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viernes, febrero 03, 2017

sábado, enero 21, 2017

martes, enero 29, 2008

ACTUALIDAD. Kenia al borde del abismo.

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El 2007 terminó igual que empezó el 2008, con la sabana keniata manchada de sangre inocente. Cientos de cadáveres se amontonan en las morgues como si se tratara de trastos viejos o de desperdicios que empiezan a oler mal. Y mientras la batalla campal entre partidarios del aparato progubernamental y de la oposición continúa en las calles, en los barrios más pobres de las ciudades, en los suburbios marginales donde la vida no vale ni medio shilling.

Ni a la comunidad internacional, ni a las grandes potencias mundiales les interesa en absoluto lo que sucede en este país africano. Kenia se desangra por los cuatro costados y todos miran hacia otro lado. El odio tribal que parecía que en esta sociedad había desaparecido, como una mala bicha, ha vuelto a salir de su escondrijo y ha dado un zarpazo mortal inesperado que ha causado cientos de muertos y miles de desplazados.

Una clase política corrupta e irresponsable ha sido la detonante del comienzo de la barbarie, que ni siquiera ha respetado una de las economías más prósperas del África negra. Cuando parecía que a pesar de los saqueos de las arcas públicas y del despotismo de sus dirigentes, el país tiraba para adelante, con la economía en pleno crecimiento por el motor del turismo, con unas jóvenes generaciones con estudios superiores, y olvidado ya el problema del hambre, llega de nuevo la barbarie, el abismo, la sangre y la muerte: el odio tribal.

No esperemos milagros desde ninguna parte, porque no los va a haber. Confiemos en que la propia sociedad keniata sepa poner freno a las muertes y a la impunidad por si sola, porque sino la sangre y el dolor volverán a formar parte de los luces y sombras de la eterna sabana africana.

lunes, noviembre 05, 2007

África en el recuerdo.

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Dentro de pocos días se van a cumplir tres años de la llegada a mi teléfono móvil de aquel SMS que me proponía sin tapujos y con una lascivia desvergonzada si quería viajar a África.

Recuerdo cuál era mi opinión respecto al continente negro antes de ese viaje. Podría utilizar muchos adjetivos para calificar a mi conciencia, pero con tan sólo uno bastará: indiferencia.



Mi vuelta a España fue dura y difícil. Desde el momento que volví a pisar Barajas fui consciente de que mi persona había cambiado, una careta, quizás una máscara de la propia cobardía y el miedo ante lo diferente y lo desconocido se había caído. Otra realidad, diferente a la que estamos acostumbrados a disfrutar cada día en nuestra cómoda cotidianidad, estaba dentro de mi. Cada poro de mi cuerpo se había impregnado de otra pátina, de otro soplo vital que aparte de convertirme en un espíritu un poco más libre, nunca más me permitiría volver a mirar con “indiferencia” a ningún rincón del planeta.

Mucha gente dice que cuando uno conoce África, cuando recorre sus senderos polvorientos o cuando pasea por sus caóticas y mal olientes ciudades, se enamora de ese continente tan cargado de contrastes y desigualdades. Y ese enamoramiento no es pasajero, como las golondrinas de Gustavo Adolfo Bécquer, siempre vuelve.

En esta ocasión, a modo de celebración de este tercer aniversario, y como dedicatoria para todos aquellos “keniatas” que sienten como la carne de gallina vuelve cada vez que oyen hablar de Voi, o de Mombasa, y para una amigo que tiene ante si la difícil decisión de decidir si se marcha de España o no por una larga temporada, van dedicados los siguientes dos breves apuntes, claros ejemplos de que África todavía sigue muy dentro de mi.

Ryszard Kapuszinski, durante su larga trayectoria como reportero recorrió medio mundo, y nos dejó una obra muy valiosa por muchos motivos, pero esencialmente porque consiguió tomar el pulso de las sociedades con las que convivió desde lo más profundo de si mismas, mezclándose con las gentes de la calle, alejándose de los ficticios y corruptos círculos del poder.



Ébano, es una de las obras más conocidas de Kapuszinski. El gran periodista polaco nos acerca a unas cuantas sociedades africanas, todas muy lejanas y desconocidas para nosotros, para contarnos a cara de perro, cómo se sobrevive allí, o para recordarnos cual es la historia de muchos de esos países que “nacieron” tras la desintegración del colonialismo europeo. Pero a parte de eso, Kapuszinski, nos acerca a la vida del africano, cómo vive, cómo se relaciona, porqué actúa de una manera u otra, es decir, nos muestra el lado humano de unas sociedades diferentes y desconcertantes para una mente occidental en muchos aspectos, pero también ricas y bellas, y rodeadas, incluso hoy en día, de nebulosas de misterio y leyenda.

Kapuszinski, capítulo a capítulo, salta de un país a otro, ora en la capital de Nigeria, Lagos, ora en Kampala, en Uganda, ora charla con un brujo en Ruanda, ora convive con una tribu en el corazón de Senegal. Y teniendo todavía en la memoria el estremecedor relato de la sangrante dictadura de Idi Amín en Uganda, que masacró a su propio pueblo sin ton ni son, viendo miles de enemigos dónde no los había, tan sólo para poder vencer a unos fantasmas que ahogaban el carisma de su persona, meses después me encuentro con la película de Kevin Maccdonald, “El último rey de Escocia”.

Kevin Macdonald nos ofrece un relato fascinante. Un joven médico escocés, sin un rumbo fijo y en busca de aventura se apunta a un viaje a Uganda para colaborar con un puesto médico en una aldea africana. Un encuentro fortuito con Idi Amín lo convierte en consejero del presidente, y de esta manera puede vivir en persona el complejo desarrollo de la figura de uno de los más sangrientos dictadores de África.

La película nos ofrece un relato muy real de lo que en muchos casos son algunos de los líderes africanos negros: unos ineptos que han llegado al poder ayudados por el ejército, pero sin embargo no preparados para asumir ese tipo de responsabilidades de gobierno, que en seguida desconfían de todo lo que se mueve, y tan sólo se rodean de los fieles de su tribu y de un sanguinario servicio de seguridad para mantenerse en lo más alto.

Macdonald, como Kapuszinski en muchas ocasiones, toma muy bien el pulso de la sociedad que intenta describir, la dictadura de Amín, y el metraje de su película avanza a la par que la figura del victorioso dictador cada vez va decayendo más y más, hasta que llega a su fin.

martes, marzo 28, 2006

VIAJES. El Lunatic Express.

Este fin de semana, en el suplemento de Viajes del diario El Mundo venía un especial de los trenes más famosos y más turísticos del mundo y sus recorridos. Uno de ellos era el Tren de la Luna en Kenia, que recorría los 500 y pico kilómetros que separan Nairobi de Mombasa en unas 14 horas.

No me sonaba para nada el nombre del Tren de la Luna que recogía el diario, pero este tren para mi siempre será el Lunatic Express. Nunca podré olvidar la noche que pasé en sus entrañas, allá por el mes de febrero en 2005.

La noche comenzó como muchas otras, con unas buenas y bien frías Tusker, una de las mejores cervezas de África, a las que siguieron unos cubatas de Bond 7 con Coca Cola. No recuerdo bien a qué hora vino a recogernos el taxi, pero lo que si recuerdo es que esta vez nuestro chofer era Elvis, llevaba un DVD instalado en el coche y nos martilleó todo el camino hasta la estación con videoclips occidentales a todo volumen.

Al llegar a la estación de Voi, todo cambió, como si hubiéramos retrocedido un par de siglos sin enterarnos. Nos abría las puertas de par en par y nos daba la bienvenida un edificio sacado del siglo diecinueve, con bancos destartalados, ventiladores, y paneles de madera dónde se indicaban los destinos y las horas. Tardamos una media hora en tramitar los billetes en una desvencijada oficina dónde el funcionario de los Ferrocarriles Keniatas nos entendía a medias o nosotros le comprendíamos tan poco como él a nosotros. Al fin tuvimos los billetes en la mano: íbamos a compartir un coche cama: cuatro literas en cada compartimento.

Todavía era noche cerrada, sobre las tres y media de la mañana, cuando la sirena y la luz delantera del Lunatic nos sobresaltaron. Tras un estrépito de ruidos y piezas chirriando entre si, el Lunatic se detuvo. Era el momento de subir, pero no había luz, ¿cómo hostias íbamos a encontrar nuestro vagón? No veníamos preparados, sin linternas y con ningún compañero fumador que con su encendedor nos pudiera sacar del aprieto. Al final entramos en un vagón cualquiera y con la luz de nuestros móviles encontramos a duras penas nuestro habitáculo, después de mil y uno “I’m sorry” a otros tantos pasajeros que dormían plácidamente y no esperaban que un occidental medio borracho entrara sin llamar a su compartimento.

Cuando los cuatro ya estábamos en nuestras literas, y el Lunatic ya surcaba la sabana africana del Tsavo National Park guiado por los constantes guiños de las estrellas, de repente y sin avisar alguien entró en nuestro compartimento. Tan fugaz fue su entrada como su salida, en treinta segundos nos explicó que nos dejaba una lámpara de gas por si necesitábamos luz durante el trayecto y se esfumó en la oscuridad de un pasillo estrecho y claustrofóbico que unía los vagones.

Dormimos un par de horas. A las seis de la mañana ya estábamos de pié, amanecía un nuevo día. El momento había llegado: una de las cosas más fascinantes que se pueden presenciar en el Lunatic es la salida del sol desde una de las ventanas del pasillo del vagón. Ves como los primeros rayos solares se dejan ver tímidamente entre la bruma mañanera de la sabana africana, y como poco a poco va ganando altura y la gama cromática de naranjas, rosas y amarillos va cambiando cada segundo delante de tus narices.

Ya sólo nos quedaba pasarnos por el coche cafetería y disfrutar de un buen desayuno. El vagón restaurante también parecía recién sacado del baúl de los recuerdos. Había dos filas de mesas, para cuatro comensales, una a cada lado de las ventanas. Los camareros iban de blanco satén y los cubiertos y resto de utilería de cafetería era de lo más cutre que recuerdo en años. El reportaje del diario el Mundo dice que aún te puedes encontrar con algún cubierto de plata de los tiempos del Uganda Railway, pero a mi no me tocó ninguno, porque si se llega a dar el caso, ese trofeo estaría ahora en un lugar privilegiado de mi estantería.

Sonido de sirenas y de nuevo chirridos. Murmullos por todos los lados, movimientos de pasajeros con equipajes. Destino final: Mombasa, otro pequeño universo por descubrir delante de nuestras narices. Para otro día el final de la historia.

jueves, diciembre 29, 2005

Aventura en África: Kenia 2005.

El 2 de enero se acerca. Poco queda ya. El año pasado por estas fechas teníamos todo preparado para embarcarnos en un boeing rumbo a tierras africanas. La aventura, lo desconocido, pero también un montón de gente extraordinaria por conocer nos esperaba.

Ahora que estamos a punto de cumplir el primer aniversario de nuestra primera experiencia africana, los recuerdos empiezan a aflorar, los rostros, los momentos especiales, las situaciones que nos hicieron no parar de reír, todo lo que convirtió un simple viaje de trabajo en una experiencia inolvidable.


Estas fechas, las Navidades, tan propicias para rememorar lo acontecido en el año que se está terminando, esta vez no han sido la causa de que vuelva a mi memoria Kenia. Esta mañana cuando iba a trabajar en Barajas me he cruzado en un abandonado y oscuro pasillo, colgado, con un cuadro, una lámina enmarcada de un cartel publicitario clásico, de allá por los años setenta, de una conocida línea aérea española. Se trataba de un dibujo de un guepardo, altivo, elegante, orgulloso, mirando al frente sobre un fondo que intentaba representarlas interminables llanuras de la sabana africana, con su hierbas altas y sus acacias y espinos solitarios. Rotulado en negro se podía leer Kenia.

Una vez más me rodea la nostalgia, la morriña como tan bien definen esta sensación los gallegos. Recuerdos y más recuerdos se agolpan dentro de mi cabeza, todos ellos quieren salir, ver la luz de nuevo. Todavía está muy reciente la experiencia vivida, sentida, disfrutada al máximo, pero aunque el tiempo pase creo que la emoción que me sobresalta cada vez que rememoro esos días nunca desaparecerá. Lo presiento y tengo la certeza de que puedo afirmar que así va a ser.

Larga vida “keniatas” ¡Qué nos quiten lo bailado! Felices Fiestas a todos y que 2006 nos depare un año tan extraordinario como el pasado.

PD Queridos Reyes Magos: ¡por qué no otra salida como la keniata el año que viene? Yo me lo pido.

sábado, noviembre 19, 2005

VIAJES. Kenia en el recuerdo 1.

Se acerca la fecha. Es algo que irremediablemente hace retorcerse a mi estómago. La emoción me conmueve otra vez. Todos los poros de mi cuerpo transpiran de otra manera. Cientos de recuerdos no paran de chocar entre si dentro de mi cabeza, todos quieren ver la luz de nuevo, aunque sólo sea unas centésimas de segundo. Mil imágenes se agolpan una tras otra en mi retina ya humedecida.

Se va a cumplir el primer aniversario de nuestra salida hacia lo desconocido, hacia ese paradisiaco lugar del ecuador africano llamado Kenia. Un 2 de enero a una hora intempestiva, todos, nerviosos, nos agolpábamos en la terminal de salidas internacionales de Madrid Barajas. Destino: Nairobi, vía Amsterdam.

Habitación L31, Voi WildLife Lodge. Un despertador rompe el amanecer, un segundo le hace coro unos minutos después. “African breakfast”, la mejor comida de todo el día. Redacción: no llegan cintas. Bombas en la pileta del “spa”. De puta madre “my friend”, una cerveza bien fría “please”, que ya es hora. Más bombas: el entrenamiento diario del Amore E Vita, ¿para cuando esa etapa compañeros? Hoy toca cocido madrileño en la ciénaga de los de Rete, ¡por Dios que calores!, pero repito una vez más porque esta morcilla está de muerte. Siesta, siesta. Otra vez el maldito despertador. Reunión de “reality”, maldita su hora, ojos entrecerrados, bostezos, Pocholo: “pocho, siete, siete, pocho”. Cena, noche cerrada, territorio del “anopheles” maldito, la “bicha” acecha traicionera. Bond 7, whisky local, ¿por qué siempre falta una botella? ¡Más hielo, más hielo!. No me quiero acostar. Mañana control.

Los “made in Spain” toman posesión de la sábana del Tsavo. El rugido del Bedford rompe el eterno silencio del reino de lo salvaje. Control de campamento: Masai, Samburu. Cámara 10, giramos a la izquierda y vamos abriendo el plano para cubrir la llegada de los concursantes, en 10 segundos grabando, ¿todo ok? Vamos allá, 10, 9, 8, ... Estamos grabando. “Ranger”, ¡busquen a Pocholo, otra vez anda solo! No es calvo, tiene el pelo largo y un mal genio de cuidado. “Yes, bwana, a coke for me, please?” ¡Son las ocho de la mañana!!!!!!!! África siempre será África. Control para Joaquín, control para redacción, ¿hay alguien ahí?, joder no llega la comida. 45 grados a la sombra, a dormirla. Volvemos a casa.

[...]

+ Imagen: “El Índico cegador”.

VIAJES. Kenia en el recuerdo 2.

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Día libre. Atanás, cabrón, nunca olvidaremos tu nombre, ni tu forma de conducir. “Matatu” en marcha dirección Mombasa City. “Welcome – Karibu”. El inmenso y cegador Océano Índico de la primera vez quedará grabado para siempre en nuestras retinas. “Pirates Restaurant”, la primera langosta. Más champán, que no cava, ¡papuchi, papuchi! Todo vale para festejar la primera noticia que nos llegaba de Ainara, reina de la sábana. Vuelta a Voi. Noche traicionera africana rodeada de gritos en las cunetas de sombras tenebrosas tras hogueras humeantes que crepitan sin cesar.

Noche de gala. Poblado Masai. Control Retevisión: “Hello, trasmision from Kenia”. London’s Control: “go, go, ok”. El “transponder” pega el latigazo, se hace el milagro, cientos de telespectadores reciben la señal en sus casas a miles de kilómetros. Es hora de unos brindis, Bond 7 por doquier. Hasta el fin de la noche: “don’t disturb. People sleeping”.


¡Por el trakas Zaorejas!, ¡no me jodas!, ¡por el trakas! ¿Vienes a descargar el “pen (drive)” a mi habitación? ¡Qué sudores! Pumuki interrumpe su lectura por un tiempo indefinido, Panini no encuentra sus gafas, la perplejidad lo rodea hasta el fin de sus días. Se rompió la magia de la tarde de piscina. Otra vez el Amore E Vita, malditos sean. Siempre son los mismos, no respetan ni una comida, siempre hay risas y cachondeo en su mesa, y ahora esto. Envidia endiablada.

Arde la Torre Windsor en España. Colapso invernal por un temporal de nieve en casa. ¡Quememos nosotros la noche africana! Fiesta en el Lion Hill Restaurant. Quiero más alcohol. Sólo queda absenta bwana. Me beberé hasta lo que haya en el botiquín. ¡De este overland no nos moverán! ¡Indurain, Indurain! Voi Eslava, la disco de moda, invadida por una noche por el Amore. Orgía interminable.

80 días, con 80 noches que llegan a su fin. De nuevo ocho horas de vuelo, tras una jornada eterna en un camión de safari. Lágrimas cálidas de adiós con unos y de reencuentro con otros, otra vez en Madrid. ¡A chuparla!, ¡a chuparla! Hasta siempre.

Por esos miles de momentos inolvidables que me habéis regalado. Para ese Amore E Vita, que se dejó la piel en tierras extrañas, pero ya amigas para siempre. Para: Aracely, Joana, Inma, Paco, Juanma, Pedro, Pablo, Carlos. Mis compañeros del Amore E Vita. Y para el resto del magnífico equipo de Aventura en África. Y para los muchos amigos que se quedaron en Voi. Para todos, de corazón.

+ Imagen: “Anopheles, derribado”.

sábado, julio 16, 2005

¿DÓNDE ESTÁS JOYCE, CORAZÓN?




Hoy Kenia llena una página en un diario de tirada nacional, pero no se habla sobre sus entrañables gentes, o sobre su exuberante vegetación, o su increíble fauna. Tampoco sobre sus playas color turquesa, o sobre su exquisita gastronomía.
En Turbi, una aldea al nordeste de Kenia, cerca de Marsabit, una lucha entre tribus rivales, se ha cobrada la vida de 76 personas, en su mayoría mujeres y niños, según relata un misionero que trabaja en la zona y ha sido testigo de lo sucedido.
Hace unos meses tuve el placer de compartir unos meses de mi vida en Kenia con sus gentes. Fueron setenta y cinco días intensos e inolvidables, el suficiente tiempo como para tomar el pulso al país, a sus ciudadanos, para salirse de los itinerarios turísticos y saborear de veras lo genuino del África ecuatorial.
Entre muchos recuerdos imborrables, guardo con especial cariño, un día que fui
mos de excursión a Tahita Hills, recorriendo una senda, en medio de una inquietante vegetación, hasta llegar a una impresionante caída de agua cristalina. El camino de subida estaba jalonado de pequeñas aldeas. Aquel día debía de ser festivo para los escolares porque todos los niños estaban en los poblados, y se unían a nuestra comitiva a modo de profesión. Todo el camino fue una algarabía constante y risas y buen humor por todos los lados. Al final llegamos a la cascada rodeados de unos cincuenta niños.
Joyce apareció sin querer, pero se agarró a mi mano y parecía que no quería soltarse nunca. Tenía unos cuatro o cinco años, no más, llevaba el pelo muy cortito y una falda roída de color gris muy oscuro. Sus ojos estaban expectantes, no parpadeaban cada vez que me dirigía a ella, y cuando su timidez lo permitía me contestaba en un perfecto inglés con un entrañable acento africano muy melodioso. No se separó de mi durante toda la excursión, su débil manita estaba pegada a la mía, sólo se separaba de ella cuando sus hermanas mayores se la arrebataban, pero en seguida se las arreglaba para tenerme cerca lo más pronto posible.
Cuando regresábamos, el guía, nos dijo que se sentía muy agradecido, porque aunque a nosotros nos hubiera parecido un día más, que no lo fue, para todos esos niños, había sido quizás el día más feliz que fueran a tener en toda su vida. Los niños en África no juegan, no saben, en cuanto pueden trabajar, en el mejor de los casos, lo hacen, y su inocencia se ve pervertida para siempre.
Recuerdo que hubo una despedida difícil. Ya era tarde, bajábamos por la colina, en una especie de nube, sobrecogidos por el cariño de los niños, y por la sensación medio agridulce del adiós que se acercaba. Joyce seguía cogida de mi mano, y no paraba de saltar en cada pequeño montículo que nos cruzábamos en el camino. El momento más duro se acercaba, oías sus susurros cerca de mi nuca. En un momento dado, las hermanas de Joyce se desviaron de nuestra senda, Joyce tiraba de mi hacia ese lado, pero yo me resistía. Me paré en seco y miré a Joyce, sus ojillos oscuros y entrañables, empezaban a estar enrojecidos, una pequeña lágrima sobresalía en uno de sus lacrimales. Me miro, temblorosa, sus palabras se truncaban entre profundos suspiros, su carita de ángel, estaba cubierta de lágrimas, pero pude entender: “¿por qué te vas?”. Tengo clavada en mi corazón esa expresión, todavía me sobrecoge. La cogí entre mis brazos, la abrace y besé su pequeña cabecita. Sus brazos no me abarcaban, pero sus deditos intentaban juntarse tras mi espalda. Fue un abrazo emotivo, enternecedor, inolvidable. Me marché. Me volví dos veces y Joyce seguía en el mismo sitio donde la dejé, se secaba las lágrimas, pero seguía mi rastro con sus ojillos. La última vez que eché la mirada atrás me despedía con una mano en alto y su eterna sonrisa había vuelto a aparecer.
Ahora llegan noticias trágicas de ese rincón de África. Muy cerca en el 1994 se produjo la masacre de Ruanda. También no lejos está Darfur, en Sudán. ¿Dónde estás Joyce, corazón?