Lecciones de escritura. Antonio Muñoz Molina sobre James Salter.
domingo, marzo 11, 2018
1000 razones para no dejar de leer. Lecciones de escritura. Antonio Muñoz Molina sobre James Salter.
"Se distingue a un verdadero maestro [James Salter] en que carece de arrogancia. Muestra la incertidumbre y el deleite de ir aprendiendo, no la soberbia de saber".
Lecciones de escritura. Antonio Muñoz Molina sobre James Salter.
Lecciones de escritura. Antonio Muñoz Molina sobre James Salter.
sábado, marzo 10, 2018
TEATRO. Beatriz Galindo en Estocolmo. "De la corte de los Reyes Católicos a la de Gustavo V de Suecia".
Autora: Blanca Baltés.
Con: Ana Cerdeiriña, Carmen Gutiérrez, Heva Higueras, Chupi Llorente y Gloria Vega.
Escenografía: Gerardo Trotti.
Vestuario: Ana Rodrigo.
Dirección: Carlos Fernández de Castro.
Madrid. Teatro María Guerrero. Sala de la Princesa.
Hasta el 18 de febrero de 2018.
¡Vaya título para una reseña! ¿Pintoresco? ¿Llamativo? ¿Equívoco? ¿Presuntuoso? Quizá. Y sin embargo no es sino una suerte de paráfrasis del título de la obra que comentamos que, así, a bote pronto, induce también al equívoco, llevándonos a pensar en un improbable viaje de la experta latinista salmantina, alumna aventajada de Nebrija y consejera de la mismísima Isabel la Católica a las frías tierras de Escandinavia.
No hay tal. La verdad es que se trata de una efusiva semblanza de la escritora y diplomática republicana Isabel Oyarzabal Smith que en los años veinte del pasado siglo inició su andadura como articulista en diversas publicaciones de la época (El Sol, El Imparcial, etc.) firmando sus columnas precisamente con el seudónimo de Beatriz Galindo.
Ministra plenipotenciaria de la República en las Naciones Unidas, nombrada embajadora de la legación diplomática española en Estocolmo en octubre de 1936, y portavoz de la España republicana en numerosos foros internacionales, la obra se inicia con la reproducción radiada de un emotivo discurso pronunciado ese mismo año ante los delegados del Partido Laborista Británico en Edimburgo destinado a informar de la situación política en España y a pedir ayuda para la causa republicana.
Pero la semblanza de su actividad diplomática -la pieza se articula concretamente en torno un incidente con las autoridades suecas, que al parecer se negaron a reconocer a la representante española- se complementa con su implicación y trabajo en favor del movimiento feminista, movimiento en el que Oyarzabal estuvo muy activamente involucrada desde años antes del comienzo de la Guerra Civil junto a otras relevantes intelectuales y artistas de la época, como Maruja Mallo, María de Maeztu, Clara Campoamor o Victoria Kent.
En conjunto la obra traduce la efervescencia cultural del Madrid de aquellos años reivindicando para las -así denominadas- “mujeres modernas” un papel más destacado del que la historia posterior les ha reconocido, no sólo en la conformación de aquel momento de innegable esplendor cultural, sino como agentes activos de la lucha por la emancipación de la mujer.
Y es una lástima, que el fervor del discurso político con el que se inicia el espectáculo y el uso de una retórica subjetiva llena de dramatismo y de intenciones propagandistas -justificables quizá por el contexto y la ocasión de dicho discurso-, impregne prácticamente toda la obra enmascarando genuinas muestras de coraje cívico, o expresiones sinceras y ponderadas de denuncia de desigualdades y de incomprensión social con la vehemencia enardecedora y beligerante de la proclama o de la arenga. Ello, asociado a un cierto reduccionismo que conduce, a mi juicio, a equiparar equivocadamente la lucha por la emancipación femenina, con la lucha por las libertades políticas, sobre todo en un contexto social guerracivilista que propende a una radicalización de las posturas enfrentadas.
Respecto al montaje, cabe constatar un espléndido trabajo de vestuario y ambientación acorde con la pretensión documental de la obra. La labor de dirección es asimismo loable y saca el máximo partido a un texto plagado hasta la extenuación de citas y menciones de personajes de la época, muchos de ellos metidos casi con fórceps, como resultado de un prurito de exhaustividad que no alcanzo a comprender.
Hay, asimismo, un trabajo actoral concienzudo y riguroso, en la multiplicidad de personajes en los que se desdoblan Ana Cerdeiriña, Eva Higueras y Gloria Vega, y en los papeles de Concha Méndez y de Isabel Oyarzábal, Chupi Llorente y Carmen Gutiérrez respectivamente. La primera, mejor como compañera de afanes e inquietudes -igual brío y determinación en la defensa derechos y libertades que las otras-, más difusa y errática como directora de cine, un rol que ciertamente el texto no precisa demasiado. Carmen Gutiérrez, por su parte, hace una magnífica construcción de su personaje: una mujer enérgica, de principios, oradora implacable, de verbo encendido y dueña de una activa resolución para encarar las dificultades; combina unos modales exquisitos y una natural elegancia con un carácter indomable y con una extraordinaria sensibilidad artística y humana. Su alegato a favor de la igualdad instando a “abrir puertas” y a desterrar viejos tabúes y prejuicios es quizá la escena más emotiva y esperanzadora de la obra.
Gordon Craig.
martes, marzo 06, 2018
1000 razones para no dejar de leer. Mario Vargas Llosa sobre Luz de agosto de William Faulkner.
"La literatura no documenta la realidad, la transforma y adultera para completarla, añadiéndole aquello que, en la vida vivida, sólo se experimenta gracias al sueño, los deseos y a la fantasía".
Alumbramiento en agosto por Mario Vargas Llosa, en El País.
Lee aquí el artículo completo.
Alumbramiento en agosto por Mario Vargas Llosa, en El País.
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sábado, marzo 03, 2018
TEATRO. Eroski Paraíso: "A ritmo de punk ‘garajero".
Textos: Manuel Cortés y Chévere.
Con: Patricia Lorenzo, Miguel de Lira, Cristina Iglesias, Fidel Vázquez y Luis Martínez.
Música: Terbutalina.
Dramaturgia y dirección: Xron
Alcalá de Henares. Corral de Comedias
16 y 17 de febrero de 2018.
La trayectoria de Chévere, una de las agrupaciones teatrales más veteranas del panorama teatral gallego, puede enlazarse con la de las compañías del llamado teatro Independiente (Los Goliardos, Cátaro, Els Joglars, el grupo Tabano, etc.) que surgieron en los años sesenta para romper con el monopolio del teatro comercial, dar cabida a una incipiente sátira política y abrir las puertas a las nuevas tendencias del teatro europeo vetadas aquí durante el largo paréntesis de la posguerra por la férrea censura del régimen. Con escasos recursos económicos, trabajando en condiciones precarias las más de las veces, con actores procedentes de grupos del teatro aficionado o del activismo cultural, a todas esas compañías les unía un mismo impulso de experimentación con nuevos lenguajes o de relectura de textos canónicos y, desde luego, un mismo objetivo de denuncia social y política recurriendo con frecuencia al humor para ganarse la complicidad de los espectadores.
Divertidos, mordaces, al ritmo vertiginoso del punk “garajero” de Terbutalina, el grupo de rock gallego que pone la banda sonora al espectáculo, despliegan los miembros de Chévere en este trabajo todo su arsenal de recursos de la comicidad, para rescatar un pedazo de la historia viva de una comarca de la costa gallega que, como tantas otras, en las décadas de los 60 y los 70 quedaron al margen de la profunda trasformación económica experimentada en los grandes polos de desarrollo industrial, lo que acarreó la emigración a otros lugares de España y las Américas de muchos de sus moradores.
Precisamente una pareja de emigrantes, Eva y Toño, son los protagonistas de la obra que comentamos. Ambos, ya en la cincuentena, son convocados, 20 años después del día en que se conocieron, por su hija, una estudiante de cinematografía, para protagonizar un documental que está filmando y en el que quiere reproducir las circunstancias que rodearon ese encuentro “fortuito” en noche loca, de cubatas, “Pink Floyd" y música disco, encuentro en el que, al parecer, ella misma fue engendrada.
Con el telón de fondo de un hecho real, la ubicación de un hipermercado Eroski en el mismo enclave donde hace años estuvo la sala de fiestas “O Paraíso” en la localidad costera de Muros, estamos ante una historia mínima de separación familiar y desarraigo que funciona como metáfora de la profunda transformación social que experimentaron muchas regiones españolas en aquellos años, con la moraleja, un tanto simplista, quizá, pero no por ello menos descorazonadora de que el progreso era esto, de que la “tierra prometida” por la sociedad de bienestar vendría a cifrarse en la oferta inacabable de productos de consumo en los lineales de un supermercado.
Con el telón de fondo de un hecho real, la ubicación de un hipermercado Eroski en el mismo enclave donde hace años estuvo la sala de fiestas “O Paraíso” en la localidad costera de Muros, estamos ante una historia mínima de separación familiar y desarraigo que funciona como metáfora de la profunda transformación social que experimentaron muchas regiones españolas en aquellos años, con la moraleja, un tanto simplista, quizá, pero no por ello menos descorazonadora de que el progreso era esto, de que la “tierra prometida” por la sociedad de bienestar vendría a cifrarse en la oferta inacabable de productos de consumo en los lineales de un supermercado.
Estructurada de forma un tanto deslavazada y con elementos espurios que dilatan innecesariamente el desarrollo de la acción, la obra discurre entre un presente sin esperanza, fijado en la monotonía y la rutina del trabajo de la madre en el supermercado y un pasado idealizado y sobre el que se proyecta una mirada no exenta de melancolía. En ambos idiomas Gallego y Castellano según en qué momentos; combinando cuadros de un crudo naturalismo con otros más chuscos y hasta delirantes el montaje nos depara escenas de una comicidad desbordante que el público acompaña con carcajadas y aplausos, culminando con la esperada escena en que Toño pasado de copas y de maría se liga a Eva y termina causando la hilaridad del respetable con su muy peculiar coreografía del la música de Dirty Dancing montando un sarao al que se suma toda la concurrencia. Tanto él (Miguel de Lira) como ella (Patricia Lorenzo) derrochan gracejo y desenvoltura; se entregan a los “ensayos” con una actitud entre incrédula y divertida aceptando de buen grado las órdenes de la “directora” del rodaje y, desde luego, dan el tono justo de aquellos encuentros furtivos donde los jóvenes de provincia amparados en la semioscuridad de la pista de baile de una discoteca -o tras las tapias del cementerio- daban rienda suelta a sus fogosos deseos y a sus urgencias eróticas.
Por Gordon Craig.
martes, febrero 27, 2018
TEATRO. Lulú. "La verdad del cuento".
Autor: Paco Bezerra.
Con: Armando del Río, César Mateo, David Castillo, María Adánez y Chema León.
Diseño de escenografía: Mónica Boromello.
Diseño de Iluminación: Felipe Ramos.
Dirección: Luis Luque.
Madrid. Teatro Bellas Artes. 23 de enero de 2018.
Llega a la cartelera madrileña Lulú, el personaje más controvertido del dramaturgo alemán Frank Wedekind (1864-1918), en forma de fábula moral, sumándose a la ofensiva dizque pro derechos de la mujer que se ha desencadenado desde los cuatro puntos cardinales y que, bajo la envoltura de los más variados e inofensivos mantras, desde el “me too” de la actrices hollywoodenses o el “abanico rojo” en la pasarela de los Goya, hasta el más reciente de la “brecha salarial” esgrimido desde las bancadas de la izquierda en el Congreso de los Diputados (llamado a convertirse en “Congreso”, a secas, por mor de esas veleidades feministas) esconde la amenaza del pensamiento único.
¿Oportuna? ¿Oportunista? Eso lo decidirá el público. En cualquier caso, hay que dar la bienvenida a este espectáculo que rescata para los escenarios, ya sea de manera indirecta, la figura de un dramaturgo tan eminente como olvidado en nuestra cartelera y una poética escénica de corte expresionista que tampoco se prodiga demasiado en nuestros escenarios.
En su recuperación de este mito erótico del teatro occidental, de esta femme fatal, mujer libidinosa, tentadora, luciferina, que maneja a los hombres como a marionetas hasta conducirlos a la perdición, Paco Bezerra se decanta por un final distinto para la heroína de Wedekind, la bailarina de belleza exuberante y sexualidad a flor de piel que termina sus días trágicamente en Londres como prostituta callejera. Aquí la seductora no es tal, sino la proyección de una fantasía sexual en la mente calenturienta de Amancio y de sus hijos, los zafios y atrabiliarios dueños de una explotación de manzanos, a cuenta de una pobre jornalera de las que trabajan en la recolección del fruto y a la que encuentran una noche malherida y medio desnuda a causa de un accidente fortuito.
El efecto que una joven de piel suave, pechos mórbidos y sonrisa seductora causa entre los moradores de la casa familiar, un hogar en el que no ha puesto los pies hembra alguna desde la muerte hace años de la madre, es devastador, y todos ellos parecen ser víctimas de un misterioso hechizo, una percepción que, potenciada por las delirantes teorías sobre el carácter demoníaco de las mujeres que sostiene el párroco del lugar exacerba sus ánimos y desata sus peores instintos. Todo se aclara en un breve epílogo final, en el que la protagonista revela que lo que hemos visto en la primera parte no es sino el producto de una monumental mistificación, que la “verdad del cuento” es que estos lúbricos y montaraces lugareños, presa de un irrefrenable deseo sexual, retienen contra su voluntad en la casa familiar a la joven Lucía -que así es como se llama esta jornalera- ejerciendo sobre ella toda suerte de desmanes y vejaciones.
Quien mejor ha entendido, a mi juicio, la intención última de esta fábula de tintes violentos -emparentada con las piezas del ciclo galaico de Valle-Inclán y, más específicamente, con las Comedias Bárbaras-, ha sido Mónica Boromello, responsable de una magnífica escenografía y ambientación en la que se ha eliminado cualquier vestigio de representacionismo realista para evocar un tiempo y un lugar legendarios; su huerto de manzanos/jardín del Edén envuelto en brumas, con un altar para los sacrificios en el centro donde hace acto de presencia Lulú tumbada como víctima propiciatoria, es lo más parecido a ese espacio mítico que imaginamos para los ritos ancestrales.
Respecto al texto, en exceso esquemático y opaco, sobre todo en los primeros compases del relato de Amancio y en la frialdad e indiferencia con la que éste responde ante la misteriosa aparición de Lulú, hecho central en el desarrollo de la trama, le cuesta levantar el vuelo y parece como el si gélido ambiente de la tarde invernal madrileña se hubiera trasladado al interior de la sala. Tampoco es que contribuya mucho el fraseo monocorde y desvaído de Armando del Río (Amancio) ni el artificiosamente efusivo e impostado tono de César Mateo (Calisto) y David Castillo (Abelardo) en sus réplicas y apostillas. Hasta la afección gripal más que evidente de María Adánez se confabula para restarle colorido a la habitual frescura y calidez de su voz y sensualidad y misterio a su figuración como reina de las hadas. Menos mal que renace, intacto, todo su dolor y su poder de convicción en su alegato final una vez abandonado el rol de arquetipo femenino y restituida a su condición de mujer corriente y moliente.
Espero que el “rodaje” con público contribuya a corregir estas carencias y déficits y el espectáculo alcance su verdadero punto de ebullición.
Gordon Craig,
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domingo, febrero 25, 2018
TEATRO. Hablar por hablar. "El pulso de la madrugada".
Autores: Juan Cavestany, Yolanda García Serrano, Anna R. Costa, Juan Carlos Rubio y Alfredo Sanzol.
Textos extraídos del libro Hablar por hablar. Historias de madrugada, de Mara Torres.
Con: Antonio Gil, Ángeles Martín, Samuel Viyuela González, Carolina Yuste y Pepa Zaragoza.
Con las voces de José Sacristán, Macarena Berlín, Cristina Lasvignes y Mara Torres, entre otros.
Escenografía de Eduardo Moreno.
Dirección: Fernando Sánchez Cabezudo.
Madrid. Teatro Bellas Artes.
28 de enero de 2018.
Nace este espectáculo de la afición por el sketch, por la escena breve -normalmente cómica-, de los autores del texto y del propio director del montaje, Fernando Sánchez Cabezudo, que ya se sirvió con éxito de esta fórmula en Historias de Usera, el espectáculo con el que echó el cierre al tan prometedor como efímero proyecto de la sala Kubik en el conocido barrio madrileño.
Este gusto por la imagen fragmentada, discontinua, discreta -en el sentido matemático del término-, tiene hondas raíces en la filosofía, en la literatura y en la praxis de la comunicación contemporáneas, donde pareciera rehuirse la pretensión de dar en las obras una imagen objetiva, “totalizadora” del mundo a favor de la coexistencia libre de una pluralidad de elementos fragmentarios yuxtapuestos. En este sentido, las “historias” de los oyentes del programa “Hablar por hablar” de las madrugadas de la cadena SER recopiladas por Mara Torres son un espléndido material en bruto, unos textos que, convenientemente aderezados por los autores de la dramaturgia y ordenados de manera aleatoria, vendrían a constituir el paradigma de esa forma de comunicación (pos)moderna hecha de retazos, en apariencia inconexos, de la realidad.
Digo “en apariencia”, porque en el trasfondo de todas esas historias, subyace un elemento unificador que las vivifica y que no es otro que el profundo y desgarrador sentimiento de soledad de sus protagonistas anónimos. A lo que hay que añadir, la cordial y atenta escucha de ese locutor o locutora que desde el aislamiento del estudio tiene que lidiar con las situaciones más insólitas, y la no menos cordial y honda corriente de solidaridad que esas conversaciones suscitan en la audiencia.
Es la esencia y, por qué no decirlo, el misterio de la radio en la madrugada, lo que capta y trasmite perfectamente este espectáculo que llega al corazón del espectador. Y es que todos nosotros, en alguna medida, en determinadas circunstancias de nuestra vida, para sentirnos acompañados al volante, o durante las largas noches de estudio, o cuando la angustia del insomnio prolongado ahuyenta el sueño reparador, todos, digo, hemos buscado un poco de entretenimiento, cuando no compañía o consuelo en esa cálida voz amiga que, envuelta en los pliegues de una melodía conocida, nos llega a través de las ondas y se expande por la oscuridad de la estancia como si se tratara de en punto de luz en medio de la noche.
Recuerdo unos versos de Pedro Salinas, de la Variación XII de El contemplado que rezan así:
Dos amantes se matan por un hilo
-ruptura a dos mil millas-
Sin que pueda salvarle una mirada
un amor agoniza.
Pues bien, aquí, por el contrario, el hilo telefónico, una llamada desesperada, desde no se sabe qué distancia y atendida con solicitud desde la emisora, puede tener un efecto salvífico, puede ayudar a Suso, el desesperado pescador gallego a solucionar su problema de custodia compartida, a que Merche se reencuentre con el primer amor de su vida, que es padre si saberlo de un hermoso niño de pocos años; o puede servir de altavoz al “hombre lobo” de Alcalá de Henares, o a recuperar un niño deficiente perdido a la salida del Primero de Octubre, o a abrirle los ojos al macarra de Juanfran para que comprenda que los pantalones de cuero y los collares de oro no son mejor salvoconducto para seducir a las mujeres (aunque a él le da igual porque parece estar dispuesto a pulirse una pasta en prostitutas).
Historias salaces, divertidas, pintorescas, esperpénticas, trágicas, entre el costumbrismo y los reality televisivos, siempre con un punto de ingenio, ancladas en la realidad más inmediata y cifrados en un registro rabiosamente coloquial que Sánchez Cabezudo dirige con brío y el elenco en su conjunto, desdoblado en múltiples personajes aborda con desparpajo y consumada maestría y oficio.
Gordon Craig.
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