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domingo, octubre 08, 2017

TEATRO. Oleanna. "De poder a poder".

Autor: David Mamet.
Versión de Juan V. Martínez Luciano.
Con: Fernando Guillén Cuervo y Natalia Sánchez.
Escenografía: Mónica Borromello
Música y espacio sonoro: Mariano Marín.
Dirección: Luis Luque..
Madrid. Teatro Bellas Artes. Hasta el 15 de octubre de 2017.



Oleana viene a ser una representación en estado puro de la actualísima -y eterna- lucha strindberiana por el poder, por ese deseo de someter al otro que media en las relaciones humanas, que en casos extremos puede llegar a la imposición o a la violencia física pero que las más de las veces adopta las formas más sutiles del chantaje emocional y de la manipulación lingüística.

Y resulta más que evidente que si John, a lo largo de esos tensos encuentros que mantiene con Carol en su despacho de la Universidad, se sirve de tecnicismos que Carol no comprende o reformula y reinterpreta permanentemente sus palabras no es por mera pedantería, que también, sino porque es consciente del ascendiente que ejerce sobre su alumna, de la situación de fuerza en que se sitúa respecto a ella por el mero hecho ostentar la primacía sobre el control del sentido de tales palabras y expresiones, incluyendo los sobreentendidos y las presuposiciones, que enmascaran, como es sabido, tópicos, prejuicios o ideas dominantes sobre el estatus, el sexo o la condición social de los interlocutores. 

No contaré mucho del argumento de la pieza para no arruinar el suspense. Comienza con la visita de una joven universitaria, Carol, al despacho de John, su profesor, para reclamar la nota de un examen. Y dos pistas más sobre los personajes: John es el tipo de profesor “colega”, un tanto infatuado y con no pocas carencias y problemas personales. Cordial, comprensivo, en apariencia, es perfectamente conocedor de los privilegios que le otorga su estatus, de ahí su aire de superioridad y una permanente actitud paternalista que tanto molesta a Carol. La joven, por su parte, al principio aparece como una pobre chica, tímida, frágil y acomplejada, pero luego se revela como una furibunda feminista, consumada maestra de la manipulación e implacable luchadora contra los últimos vestigios de la estructura social y familiar patriarcal caduca, a cuyos valores, según ella, se acomoda el comportamiento prepotente y sexista del profesor.

La obra se articula en tres actos, según el típico patrón del teatro aristotélico: planteamiento, nudo y desenlace, con un respeto escrupuloso por las tres unidades, de tiempo, lugar y acción y con una estructura en cuyo desarrollo hay una típica inversión de papeles. A ello habría que añadir que el autor, como el protagonista de un conocido cuento infantil va dejando miguitas por el camino, pequeños detalles sin importancia en apariencia, pero que resultan cruciales a posteriori para explicar la evolución del comportamiento de los personajes. Un prodigioso mecanismo de precisión que, cabe resaltar, el director, Luis Luque, ha desentrañado a la perfección y ha engrasado a conciencia para mostrárnoslo funcionando a pleno rendimiento. 

La versión de Juan Vicente García Luciano acierta de pleno al traducir un texto que bascula entre el tono profesoral y el más rabiosamente coloquial de unos diálogos dotados de gran viveza y expresividad que fluyen a veces con un ritmo endiablado. Y, desde luego, hay que mencionar a los actores que hacen un magnífico trabajo. Natalia Sánchez transita con enorme desenvoltura por las diversas etapas y registros que le exige su personaje, Carol, siempre atenta a esos mínimos detalles, a los que hacíamos referencia arriba, que nos van poniendo sobre aviso de cual son sus verdaderas intenciones. Casi provoca lástima su desvalimiento y la sensación de frustración y de fracaso que trasmite al principio, pero luego puede ser fría, calculadora, despiadada y hasta cruel cuando tiene al enemigo acorralado. Fernando Guillén Cuervo pone toda su experiencia y oficio al servicio de su personaje, ese producto arquetípico del establishment universitario, profesor de mediana edad, afable y campechano, buen conversador, halagado por la admiración que concita entre las jóvenes alumnas y dispuesto siempre a abrirles la puerta su despacho para resolver problemas, aunque no sean de índole estrictamente académica, bajo la premisa tácita de cobrarse algo a cambio, aunque sólo sea la gratificación que proporciona un rato de compañía agradable en la intimidad del despacho, retrepado en un sillón giratorio y parapetado tras la confortable posición de poder que garantiza su amplia mesa de escritorio. Modula, asimismo, Guillén Cuervo, con gran acierto, la profunda transformación de su personaje para adaptarse a las cambiantes circunstancias. Y el arrebato de cólera de la escena final es realmente apoteósico.


miércoles, diciembre 23, 2015

TEATRO. Insolación. "Cuando calienta el sol".

Versión: Pedro Manuel Víllora.
Con: María Adánez, Chema León, José Manuel Poga y Pepa Rus.
Escenografía: Mónica Borromello.
Vestuario: Almudena Rodríguez
Dirección: Luis Luque.
Madrid. Teatro María Guerrero.



Ernesto Caballero, que gusta de volver la mirada a nuestra gran tradición literaria más reciente -véanse sus montajes de los Sainetes, de Don Ramón de la Cruz, sus espectáculos sobre obras de Mihura, Alberti o la versión de Doña Perfecta, de Galdós, con la que inauguraba su andadura al frente del CDN en 2012-, nos ofrece de nuevo una incursión por la narrativa del siglo XIX. Se trata de Insolación (1889), una novelita amorosa de doña Emilia Pardo Bazán a la que ha puesto proa, esta vez, de la mano de dos espléndidos colaboradores, Pedro Manuel Víllora que ha hecho la ajustada versión y Luis Luque, responsable de la dirección del montaje.

El hecho de que esta historia desenfadada y galante esté basada en un suceso real -el “desliz”de la propia doña Emilia Pardo Bazán con el pintor Lázaro Galdiano en mayo de 1888 en Arenys de Mar con ocasión de la Exposición Universal de Barcelona, debido también, al parecer, a los efectos de la “canícula”-, no hace sino añadir un punto de morbo a la historia, pues por entonces la escritora mantenía un estrecha relación con Pérez Galdós; y a la vez que ilumina algunas peculiaridades de la creación literaria y de cómo ésta se retroalimenta con elementos de la propia biografía. Me atrevería a decir incluso que bien la escritora o bien el autor de la adaptación de la novela, consciente o inconscientemente han proyectado muchos rasgos de la personalidad de Galdós, en el taciturno, resignado y ceremonioso librepensador don Gabriel Pardo (Chema León) amigo de la viuda marquesa de Andrade y asiduo a sus tertulias y conciliábulos.

De hecho -tras un brevísimo apunte introductorio- el montaje arranca precisamente en una de esas tertulias con el enfrentamiento entre don Gabriel y la duquesa de Sahagún. Una y otra vez la retórica de Don Gabriel, se estrella contra la desenvoltura y el desparpajo de la duquesa; la denuncia del oscurantismo, de la ignorancia y la crítica a las bárbaras costumbres patrias se encuentra con la defensa numantina del tipismo español; la España ilustrada, abierta a las nuevas ideas y al progreso choca con la España inmovilista y apegada a las creencias y a la tradición. Delimitado el contexto histórico la acción se endereza hacia el desarrollo del asunto principal: el cortejo a la marquesa por parte del joven seductor Diego Pacheco y la lucha interior de la protagonista debatiéndose entre las normas sociales imperantes y su deseo de emancipación, entre la férrea moral de la época y la llamada de su instinto que la empuja a entregarse a Pacheco.

Cada escena esta concebida y desarrollada hasta en sus menores detalles por el director con la extrema meticulosidad de un orfebre, y podrían consignarse múltiples aciertos, desde el movimiento escénico hasta la ponderada gradación de los clímax pasando por el tono festivo y el ritmo ágil y de los sucesivos encuentros y desencuentros de Asis Taboada y Diego Pacheco a cual más chuscos e hilarantes. Su trabajo se apoya en una certera adaptación de Pedro Víllora que reduce a seis personajes (cuatro actores) la turbamulta de caracteres de la novela y simplifica y esencializa los términos del conflicto, sin perder ni un ápice del gracejo del texto original ni del complejo y a la vez divertidísimo tira y afloja que caracteriza la relación de los amantes. La sobria pero sugerente puesta en escena de Mónica Boromello -con ocasionales destellos de genialidad, como la ambientación de la pradera de San Isidro y la eclosión de las rutilantes luces de la verbena-, el buen gusto y la sencillez del vestuario, que lucen con encomiable desenvoltura y elegancia tanto María Adánez como Pepa Ruz en sus múltiples papeles coadyuvan a crear esa atmósfera entre frívola y galante a la que aludíamos arriba y a centrar la atención del espectador en lo esencial, que es el trabajo de los actores.

Para ser justo cabe empezar por consignar que todos ellos están igualmente atinados en la caracterización de sus respectivos personajes. Pepa Rus se desdobla en tres personajes, por contraste con la hidalga matrona (la duquesa de Sahagún) y la simplona e ingenua doméstica Ángela (criada de la marquesa) brilla sobre todo por el desparpajo y desenvoltura de la Ventera. Chema León es el incansable polemista satírico Gabriel Pardo; retórico, introvertido, su cordialidad y paternalismo se trueca en despecho y sarcasmo cuando Asis le rechaza. José Manuel Poga borda su papel del joven tenorio Diego Pacheco. Dicharachero, vehemente, jactancioso, tiene todos los ingredientes del conquistador al uso y se sirve de todas las triquiñuelas posibles para conseguir su propósito de enamorar a la marquesa, la joven apacible, bondadosa e inexperta viuda a la que presta palmito María Adánez en una actuación magistral.

Gordon Craig.

viernes, marzo 27, 2015

TEATRO. El señor Ye ama los dragones. “Parábola aleccionadora”.

De Paco Bezerra. 
Con: Gloria Muñoz, Chen Lu, Huichi Chiu y Lola Casamayor.

Escenografía: Mónica Boromello
Dirección: Luis Luque.
Madrid. Teatro Español. Naves del Matadero.




La fábula, en su origen, según Lessing, no es otra cosa que una fantasía aleccionadora, una historia que encierra algún tipo de lección moral. Formalmente se trata de un relato que recurre a elementos extraordinarios o inhabituales para sorprender a los lectores -o a los espectadores en el caso del teatro- y ganarse su atención; por eso es frecuente recurrir a los animales para representar a los personajes, o desplazar en el tiempo los sucesos narrados, o como en Brecht, servirse de efectos de “distanciación” apropiados para explicitar su mensaje.

En el caso que nos ocupa la obra nos remite al lejano oriente y se inspira en la historia del señor Ye, un hombre que cree sentirse atraído por los dragones. En realidad lo que le seduce es el universo fabuloso, legendario que rodea a estos seres mitológicos, pero cuando uno de ellos, es más, el mismísimo rey de los dragones se presenta ante sus ojos no puede soportar su visión y huye decepcionado y horrorizado. La moraleja tiene que ver con las nefastas consecuencias que acarrea el vivir de espaldas a la realidad, o dicho con un proverbio castellano, que no hay peor ciego que el que no quiere ver. La pobre Magdalena está deseando descubrir la identidad de un encapuchado que deambula por los interminables corredores del mastodóntico bloque de apartamentos donde ella vive holgadamente disfrutando de una envidiable situación económica. Está incluso predispuesta a vincular a este merodeador con las actividades ilegales que llevan a cabo dos inmigrantes chinas que viven en condiciones miserables en un tabuco del sótano; la casualidad quiere que sea precisamente una de estas mujeres, Xiaomei, la más joven, quien le descubra la verdad, quien le abra los ojos a una realidad que ella se niega a aceptar hasta el último momento.

Se trata de una historia sencilla y bien urdida que da pie para reflexionar sobre algunos aspectos esenciales de la naturaleza humana y de los prejuicios raciales y de clase que envenenan nuestras relaciones con los demás, pero que está, a mi juicio, lastrada en origen precisamente por que parece escrita ad hoc para explicitar o actualizar un material preexistente: la fábula que encierra el proverbio chino que da precisamente título a la obra. El choque de dos mundos, el occidental representado por Magdalena y Amparo y el oriental representado por Xiaomei y por la señora Wang, que además desconoce el español y tiene que ser traducida cada vez que habla, da lugar a no pocos equívocos y situaciones chuscas y divertidas, pero ni los remilgos y la desconfianza de Magdalena ni el genio de mil demonios de Amparo, su afición a los crucigramas, su pésimo gusto o su acentuado casticismo acaban de fraguar y dar verosimilitud a sus personajes, pese al denodado trabajo y el probado oficio de las actrices que las encarnan. Hay como una suerte de envaramiento que obstaculiza que la acción discurra con fluidez. Quizá faltan ajustes de última hora para que se produzca el encaje de todos los elementos y la comicidad que impregna muchas situaciones aflore en toda su dimensión. La exuberante escenografía multiespacial, con su realismo típico de las comedias de tresillo, con su interminable escalinata de cajas chinas para bajar del ático al sótano, tampoco es que facilite mucho las cosas, quizá le hubiera venido bien un poco más de estilización. ¡Ah! ¡y las proyecciones! ¡qué despliegue de tecnología para señalar lo obvio! . Al igual que el “peso de la púrpura” se percibía en la serenidad de ánimo y en el juicio ponderado de los senadores romanos, el opresivo y miserable ambiente de un sótano, la angostura de un cuartucho de una colmena de viviendas y su vacua cotidianeidad castrante o la suntuosidad de un ático de lujo deben percibirse en el semblante, en la mirada o en el tono de voz de sus moradores sin necesidad de pretenciosas referencias dantescas en grandes caracteres Esa sobreabundancia de estímulos no parece dejar mucho espacio para el trabajo de la imaginación creadora del espectador.

En fin, creo que debería darse un poco más de margen de maniobra al texto para que hablase por sí mismo, confiar más en las palabras y en los silencios, en el poder multiplicador de sentido de una simple inflexión vocal o en el misterioso poder de sugestión de la pausa, que las actrices parecen conocer de sobra.

Gordon Craig.