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martes, mayo 11, 2010

TEATRO. El ignorante y el demente. "La inteligencia, esa tortura".


De Thomas Bernhard.
Con: Josep Albert, Jesús Ruyman, Ana Caleya, Pilar Barrera y Paco Celdrán.
Compañía Galanthys Teatro. Dirección: Joaquim Candeias.
Corral de Comedias, Alcalá de Henares, 7 de mayo de 2010.


Es el de Thomas Bernhard un teatro difícil, -como su narrativa-, denso, torturado, con personajes en la frontera de la demencia, lúcidos intérpretes de la extrema decadencia intelectual y moral de la sociedad europea contemporánea, aherrojados a sus prejuicios de clase y aquejados de lo que con atinada expresión definiera Freud como “el malestar de la cultura”.


Como Ritter, Dene, Voss, la obra que comentamos indaga también en las relaciones de parentesco, en particular a cerca de la soportabilidad de la vida en común de los miembros de una misma familia, “esa amputación siempre abyecta del espíritu” (según el propio Bernhard). En esta ocasión, son padre e hija; ella es una diva de la ópera, una soprano especializada en el papel de Reina de la Noche, personaje de La Flauta Mágica, de Mozart, fría e indiferente; él un anciano enfermo, alcohólico, irascible y despótico. Entre ambos y sus turbulentas relaciones de dominio está el doctor, un médico forense, desequilibrado y dominado por su soberbia intelectual; en su papel se solapan dos discursos: el de la crítica de la cultura y su obsesión por la muerte, que se traduce en interminables y pormenorizadas descripciones de la técnica y práctica de la autopsia. Los tres desprecian por igual al público y a la crítica, a quienes tildan de ignorantes; paradójicamente ellos mismos se reconocen y declaran víctimas de la inteligencia -que no dudan en calificar de “tortura”- transmitiendo la impresión de que el mundo estuviera gobernado por una lógica implacable que conduciría al hombre a uno de los dos extremos a cual más horrendos: a la ignorancia o a la locura.


La puesta en escena es atinada y reproduce de manera estilizada los dos entornos donde se desarrolla la acción, el recoleto y pulcro interior de un camerino del teatro y el lujoso salón privado del exclusivo restaurante “Los Tres Húsares” donde los protagonistas celebran y paladean el éxito tras la función; vestuario y espacio escénico son fiel reflejo del refinamiento y del lujo del que se han sabido rodear estos seres de inteligencia privilegiada y notable fortuna. Meritoria es, asimismo, la labor de dirección que hace fluido un texto por lo demás denso, enjundioso y pormenorizado hasta la extenuación en las explicaciones del forense. Está muy bien marcado el contraste entre el primer y el segundo cuadro: el nerviosismo y la tensión de los prolegómenos y el tempo más relajado, lento, de la cena, la hora de las confidencias, de la decepción, de la sinceridad. Y notable también el trabajo de los actores; agotador el de Josep Albert para dar vida a ese diletante, locuaz y trastornado Doctor; espléndido el de Ana Caleya -familiarizada ya con el teatro de Bernhard-, que hace un trabajo antológico como desequilibrada e histérica prima donna; su pose hiperbólicamente afectada, sus ataques de nervios, sus aspavientos y su mirada gélida, ora escrutadora y desafiante, ora extraviada y absorta traducen un universo interior turbulento, caprichoso y enfermo.

Gordon Craig.

Corral de Comedias. El ignorante y el demente.

miércoles, octubre 11, 2006

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. Ritter, Dene, Voss. "El parentesco y la muerte".

De Thomas Bernhard.
Con: Ana Caleya, Rosa Savoini y Carlos Domingo.
Dirección: Rosario Ruiz Rogers.
Madrid. Teatro de Círculo de Bellas Artes. 16 de septiembre de 2006.



En el oceánico marasmo de lo dejà vu en que se ha convertido la cartelera madrileña en este inicio de temporada aún podemos rescatar alguna novedad que merezca realmente la pena. Mencionábamos el otro día la reposición de Nina, de José Ramón Fernández y hoy vamos a hacer referencia a una inquietante pieza de Thomas Bernhard que ha recalado en el escenario del Círculo de Bellas Artes –bien es verdad que por un brevísimo lapso de tiempo- de la mano de la inquieta directora, otrora ayudante de dirección de José Luis Gómez, Rosario Ruiz Rogers.

Es el de Thomas Bernhard un teatro difícil, -como su narrativa-, torturado, con personajes en la frontera de la demencia, lúcidos intérpretes de la extrema decadencia intelectual y moral de la sociedad europea contemporánea, aherrojados a sus prejuicios de clase y aquejados de lo que con atinada expresión definiera Freud como “el malestar de la cultura”.

La obra que comentamos constituye una reflexión acerca las relaciones de parentesco, en particular, de la soportabilidad de la vida en común de los hermanos de una misma familia, “esa amputación siempre abyecta del espíritu” (como escribiera el propio Bernhard en otro lugar en referencia a esta milenaria institución). Voss ha estado recluido en un sanatorio psiquiátrico y a instancias de una de sus hermanas vuelve a la casa paterna para reiniciar una vida en común, que enseguida se revela insoportable. Casi en tiempo real, lo que dura apenas una cena de bienvenida, los demonios familiares se desatan de nuevo y la máscara de las buenas maneras y de la exquisita educación de estos miembros conspicuos de la alta burguesía acomodada apenas puede ocultar sus verdaderos sentimientos y sus deseos más inconfesables. La sumisión enfermiza, casi masoquista, de Dene la mayor de las hermanas, que vuelca en Voss su insatisfecho instinto maternal, está al servicio de un mal disimulado instinto de dominio que quiere ejercer asimismo, sin conseguirlo, sobre Ritter, la hermana pequeña, quien no oculta su resentimiento contra la primacía intelectual de su hermano, contra los intentos de vampirización por parte de su hermana y contra su propia falta de resolución para abandonar una vida cómoda pero en un entorno represivo que ha ido envenenando poco a poco su existencia. Respecto a Voss es un desequilibrado irascible, dominado por la soberbia intelectual y por el despotismo y el desprecio con que trata a sus hermanas.

El espacio escénico es fiel reflejo del refinamiento y del lujo del que se han sabido rodear estos seres privilegiados, herederos de una gran fortuna, aunque el excesivo apego a ciertos muebles y enseres refleja una desviación fetichista. A su vez, la ausencia de ventanas, el aislamiento del exterior, la muda presencia de los ancestros y el tono fúnebre de los paramentos confieren al gran comedor familiar la atmósfera claustrofóbica de un panteón. Destacable son, asimismo, una cuidada y meticulosa dirección y un solvente trabajo actoral. Dene (Ana Savoini) y Ritter (Ana Celaya) recrean magistralmente a dos espléndidos tipos femeninos; la primera es una mujer frustrada e insatisfecha convertida circunstancialmente en una madre de familia solícita y posesiva; La segunda parece indiferente a cuanto la rodea y es la viva imagen de una actitud vital desencantada y diletante. Por úlimo, Voss (Carlos Domingo) encarna el hastío, la insania y la visceralidad.

Gordon Craig.
19-IX-2006.

martes, junio 06, 2006

TEATRO. EL RINCÓN DE GORDON CRAIG. El hombre de teatro. "El teatro y su impostura".

De Thomas Bernhard.
Con: Lluís Homar, Lina Lambert, Jordi Vidal, Silvia Ricart, Oriol Genis, Lourdes Barba, María de Frutos.
Dirección: Xavier Albertí
Madrid. Teatro de La Abadía. 28 de mayo de 2006.

“El poeta es un fingidor” ha escrito Fernando Pessoa, “finge tan profundamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que de verdad siente”. Sin la contundencia y la claridad sucinta, meridiana, con la que expresan estos versos la irreprimible tendencia del artista, y, por extensión, de todo ser humano, a la simulación, esta obra de Thomas Bernhard que ahora comentamos ahonda en la triste condición del hombre de teatro que tras una vida de trabajo y, probablemente, de esfuerzo y dedicación al arte de Talía, se ve reducido al final de sus días a una vulgar y risible caricatura de sí mismo. Y desde su aparición en escena, en el destartalado cobertizo que alberga el ridículo y ruinoso escenario donde va a tener lugar la representación, embutido en un gabán oscuro y con ínfulas de diva de ópera, comprendemos que su insufrible aire de superioridad, sus gestos estudiados, sus trato desdeñoso o su furibunda crítica de la incultura y del primitivismo de los moradores de esta remota aldea de las montañas del corazón de Austria no son sino máscaras que tratan de ocultar, tras el papel de genial artista incomprendido, al ser humano megalomaníaco, despótico y fracasado en que se ha convertido. Y aún me atrevería a afirmar que Bernhard no se circunscribe al “hombre de teatro”, sino que, por elevación, apunta al teatro mismo y a su peligrosa tentación de la impostura.

El texto, largo y enjundioso, destila una acerba crítica social, demoledora, intempestiva, inclemente, contra todo y contra todos, como es habitual, por cierto, en las obras de Bernhard. Su humorismo es acre y sardónico y hace discurrir la acción dramática hasta los límites del teatro del absurdo. Lúcido en sus juicios, sarcástico, este Bruscón, el protagonista de la obra, se revela en cierto sentido como un alter ego del propio autor que se beneficia de esta posición, de este rol de viejo bufón, para fustigar a tirios y troyanos.

La puesta en escena resulta convincente y Lluís Homar hace un trabajo inmenso; su papel, complejísimo, exige condiciones excepcionales que el actor acredita sobradamente creando un personaje singular que recorre todos los recovecos del texto, que son muchos y de muy variado grado de dificultad, aunque también le ofrecen múltiples oportunidades para el lucimiento. Pero todo el talento del mundo es incapaz de conjurar el peso muerto de las reiteraciones y de un exceso de narrativismo que la obra encierra; y aun con el impulso que proporciona al desarrollo de la trama la aparición, ya en la segunda parte, de los restantes personajes, y la escasa acción física que propician los preparativos para la representación y los últimos retoques a la interpretación del texto antes de la apertura del telón, la obra se hace un tanto cuesta arriba al espectador que termina por desear que se produzca el desenlace, excesiva y artificialmente postergado.

Con todo el balance es muy positivo. Hay una atinada labor de dirección y una espléndida puesta en escena y trabajo de los actores al servicio de un texto asaz denso y sentencioso. Una buena oportunidad, en cualquier caso, de ver el teatro de Thomas Bernhard que no se prodiga en nuestros escenarios. Y una abierta denuncia de la mediocridad, incluida la mediocridad del teatro, de su ruina –sugerida por el estado calamitoso del tablado y de la sala que reproduce la escenografía, presta a la desbandada de los espectadores ante la menor contingencia-.

Gordon Craig.
31-V-2006.