega a sucumbir al desconcierto y a la incertidumbre y, en definitiva, a la muerte.

El lenguaje abstracto de la danza moderna en el que está codificado el espectáculo se resiste a interpretaciones unívocas; con todo es fácil descubrir en el movimiento aislado, conjunto o en los agrupamientos de los intérpretes, imágenes del viaje, de la huída, de la persecución y del exilio de unos seres inseguros y desconfiados, pertrechados de sus humildes pertenencias y empujados por un muro (¿de incomprensión?, ¿de egoísmo?) que segrega y que separa, que enseña y oculta. Imágenes de la opulencia y de la pobreza; imágenes del sometimiento y de la seducción, de la compasión y del miedo que destilan los cuerpos torturados de los bailarines-actores sometidos a las exigencias de la música, de un ritmo desasosegante e impetuoso.

Envueltos por una iluminación sectorializada y efectista, de marcados contrastes, con un atuendo que parece rescatado de una pesadilla y en el que se perciben veladas alusiones a los personajes de la ópera Rigoletto, de Verdi, los actores parecen presencias espectrales pululando por lugares ignotos, corriendo, saltando, abrazándose, besándose, luchando, imbricados sus cuerpos con extraños artilugios hechos de objetos cotidianos que se convierten en testigos mudos de la decadencia y del abandono de un mundo en ruinas. Ensamblados en una especie de practicables móviles -que recuerdan los “embalajes” o los “objetos-prótesis” de los montajes de Tadeusz Kantor-, esos objetos, despojados de sus atributos funcionales o utilitarios, adquieren vida propia conformándose como elementos capitales de una escenografía fantasmal y onírica, de un caos en permanente transformación, que procura cuadros de una contundente belleza plástica, como esa poética, casi mágica escena final, en la que el conjunto del elenco, encaramado en una suerte de receptáculo en el que por fin han conseguido acoplarse, desaparece ante nuestros ojos asombrados, alejándose raudo como una estrella fugaz, apagándose y difuminándose en el oscuro con débil resplandor de bengalas para reintegrarse en la inmensidad del cosmos.

Gordon Craig.
 En el desierto. Matadero Madrid.

lunes, octubre 04, 2010

TEATRO. Muda. "De la palabra como antídoto contra la soledad".


De Pablo Messiez.
Con: Fernanda Orazi, Marianela Pensado y Óscar Velado.
Dirección: Pablo Messiez.
Madrid. Teatro Pradillo.


No deja de resultar paradójico un título como éste, Muda, para una pieza en la que precisamente la conversación o, más bien, el relato monologal se convierte en el mejor antídoto contra la dolencia de la soledad. Porque eso es lo que son ante todo los protagonistas de esta historia intima, divertida, luminosa y perturbadoramente sincera de Pablo Messiez, unos seres solitarios y desvalidos que desean vehementemente ser escuchados, comunicarse con el otro como único medio de exorcizar sus temores y de restañar las heridas del alma.


Y aunque el argumento pueda parecer un tanto extraño e inverosímil, la peripecia de una mujer que busca a su hermana después de largos años para vomitar su resentimiento y cuando la tiene a tiro se encierra en un tan inexplicable como impenetrable mutismo, el lenguaje de los personajes, su comportamiento y actitudes y el desarrollo rápido y directo de la acción confieren al conflicto un inequívoco halo de cotidianidad. Y es el hecho, que si pudiéramos levantar los tejados de las casas, como hacía el Diablo Cojuelo, para mirar a su interior, encontraríamos muchas historias como esta; miríadas de seres heridos por la falta de amor, por el orgullo o por el resentimiento que luchan desesperadamente por encontrar una palabra, una mirada, el silencio de la escucha o cualquier otro indicio de comprensión, por mínimo que sea, al que aferrarse como si fuera su tabla de salvación.

Se trata de un montaje extremadamente sobrio que dirige el propio Messiez. Teatro en su estado más puro apenas sin apoyatura escenográfica, sonora o de otra índole y sustentado al cien por cien en la labor de los actores que trabajan, como suele decirse de los trapecistas, sin red. Y hay que apresurarse a decir que salen airosos del trance. Marianela Pensado da muy bien la imagen de mujer torturada y portadora de un extraño secreto que es Ana; encerrada en su obstinado hermetismo combina su mansedumbre con el estado de alerta del animal herido siempre en guardia para ventear el peligro; Fernanda Orazi es su hermana, una desenvuelta y pizpireta esteticien no menos necesitada de ternura que Ana que camufla el vacío de su existencia con una impenitente locuacidad mientras se parapeta tras un caparazón protector construido a base de lugares comunes. Óscar Velado es el encargado del edificio de apartamentos donde recala Ana, y está espléndido en un papel que me recuerda por su candidez y por su desvalimiento a Ángel, el personaje de La noche que ilumina, de Paloma Pedrero, que se pega literalmente a Fran y a Rosi para formar ese extraño menage a trois en el parque con el que culmina la obra. Refugiado él en la botella de cerveza para ahogar sus penas deambula por la escena como un fantasma paseando su indecisión, su timidez y su fragilidad hasta que descubre en Ana un alma gemela, una compañía consoladora.

Gordon Craig.

Teatro Pradillo. Muda.
Entrevista Pablo Messiez en La Razón.