"Que míseramente a sí misma se atormenta y lamenta su propia desgracia". Andrés Laguna.
Autor: Andrés Laguna. Dramaturgia de Ana Zamora.
Con: Juan Meseguer, Eva Jornet e Isabel Zamora
Arreglos y dirección musical: Alicia Lázaro
Vestuario y espacio escénico: Deborah Macías.
Iluminación: Pedro Yagüe.
Nao d’amores. Dirección: Ana Zamora.
XVII Festival de Artes Escénicas “Clásicos en Alcalá”.
Alcalá de Henares. Capilla de San Ildefonso de la universidad cisneriana. 21 de junio de 2017.
Tras el paréntesis de Penal de Ocaña, (noviembre de 2013), obra que dramatiza el desgarrador testimonio de María Josefa Canellada, abuela de la autora, en un hospital de sangre durante la Guerra Civil, y con el aval que le proporcionan sus anteriores y exitosos montajes sobre textos de teatro medieval y renacentista, vuelve Ana Zamora a indagar en nuestro pasado para dejar constancia de nuevo de cuan rico, fecundo y variado es nuestro patrimonio cultural y poner en evidencia a quienes con su incuria, ignorancia o mala fe pretenden menoscabarlo o manipularlo en pro de intereses bastardos.
La obra nos retrotrae a enero de 1543 y recrea la alocución dirigida por el médico y humanista segoviano Andrés Laguna a los miembros de la facultad de las artes de la universidad de Colonia en la que se lamenta amargamente del proceso de acoso y derribo que está sufriendo la Europa de la época azotada por guerras, por las rivalidades doctrinales entre católicos y protestantes y por el progresivo abandono de las bases en que se había venido cimentando esa primera conciencia europea: los valores de la doble herencia cultural grecolatina y cristiana.
Un texto no teatral en sentido estricto, pero con más que evidentes trazas de una teatralidad incipiente que hay en las piezas oratorias, organizado según un complejo sistema de enunciación que combina los mecanismos propios de la alocución: vocativos, citas probatorias, interrogaciones retóricas o el empleo del estilo indirecto con un desdoblamiento de los interlocutores implicados, Europa y el Autor, que se dan mutuamente la réplica.
Estamos ante una estimulante y original experiencia estética, cifrada en unos códigos de representación que son ya marca de la casa y que incluyen un sugerente espacio sonoro y una ambientación colorista y naif, siendo precisamente una de las claves del montaje el empeño -de inspiración renacentista- por imbricar música y palabra en un único elemento significante. Así, la música, espléndida recreación de Alicia Lázaro, de partituras originales de la época, ejecutadas en directo por Eva Jornet e Isabel Zamora, se acompasa con las distintas fases del desarrollo de la pieza oratoria, subrayando algunos pasajes particularmente emotivos, fúnebres, festivos o burlescos, o acentuando siempre su ya de por sí marcada tonalidad elegíaca y paródica.
Respecto al espacio escénico, constituye un verdadero alarde de ingenio -que seguramente provocará la perplejidad de los puristas-, cómo se mimetiza el personaje de Europa con elementos de la propia escenografía, un curioso mapa antropomórfico del viejo continente del cartógrafo Sebastian Münster flanqueado por dos columnas dóricas coronadas con sendas cariátides y modificado al efecto para añadir los elementos que configuran el universo simbólico de ideas y valores en que se sustenta el discurso del conferenciante. Y es que, es la de Ana Zamora una poética del asombro que corre pareja con el candor de los pastores que se aprestan a seguir el camino marcado por la estrella en el Auto de los Reyes Magos o con la crédula aceptación de los más graves misterios y prodigios por parte de los rústicos aldeanos del Auto de la Sibila Casandra. Una directora que proyecta sobre todo lo que toca una mirada limpia, penetrante, sabia, ajena de prejuicios y de intencionalidad doctrinaria; ingenua, en el mejor sentido del término, y capaz de contagiar esa ingenuidad a los espectadores y activar los resortes de una sensibilidad abotargada por el recurrente bombardeo de argumentos manidos y de estímulos anodinos cuando no directamente vulgares.
Joan Messeguer, acompañado ocasionalmente por Eva Jornet e Isabel Zamora hace un portentoso trabajo de interpretación desdoblándose en las figuras de Europa y el conferenciante. Tras un sencillo atril desde el que se dirige a los espectadores, en un exiguo pedestal que limita considerablemente sus posibilidades de movimiento, va desgranando sus razones y argumentos ora como el propio Andrés Laguna, ora como efigie de “Europa Regina” exhibiendo un extraordinario arsenal de recursos de la voz y de la expresión corporal para dar curso a las variadas modulaciones timbres y tonos que exige su discurso. Así transita con inusitada desenvoltura del tono sombrío y quejumbroso del exordio en el que describe la situación calamitosa del viejo continente a la mesura y seguridad con que apela a la cordura de los príncipes de la Iglesia, a la vehemencia con la que reclama el consuelo de la fe, o a la firmeza con la que denuncia los horrores de la guerra. Pero puede convertirse, asimismo, en una Europa lacrimosa que entona la palinodia de sus yerros, quejosa por la ausencia de hombres ilustres, desengañada, transida de dolor por quienes antes la cortejaban y ahora la abandonan a su suerte, o entusiasta y ufana en la descripción de los países y hermosas regiones que la integran.
Oportuno, pues, el rescate de este texto en la era del “Brexit”, del azote desestabilizador del terrorismo islámico y de las tensiones interregionales avivadas por el populismo y los nacionalismos excluyentes de nuevo cuño. Arriesgada e insólita apuesta artística; todo un reto, y un estímulo impagable para la reflexión en unos tiempos en los que el debate público no brilla particularmente por su altura intelectual.
Gordon Craig.
Clásicos en Alcalá. Europa que a sí misma se atormenta.
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miércoles, agosto 16, 2017
lunes, julio 06, 2015
TEATRO. Triunfo de amor. "El alborear del Renacimiento".
A partir de textos de Juan del Enzina.
Compañía Nao d’Amores.
Dramaturgia y dirección: Ana Zamora.
Con: Sergio Adillo, Javier Carramiñana e Irene Serrano.
Arreglos y dirección musical: Alicia Lázaro. Músicos: flautista: Eva Jornet; percusionista y salterio: Rodrigo Muñoz; órgano: Isabel Zamora.
Espacio escénico: David Faraco.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho y Pedro Yagüe.
XV edición del Festival de las Artes Escénicas “Clásicos en Alcalá”. Corral de Comedias.
Cuando uno relee los versos de Juan del Enzina del Cancionero de 1496 o se deja envolver por el aroma delicado y sensual de sus propias composiciones musicales destinadas al acompañamiento no puede evitar que se dispare la nostalgia por la lejana y brumosa y época de los albores del Renacimiento, fecundo crisol de creencias, culturas, tendencias y orientaciones estéticas diversas; y se comprende, asimismo, la fascinación que sobre los creadores actuales más inquietos deben ejercer unas obras de tan aquilatado valor artístico. Lástima que no se prodiguen más. Por suerte nos quedan directores como Ana Zamora que, desde 2004, casi a espectáculo por año, nos viene deleitando con sus montajes de tales obras.
Tras Gil Vicente, Lucas Fernández, el anónimo Auto de los reyes Magos o las Danzas de la muerte castellanas, con un vasto bagaje de conocimientos y acreditada experiencia, se enfrenta esta joven directora por fin a quien la crítica reconoce como el verdadero impulsor de la transición del teatro medieval al teatro renacentista castellano, el poeta, músico y dramaturgo salmantino Juan del Enzina (1469-1529). Y lo hace con una adaptación -síntesis, más bien-, de tres de las más importantes obras de la segunda época de su producción dramática: El triunfo del Amor, La égloga de Cristino y Febea, y la de corte decididamente profano Egloga de Plácida y Victoriano, obra de mayor complejidad constructiva y que habría de sentar las bases de la comedia italianizante.
Las tres piezas combinan el ambiente popular y bucólico con elementos cortesanos y consagran el triunfo del ideario renacentista y su concepción pagana de la existencia. Mantienen una prodigiosa frescura y espontaneidad, aun para un público contemporáneo, merced a la exquisita musicalidad del verso, a la rica imaginería popular y a la facundia de unos diálogos servidos por un lenguaje desenfadado, irónico y que encierra una rara aureola de ingenuidad y primitivismo.
Como en ocasiones anteriores, Ana Zamora se ha rodeado de un excelente equipo técnico, empezando por Miguel Ángel Camacho, responsable de la iluminación, impecable, como siempre, en la creación de atmósferas –ocasionalmente, quizá, adquiera un exceso de protagonismo-, y terminando por David Faraco, autor del espacio escénico, un sobrio retablillo de paneles móviles de madera maciza a mitad de camino entre tablado de marionetas y retablo de iglesia que resulta un marco sencillo, coqueto y muy versátil para acoger la peripecias y tribulaciones de estos enamoradizos lugareños. Y por supuesto, la ambientación musical, espléndida recreación de Alicia Lázaro, sobre partituras originales de cancioneros de la época y del propio Juan del Enzina, ejecutada en directo, y que se incardina con el resto de los elementos de la acción dramática como sustrato de la danza, como sonidos de fondo de la naturaleza, de esquilas o cencerros, o subrayando algunos pasajes particularmente emotivos, cómicos o burlescos, como desmayos, caídas o tropezones, en la estela de la comicidad de la Comedia del Arte, de cuyos recursos se sirven con frecuencia los actores. Todo, en fin, muy cuidado hasta el último detalle como es habitual en los trabajos de esta directora, incluido un exquisito tratamiento del verso castellano, que es quizá uno de los mayores atractivos del montaje.
En un tono general festivo, frivolo, rayando a veces -sin sobrepasarla-, la frontera fácil del histrionismo, los tres actores abordan múltiples papeles, transitando a veces de uno a otro con caracterizaciones a la vista del público o haciendo “dobletes” inverosímiles, como el de Amor y Cristino, a quienes interpreta alternativamente un divertidísimo Javier Carramiñana, o el de Irene Serrano que abandona el cuerpo muerto de Plácida para encaramarse al retablillo reconvertida en una rutilante Venus de las “plumas”.
Previamente ya habíamos asistido a todo un recital interpretativo de esta actriz, una Plácida varada entre el despecho y el enojo por los desvíos de Victoriano o en un espléndido monólogo antes de quitarse la vida. Y lo mismo vemos a Sergio Adillo como el rústico simple y un punto cazurro Pelayo, que como el indeciso Victoriano, ora doliente y apesadumbrado amador, quejoso de la ausencia de Plácida, ora impostando las maneras de un conquistador -poco convencido, la verdad- ante la vivaracha y desvergonzada buscona Flugencia. Los tres intérpretes derrochan frescura, entusiasmo y oficio y rivalizan en el dominio de los más variados registros de la comicidad; lo mismo bailan danzas populares que unen sus voces a los instrumentistas en inspiradas interpretaciones corales.
Un espectáculo, en fin, rozagante, divertido, con su punto de picardía sin llegar a ser procaz; lleno de encanto y sensibilidad, pletórico de efectos expresivos de la teatralidad más primaria que entusiasmó al auditorio, puesto en pié al final en un cerrado y unánime aplauso.
Gordon Craig.
Clásicos en Alcalá. Triunfo de amor.
Compañía Nao d’Amores.
Dramaturgia y dirección: Ana Zamora.
Con: Sergio Adillo, Javier Carramiñana e Irene Serrano.
Arreglos y dirección musical: Alicia Lázaro. Músicos: flautista: Eva Jornet; percusionista y salterio: Rodrigo Muñoz; órgano: Isabel Zamora.
Espacio escénico: David Faraco.
Iluminación: Miguel Ángel Camacho y Pedro Yagüe.
XV edición del Festival de las Artes Escénicas “Clásicos en Alcalá”. Corral de Comedias.
Cuando uno relee los versos de Juan del Enzina del Cancionero de 1496 o se deja envolver por el aroma delicado y sensual de sus propias composiciones musicales destinadas al acompañamiento no puede evitar que se dispare la nostalgia por la lejana y brumosa y época de los albores del Renacimiento, fecundo crisol de creencias, culturas, tendencias y orientaciones estéticas diversas; y se comprende, asimismo, la fascinación que sobre los creadores actuales más inquietos deben ejercer unas obras de tan aquilatado valor artístico. Lástima que no se prodiguen más. Por suerte nos quedan directores como Ana Zamora que, desde 2004, casi a espectáculo por año, nos viene deleitando con sus montajes de tales obras.
Tras Gil Vicente, Lucas Fernández, el anónimo Auto de los reyes Magos o las Danzas de la muerte castellanas, con un vasto bagaje de conocimientos y acreditada experiencia, se enfrenta esta joven directora por fin a quien la crítica reconoce como el verdadero impulsor de la transición del teatro medieval al teatro renacentista castellano, el poeta, músico y dramaturgo salmantino Juan del Enzina (1469-1529). Y lo hace con una adaptación -síntesis, más bien-, de tres de las más importantes obras de la segunda época de su producción dramática: El triunfo del Amor, La égloga de Cristino y Febea, y la de corte decididamente profano Egloga de Plácida y Victoriano, obra de mayor complejidad constructiva y que habría de sentar las bases de la comedia italianizante.
Las tres piezas combinan el ambiente popular y bucólico con elementos cortesanos y consagran el triunfo del ideario renacentista y su concepción pagana de la existencia. Mantienen una prodigiosa frescura y espontaneidad, aun para un público contemporáneo, merced a la exquisita musicalidad del verso, a la rica imaginería popular y a la facundia de unos diálogos servidos por un lenguaje desenfadado, irónico y que encierra una rara aureola de ingenuidad y primitivismo.
Como en ocasiones anteriores, Ana Zamora se ha rodeado de un excelente equipo técnico, empezando por Miguel Ángel Camacho, responsable de la iluminación, impecable, como siempre, en la creación de atmósferas –ocasionalmente, quizá, adquiera un exceso de protagonismo-, y terminando por David Faraco, autor del espacio escénico, un sobrio retablillo de paneles móviles de madera maciza a mitad de camino entre tablado de marionetas y retablo de iglesia que resulta un marco sencillo, coqueto y muy versátil para acoger la peripecias y tribulaciones de estos enamoradizos lugareños. Y por supuesto, la ambientación musical, espléndida recreación de Alicia Lázaro, sobre partituras originales de cancioneros de la época y del propio Juan del Enzina, ejecutada en directo, y que se incardina con el resto de los elementos de la acción dramática como sustrato de la danza, como sonidos de fondo de la naturaleza, de esquilas o cencerros, o subrayando algunos pasajes particularmente emotivos, cómicos o burlescos, como desmayos, caídas o tropezones, en la estela de la comicidad de la Comedia del Arte, de cuyos recursos se sirven con frecuencia los actores. Todo, en fin, muy cuidado hasta el último detalle como es habitual en los trabajos de esta directora, incluido un exquisito tratamiento del verso castellano, que es quizá uno de los mayores atractivos del montaje.
En un tono general festivo, frivolo, rayando a veces -sin sobrepasarla-, la frontera fácil del histrionismo, los tres actores abordan múltiples papeles, transitando a veces de uno a otro con caracterizaciones a la vista del público o haciendo “dobletes” inverosímiles, como el de Amor y Cristino, a quienes interpreta alternativamente un divertidísimo Javier Carramiñana, o el de Irene Serrano que abandona el cuerpo muerto de Plácida para encaramarse al retablillo reconvertida en una rutilante Venus de las “plumas”.
Previamente ya habíamos asistido a todo un recital interpretativo de esta actriz, una Plácida varada entre el despecho y el enojo por los desvíos de Victoriano o en un espléndido monólogo antes de quitarse la vida. Y lo mismo vemos a Sergio Adillo como el rústico simple y un punto cazurro Pelayo, que como el indeciso Victoriano, ora doliente y apesadumbrado amador, quejoso de la ausencia de Plácida, ora impostando las maneras de un conquistador -poco convencido, la verdad- ante la vivaracha y desvergonzada buscona Flugencia. Los tres intérpretes derrochan frescura, entusiasmo y oficio y rivalizan en el dominio de los más variados registros de la comicidad; lo mismo bailan danzas populares que unen sus voces a los instrumentistas en inspiradas interpretaciones corales.
Un espectáculo, en fin, rozagante, divertido, con su punto de picardía sin llegar a ser procaz; lleno de encanto y sensibilidad, pletórico de efectos expresivos de la teatralidad más primaria que entusiasmó al auditorio, puesto en pié al final en un cerrado y unánime aplauso.
Gordon Craig.
Clásicos en Alcalá. Triunfo de amor.
lunes, diciembre 02, 2013
TEATRO. Penal de Ocaña: "Palabras verdaderas".
De María Josefa Canellada.
Dramaturgia y dirección: Ana Zamora.
Compañía Nao d’amores.
Con: Elena Rayos e Isabel Zamora.
Arreglos y dirección musical: Alicia Lázaro.
Madrid. Sala Kubik Fabrik

“Mientras tenga este fondo insobornablemente mío”.
En este tiempo de medias verdades, de ocultación o enmascaramiento sistemático de la realidad, de sumisión a la tiranía de lo políticamente correcto, de frivolidad, de moral utilitaria y acomodaticia, en suma, este nuevo espectáculo de Ana Zamora destila el inconfundible aroma de lo auténtico. La experiencia terrible, en un hospital de sangre desde el otoño del 36 al verano del 37, vivida -y aceptada-, por una joven estudiante de letras, que narra Penal de Ocaña, nos induce a la reflexión serena y nos embarga con la emoción profunda que sólo pueden provocar en el ánimo las palabras verdaderas. Porque hay un fondo incontestable de verdad en ese desgarrador testimonio de unos días aciagos que constituye el texto original, biográfico, de María Josefa Canellada, testimonio de una experiencia vivida desde la lucidez, desde la consciencia plena de la magnitud del horror y desde la aceptación responsable de su nuevo e impostergable deber de ayudar a las víctimas.
Articulado en una sucesión de escenas que se correspondería con las sucesivas entradas de su diario, el espectáculo discurre a buen ritmo mostrando entre fugaces estampas del Madrid de la época, con sus tranvías atestados, el bullir de soldados o el fragor de las bombas, durísimas escenas que reflejan la atención a los heridos, su sufrimiento, su muerte y su vela en la soledad del depósito de cadáveres. Y colándose por entre los intersticios de esa crónica de la privación, del dolor y de la muerte, afloran los retazos de una cotidianidad -el trabajo académico, la preocupación por sus hermanos en el frente, la correspondencia con amigas o profesores-, truncada por el devenir de la guerra; y la pena y la honda sensación de tristeza; y el grito de rebeldía, ante tanta y tan injustificada barbarie, de una mujer que se niega a compartir el odio que se predica a los combatientes y a aceptar que cualquier causa por elevada que parezca merezca cobrarse el precio de una sola vida. Porque uno de los aspectos más sorprendentes de este ejemplar testimonio es precisamente la singularización o la personalización de la muerte; no son las cifras, la fría estadística lo que cuenta, sino cada muerte individual, hondamente sentida como propia: “¿Tú comprendes, Luisilla? (...) Verdad que tú comprendes esto que les extraña a todos, que yo llore por uno cualquiera, cuando se mueren los hombres a montones?”
Como en anteriores montajes de Ana Zamora, la música cobra también en éste un papel primordial. En esta ocasión es un piano en directo (al teclado Isabel Zamora, “partenaire” ocasional de la protagonista) el que dialoga permanente con la palabra, bien en forma de efectos especiales, o ilustrando algunos pasajes, o coloreándolos de ciertas tonalidades indispensables para la creación de la adecuada atmósfera emocional. El protagonismo, de todos modos, es para la palabra, una palabra de manantial claro y transparente, exacta en la descripción de los hechos, recia en la pintura del dolor y desgarrada en la evocación de la pena; ora ceñida a la sobriedad de la idea ora más libre y enderezada a la evocación y al vuelo poético.
Espléndida la dramaturgia y eficacísima la labor de dirección escénica, meticulosa y atenta a un sin fin de detalles nimios sólo en apariencia que delatan una exquisita sensibilidad femenina. La iluminación y el vestuario coadyuvan con la música a evocar el ambiente de la época y la lóbrega atmósfera en blanco y negro del penal, aunque el protagonismo indiscutible es para el trabajo actoral de una Elena Rayos pletórica de energía desde el momento en que irrumpe en escena como un auténtico ciclón encarnando a una joven entusiasmada con la perspectiva de su primera noche de guardia en el hospital. Con su media melena y su desaliñado atuendo negro acierta a dar con un tipo físico que se nos hace familiar desde el primer momento, un tipo que se aviene con el carácter reflexivo y jovial, con la vehemencia, con la vitalidad y con la pasión del personaje. Sería imposible dar cuenta aquí de la riqueza de matices que incorpora en su proceso de caracterización, pero lo que resulta indiscutible es que sabe pulsar la fibra más sensible del espectador y lo subyuga arrastrándolo en su complejo itinerario vital y existencial, obligándole, obligándonos, de grado, a seguirla en sus efusiones cordiales, en sus raptos de angustia, en su indignación por la indiferencia ante el dolor, o en su abnegada y generosa entrega al cuidado casi maternal de los heridos.
Gordon Craig.
Penal de Ocaña. Sala Kubik Fabrik.
Próximamente en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares.
Dramaturgia y dirección: Ana Zamora.
Compañía Nao d’amores.
Con: Elena Rayos e Isabel Zamora.
Arreglos y dirección musical: Alicia Lázaro.
Madrid. Sala Kubik Fabrik
En este tiempo de medias verdades, de ocultación o enmascaramiento sistemático de la realidad, de sumisión a la tiranía de lo políticamente correcto, de frivolidad, de moral utilitaria y acomodaticia, en suma, este nuevo espectáculo de Ana Zamora destila el inconfundible aroma de lo auténtico. La experiencia terrible, en un hospital de sangre desde el otoño del 36 al verano del 37, vivida -y aceptada-, por una joven estudiante de letras, que narra Penal de Ocaña, nos induce a la reflexión serena y nos embarga con la emoción profunda que sólo pueden provocar en el ánimo las palabras verdaderas. Porque hay un fondo incontestable de verdad en ese desgarrador testimonio de unos días aciagos que constituye el texto original, biográfico, de María Josefa Canellada, testimonio de una experiencia vivida desde la lucidez, desde la consciencia plena de la magnitud del horror y desde la aceptación responsable de su nuevo e impostergable deber de ayudar a las víctimas.
Articulado en una sucesión de escenas que se correspondería con las sucesivas entradas de su diario, el espectáculo discurre a buen ritmo mostrando entre fugaces estampas del Madrid de la época, con sus tranvías atestados, el bullir de soldados o el fragor de las bombas, durísimas escenas que reflejan la atención a los heridos, su sufrimiento, su muerte y su vela en la soledad del depósito de cadáveres. Y colándose por entre los intersticios de esa crónica de la privación, del dolor y de la muerte, afloran los retazos de una cotidianidad -el trabajo académico, la preocupación por sus hermanos en el frente, la correspondencia con amigas o profesores-, truncada por el devenir de la guerra; y la pena y la honda sensación de tristeza; y el grito de rebeldía, ante tanta y tan injustificada barbarie, de una mujer que se niega a compartir el odio que se predica a los combatientes y a aceptar que cualquier causa por elevada que parezca merezca cobrarse el precio de una sola vida. Porque uno de los aspectos más sorprendentes de este ejemplar testimonio es precisamente la singularización o la personalización de la muerte; no son las cifras, la fría estadística lo que cuenta, sino cada muerte individual, hondamente sentida como propia: “¿Tú comprendes, Luisilla? (...) Verdad que tú comprendes esto que les extraña a todos, que yo llore por uno cualquiera, cuando se mueren los hombres a montones?”
Como en anteriores montajes de Ana Zamora, la música cobra también en éste un papel primordial. En esta ocasión es un piano en directo (al teclado Isabel Zamora, “partenaire” ocasional de la protagonista) el que dialoga permanente con la palabra, bien en forma de efectos especiales, o ilustrando algunos pasajes, o coloreándolos de ciertas tonalidades indispensables para la creación de la adecuada atmósfera emocional. El protagonismo, de todos modos, es para la palabra, una palabra de manantial claro y transparente, exacta en la descripción de los hechos, recia en la pintura del dolor y desgarrada en la evocación de la pena; ora ceñida a la sobriedad de la idea ora más libre y enderezada a la evocación y al vuelo poético.
Espléndida la dramaturgia y eficacísima la labor de dirección escénica, meticulosa y atenta a un sin fin de detalles nimios sólo en apariencia que delatan una exquisita sensibilidad femenina. La iluminación y el vestuario coadyuvan con la música a evocar el ambiente de la época y la lóbrega atmósfera en blanco y negro del penal, aunque el protagonismo indiscutible es para el trabajo actoral de una Elena Rayos pletórica de energía desde el momento en que irrumpe en escena como un auténtico ciclón encarnando a una joven entusiasmada con la perspectiva de su primera noche de guardia en el hospital. Con su media melena y su desaliñado atuendo negro acierta a dar con un tipo físico que se nos hace familiar desde el primer momento, un tipo que se aviene con el carácter reflexivo y jovial, con la vehemencia, con la vitalidad y con la pasión del personaje. Sería imposible dar cuenta aquí de la riqueza de matices que incorpora en su proceso de caracterización, pero lo que resulta indiscutible es que sabe pulsar la fibra más sensible del espectador y lo subyuga arrastrándolo en su complejo itinerario vital y existencial, obligándole, obligándonos, de grado, a seguirla en sus efusiones cordiales, en sus raptos de angustia, en su indignación por la indiferencia ante el dolor, o en su abnegada y generosa entrega al cuidado casi maternal de los heridos.
Gordon Craig.
Penal de Ocaña. Sala Kubik Fabrik.
Próximamente en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares.
martes, julio 03, 2012
TEATRO. Farsas y églogas. "Unos pastores nada bucólicos".
De Lucas Fernández.
Con: Sergio Adillo, Eva Jornet, José Vicente Ramos, Elena Rayos, María
Alejandra Saturno, Juan Pedro Schwartz, Alejandro Sigüenza e Isabel Zamora.
Compañía Nao d’Amores. Versión y Dirección: Ana Zamora.
Arreglos y dirección Musical: Alicia Lázaro.
Alcalá
de Henares. Instituto
Cervantes.
Oscurecido por
la figura señera del prolífico Gil Vicente y por el estro rutilante de su coetáneo, poeta y músico cortesano, Juandel Encina, la obra de Lucas Fernández -como, por otra parte, la mayor parte
del teatro tardomedieval y renacentista castellano- ha permanecido durante
siglos en el más vergonzoso de los olvidos. Hay que agradecer, pues, la impagable labor de la joven directora Ana
Zamora y su empeño sostenido (ya va para 10 años capitaneando “Nao d’amores”)
en recuperar para la escena parte de ese tan rico como desconocido legado
cultural.
Bajo el título
genérico de Farsas y Églogas, nos presenta la directora, que además es
responsable de la versión, tres piezas profanas y una sacra del autor
salmantino: la Comedia de Bras Gil y Beringuella, la Farsa o
cuasicomedia de una doncella, un pastor y un caballero y la Farsa o
cuasicomedia de dos pastores, un soldado y una pastora y la Égloga o
farsa del nacimiento de Nuestro Redemptor Jesucristo. De exiguo recorrido
argumental, todas ellas de contenido amoroso, excepción hecha de la última que
se acomoda a la estructura de los officium pastorum, las cuatro obritas
dejan constancia de las singularidades de la dramaturgia peninsular, un teatro
que da muestras de una dramaticidad considerablemente desarrollada ya para la época, plasmada en unos diálogos
cargados de vida y espontaneidad. Son obras que están a medio camino entre la
farsa y la pieza cómico satírica; para su montaje Ana Zamora ha potenciado la
condición de caricatura grotesca que define a los personajes, unos personajes
no individualizados y que preludian los tipos que consagraría la comedia aúrea.
Personajes, por otro lado, que aunque en su mayoría son pastores, están muy
lejos en su comportamiento y actitudes de la convención pastoril, del bucolismo
que irrumpiría con tanta fuerza en el Renacimiento.
El trabajo de
los actores es espléndido; está al servicio de
esta concepción de los personajes a la que acabamos de aludir y en
general resuelven con solvencia y hasta con brillantez la ardua tarea de
compaginar un carácter rústico (simplón, a veces), en su físico, atuendo,
ademanes y reacciones con un lenguaje que , aunque parece llano y directo, con
el ritmo vivo y la expresividad del lenguaje popular, muestra a través del
verso un alto grado de elaboración poética. En ocasiones, incluso, se percibe
el esfuerzo por materializar las peculiaridades fonéticas del dialecto sayagués
en el que se expresan los actores y que, por lo demás coadyuva de manera
definitiva a generar esa atmósfera de primitivismo, de ritual arcaico, que es uno de los mayores alicientes del
espectáculo. Aquí la música, huelga decirlo, con los espléndidos arreglos de
Alicia Lázaro de melodías y canciones de la época interpretadas en vivo con
instrumentos antiguos tiene un papel esencial. Y la danza, donde aflora quizá
más que en ningún elemento el carácter popular y lúdico de estas farsas y la
jocunda alegría de la vida del pueblo llano que
trasmiten. Y esa suerte de “carro de Tespis”, que tanto juego da como
único elemento de la escenografía, y que pese a las aparentes dificultades para
su desplazamiento (unos segundos ¡ay!, interminables) se abre como una fastuosa
caja de sorpresas para convertirse en un hermoso retablillo y albergar el
inesperado y brillante colofón. Esta ingenua y naif representación de la
Natividad bajo la noche clara y calurosa de junio si que tiene algo de
verdaderamente milagroso: que el tesón de unos pocos y su amor irreductible al
teatro puedan desafiar, a través de unos humildes versos escritos hace más de
quinientos años, a la tan multitudinaria como sospechosa unanimidad en las
expectativas creadas en torno al encuentro de cuartos de final del campeonato
de Europa de fútbol entre España y Francia.
Gordon Craig.
Gordon Craig.
lunes, noviembre 15, 2010
TEATRO. Dança de la muerte. "En el umbral del reino de las tinieblas".
Dramaturgia y Dirección: Ana Zamora.
Compañía: Nao D’amores.
Con: Luis Miguel Cintra, Sofía Marqués y Elena Rayos.
Arreglos y dirección Musical: Alicia Lázaro.
Instrumentistas: Eva Jornet, Juan Ramón Lara e Isabel Zamora
Corral de Comedias, Alcalá de Henares.

El teatro es quizá la manifestación menos conocida de la literatura de la baja Edad Media. Hasta las primeras tentativas de Gómez Manrique o de Juan del Encina de mediados y finales del siglo XV respectivamente, apenas si encontramos vestigios escritos de textos teatrales en lengua castellana, sobre todo relativos al teatro profano, que debió de ser objeto de una feroz persecución, como revelan los documentos conciliares y los escritos de los moralistas de la época. A la escasez de textos se une la desidia y el desinterés (más allá de los estudios teóricos llevados a cabo por los investigadores) por eso es doblemente meritoria la labor de Ana Zamora que combina la investigación en las fuentes escritas con el trabajo de creación escénica, para ofrecer a los aficionados la posibilidad de reencontrarse con lo más arcaico de nuestra tradición teatral.

Tras el Auto de la Sibila, el Auto de los cuatro tiempos y el Auto de los Reyes Magos, tomando como referencia La Dança General escurialense y diversos textos de Gil Vicente (en castellano y en portugués) presenta Ana Zamora su nueva y brillante incursión en el teatro medieval. De nuevo tenemos una simbiosis perfecta de farsa y moralidad, una combinación de rituales sacros y profanos servida con inigualable maestría en un espectáculo que rezuma gracia, colorido e intenso y genuino vigor dramático. Ana Zamora parece poseer un innato sentido teatral, una aguda percepción que le permite rastrear en estos textos arcaicos los resortes de la teatralidad más primaria y el talento para recrearlos sobre un escenario -con ayuda de un elenco de excepción, todo hay que decirlo-. El material sobre el que trabaja, no hay que perderlo de vista, es un material de primerísima calidad, ya que se trata de versos cifrados en un lenguaje de una enorme frescura y espontaneidad merced a la prodigiosa inventiva de sus autores, inspirados en muchas ocasiones en la fecunda imaginería popular.
El espacio escénico es muy elaborado y representa un salón palaciego o el interior de un templo presidido por el púlpito y el coro donde se sitúan los intérpretes; luego mediante un ingenioso artificio se transformará en la barca de Caronte, o “la barca do inferno”. La música, de nuevo es una espléndida recreación sobre partituras originales de cancioneros de la época y de música sacra (el “Dies Irae” que subraya el recitativo del cardenal, o el “De Profundis clamavit” que acompaña la comparecencia del prelado ante el tribunal de la Muerte) ejecutada en directo, se articula con el resto de los elementos de la teatralidad subrayando cada escena y reforzando su carácter solemne, emotivo o burlesco, o acentuando siempre su ya de por sí marcada tonalidad cómica. Y es que estas danzas macabras no eran sino un lenitivo para conjurar el pavor que debía de provocar en las humildes gentes de aquella época la presencia obsesiva de la muerte.
Espléndida es, como se ha indicado, la labor de actuación. Luis Miguel Cintra, es el maestro de ceremonias, posee un inigualable sentido del verso y una voz portentosa que modula con una insospechada riqueza de matices, timbres y tonalidades; pero no le van a la zaga sus ayudantes en ese ritual macabrojocoso, sus “esposas” (Sofía Marqués y Elena Rayos), embutidas en sayas talares, rivalizan ambas en gracejo, energía y buen sentido, para cantar, danzar, manipular los tocados que representan a los personajes convocados por la Igualadora y representar los diversos roles que cada escena requiere. Transitan con desenvoltura por todos los estadios de la emoción y el sentimiento; parafraseando al poeta, podría decirse cada una de ellas es capaz de mostrarse, según la ocasión, “alegre, triste, humilde, altiva, áspera, tierna, liberal o esquiva”.
Gordon Craig.
Danza de la muerte, Corral de Comedias.
viernes, mayo 08, 2009
TEATRO. Avaricia, lujuria y muerte. "Entre el ritual y la carnavalización".
De Ramón María del Valle-Inclán.
Con: Elena Rayos, Iñaki Rikarte, Juan Codina, Lucía Quintana, Juan Antonio Lumbreras, Nerea Moreno, Marcial Álvarez y otros.
Dirección: Ana Zamora, Alfredo Sanzol y Salva Bolta.
C.D.N. Teatro Valle-Inclán.

Integran este espectáculo tres de las cinco piezas que Valle agrupó bajo el título genérico de Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, en concreto: Ligazón, dirigida por Ana Zamora, La cabeza del bautista, dirigida por Alfredo Sanzol y La rosa de papel, que corre a cargo de Salva Bolta.
Las tres hurgan con el escapelo de la sátira vitriólica de Valle-Inclán en dos de las heridas que más dolorosamente llagan nuestra buena conciencia y nuestra creencia falaz en la bondad de los seres humanos; dos vicios, la avaricia y la lujuria, que desde los estratos más profundos y arcaicos de nuestra naturaleza donde se aloja la irracionalidad gobiernan nuestros actos inclinándolos con frecuencia a un funesto desenlace. Son tres piezas breves, y por eso más contundentes, en las que una mínima anécdota encierra un conflicto trágico. O tragicómico, si se prefiere, atravesado como está su desarrollo por un violento impulso de deformación grotesca, de esperpentización o, como ha dicho algún crítico, de carnavalización.
Si algo pone de manifiesto este montaje es el enorme potencial poético y la extraordinaria vitalidad de la dramaturgia valleinclanesca susceptible de interpretarse desde presupuestos estilísticos muy diferentes, de deformarse, de parodiarse, o de someterse a un riguroso tratamiento de estilización en un proceso permanente de recontextualización que él mismo alentó desde su escritura caudalosa, polimorfa, dialógica, pródiga en intertextualidad. Y es que, en efecto, conviven en este espectáculo sin desentonar, antes bien, potenciándose cada una de ellas por contraste con las otras, tres poéticas escénicas perfectamente diferenciadas: el acendrado esteticismo plástico de Ana Zamora y su etéreo universo de transparencias, sombras chinescas y siluetas en penumbra disueltas en una atmósfera espectral; el trazo costumbrista de Alfredo Sanzol que dibuja una hilarante estampa castiza con trasfondo de aguafuerte goyesco, o el recio expresionismo de Salva Bolta que deriva por los derroteros de la farsa truculenta.
El primer trabajo, el de Ana Zamora, dispensa a los caracteres una mirada más humanizadora y preserva quizá mejor que los otros esa aureola entre mágica y mística que bendice a muchos personajes valleinclanescos apoyada en un trabajo espléndido de los actores, en particular de Elena Rayos en el papel de La Mozuela; Alfredo Sanzol exhibe una musa más sainetesca aunque no pierda por ello su montaje un ápice de su intencionalidad satírica; se llevan el protagonismo La Pepona (Lucía Quintana), una hembra despampanante, resuelta y enamoradiza y don Higi (estupendo Juan Codina) un mamarracho enjuto, acartonado, codicioso y siniestro. Por último, Salva Bolta descoyunta los moldes de la farsa convirtiendo a los personajes en un coro de fantoches deformes y comadres empingorotadas del que sobresalen un bestial Simeón “el Julepe” (Marcial Álvarez), una especie de dios Pan de poderoso torso desnudo, mirada lúbrica, ademanes torpes y voz cavernosa y La Encamada (Nerea Moreno) una valkiria de opereta, que entrega su alma entre espasmos y lamentaciones y que aparece después en su lecho mortuorio revestida de la belleza trémula e incorruptible de una santa con atuendo prostibulario.
Gordon Craig.
Avaricia, lujuria y muerte en el Teatro Valle Inclán.
Con: Elena Rayos, Iñaki Rikarte, Juan Codina, Lucía Quintana, Juan Antonio Lumbreras, Nerea Moreno, Marcial Álvarez y otros.
Dirección: Ana Zamora, Alfredo Sanzol y Salva Bolta.
C.D.N. Teatro Valle-Inclán.

Integran este espectáculo tres de las cinco piezas que Valle agrupó bajo el título genérico de Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, en concreto: Ligazón, dirigida por Ana Zamora, La cabeza del bautista, dirigida por Alfredo Sanzol y La rosa de papel, que corre a cargo de Salva Bolta.
Las tres hurgan con el escapelo de la sátira vitriólica de Valle-Inclán en dos de las heridas que más dolorosamente llagan nuestra buena conciencia y nuestra creencia falaz en la bondad de los seres humanos; dos vicios, la avaricia y la lujuria, que desde los estratos más profundos y arcaicos de nuestra naturaleza donde se aloja la irracionalidad gobiernan nuestros actos inclinándolos con frecuencia a un funesto desenlace. Son tres piezas breves, y por eso más contundentes, en las que una mínima anécdota encierra un conflicto trágico. O tragicómico, si se prefiere, atravesado como está su desarrollo por un violento impulso de deformación grotesca, de esperpentización o, como ha dicho algún crítico, de carnavalización.
Si algo pone de manifiesto este montaje es el enorme potencial poético y la extraordinaria vitalidad de la dramaturgia valleinclanesca susceptible de interpretarse desde presupuestos estilísticos muy diferentes, de deformarse, de parodiarse, o de someterse a un riguroso tratamiento de estilización en un proceso permanente de recontextualización que él mismo alentó desde su escritura caudalosa, polimorfa, dialógica, pródiga en intertextualidad. Y es que, en efecto, conviven en este espectáculo sin desentonar, antes bien, potenciándose cada una de ellas por contraste con las otras, tres poéticas escénicas perfectamente diferenciadas: el acendrado esteticismo plástico de Ana Zamora y su etéreo universo de transparencias, sombras chinescas y siluetas en penumbra disueltas en una atmósfera espectral; el trazo costumbrista de Alfredo Sanzol que dibuja una hilarante estampa castiza con trasfondo de aguafuerte goyesco, o el recio expresionismo de Salva Bolta que deriva por los derroteros de la farsa truculenta.
El primer trabajo, el de Ana Zamora, dispensa a los caracteres una mirada más humanizadora y preserva quizá mejor que los otros esa aureola entre mágica y mística que bendice a muchos personajes valleinclanescos apoyada en un trabajo espléndido de los actores, en particular de Elena Rayos en el papel de La Mozuela; Alfredo Sanzol exhibe una musa más sainetesca aunque no pierda por ello su montaje un ápice de su intencionalidad satírica; se llevan el protagonismo La Pepona (Lucía Quintana), una hembra despampanante, resuelta y enamoradiza y don Higi (estupendo Juan Codina) un mamarracho enjuto, acartonado, codicioso y siniestro. Por último, Salva Bolta descoyunta los moldes de la farsa convirtiendo a los personajes en un coro de fantoches deformes y comadres empingorotadas del que sobresalen un bestial Simeón “el Julepe” (Marcial Álvarez), una especie de dios Pan de poderoso torso desnudo, mirada lúbrica, ademanes torpes y voz cavernosa y La Encamada (Nerea Moreno) una valkiria de opereta, que entrega su alma entre espasmos y lamentaciones y que aparece después en su lecho mortuorio revestida de la belleza trémula e incorruptible de una santa con atuendo prostibulario.
Gordon Craig.
Avaricia, lujuria y muerte en el Teatro Valle Inclán.
lunes, enero 12, 2009
TEATRO. Auto de los Reyes Magos. "Officium pastorum"
Dramaturgia y dirección: Ana Zamora.
Con: Jorge Basanta, Francisco Rojas, Alejandro Sigüenza y Nati Vera.
Arreglos y Dirección musical: Alicia Lázaro.
Instrumentistas: Sofía Alegre, Alicia Lázaro, Elvira Pancorbo e Isabel Zamora.
Compañía: Nao d’amores. Madrid. Teatro de la Abadía.

Es esta la cuarta incursión de Ana Zamora y su compañía Nao d’amores en el complejo y desconocido mundo del teatro castellano medieval, y como en ocasiones anteriores, con más que notable acierto, fruto de un riguroso trabajo de investigación en las escasas fuentes conservadas que documentan la existencia de tales representaciones, y fruto, asimismo, de su estrecha colaboración con la investigadora y arreglista musical Alicia Lázaro que, como en previos montajes de la compañía se ha empleado a fondo.
Este espectáculo era particularmente complicado, porque, como es sabido, del originario Auto o representación de los Reyes Magos apenas si han llegado hasta nosotros ciento y pico versos, por lo que la directora ha debido de rellenar los huecos con textos afines de diversa procedencia hasta dar forma a lo que vendría a ser una de las típicas representaciones del ciclo pascual comúnmente denominadas “Officium pastorum”, dramas litúrgicos que se representarían en la iglesia durante las fiestas navideñas con el fin de atraer a los fieles al culto.
Intercalados con el texto del Auto (los monólogos de los Reyes Magos afirmando haber visto la estrella y su decisión de encaminarse a adorar al niño, y su encuentro con Herodes), encontramos fragmentos de Gonzalo de Berceo sobre las postrimerías (en los que algunos profetas del Antiguo Testamento rememoran los signos del Juicio Final) y el canto de la Sibila, que según una antigua superstición había profetizado también el nacimiento del Salvador. Una mezcla, en fin, de rituales sacros y profanos, de liturgia y fiesta popular, de devoción y esparcimiento, y como telón de fondo, el contraste entre la vida (el nacimiento) y la muerte, presentes cíclicamente en la naturaleza pero que no dejarían de asombrar a aquellas mentes primitivas, crédulas y candorosas.
Reivindicar esa capacidad de asombro del hombre medieval -de la que ahora estamos tan necesitados, en una época de aparentes certezas- y revelar el sentido profundo del ritual como puente entre el mundo natural y lo trascendente y como válvula de escape para liberar los terrores atávicos son quizá los valores más sólidos de este montaje; un espectáculo que formalmente sigue la pauta de trabajos anteriores, sirviéndose de unas curiosas cabezas articuladas que representan en efigie a los animales que simbolizan los cuatro evangelistas. Quizá la recepción pueda resultar algo más complicada esta vez por el empleo sistemático del castellano antiguo en los diálogos y las partes recitadas y del latín en las antífonas y en los cantos alternados. El trabajo con el lenguaje es espléndido, y lo mismo puede decirse de la música, que cobra en esta ocasión un notable protagonismo. El resultado es un festín para los sentidos, un espectáculo vistoso y de aquilatada belleza formal, una mirada inquisitiva a una etapa fecunda de nuestra tradición cultural que no ha recibido nunca la atención que merece y que de no ser por estos esfuerzos aislados perecería en el más ignominioso de los olvidos.
Gordon Craig.
Corral de Comedias de Alcalá de Henares. Auto de los Reyes Magos.
Con: Jorge Basanta, Francisco Rojas, Alejandro Sigüenza y Nati Vera.
Arreglos y Dirección musical: Alicia Lázaro.
Instrumentistas: Sofía Alegre, Alicia Lázaro, Elvira Pancorbo e Isabel Zamora.
Compañía: Nao d’amores. Madrid. Teatro de la Abadía.

Es esta la cuarta incursión de Ana Zamora y su compañía Nao d’amores en el complejo y desconocido mundo del teatro castellano medieval, y como en ocasiones anteriores, con más que notable acierto, fruto de un riguroso trabajo de investigación en las escasas fuentes conservadas que documentan la existencia de tales representaciones, y fruto, asimismo, de su estrecha colaboración con la investigadora y arreglista musical Alicia Lázaro que, como en previos montajes de la compañía se ha empleado a fondo.
Este espectáculo era particularmente complicado, porque, como es sabido, del originario Auto o representación de los Reyes Magos apenas si han llegado hasta nosotros ciento y pico versos, por lo que la directora ha debido de rellenar los huecos con textos afines de diversa procedencia hasta dar forma a lo que vendría a ser una de las típicas representaciones del ciclo pascual comúnmente denominadas “Officium pastorum”, dramas litúrgicos que se representarían en la iglesia durante las fiestas navideñas con el fin de atraer a los fieles al culto.
Intercalados con el texto del Auto (los monólogos de los Reyes Magos afirmando haber visto la estrella y su decisión de encaminarse a adorar al niño, y su encuentro con Herodes), encontramos fragmentos de Gonzalo de Berceo sobre las postrimerías (en los que algunos profetas del Antiguo Testamento rememoran los signos del Juicio Final) y el canto de la Sibila, que según una antigua superstición había profetizado también el nacimiento del Salvador. Una mezcla, en fin, de rituales sacros y profanos, de liturgia y fiesta popular, de devoción y esparcimiento, y como telón de fondo, el contraste entre la vida (el nacimiento) y la muerte, presentes cíclicamente en la naturaleza pero que no dejarían de asombrar a aquellas mentes primitivas, crédulas y candorosas.
Reivindicar esa capacidad de asombro del hombre medieval -de la que ahora estamos tan necesitados, en una época de aparentes certezas- y revelar el sentido profundo del ritual como puente entre el mundo natural y lo trascendente y como válvula de escape para liberar los terrores atávicos son quizá los valores más sólidos de este montaje; un espectáculo que formalmente sigue la pauta de trabajos anteriores, sirviéndose de unas curiosas cabezas articuladas que representan en efigie a los animales que simbolizan los cuatro evangelistas. Quizá la recepción pueda resultar algo más complicada esta vez por el empleo sistemático del castellano antiguo en los diálogos y las partes recitadas y del latín en las antífonas y en los cantos alternados. El trabajo con el lenguaje es espléndido, y lo mismo puede decirse de la música, que cobra en esta ocasión un notable protagonismo. El resultado es un festín para los sentidos, un espectáculo vistoso y de aquilatada belleza formal, una mirada inquisitiva a una etapa fecunda de nuestra tradición cultural que no ha recibido nunca la atención que merece y que de no ser por estos esfuerzos aislados perecería en el más ignominioso de los olvidos.
Gordon Craig.
Corral de Comedias de Alcalá de Henares. Auto de los Reyes Magos.
jueves, mayo 10, 2007
TEATRO. Misterio del Cristo de los Gascones. "Liturgia y ritual".
Dramaturgia: Ana Zamora.
Con: Elvira Cuadrupani, David Faraco y Alejandro Sigüenza.
Interpretación musical: Nati Vera, Alicia Lázaro, Elvira Pancorbo, Isabel Zamora y Alba Fresno.
Compañía Nao d’amores. Dirección: Ana Zamora
Alcalá de Henares. Corral de Comedias.
Ana Zamora es una joven pero experimentada directora que parece haberse propuesto la tarea de recuperar nuestro teatro medieval y pre-renacentista hasta ahora desconocido, excepción hecha de algunas representaciones sacras del este peninsular. Gracias a su esforzada labor de investigación hemos tenido ocasión de disfrutar de textos de Gil Vicente inéditos en nuestros escenarios, como El auto de los cuatro tiempos o El auto de la sibila Casandra. Sus pesquisas la llevan ahora más atrás en el tiempo, a mediados del siglo XV, en una incursión por el teatro sacro cortesano.
La dramaturgia, realizada por la propia Ana Zamora, arranca de la leyenda de un famoso Cristo articulado que se conserva en la iglesia de San Justo de Segovia, y engarza textos de Las lamentaciones fechas para la Semana Santa y de La representación del Nacimiento, de Gómez Manrique con otros, probablemente anteriores, rastreados entre las escasas muestras que se conservan del teatro sacro, vinculados al ciclo pascual o al de resurrección. Estamos ante una estructura casi narrativa que se inicia con un intenso planto por la muerte de Jesús, para recuperar luego, en forma de recuerdos que se van dramatizando, el nacimiento y diversos episodios fundamentales de la vida pública del Mesías y su muerte y su resurrección, terminando con un canto y baile de alegría por el triunfo de la vida sobre el reinado de Lucifer.
La obra muestra en su extrema sencillez, con la pulcritud y el rigor a los que la directora nos tiene acostumbrados, la estrecha vinculación entre el rito arcaico del teatro y la liturgia religiosa católica a la vez que revela el hondo sentido de la religiosidad primitiva atravesada en sus manifestaciones más conspicuas, como debía ser la celebración de la pasión del Señor, de una gran humanidad y del latido profundo de la naturaleza. La Virgen María es ante todo un ser humano que sufre por la pérdida injustificada del hijo, que se conduele con él de sus penalidades, y que se lamenta lastimeramente de su suplicio y de su muerte ante el resto de los seres de la creación, pertenezcan estos al mundo animado o al inanimado, el águila, los pájaros, el cielo, la luna o las estrellas; un ser que acuna primorosamente al recién nacido, que presencia llena de orgullo las etapas de su crecimiento, que acaricia tiernamente su cadáver y que no puede contener su alborozo cuando asiste al milagro de su resurrección, exclamando con las santas mujeres: “yo lo vi resucitado/ sin dolor y sin olor”.
La música -espléndidos, como siempre los arreglos de Alicia Lázaro de partituras originales-, interpretada en directo, adquiere un especial protagonismo potenciando el sentido litúrgico de la representación. Asimismo la presencia en escena de la marioneta que representa a Jesús, con su impertérrita mueca facial entre el asombro, el desvalimiento y la severidad, propia de las tallas de los imagineros castellanos, contribuye a intensificar el primitivismo de la escena, un ritual que nos traslada a un lejano pasado donde la fe era un elemento tan cotidiano como la sucesión de las estaciones o los ciclos de la naturaleza.
El conjunto destila un extraño aroma de poesía, un latido de emoción verdadera, de teatralidad esencial, que no es ajena al trabajo de los actores manipuladores ni a la actuación, soberbia, de Elvira Cuadrupani, que con una encomiable sobriedad expresiva y lejos de cualquier afectación o veleidad sentimental, trasmite el dolor de una Piedad renacentista, la ternura de una madre amantísima o el candor de la fe verdadera.
Gordon Craig.
Con: Elvira Cuadrupani, David Faraco y Alejandro Sigüenza.
Interpretación musical: Nati Vera, Alicia Lázaro, Elvira Pancorbo, Isabel Zamora y Alba Fresno.
Compañía Nao d’amores. Dirección: Ana Zamora
Alcalá de Henares. Corral de Comedias.
Ana Zamora es una joven pero experimentada directora que parece haberse propuesto la tarea de recuperar nuestro teatro medieval y pre-renacentista hasta ahora desconocido, excepción hecha de algunas representaciones sacras del este peninsular. Gracias a su esforzada labor de investigación hemos tenido ocasión de disfrutar de textos de Gil Vicente inéditos en nuestros escenarios, como El auto de los cuatro tiempos o El auto de la sibila Casandra. Sus pesquisas la llevan ahora más atrás en el tiempo, a mediados del siglo XV, en una incursión por el teatro sacro cortesano.
La dramaturgia, realizada por la propia Ana Zamora, arranca de la leyenda de un famoso Cristo articulado que se conserva en la iglesia de San Justo de Segovia, y engarza textos de Las lamentaciones fechas para la Semana Santa y de La representación del Nacimiento, de Gómez Manrique con otros, probablemente anteriores, rastreados entre las escasas muestras que se conservan del teatro sacro, vinculados al ciclo pascual o al de resurrección. Estamos ante una estructura casi narrativa que se inicia con un intenso planto por la muerte de Jesús, para recuperar luego, en forma de recuerdos que se van dramatizando, el nacimiento y diversos episodios fundamentales de la vida pública del Mesías y su muerte y su resurrección, terminando con un canto y baile de alegría por el triunfo de la vida sobre el reinado de Lucifer.
La obra muestra en su extrema sencillez, con la pulcritud y el rigor a los que la directora nos tiene acostumbrados, la estrecha vinculación entre el rito arcaico del teatro y la liturgia religiosa católica a la vez que revela el hondo sentido de la religiosidad primitiva atravesada en sus manifestaciones más conspicuas, como debía ser la celebración de la pasión del Señor, de una gran humanidad y del latido profundo de la naturaleza. La Virgen María es ante todo un ser humano que sufre por la pérdida injustificada del hijo, que se conduele con él de sus penalidades, y que se lamenta lastimeramente de su suplicio y de su muerte ante el resto de los seres de la creación, pertenezcan estos al mundo animado o al inanimado, el águila, los pájaros, el cielo, la luna o las estrellas; un ser que acuna primorosamente al recién nacido, que presencia llena de orgullo las etapas de su crecimiento, que acaricia tiernamente su cadáver y que no puede contener su alborozo cuando asiste al milagro de su resurrección, exclamando con las santas mujeres: “yo lo vi resucitado/ sin dolor y sin olor”.
La música -espléndidos, como siempre los arreglos de Alicia Lázaro de partituras originales-, interpretada en directo, adquiere un especial protagonismo potenciando el sentido litúrgico de la representación. Asimismo la presencia en escena de la marioneta que representa a Jesús, con su impertérrita mueca facial entre el asombro, el desvalimiento y la severidad, propia de las tallas de los imagineros castellanos, contribuye a intensificar el primitivismo de la escena, un ritual que nos traslada a un lejano pasado donde la fe era un elemento tan cotidiano como la sucesión de las estaciones o los ciclos de la naturaleza.
El conjunto destila un extraño aroma de poesía, un latido de emoción verdadera, de teatralidad esencial, que no es ajena al trabajo de los actores manipuladores ni a la actuación, soberbia, de Elvira Cuadrupani, que con una encomiable sobriedad expresiva y lejos de cualquier afectación o veleidad sentimental, trasmite el dolor de una Piedad renacentista, la ternura de una madre amantísima o el candor de la fe verdadera.
Gordon Craig.
jueves, marzo 02, 2006
TEATRO. EL RINCON DE GORDON CRAIG. Tragicomedia de don Duardos. "Que contra la muerte y amor / nadie no tiene valía".
De Gil Vicente.
Con: Francisco Merino, Fernando Cayo, Jesús Fuente, Fernando Sendino, Clara Sanchis, María Álvarez, José Ramón Iglesias, José Vicente Ramos, Savitri Ceballos, Daniel Albaladejo, Eva Trancón, Arturo Querejeta, Nuria Mencía y Ángel Ramón Jiménez.
Espacio sonoro: Alicia Lázaro. Iluminación: M. A. Camacho.
Dirección: Ana Zamora.
C.N.T.C. Madrid. Teatro Pavón. 19 de febrero de 2006.

Don Duardos es una adaptación dramática del Primaleón, segunda novela del ciclo de los Palmerines. Hunde, pues, sus raíces en el frondoso jardín de las novelas de caballerías tan en boga en los ambientes cortesanos de albores del siglo XVI constituyendo una pieza híbrida que combina a partes iguales lo caballeresco con lo cortesano.
Don Duardos llega a la corte de Constantinopla para desafiar a Primaleón. En el duelo interviene Flérida, y en un cruce de miradas enamora a Don Duardos que se olvida como por ensalmo de Gridonia, dedicándose desde este momento a ganar los favores de Flérida. En esta empresa va a revelarse como un maestro consumado de la retórica cortesana aunque sin desdeñar las argucias propias de los relatos caballerescos, lo que incluye hechos de armas pero también la ayuda de la maga Olimba, que es quien le sugiere disfrazarse de hortelano para poder estar cerca a la princesa y quien le regala una copa con poderes mágicos, de la que en bebiendo Flérida, se enamorará a su vez del caballero. Mas para vencer las últimas resistencias de Flérida y que la unión se materialice, quedan todavía algunos escollos, relacionados con el prejuicio de clase de la princesa que no quiere rendirse ante un vulgar hortelano y con la obsesión de Don Duardos de mantener en el anonimato su condición principesca para verificar la sinceridad del sentimiento de su enamorada.
Material dramático suficiente, como vemos, para mantener viva la intriga y alimentar la peripecia amorosa durante el tiempo que dura la representación, sin contar con los lances amorosos de los labradores Julián y Constança y con el chusco episodio de Camilote y Maimonda, que constituyen el contrapunto grotesco a la historia principal. Una trama alambicada con presencia de elementos heterogéneos, como pasajes cantados, danzas y recitativos de gran intensidad lírica, que da lugar a un conjunto sólidamente estructurado y de indudable potencial dramático -tragicómico, habría que decir, para ser más exactos-, que Ana Zamora, experimentada en estas lides, sabe aprovechar para montar un espectáculo divertido, jovial, lleno de encanto y de belleza
Un sobrio patio renacentista, la música de época ejecutada en directo, y unos diálogos brillantes, desenfadados, aun en la rígida envoltura de las estrofas de pie quebrado, nos trasladan a la pureza prístina de un pasado soñado, al manantial de una riquísima y fecunda tradición teatral sepultada en un aluvión de referencias culturales vacuas y esterilizantes, reiteradas hasta el hastío por los eruditos, pero que rara vez afloran a las tablas para disfrute de los espectadores. El tesón de Ana Zamora y el soporte material y humano de la C.N.T.C han obrado el milagro.
El elenco es el habitual en la primera de las dos compañías de repertorio que ha puesto en marcha Eduardo Vasco, y que ya vimos en El castigo sin venganza y en algunas producciones anteriores, al que habría que sumar el cuadro de músicos (espléndidos) que dirige Alicia Lázaro. Y repite el riguroso y entusiasta trabajo del conjunto, destacando quizá el gracejo y la socarronería que presta Nuria Mencía a la rústica Constança, la simpatía y franqueza de la pícara Artada (María Álvarez), los modales exquisitos de la ingenua Amandria (Savitri Ceballos), la obstinación un tanto cazurra del cuitado Don Duardos (Fernando Cayo) y el continente sereno, la extremada cortesía, la belleza frágil y delicada o el carácter dulce y un tanto porfiado de la princesa Flérida, a quien da vida una Clara Sanchis en estado de gracia y en pleno dominio de su madurez artística y cuya sola presencia enseñorea la escena.
Gordon Craig.
22-II-2006.
Con: Francisco Merino, Fernando Cayo, Jesús Fuente, Fernando Sendino, Clara Sanchis, María Álvarez, José Ramón Iglesias, José Vicente Ramos, Savitri Ceballos, Daniel Albaladejo, Eva Trancón, Arturo Querejeta, Nuria Mencía y Ángel Ramón Jiménez.
Espacio sonoro: Alicia Lázaro. Iluminación: M. A. Camacho.
Dirección: Ana Zamora.
C.N.T.C. Madrid. Teatro Pavón. 19 de febrero de 2006.

Don Duardos es una adaptación dramática del Primaleón, segunda novela del ciclo de los Palmerines. Hunde, pues, sus raíces en el frondoso jardín de las novelas de caballerías tan en boga en los ambientes cortesanos de albores del siglo XVI constituyendo una pieza híbrida que combina a partes iguales lo caballeresco con lo cortesano.
Don Duardos llega a la corte de Constantinopla para desafiar a Primaleón. En el duelo interviene Flérida, y en un cruce de miradas enamora a Don Duardos que se olvida como por ensalmo de Gridonia, dedicándose desde este momento a ganar los favores de Flérida. En esta empresa va a revelarse como un maestro consumado de la retórica cortesana aunque sin desdeñar las argucias propias de los relatos caballerescos, lo que incluye hechos de armas pero también la ayuda de la maga Olimba, que es quien le sugiere disfrazarse de hortelano para poder estar cerca a la princesa y quien le regala una copa con poderes mágicos, de la que en bebiendo Flérida, se enamorará a su vez del caballero. Mas para vencer las últimas resistencias de Flérida y que la unión se materialice, quedan todavía algunos escollos, relacionados con el prejuicio de clase de la princesa que no quiere rendirse ante un vulgar hortelano y con la obsesión de Don Duardos de mantener en el anonimato su condición principesca para verificar la sinceridad del sentimiento de su enamorada.
Material dramático suficiente, como vemos, para mantener viva la intriga y alimentar la peripecia amorosa durante el tiempo que dura la representación, sin contar con los lances amorosos de los labradores Julián y Constança y con el chusco episodio de Camilote y Maimonda, que constituyen el contrapunto grotesco a la historia principal. Una trama alambicada con presencia de elementos heterogéneos, como pasajes cantados, danzas y recitativos de gran intensidad lírica, que da lugar a un conjunto sólidamente estructurado y de indudable potencial dramático -tragicómico, habría que decir, para ser más exactos-, que Ana Zamora, experimentada en estas lides, sabe aprovechar para montar un espectáculo divertido, jovial, lleno de encanto y de belleza
Un sobrio patio renacentista, la música de época ejecutada en directo, y unos diálogos brillantes, desenfadados, aun en la rígida envoltura de las estrofas de pie quebrado, nos trasladan a la pureza prístina de un pasado soñado, al manantial de una riquísima y fecunda tradición teatral sepultada en un aluvión de referencias culturales vacuas y esterilizantes, reiteradas hasta el hastío por los eruditos, pero que rara vez afloran a las tablas para disfrute de los espectadores. El tesón de Ana Zamora y el soporte material y humano de la C.N.T.C han obrado el milagro.
El elenco es el habitual en la primera de las dos compañías de repertorio que ha puesto en marcha Eduardo Vasco, y que ya vimos en El castigo sin venganza y en algunas producciones anteriores, al que habría que sumar el cuadro de músicos (espléndidos) que dirige Alicia Lázaro. Y repite el riguroso y entusiasta trabajo del conjunto, destacando quizá el gracejo y la socarronería que presta Nuria Mencía a la rústica Constança, la simpatía y franqueza de la pícara Artada (María Álvarez), los modales exquisitos de la ingenua Amandria (Savitri Ceballos), la obstinación un tanto cazurra del cuitado Don Duardos (Fernando Cayo) y el continente sereno, la extremada cortesía, la belleza frágil y delicada o el carácter dulce y un tanto porfiado de la princesa Flérida, a quien da vida una Clara Sanchis en estado de gracia y en pleno dominio de su madurez artística y cuya sola presencia enseñorea la escena.
Gordon Craig.
22-II-2006.
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