Mostrando entradas con la etiqueta Ciro Zorzoli. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ciro Zorzoli. Mostrar todas las entradas

sábado, noviembre 12, 2016

TEATRO. Premios y castigos. "El actor en su laberinto".

De Ciro Zorzoli.
Con: Mamen Duch, Carolina Morro, Jordi Oriol, Marta Pérez, Carmen Pla, Albert Ribalta, Jordi Rico, Ágata Roca y Marc Rodríguez
Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar.
Dirección: Ciro Zorzoli.
Madrid. Teatro de la Abadía. 6 de noviembre de 2016.



El recurso al teatro dentro del teatro no es nuevo, y tiene antecedentes egregios. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, El retablo de las maravillas cervantino, o a la troupe de cómicos que recluta Hamlet para desenmascarar a su padrastro? Y por citar algún antecedente más inmediato y que mantenga una relación más cercana con la obra que nos ocupa, cabe recordar dos espléndidos montajes, uno antológico, en pleno deshielo posfranquista y de sonoro título calderoniano: Céfiro agreste de olímpicos embates, de Alberto Miralles, allá por el 1983 y el más reciente Ensayando al Misántropo, de Luis D’Ors, visto aquí mismo en la Abadía en 2012.

En ambos, sendas compañías de teatro desvelan lo que se cuece entre bastidores antes, después o incluso durante la representación. Cómo la vida privada de los actores, sus relaciones, o su reflexión de fondo sobre los límites de la teatralidad se cuelan entre los intersticios de la trama e interfieren en el desarrollo de la acción.

Ciro Zorzoli, que ya en 2011 con Estado de ira nos deleitaba con una incisiva reflexión sobre la verdadera naturaleza de las relaciones que mantienen los actores entre sí y sobre la pureza y la búsqueda de la verdad escénica, nos convoca, de nuevo, a un delirante ejercicio metateatral para completar, si puede decirse así, esa indagación acerca de la esencia misteriosa y paradójica del trabajo del actor.

Para ello nos va a franquear el acceso al día a día de una compañía teatral, en concreto a una de las sesiones diarias de ejercicios que, supuestamente, todo buen actor debería de llevar a cabo para perfeccionar su práctica escénica.

Ayuna de un mínimo contenido argumental externo, de una fábula o anécdota, digamos, previa a la representación, esta pieza de Ciro Zorzoli se centra en la exploración del oficio de actor situando como epicentro del conflicto las tensiones que entran en liza en el proceso mismo de construcción del personaje y exponiendo sin tapujos ante los ojos del espectador lo que hay de natural y de artificio, de verdadero y falso, de realidad y ficción en dicho proceso y en sus resultados.

La obra arranca con un muestrario completo del inacabable repertorio de ejercicios de escuela -ejercicios de imitación, de movimiento, posturales, gestuales, etc...-, que incluye acciones tan peregrinas como, planchar, remendar, escribir, fumar, emborracharse o remover la sopa en un caldero. Luego vendrán unas no menos agotadoras y reiterativas prácticas de expresión de determinados sentimientos, emociones y estados de ánimo o de acciones a ellas asociadas, como miedo, ira, tristeza, alegría, conmiseración; llanto, besos, caricias, abrazos, etc...; para terminar con ejemplos de situaciones dramáticas típicas y alguna escena completa donde intervienen varios personajes.

Dicho así pareciera que nos situamos en un plano estrictamente académico y que la obra reflejaría ese trabajo riguroso, sistemático, callado de los ensayos, que encontramos, por ejemplo, en París 1949, donde Luis Jouvet analiza hasta la extenuación con la actriz protagonista el segundo monólogo de doña Elvira, del Dom Juan de Moliére. Pero nada más lejos de la realidad. El enfoque se aleja de cualquier ilusión de naturalismo para inscribirse en el dominio de la parodia. Desde el inicio el espectador sabe que está asistiendo a un juego, a un simulacro desenfadado y chusco, donde muchos de esos ejercicios y situaciones rozan lo grotesco y el absurdo. Sin excluir una crítica de fondo a los efectos deletéreos de la rutina y a la tiranía de las convenciones escénicas que terminan por aniquilar la verdadera creatividad personal.

El elenco en general hace un trabajo excelente y muestra un dominio sorprendente de los más variados recursos de la comicidad, contaminada en ocasiones del más delirante histrionismo. Cada uno por separado, en un remedo del más difícil todavía circense tiene, por así decir sus pequeños momentos de gloria, como el hilarante ataque de llanto de Víctor (Jordi Oriol), la descacharrante escena de la muerte por asfixia -léase garrote vil- que protagoniza René (Marc Rodríguez), la melopea de Francesca (Mamen Duch), el pintoresco Julio César de Salvador (Albert Ribalta) o las “desgarradoras” escenas de dolor de Amalia (Carme Pla) que sin tener cadáver al que aferrarse se abraza a lo primero que encuentra a mano. Por no mencionar la escenas finales, en las cuales, emulando ya a personajes concretos, se interpelan, se ayudan, se estorban, se corrigen, se apuntan unos a otros o duplican los papeles intentando arrebatarse el protagonismo y perdiendo incluso el control de sí mismos en un fin de fiesta verdaderamente antológico.

Gordon Craig.

Premios y castigos. Teatro de la Abadía.

viernes, junio 03, 2011

TEATRO. Estado de ira. "Sorprendente ejercicio metateatral".


de Ciro Zorzoli.
Con: Pablo Castronovo, Carlos Defeo, Marina Fantini, Valeria Lois, Vanesa Maja, Cecilia Meijide, Dalila Romero, Diego Rosental, María Inés Sancerni, Gabriel Urbani y Diego Velázquez.
Dirección: Ciro Zorzoli.
Madrid, Teatro de la Abadía.


¿Cabe un argumento más pintoresco que el relato de las peripecias de una especie de comando de teatreros, abnegados servidores del arte de Talía, dedicados a la urgente tarea de reciclar actores en paro e instruirlos de un día para otro en las complejidades de un personaje dramático? ¿Y a quién le importa la verosimilitud o la bondad del argumento? En esta hilarante comedia de Ciro Zorzoli eso corre por cuenta de Ibsen, una de cuyas obras más conocidas se toma como pretexto para apuntalar el desarrollo de una acción destinada especialmente a explorar los límites de la teatralidad. Además, habría dado igual Hedda Gabler (protagonista de la obra homónima de Ibsen a la que nos referimos), que Nora Helmer, de Casa de muñecas o, ya puestos, Escarlata O’Hara, de Lo que el viento se llevó; eso sí hacía falta un personaje redondo, una de estas heroínas de rompe y rasga de la larga nómina de personajes femeninos egregios que ha creado el teatro accidental que ofreciera recorrido suficiente para que Valeria Lois, la protagonista indiscutible del pieza, pudiera desplegar todo su talento de actriz.


El montaje es el resultado de esa cada vez más acusada propensión de la dramaturgia contemporánea a revisitar textos canónicos persiguiendo unos objetivos no siempre loables y con pobres resultados en el plano artístico. Me apresuro a decir que no es ese el caso en el montaje que nos ocupa. Antes bien, esa búsqueda de la verdad, que fue santo y seña de tantos personajes en las obras de Ibsen, se transforma aquí de la mano de Ciro Zorzoli en la búsqueda de la verdad del teatro mismo, en una penetrante indagación acerca de la esencia misteriosa, paradójica, del trabajo del actor, articulada en forma de un brillante ejercicio metateatral.

Así que tenemos a Valeria Lois, que en la ficción representa a la diva crepuscular Ana María Farucci que, a su vez, es Hedda Gabler en el segundo plano de la ficción; pero igualmente a Vanesa Maja que es la extravagante y dipsómana Carmen Bottari, que es la obsequiosa y protectora tía Juli; o a Diego Velázquez, que es Eugenio Lamar, el factotun de esta peculiar trouppe de cómicos, que a su vez, en tanto que sparring de la Farucci se convierte a ratos en Jorge Tesman y a ratos en el atribulado Eilert Lovborg; y así sucesivamente con los restantes actores y actrices del elenco en un trepidante juego teatral de una comicidad desbordante a la que el público asiste entre alborozado y exhausto ante la plétora de signos que reclaman su atención simultáneamente desde los cuatro puntos cardinales del escenario.

Este delirante carrusel de cambio de roles sobre el que cabalga la acción principal de la obra, que a veces llega al paroxismo, no oculta una cruda sátira de fondo de la que nadie sale indemne. Empezando por la obra original de Ibsen de la que este montaje hace una lectura múltiple, ambivalente, y corrosiva, una lectura desmitificadora de los estereotipos retóricos e ideológicos que la sustentan. Pero la ironía y el sarcasmo se despliegan también, y sobre todo, me atrevo a decir, contra la actitud fría, distante, casi funcionarial, carente de un auténtico compromiso con el arte con la que un segmento no desdeñable de la profesión teatral se enfrenta a su trabajo cotidiano sobre el escenario. Desde este punto de vista, la última escena en la que se interrumpe sin contemplaciones el ensayo a falta de una escena porque ha terminado la jornada laboral y la imagen de la actriz en penumbra, desnudada casi a la fuerza por la encargada del vestuario, resulta particularmente reveladora y atroz.

El trabajo de Valeria Lois, como ya hemos dicho, es portentoso. Da vértigo seguir sus evoluciones en escena, seguida de sus acólitos. Seduce, divierte, irrita, emociona, pero sobre todo sorprende, a cada momento, con lo que parece un inagotable arsenal expresivo de poses, miradas y gestos, desde el más banal signo de aquiescencia hasta las más extrema manifestación de histrionismo. Pero no hacen un trabajo menos meritorio, los ya citados Vanesa Maja, Diego Velásquez, o María Inés Sancerni, Pablo Castronovo o Carlos Dofeo, todos bajo la espléndida batuta de Ciro Zorzoli.

Gordon Craig.

Teatro de la Abadia. Estado de Ira.