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jueves, octubre 19, 2006

TEATRO. Ilusionistas. "Reinventar la realidad".

De Lluïsa Cunillé.
Con: Rosa López, Lola López y Paco Zarzoso.
Compañía Hongaresa de Teatre.
Dirección: Paco Zarzoso.
Alcalá de Henares. Corral de comedias.


El recientemente remodelado Corral de Comedias de Alcalá de Henares inicia sus segunda temporada con un sugerente y variado repertorio de teatro, música y danza. Vinculado administrativa y artísticamente al Teatro de la Abadía, exhibe espectáculos propios y montajes que han pasado previamente por esa prestigiosa sala madrileña poniendo al alcance del público de la ciudad complutense y de los aficionados de Guadalajara una programación de calidad que nuestros gestores municipales y comunitarios reiteradamente nos niegan. (Aunque luego pongan el grito en el cielo por no se qué declaraciones -desafortunadas, es verdad- sobre la incultura local. ¡Qué derroche de artillería pesada!)

Pero vayamos a Lluïsa Cunillé. Alguien ha dicho de los textos de esta autora (Badalona, 1961) que son como pequeñas cajas de música que al abrirse descubren una melodía íntima que estimula el recuerdo y despierta la emoción, y creo que es una excelente comparación. Sus piezas son delicadas obras de orfebrería, de un enorme poder de sugerencia y lo dramático aflora por sorpresa entre los intersticios de los detalles más pequeños y de las cosas más cotidianas bien es verdad, que tras haber sometido a la acción y a los personajes a un proceso descontextualizador que tiene mucho que ver con la poética del absurdo.

Ilusionistas no escapa a esta caracterización, es más, la atmósfera de irrealidad y de extrañeza que rodea a los personajes se acrecienta si cabe por la vinculación de los mismos con el mundo de la magia. El protagonista, Alfredo, es un mago que trabaja con su hermana Ágata en un espectáculo de variedades, y ese universo de trucos y embelecos, de ilusión, en definitiva, cuadra bien con la perentoria necesidad que sienten los personajes de reinventar una realidad con la que no están satisfechos y perseguir sus obsesiones: Ágata la espera, Alfredo, perfeccionar sus trucos de magia y Alicia el deseo de estar siempre en otra parte.

Que no espere el espectador un desarrollo convencional de la acción dramática. La autora juega permanentemente con la realidad y con nuestros hábitos perceptivos, demasiado convencionales; introduce cortes abruptos en el desarrollo de la acción, cambios de espacio, y modula el desarrollo temporal con extrema libertad, consiguiendo curiosos efectos de sentido al reintroducir en el relato elementos de las escenas previas pero cambiándolos de perspectiva haciendo bueno el juicio pinteriano acerca de la “inestabilidad” de lo real.

La obra, en cualquier caso, no plantea ninguna tesis ni tiene un argumento en el sentido fuerte del término, ni ambiciona moralizar al espectador; simplemente se asoma por unos momentos a la vida de unos personajes en cuyos afanes, obsesiones, pequeñas malicias o flaqueza podemos reconocernos sin esfuerzo, porque su desconcierto, su melancolía o su añoranza de un pasado feliz o de otro mundo distinto reflejan perfectamente nuestra propia nostalgia, nuestra insatisfacción con lo que nos rodea, y ese deseo indefinido de huir de la realidad.

Intimista, tierna, evocadora, y un tanto triste, eso es Ilusionistas, y tremendamente sutil y bienhumorada.

Gordon Craig.

viernes, diciembre 02, 2005

TEATRO. Conozca usted el mundo. "Viaje a ninguna parte".

De: Lluïsa Cunillé.
Con: Lola López, Rosa López, Victoria Enguídanos y Paco Zarzoso
La Hongaresa Teatre.
Dirección: Paco Zarzoso.
Madrid. Sala Cuarta Pared.


De nuevo la escritura sutil y desnuda de Luïsa Cunillé, el análisis incisivo pero siempre comedido e indoloro; su habilidad para el aforismo y la frase ingeniosa y su pericia para trenzar los finos hilos que tejen comportamientos convencionales a situaciones inverosímiles, absurdas o disparatadas. Y la misma mirada indulgente hacia unos seres resignados, anclados en el espacio intemporal de la memoria. Y una veta de lirismo que pulsa las cuerdas de la sensibilidad y de la ternura y suaviza la sardónica impronta pinteriana de su dramaturgia personalísima.

El azar parece haber convocado simultáneamente a los protagonistas, tres personajes sin nombre, a tres habitaciones contiguas de un hotel de mala muerte, un espacio impreciso anclado en la vastedad de nuestros recuerdos de decorados de películas olvidadas. Y allí vamos a asistir a la revelación de tres intimidades, a medias compartidas, veladas pudorosamente tras el tul de las ilusiones perdidas, de tres proyectos de vida frustrados, unidos en la inseguridad y en el miedo a mostrarse tal cual son a los demás; tres seres desvalidos, enfermos de soledad y de tristeza, que sueñan, sin demasiado convencimiento con una felicidad que la vida parece negarles. Y el ruido de los trenes en la noche como metáfora de esa permanente invitación al viaje, a la itinerancia; y la vieja estación de ferrocarril pronto convertida en apeadero, a la que llegan al final nuestros protagonistas para comprobar que han perdido su último tren.

Tres personajes improbables, pero a la vez reales, hechos de jirones de recuerdos, a cuya vida la autora nos permite asomarnos por un breve lapso de tiempo, el suficiente mientras dura el encantamiento y antes de que nos resulten demasiado familiares, demasiado próximos, y amenacen nuestra seguridad de espectadores satisfechos refugiados en la oscuridad de la butaca. Pero no antes de que descubramos que quizá nosotros también hemos sido tentados alguna vez por el señuelo de la engañosa oferta de una guía de viajes, o por la pulsión urgente de una fantasía nunca realizada, o por la llamada, desatendida, de una misteriosa inclinación, o por el deseo impostergable de buscar la dicha en otra parte.

Paco Zarzoso, habitual colaborador de la autora, ha creado un molde adecuado para un texto de perfiles y contrastes muy marcados y cuya trama, exigua, se resiste a ser contextualizada. Combina hábilmente una poética de interpretación naturalista con proyecciones y otros efectos especiales prestados del lenguaje del cine, y con un sugerente espacio sonoro, integrando todos los elementos para alumbrar un espectáculo minimalista y naif que dirige nuestra percepción hacia el ámbito etéreo y poético de las evocaciones.

Gordon Craig.

Sala Cuarta Pared. Conozca usted el mundo.